Archivo de la etiqueta: héroes de nuestro tiempo

Trump no es Trump

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Él te salvará.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

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7 noviembre, 2016 · 11:43

Fenomenología de Kroos

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La voz de la razón.

Una de las mejores ideas que puede tener un club de fútbol es darle el centro del campo a un alemán. Que esa idea se le haya ocurrido al Real Madrid, cuyo centro del campo se conoce como Macondo en los ámbitos académicos, es algo que todos los madridistas celebramos al hilo de la renovación de Toni Kroos. Desde el momento en que salió vestido de blanco, ocupó la zona y dio su primer pase correcto, Kroos se convirtió en un anuncio de coches, en un sinónimo de fiabilidad germánica. Husserl era capaz de pasarse seis horas seguidas pensando, sin hacer nada más salvo afilar una navajita que al final quedó reducida al mango; Kroos podría tirarse seis horas pasando, que es su forma de pensar, y nosotros mirándole esperando el fallo. Pero Kroos no falla, y en vez de una navaja gasta cartabón de geómetra. Incluso mete de vez en cuando uno de esos goles trigonométricos cuyas parábolas perfectas se usan luego en las pizarras escolares de Prusia.

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16 octubre, 2016 · 19:52

Bob Dylan contra el pueblo

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Y además, Dylan también ha escrito.

Que Bob Dylan gane el Nobel de Literatura parece la última victoria del populismo, que conquista el corazón más frío de la élite: la Academia Sueca. Al lado de este cónclave de exquisitos, el Vaticano de Bergoglio se antoja un comité federal del PSOE. Y sin embargo sus fallos anuales imantan la atención del planeta como ninguna cita electoral lo lograría, salvo si se produjese en Corea del Norte. Lo habitual es que nada atraiga tanto la curiosidad de la plebe como los usos más rancios de la aristocracia, norma que durante siglos han observado con lucrativo escrúpulo los novelistas, los dramaturgos y los editores del corazón. Pero los tiempos están cambiando, según cantaba el agraciado, y vivimos unos en que las élites deben fingir que se interesan por el pueblo, razón que explica que Donald Trump compita por la presidencia de la primera democracia surgida de la Ilustración. Que los académicos suecos quieran hacerse perdonar su olimpismo distinguiendo al gran icono vivo de la música popular expresa perfectamente el signo horizontal, demofílico y gatopardesco de nuestra era.

Y, sin embargo, está bien que Dylan haya ganado el Nobel. Asumo demasiado riesgo en esta defensa, porque España es un país que no deja mucho espacio entre el cuñado sentimental y el esnob genialoide. Y si el primero celebró ayer el galardón a pecho limpio, el esnob de red social tardó segundos en rasgarse la túnica inconsútil de su excepcionalidad, que no puede tolerar la coincidencia con el sentir general, y por ello inferior. Y es verdad que Dylan no necesita abogados como cantante pero sí como escritor.

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Mi videocomentario en COPE sobre el Nobel a Dylan, con todos los matices convenientes

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14 octubre, 2016 · 10:56

Raquel Sanz, viuda

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De la ironía a la tragedia.

La víspera del día en que el toro mató a Víctor Barrio, su esposa retuiteó mi artículo del viernes, que casualmente versaba sobre el avance del animalismo. Raquel Sanz, a quien no conozco, coincidía conmigo en que sólo la ironía puede dar ya cuenta de las derivas disparatadas que toma nuestra sociedad. Pero la ironía es una piel fina que el ácido de la tragedia disuelve pronto. Trece horas después de ese retuit, Lorenzo partía el pecho del torero, su marido, y Raquel sentía que la vida le abandonaba a ella también, dejándole el aliento justo para agradecer como una sonámbula las muestras de apoyo de una mayoría bien nacida.

