Todo Madrid acudió a la llamada del genio de Morante pero fue la inteligencia de El Juli la que mejor satisfizo la expectativa de Las Ventas, atestada hasta el reloj que dio las siete de la tarde. Entrar en la plaza cargada de humo de puro y vapor de gintonic y negritas de importancia sigue reconciliando al cronista lego con el corazón rebelde de la Fiesta. Quizá haga falta menos rebeldía en lo por venir desde que la generación TikTok ha encontrado en los toros una razón estética para desafiar lo establecido. Sé de la desazón que a los puristas les provoca este mestizaje entre fiesta y Fiesta, pero deberán conceder que un valioso porcentaje de los que van a mamarse terminarán desarrollando la afición verdadera.
Un vendaval de hielo se desató sobre el rey de Europa en Manchester y congeló las cañerías del palacio donde habitaba la cálida costumbre de la victoria. Los jugadores de Ancelotti envejecieron de golpe, la artritis se declaró en los miembros más nobles de la familia, la épica se volvió melancolía. Los jóvenes herederos –Camavinga, Rodrygo, Valverde– asistían al fenómeno atmosférico con estupor, paralizados ante el espejo mohoso en que se reflejaban sus mayores, completamente irreconocibles.
No lo entiendes. Te falta imaginación o te sobra ingenuidad para entenderlo. Bilduno incluye en sus listas a asesinos -con su nombre en clave de asesino- a pesar de su pasado: los incluye gracias a su pasado. Los incluye porque una porción tristemente numerosa de la sociedad vasca lleva medio siglo reuniéndose en el txoko o en la herriko a celebrar el vuelo de aquel coche, y ese preso que logró escapar, y la nuca abierta de una fiscal demasiado confiada, y el extenso charco rojo que dejó aquel autobús reventado donde viajaba el enemigo. Porque las bases de Bildu siguen pensando que un guardia civil, un concejal del PP, un columnista de EL MUNDO, una maketa con el hijo que ya no caminará o un militante del PSOE de ayer -el PSOE que los combatía- es un fascista. Y matar fascistas es una hazaña militar que no debe caer en el olvido, que debe ser honrada con bienvenidas y cargos, que debe ser remunerada con dinero público. Esta es la confesada mierda que Bildu fabrica en sus sesos intestinales y fluye hasta sus listas electorales, y tú debes ser capaz de mirarla y de llamarla por su nombre de mierda. Debes leer el titular «Ortega vuelve a la cárcel» en la cara de la portavoz del partido cuyo voto ha sido decisivo para investir a Sánchez y mantenerlo en el poder hasta diciembre, y más allá. Debes reconocer que la monstruosa inclinación a romantizar la violencia todavía es patrimonio ideológico de la izquierda; pero no de la izquierda molotov de escrache y casa okupa, sino de la izquierda institucional que cogobierna una democracia europea y de la izquierda cultural que recompensa a una reputada escritora cuando lamenta la ética de Camus y rechaza el humanismo de Castellio: «Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino que es matar a un hombre».
La doctrina de la posesión es la ley de vivienda de Guardiola: promete un título de propiedad pero solo favorece la ocupación. Si vas a ocupar la casa del Real Madrid, querido Pep, debes asegurarte primero de que el inquilino se haya marchado. No vaya a ser que esté agazapado en una esquina, contemplando con displicencia cómo la chavalería gamberrea en su salón hasta que se cansa y en dos zancadas decide desalojarlo.
El fútbol sucede en un espacio, pero ese espacio cambia con el tiempo. Las edades del hombre vienen jalonadas por el cemento de un patio de colegio, la tierra de un potrero suburbial, el olor del primer campo de hierba o el césped sintético de las últimas pachangas. Se juega o se sigue el fútbol para desafiar el paso inexorable de los años. Unos pocos elegidos logran prolongar la infancia haciendo del juego profesión. Algunos equipos rejuvenecen de felicidad a sus aficiones cuando al fin ganan un título esquivo. Pero solo un club ha aprendido a conjugar el presente continuo de la victoria. Lo explicó con uno de sus aforismos redondos Jorge Valdano tras la enésima final de Champions League: «Creo más en la eternidad del Real Madrid que en la del fútbol».
Unos fans sin rostro esperan en un garaje a David Bisbal a la salida del concierto. En cuanto los ve el artista no duda: se dirige hacia ellos con cuatro zancadas elásticas, irradiando determinación y ahogando cualquier señal de cansanciobajo una máscara de simpatía que en absoluto parece una máscara.Es ahí, en esa decidida maniobra de aproximación, donde reside la clave fenomenológica del vídeo viral. Solo después de plantarse ante sus fans y mirarles a la cara, cambiando las alturas para asegurarse de que cada uno cruza los ojos con los suyos, pronuncia Bisbal el sermón de las 17 palabras:
-Cómo están los máquinas, lo primero de todo. ¿Estáis bien? Pues venga, vamos a echarnos una fotillo.
La serie de televisión más importante de nuestro tiempo -la que mejor plantea la tensión crítica entre el mundo que no termina de morir y el que no acaba de nacer- apenas se conoce en España. En Estados Unidos hace años que rompe audiencias, motiva ensayos de sociología y alimenta controversias políticas. Hablamos de Yellowstone, la creación de Taylor Sheridan protagonizada por Kevin Costner que aquí emite SkyShowtime. ¿Pagar otra plataforma? Yo digo que disfrutar de las cinco temporadas de Yellowstone ya justifica esa suscripción, y hasta la baja de cualquier otra plataforma a cambio.
No pasa nada por ser conservador, pero es que a veces el conservadurismo es la única forma de demostrar inteligencia. Uno de esos momentos es una vuelta de cuartos de final cuando se lleva una ventaja de dos goles. Por esta razón y no por halagar a don Juan Carlos, presente en el palco de Stamford Bridge,el Real Madrid salió al campo dominado por una noción monárquica del paso del tiempo y echando un vistazo furtivo al reloj mental en cada saque de banda. Bastaba aguantar el resultado para reinar sobre la eliminatoria. Y sin embargo ni el Chelsea arriesgó tanto como se esperaba ni el Madrid en Europa sabe jugar a contemporizar sin aburrirse.