Archivo de la etiqueta: héroes de nuestro tiempo

Otro como Carlos Sainz

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Campeón a los 55. 

Madrid es tan grande que seguramente la verdadera nacionalidad del madrileño sea su colegio. Luego renegará de él o terminará llevando allí a sus hijos en un rapto de nostalgia, pero el hecho es que se pasa el resto de su vida escrutando rasgos compartidos con estudiantes de distintas promociones como si se tratase de verdaderos compatriotas, atisbando la impronta de un mismo carácter. Carlos Sainz fue el primer famoso del que tuvimos noticia los niños de mi clase. Sucedió cuando conquistó el segundo mundial de Rally y pincharon la fotocopia de la triunfal página de Marca en el corcho de la biblioteca. Las leyendas sobre su talento inflamaban nuestra imaginación. Se aseguraba que un día robó el autocar de la ruta y lo condujo por las inmediaciones del colegio a todo lo que daba el pedal. Se contaba, entre murmullos de aprobación, que ostentaba el récord de expulsiones y que los profesores le pronosticaron un futuro de delincuencia y drogadicción. Se ensayaban fantasiosas conexiones entre su afición a quemar el velocímetro y el rigor de la disciplina escolar.

El caso es que Carlos Sainz siempre fue uno de los nuestros, y que verle de nuevo encaramado a la página triunfal de Marca activa un viejo resorte de familiaridad que a todo español rejuvenece, pero a unos más que a otros. La sociedad dicta que a los 55 años ya no se es campeón ni siquiera de ajedrez, mucho menos del Dakar. Sainz ha vivido tanto que ha asistido a la muerte de su propia sátira, aquella que se cebaba con su gafe legendario, la maldición egipcia de su Toyota echando humo a 700 metros de proclamarse campeón por tercera vez, trata de arrancarlo, Carlos, por Dios. Momento que no hay que confundir con aquellos troncos caídos del cielo que sacaron su coche de la pista y toda una reformulación del estoicismo del fondo de su garganta: «La cagamos, Luis».

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23 enero, 2018 · 10:36

Madrid ayer, Madrid hoy, Madrid mañana

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Ganar y ganar y volver a ganar.

Solo el Real Madrid -y cuando digo solo quiero decir solo y solamente- es capaz de redondear el mejor año de su historia viniendo de una crisis de juego y resultados. O al menos estaba en crisis hasta que levantó en Abu Dabi su quinto título en el mismo año natural. Ahora deberá confirmar su reacción contra el Barça, por supuesto. Pero lo haga o no, este 2017 debería enseñar una lección sobre la efímera, poco confiable naturaleza de las crisis del Madrid. Sobre la coqueta relación del Real Madrid con el adjetivo «histórico», una promiscuidad que creíamos reservada al periodismo.

El periodismo vive de la actualidad y por tanto tiene prohibida la nostalgia. Hay días nublados en que baja la guardia y se deja impresionar por cualquier suceso mil veces repetido desde que el homo es sapiens, y entonces titula con el adjetivo «histórico». Es una pasión entrañable que el paso del tiempo -antes 24 horas, ahora 24 minutos en lo alto de la home- no logra atemperar. Algo parecido le sucede al Madrid: no se cansa de hacer correr ríos de tinta ditirámbica ni de encelar a los historiadores, pero es que no debemos olvidar que el primer borrador de la historia lo escriben los periodistas.

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19 diciembre, 2017 · 13:52

El récord de Ramos

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Recordman.

El capitán del Real Madrid es el jugador más expulsado de la historia de la Liga y los madridistas haríamos bien en celebrarlo, porque no estamos ahora mismo para discriminar motivos de orgullo. Un récord es un récord y el Madrid ha de tenerlos todos, también el de tarjetas rojas. Sergio Ramos es un hombre temperamental pero no se le expulsa por eso, del mismo modo que a los Jordis no se les encarcela por sus ideas: en democracia, tanto a los Jordis como a Ramos se les castiga por sus actos, que suelen guardar alguna relación con la violencia. En ambos casos la reiteración delictiva condiciona decisivamente la decisión arbitral, aunque no es lo mismo saltar con los codos desplegados que desplegar un asalto unilateral a la Constitución. Lo que quiero decir es que la máscara de Ramos ya debería haber sido depositada con cuidado junto a las 12 orejonas en las vitrinas del club. Es carne de selfie japonés.

