No hay nada más emocionante que la agonía del hombre rebelde. La rebeldía, dice Camus, consiste en decir que no allí donde el común de los mortales cede, calla y otorga. Nuestra especie es gregaria y produce pocos rebeldes, a quienes a cambio distinguimos con una forma ancestral de admiración llamada épica, que en griego significa lo que merece ser contado. Su protagonista es el héroe, a medio camino entre el hombre y el dios. Por eso cuando se nos secan los adjetivos decimos que Rafael Nadal no es humano.
Hay razones poderosas para odiar la Navidad. Quizá la nostalgia de una niñez feliz cada vez más remota. Quizá la frenética exhortación al consumismo, a menudo mediante emboscadas publicitarias de un sentimentalismo atroz. Sin duda la dolorosa presencia de los ausentes que nos impone la memoria de las navidades completas: unas en que la muerte de uno de los nuestros todavía era la clase de drama que les sucedía a los demás.
Hay un héroe español que no tiene quien le escriba. Como todos los héroes sin literatura el nuestro es madrugador, desayuna rápido, trabaja duro y no tiene nombre. Administra su perfil en las redes sociales con la morigeración de un cisterciense: solo a última hora se concede la tasada vanidad de un comentario, una foto, un me gusta.No tiene mucho que contar. Cultiva fantasías que en otro tiempo fueron modestas -una nómina que avale una hipoteca, un garaje grande para el todoterreno, un par de críos correteando por el salón-, pero a ellasha decidido sacrificar un lustro de su vida sin suficientes garantías de éxito. Le hablas del cuestionamiento de la meritocracia y suelta una carcajada. Le preguntas si su padre es juez y empieza a cabrearse de verdad. No es que crea en la cultura del esfuerzo: es que nadie puede opositar por él.
Solo hay alguien más jartible que un entusiasta de Halloween y es un odiador de Halloween. Una trifulca indefectible entre papanatas y cruzados condena por estas fechas al español a ir detrás de una calabaza con un cirio o con un garrote. El pecado del aprendiz de Tim Burton es meramente estético y le lleva a suspender el sentido del ridículo hasta abrazar la mamarrachada triunfante. El pecado del fan de Bernarda Alba es ideológico y le lleva a censurar por extranjera una liturgia importada como si el cristianismo no hubiera sido exportado desde Jerusalén en su día, tomando por el camino no pocos aderezos rituales de los cultos paganos. Equidistar de ambas tentaciones nos ayudará a honrar al muerto que todos seremos con la inteligencia del vivo que aún somos.
Lleva quizá el único apellido parlante del columnismo español. Un centelleo, un chasquido y un corte seco. El estilo de Arcadi Espada (Barcelona 1957) ofrece el magisterio afilado de una idea ejecutada con limpieza. En su nuevo libro, que lleva un finísimo prólogo de Ferrán Caballero, se bate en duelo contra la superchería.
Se non è vero, è ben trovato. Usted ha construido su carrera contra ese refrán. Contra el peligro de elevar la verosimilitud al lugar de la verdad.
Sí, pero no lo considero una rareza. O no debería. El paradigma de la verosimilitud es honrado, pero no es el de nuestro oficio. Lo que sabemos con seguridad sobre lo verosímil es que no ha sucedido. Yo soy un escritor que trabaja con la veracidad. Los que trabajan con la verosimilitud son los novelistas realistas. Otra cosa es que hayamos perdido la perspectiva de lo que es este trabajo hasta el punto de que esta distinción parezca una rareza.
La foto de Capa del miliciano muerto. Es un montaje pero servía a la propaganda, que es lo que sustituye a la verdad en las guerras. ¿La primacía hoy de la posverdad significa que estamos en guerra, aunque sea cultural?
