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Y París fue una fiesta

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Historia.

Las finales nunca son bonitas ni falta que les hace, porque a menudo son el feudo de la suerte, y ya se sabe que la suerte de la fea la bonita la desea. Francia ponía el músculo negro y Portugal una melancolía mal peinada que todo lo fiaba a su comandante. Payet, que lo sabía, aplicó el manual de las finales feas y taló el muslo de Cristiano, ese que creíamos blindado como los pernos del puente de Brooklyn. Lo que no calculó Payet es que Portugal es la tierra de la saudade, y con su entrada criminal acababa de abastecer al adversario del combustible de la nostalgia: debían ganar por su héroe caído, como aquella final de basket que España ganó sin Gasol y por Gasol.

Francia, sobrada de fuerzas, no supo capitalizar la baja de la estrella lusa. Sí, reincidió en el duelo tribal entre Sissoko y Rui Patrício, pero nunca se mascó el gol con verdadera fatalidad, y el principito permanecía escondido en el lado sombrío de su planeta. En cambio Portugal se ahormó sin CR como tropa de resistencia, aunque no parecía capaz de meter un gol ni jugando hasta la tercera venida de Obama a España.

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Gatsby, o amar por encima de nuestras posibilidades

Cuando Hemingway leyó la obra maestra de su mellizo de Generación Perdida, registró su asombro —y un punto de envidia— en la memoria primero, y más tarde en el manuscrito póstumo de París era una fiesta: “Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo no conocía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott”. En ese mismo libro de memorias algo noveladas, el granítico Ernest anota la incomprensible fascinación que sobre Francis Scott Fitzgerald ejercían los ricos:

—Ellos son diferentes, Ernest.

—Sí, Scott. Tienen más dinero —reducía drásticamente el escritor aventurero.

Creo que el Gatsby de Luhrmann hoy en boga de cartelera y recensión capta perfectamente esa fascinación plutocrática de Fitzgerald, y sabemos que la semántica de lo fascinante reúne la antítesis entre repulsa y atracción, entre el premio del triunfo y la maldición de la insania. DiCaprio brilla como el magnético timador de Atrápame si puedes y más tarde se colapsa como el neurótico Hughes de El aviador. Bajo el envoltorio pulimentado por unas mistificadas maneras oxonienses habita la psicología rudimentaria de Tony Montana: In this country, you gotta make the money first. Then when you get the money, you get the power. Then when you get the power, then you get the women”. No otro es el programa vital de James Gatz, devenido Jay Gatsby por la misma neoyorquina razón que años después Dick Whitman usurparía la identidad de Don Draper, con la diferencia de que Gatsby es un romántico genuino: le mueve la conquista de la inasible Daisy, a la que ama literalmente por encima de sus posibilidades y bajo el prisma cristalizado del ideal con que Stendhal describió el enamoramiento.

Acudí escéptico al cine porque Baz Luhrmann hace el cine opuesto al que uno le gusta, porque uno es alérgico al género musical y a la pirotecnia frívola de un arte afeminado antes que femenino. Pero acudí. Durante la primera hora del metraje Luhrmann imponía su estilo manierista, festivo, epidérmico, de un barroquismo abigarrado como de pared de habitación adolescente. Pero según avanzaba la película ocurría algo formidable: Fitzgerald resurgía como un espectro alcoholizado bajo el carmín y las gasas y agarraba al trivial Luhrmann de las solapas, obligándole a contar con respeto la tragedia de Jay Gatsby. El cineasta formalista acaba entregándose con milimétrica exactitud argumental a la honda fábula moral que encierra la gran novela de la Generación Perdida. Ahora que ese tétrico concepto acuñado por la señora Stein Lost Generation— regresa a algunos de nosotros como si fuésemos barcos a contracorriente incesantemente arrastrados hacia el pasado, conviene discernir bien lo que Gatsby tiene de Fitzgerald para adivinar el posible desenlace personal de esta jodienda que nos toca vivir.

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23 mayo, 2013 · 20:38