Dicho lo cual. Reconozco que cuando el árbitro pitó el final del partido contra el Athletic experimenté unos instantes de frustración. ¿Por qué el ataque del Madrid se ha vuelto tan previsible? ¿Por qué lo previsible es que el Madrid no marque un solo gol, materia prima que ya se cotiza en Chamartín a precio de coltán? ¿Por qué las bandas se han vuelto romas y el medio progresa a oscuras? ¿No le sobrará a doña Carmena un concejal de movilidad que alinee al Real Madrid en formación unidireccional, de modo que las rotaciones no obstruyan el camino hacia la portería contraria? Son preguntas pertinentes que parecen prepararnos para una Navidad dickensiana, rica en privaciones y pobre en alegrías.

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5 diciembre, 2017 · 10:32

Mesías sin sacrificio

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Renovando, que es gerundio.

Una renovación de Messi, como un título de Marc Márquez o la pervivencia del cupo vasco, es siempre una noticia relativa. Una de esas cosas que todos damos por descontadas pero que, cuando se confirman, nos agitan siempre con el alborozo un poco tonto de la obviedad. ¿No reconocía José Luis Cuerda, y defienden los poetas de muro y gatito, que conformarse con que amanezca no es poco?

La renovación de Messi es un fenómeno cósmico y sucede como sucede la rotación de la tierra, sólo que los movimientos interplanetarios salen más baratos que los del argentino. La tierra gira alrededor del sol y el Barça gira alrededor de Messi, con la diferencia de que nuestro planeta rodea el sol a lo largo de un año y Messi firma nueve contratos a lo largo de 12. Todos rotan pero Messi permanece, y de esta inmutabilidad del astro dependen la música de las esferas, la armonía del cosmos e incluso el equilibrio fiscal.

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28 noviembre, 2017 · 12:08

Ruth Beitia y la teoría del centímetro

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Ruth Beitia, atleta española.

Mi tío, que es golfista y propende al lenguaje sentencioso, ha desarrollado una teoría del centímetro cuyo alcance extiende a todos los ámbitos de la vida. Uno nace bien o mal por un centímetro. Uno accede o no a la carrera que desea por centímetros de nota de corte. Uno se enamora por centímetros de distancia, una se desenamora porque el centímetro importa. El éxito en determinadas fiestas depende de unos centímetros de cuenta corriente. Y podríamos seguir.

Mi tío ya pensaba así antes de que Woody Allen rodase la escena final de Match Point, cuyo mismo título avala la teoría del centímetro. «Un centímetro lo es todo», resume Ruth Beitia, que comparte desde luego este centimetrismo existencial. Por estirarse hasta superar el centímetro que marca la gloria o el fracaso, Beitia ha hecho cosas atroces a lo largo de 27 años de una carrera fundida en oro, plata y bronce. Se levanta dolorida cada mañana sin saber por qué, y es porque lleva 27 años ahormando su cuerpo a las exigencias de la alta competición. Solo que Beitia, a diferencia de los atletas cuya excelencia fue puramente mecánica, ha trabajado al mismo tiempo esa horma de la conciencia que se llama compromiso. Por eso se metió en política sin esperar a retirarse primero, arriesgándose a diezmar las adhesiones de la afición en un país ideológicamente binario, donde la fidelidad expresa a unas siglas granjea el odio automático de los abanderados opuestos. De ahí el ahínco que ponen los cobardes en separar la política del deporte.

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7 noviembre, 2017 · 10:19

Honrarás a tu atleta

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Héroes de nuestro tiempo.

Ayer en Olimpia las sacerdotisas prendieron de nuevo la llama sagrada al pie del templo de Hera. La antorcha recorrerá dos mil kilómetros hasta la ciudad surcoreana de PyeongChang, donde se celebrarán en febrero los Juegos de Invierno. En estos casos la noticia suele ser el destino, pero a uno le importa más el origen, que siempre es el mismo: Grecia. Este verano me fue concedida la oportunidad de pisar Olimpia, ingresar en el gimnasio, atravesar la palestra, descubrir el taller de Fidias, merodear junto al templo de Zeus y desembocar al fin en el gran estadio. Mientras caminaba entre vestigios tan majestuosos que no me atrevería a llamarlos ruinas, comprendí la lógica profunda por la que el deporte acapara tantos minutos de telediario, y por la que la FIFA organiza una gala para premiar a Cristiano que antecede a otra gala que también premiará a Cristiano, a la espera de una tercera gala que premie inevitablemente a Cristiano.