Sospecho que hay cosas que pasan por primera vez. La posverdad no son las antiguas mentiras: el mentiroso no deja de tener un cierto respeto por la verdad, como el gángster lo tiene por la ley. De ahí su mala conciencia. El caso Trump -digo Trump por no decir Sánchez-, que es el símbolo de todo esto, no es la simple manipulación de la verdad, no se sitúa en el paradigma orwelliano de la neolengua: es que la verdad ha dejado de interesarle. Por eso va a montar su propia red social. Siente hacia los hechos una indiferencia total. Por ejemplo hacia el hecho de perder las elecciones. Y lo avisó: que no lo reconocería. Hizo lo que se esperaba de un hombre al que no le interesan los hechos. Se mueve por un paradigma religioso. Importa la trascendencia, y toda trascendencia es subjetiva.
Bustos es jefe de opinión del diario El Mundo y uno de los columnistas de referencia de la prensa española, amén de uno de los más claramente letraheridos.
Depositario y gestor de innumerables lecturas, y poseedor de una mirada poética que a menudo se ve forzado a sacrificar, o supeditar, a la crónica política, este año se dio el gusto de dar rienda suelta a su vocación más puramente literaria con ‘Asombro y desencanto’, un singularísimo libro de viajes por el París ilustrado y La Mancha de El Quijote.
Con anterioridad escribió ‘La granja humana’, ‘El hígado de Prometeo’, ‘Crónicas biliares’ y ‘Vidas cipotudas’, siempre en los márgenes del ensayo y lo literario. Bustos no oculta que fue educado en una familia conservadora católica y esa herencia, nunca negada, aflora por aquí y por allá en sus columnas y sus textos como instrumento de interpretación del mundo.
En esta entrevista habla con claridad de ese legado y de otros asuntos que conciernen al futuro del hombre en nuestro tiempo. Y en casi cualquier otro tiempo.
– Escribió ‘Asombro y desencanto’ para huir de la política, que monopoliza su actividad profesional. Pero más allá de sus circunstancias particulares, es verdad que la política cada vez lo invade todo más. Hay una creciente sensación de asfixia.
Pero no sé si no es culpa nuestra también. No es que unos malvados políticos nos estén obligando a dejar cada vez más espacio a su voracidad intervencionista. Es que somos los ciudadanos los que estúpidamente pedimos a la política más. El vacío moral, existencial, llámese decadencia, lo que provoca es que la gente tiene hambre de soluciones y se las pide a la política.
No extraña la dolorosa similitud que guardan las notas de suicidio de Stefan Zweig y de Reinaldo Arenas. Su dolor se parece porque nazismo y comunismo, culpables de sus respectivos exilios, comparten una acreditada aptitud para infligir sufrimiento a los hombres libres. Escribe el austriaco, víctima de Hitler: «Mi fuerza se ha gastado al cabo de años de andanzas sin hogar. Prefiero poner fin a mi vida erguido como un hombre cuyo trabajo cultural fue su felicidad más pura y cuya libertad personal fue su más preciada posesión. Saludo a mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes que ellos». Y escribe el cubano, víctima de Castro: «Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Al pueblo cubano le exhorto a que siga luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy». Zweig se tomó un frasco de veronal. Arenas, cuya homosexualidad acreció la saña de sus perseguidores -autores del lema que campeó en los campos de reeducación comunista para «maricones»: El trabajo os hará hombres- empujó con whisky un cóctel de pastillas.
Todos los hombres desean por naturaleza saber, pero algunos hombres lo desean más que otros. Antonio Escohotado Espinosa acaba de cumplir 80 años y su cuerpo es una pavesa consumida por el afán de conocer el aire, el fuego, el agua y la tierra. Su voz ronca pero dulce emerge de los escombros de un siniestro generacional donde se estrellaron todos los buscadores de paraísos artificiales; todos menos él. Al notario de sus penúltimos días, el camarada Colmenero, le asegura que es un chalao que es consciente de serlo. Y la conciencia de la locura es lo que distingue al pirado del filósofo.