Sin embargo, sobre el fondo de dolor en que ella yace, una minoría de enfermos morales descargó en las redes esa catadura de júbilo degradante que creíamos desaparecida de Europa con la última quema pública de una pobre epiléptica confundida con una bruja. Un semoviente que celebra la cogida mortal de un torero perpetúa la misma chusma que reía desdentada en los autos de fe, que madrugaba para pillar sitio en primera línea de hoguera o de cadalso. El animalismo va convirtiéndose en la mayor amenaza del humanismo. Mentes estragadas por la incultura y la emocionalidad más primaria proyectan su abyección sobre los aficionados, como si el tendido no ofreciera una escuela de criterio para el que sepa sentarse en uno sin prejuicios. Se puede ser antitaurino cabal, como Pla o Wenceslao, y se puede ser la clase de abogado corrompido que avergonzaría a su cliente, en este caso el propio toro. Que la militancia en el PP de la viuda contribuyera a avivar la llama diabólica de Twitter, según me informó mi compadre Rubén Amón, es algo que produce arcadas en cualquier conciencia aún no podrida.

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Y París fue una fiesta

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Historia.

Las finales nunca son bonitas ni falta que les hace, porque a menudo son el feudo de la suerte, y ya se sabe que la suerte de la fea la bonita la desea. Francia ponía el músculo negro y Portugal una melancolía mal peinada que todo lo fiaba a su comandante. Payet, que lo sabía, aplicó el manual de las finales feas y taló el muslo de Cristiano, ese que creíamos blindado como los pernos del puente de Brooklyn. Lo que no calculó Payet es que Portugal es la tierra de la saudade, y con su entrada criminal acababa de abastecer al adversario del combustible de la nostalgia: debían ganar por su héroe caído, como aquella final de basket que España ganó sin Gasol y por Gasol.

Francia, sobrada de fuerzas, no supo capitalizar la baja de la estrella lusa. Sí, reincidió en el duelo tribal entre Sissoko y Rui Patrício, pero nunca se mascó el gol con verdadera fatalidad, y el principito permanecía escondido en el lado sombrío de su planeta. En cambio Portugal se ahormó sin CR como tropa de resistencia, aunque no parecía capaz de meter un gol ni jugando hasta la tercera venida de Obama a España.

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Coloso luso

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Liderazgos.

La contracultura todavía nos seduce, pero en secreto añoramos el clasicismo, la jerarquía, el primus inter pares que lidera naturalmente la manada. El Gales-Portugal prometía un choque de tribus canónicas, cada una con su macho alfa y el resto de la familia suministrándoles balones con la ansiedad de los leales. Bale y Cristiano, sin embargo, encarnan liderazgos opuestos. El galés carga con el peso histórico de la nación, ha ejercido en esta Eurocopa un caudillaje político, casi de estadista; en cambio el luso no es una deidad indiscutida en su país, soporta la tiranía de su propio yo, que no es pequeño, que crece contra los pitos y la estadística y propone la incomprendida pedagogía de la soberbia por méritos propios: esa odiosa capacidad de pagar siempre en goles el cheque enloquecido que su ego extiende desde el mismo peinado. Una delicada moldura entre gym de Fuenlabrada y cenefa Biedermeier, por cierto.

En el minuto 42 tuvimos un vislumbre de lo que pasaría. Portugal botó un córner y Bale se fue a cubrir el primer palo sin dejar de lanzar miradas nerviosas a su cómplice de BBC. Cristiano no llegó a rematar, pero para entonces Gareth ya estaba temblando bajo las redes. Un descanso y varios penaltis no pitados después, Ronaldo accionó en otro córner los tendones de kevlar que cablean sus muslos para colgarse del aire, cabecear con furia y satisfacer su psicología predatoria.

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7 julio, 2016 · 11:03

El Prometeo negro

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Un hombre siempre se levanta.

Hace ya mucho que la muerte besó la lona, noqueado por el mito. Y hace menos que su memoria personal, destruida por el Parkinson, fue fiada a la memoria colectiva, la que alza monumentos a sus inmortales. ¿De quién es Muhammad Ali? ¿A quién pertenece su leyenda? ¿A los negros, al boxeo, al pop, a las voces de la contracultura? No hay identidad que pueda reclamarlo en exclusiva porque Ali es orgullo de una raza más amplia: la de los hombres libres.