«¡Programan deporte como una religión! ¡Es el nuevo opio del pueblo!», se oye decir. Retorna la chapa de los redentores de clase preocupados de que el fútbol distraiga a los obreros de sus obligaciones con la revolución pendiente. Ignoran que para los griegos el deporte no es que fuera como una religión: es que era la religión misma. La competición deportiva desarrollaba un rito hondo y solemne, y por eso el recinto olímpico ofrece hoy la panorámica de un gigantesco santuario. Los atletas se entrenaban rodeados de altares, agradecidos a los dioses que les permitían competir por el honor de su ciudad. Aquellos que incurrían en el nefando delito de sobornar a los jueces -y esto el COI ya podría aplicárselo- debían pagar a modo de sanción de bronce una estatua de tamaño proporcional a su falta que, colocada a la entrada del estadio, eternizase su vergüenza y la de su ciudad de origen. Por el contrario, a quienes retornaban ciñendo la corona de laurel se les recibía derruyendo las murallas, en la convicción de que la polis de un campeón olímpico no precisaba de protección añadida. El campeón se bastaría solo para defenderla en caso de asedio.

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24 octubre, 2017 · 12:27

Luz en Rentería

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El alcalde Mendoza entre Juani, viuda de José Luis Caso, y Naiara, hija de Manuel Zamarreño.

Jamás pensé que escribiría una columna para enaltecer a un miembro de Bildu. Pero ese día ha llegado y yo debo escribirla. Julen Mendoza Pérez, alcalde de Rentería, se convirtió el miércoles en el primer abertzale que homenajea de verdad a tres víctimas de ETA asesinadas en su municipio. A tres víctimas de ETA y punto. Sin equidistancias nauseabundas. Sin mendigar la disculpa de los suyos amparándose retóricamente en «las víctimas de todas las violencias». Tres vecinos del pueblo, tres hombres a los que ETA les arrebató todo lo que tenían y todo lo que podrían haber tenido. Porque eso es matar.

Vicente Gajate, policía municipal, militante socialista y afiliado a la UGT. Pegó con orgullo carteles electorales de Felipe González por San Sebastián. Su mujer, Purificación, se enamoró de él a los 15 años en un baile. No le abandonan las cinco detonaciones que oyó una tarde de octubre de 1984. Su Vicente, que volvía del tajo, yacía acribillado en la acera. Tenía 34 años.

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El bueno (Julen Mendoza), el feo (Alfonsín) y el malo (Montoro) en La Linterna de COPE

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30 junio, 2017 · 12:06

El gólgota de Fandiño

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La muerte nunca abandona la mente del guerrero.

Al antitaurino le asisten dos argumentos no desdeñables. El primero es el dinero y su dulce servidumbre: la generosidad con que el lobby animalista riega la tabarra religiosa del activismo pocahontas, mientras los aficionados sostienen su libertad no ya contra la presión ajena sino contra el bolsillo propio. Que el poderoso caballero de Quevedo también manda en la izquierda lo prueba la hija de Chávez, la comunista más rica de Venezuela, que no ha labrado su fortuna a golpe de hilo y aguja como la yaya costurera del rastafari de Podemos, ése que desfiló ante Rajoy y le sacó el mismo gesto que pondría Fraga al paso de Ángel Garó. En el país donde hasta la metástasis se ideologiza -y la ideología se metastatiza-, si don Amancio quiere que sus donaciones sean aceptadas que pruebe a financiar la lucha contra el toro en lugar de la lucha contra el cáncer. Al cabo los dos matan, como sabe ya en su gloria Iván Fandiño.

El segundo argumento del antitaurino reivindica el amor a la vida. La vida del animal, se entiende, con quien por pura consanguineidad el animalista empatiza antes que con el torero. Pero el torero mejor que nadie sabe que su oficio trata con la muerte como el de panadero lo hace cada mañana con la levadura. Se trata de una rutina bárbara y anacrónica, por supuesto, porque la propia persistencia de la muerte se nos antoja un escándalo inaceptable en los sonrosados tiempos de Instagram y el envejecimiento abolido. Pero el matador de toros asume la utilidad filosófica de su sacerdocio para recordarnos a todos, en un mundo donde todo es mercancía, que todavía hay hombres que tasan su ideal al precio más alto.

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19 junio, 2017 · 11:27