Nunca supo el ladrón que le robó la bicicleta a los 12 años el inmenso favor que nos hizo. El fuego ya ardía en él, una rabia indefinida y cósmica que el policía que atendió su denuncia supo encauzar por el aliviadero reglamentario: un gimnasio de boxeo. Allí aprendió Clay no ya a defenderse, sino a ofender de palabra y de obra. Creció guapo e ingenioso, ordenando con criterios apolíneos cien kilos de músculo y varias toneladas de egolatría que sólo unas piernas hechas para el claqué podían desplazar con tanta gracia. Golpear y ser golpeado le parecía una ordinariez, así que perfeccionó su propio estilo: el baile ingrávido, la esquiva elástica y ese jab larguísimo que ejecutaba girando sutilmente el guante al impactar, para cortar la piel de su adversario. La lengua de la serpiente. El picotazo de la abeja cuando deja de zumbar.

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5 junio, 2016 · 13:58

Las odiosas Once

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Un Lannister en el palco de San Siro, tras la decapitación.

Resulta tentador buscarle un significado a la vida. El Atlético encontró el de la suya y convierte la disputa de un torneo en una epifanía. Nadie le encomendó la misión de redimir a los hombres de buena voluntad a través del fútbol, pero así es como su parroquia afronta cada partido. Lo prueba el tifo que desplegó en la grada de San Siro: «Tus valores nos hacen creer». Es el equipo de las personas piadosas, de los mensajeros de la paz.

El Real Madrid, en cambio, carece de ambiciones trascendentes: es un club existencialista que piensa que ha sido arrojado a este mundo para ganar Copas de Europa. Y a ello se aplica con insidiosa regularidad, partiendo de un lema lacónico: «Hasta el final, ¡vamos Real!». Son los funcionarios de la victoria, y dejan los lujos morales para quien se los pueda permitir. Por qué filosofar si puedes ganar títulos. Para qué reivindicar la justicia si puedes imponer tu dictadura. Por eso las once orejonas del Madrid pasan por ser odiosas al juicio de los moralistas. Que no tienen nada que ver con los madridistas.

Lo curioso es que Madrid y Atleti contradicen en la práctica sus respectivos discursos. El fundador del orgullo colchonero, Luis Aragonés, nunca pidió vocaciones sacerdotales sino solo ganar, ganar y volver a ganar, aunque a la hora de la verdad no lo logra. En tanto que el Madrid ha perdido mucho el tiempo reivindicando señoríos mientras ganaba copas a traición.

Pensé en todo esto cuando descubrí a Jaime Lannister en la sala vip del estadio al filo de las ocho de la tarde. Cuando vi que su intérprete, Nikolaj Coster-Waldau, conservaba ambas manos -una cerveza en cada una- me extrañé, pero no avisé a nadie por no incurrir en spoiler. En lugar de eso recordé el mensaje que me mandó un amigo madridista en mayo de 2014, recién terminada la final de Lisboa: «¡Somos los Lannister!». Y en efecto, el Madrid siempre paga sus deudas. Lo que ocurre es que las tiene contraídas únicamente con su propia historia. Y no ha nacido todavía el matarreyes que lo apee del trono europeo.

Había muchas otras manos ilustres sosteniendo cerveza o champán en la sala vip de San Siro. Al principio impresiona coincidir en la captura del canapé con Lothar Matthäus, con Fabio Capello, incluso con Pier Luigi Collina; pero a todo se acostumbra uno, al champán con bastante rapidez. Ya el autobús que en la tarde del sábado nos conducía al estadio era todo un poema: te encajonan entre Richard Gere, Pedja Mijatovic, Raúl González y Plácido Domingo y tienes que arreglártelas. Pedja me explicó que a dos horas de la final la tensión echa raíces en los nervios del jugador. Más en un año donde no se ha ganado otro título que pueda justificar la temporada. «Me recuerda mucho al 98», se ponía unamuniano el héroe de la Séptima. El más aclamado por los aficionados que esperaban a la comitiva blanca a la puerta de San Siro fue sin embargo Raúl, al que acompañaba su mujer, que grababa con el móvil las manifestaciones del fervor popular. Gritar «¡Raúl, Raúl!» antes de una final de Champions tiene mucho de impetración.

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30 mayo, 2016 · 11:18