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El Madrid y lo carnavalesco

Bajtín, teórico ruso del carnaval que no cesa.

Bajtín, teórico ruso del carnaval que no cesa.

De los equipos de Caparrós se predica irresponsablemente cierta fama de correosos que partidos como el de hoy obligan a revisar. Se venían diciendo cosas como que el Levante es el equipo que mejor defiende cerca de su portero, Keylor Navas, guardameta muy notable con nombre biónico. Entre biónico y espanglis. El caso es que la concentración defensiva de un equipo, su cualidad correosa, debería acreditarse antes que nada en las jugadas a balón parado, y ni así. Se alzó Cristiano en el minuto 11 sobre el plano terrestre, subió hasta que tuvo de las centrales la visión cósmica de Sandra Bullock en Gravity y cabeceó desde la lontananza para batir a Keylor. Cabezazo estratosférico, otro gol marciano del portugués.

A Cristiano le habían hecho antes una falta que quedó impune y eso aquilató la eficiencia de su respuesta, como siempre sucede. Solo hay una persona a quien le alimente tanto la injusticia como a Cristiano: un profesor universitario marxista.

El partido se presentaba como un duelo de mascadores de chicle: el calmoso prensado de Carletto contra el frenesí mandibular de Caparrós. Enseguida comenzó el asedio del Madrid al área presuntamente amurallada del Levante, con Bale y Carvajal (rezamos para que su lesión quede en poco) repartiéndose la banda derecha como dos señoras educadas en la cola de caja, y con Di María inaugurando por la derecha su irritante recital de acometidas ciegas, corregidas por la lucidez de Marcelo. Solo terminó una cosa bien el argentino en todo el partido y fue el córner botado al espacio aéreo de Cristiano en el primer gol. Por lo demás, y pese a su voluntarioso despliegue, confundió siempre la pertinencia del pase con la del tiro y viceversa, y cuando enmendaba sus errores recuperando el balón enseguida se aplicaba a perderlo y corría a recuperarlo para luego perderlo en un bucle de improductividad infinito y enojoso. Al menos corre, eso sí.

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10 marzo, 2014 · 14:40

El Atleti y sus eufemismos

Intensidad.

Intensidad.

¿Por qué le llamarán derbi cuando quieren decir reyerta? Y sobre todo, ¿por qué la prensa especializada no se cansa de elogiar la intensidad en el juego del equipo de Simeone? Ahora se le llama intensidad, queridos amigos. Habréis oído ya las siguientes expresiones a propósito de la riña patibularia en que los colchoneros quisieron convertir el derbi: partido canchero, jugar con sus armas, agresividad, carácter, brega, luchar unidos como hermanos y otros eufemismos enternecedores sobre los que se echan paladas de abono en la ribera del Manzanares para que crezcan robustos e incuestionados.

Pero Ancelotti, hombre apegado a la tradición, prefirió llamar a todo eso por su nombre: violencia. La palabra escogida, como todas las verdades, escandalizó a la mayoría de los presentes en la rueda de prensa, que tienen profundamente asumido que el Real Madrid, por culpa de sus millones, es el único sujeto jurídico sin derecho a legítima defensa. Y si los madridistas responden, como por momentos hicieron Pepe o Arbeloa o Xabi, la encomiable intensidad atlética pasa a llamarse automáticamente desquiciamiento, confusión, pérdida de papeles, ausencia flagrante de señorío. Así cavila la lógica sanchopancista del gremio.

Y lo cierto es que el Madrid, ya que le planteaban ese juego, debió arremangarse y bajar al barro como hizo en la ida de la Copa. Pero ese gol tempranero de Karim lo despistó y en cambio espoleó al Atleti, que supo reaccionar con sus armas –las ya descritas aquí– bajo la mirada bovina del árbitro, quien corregía sus propios fallos añadiendo otro nuevos hasta que el partido empezó a medirse no en minutos sino en asaltos.

Rendirse, sin embargo, no es una opción cuando se lleva la camiseta blanca. Los cambios de Ancelotti renovaron un engranaje atascado y el equipo se puso a asediar la meta de Courtois con todo el Atleti atravesado bajo el larguero. Los del eufemismo asimétrico lo llamarán a eso “defensa heroica”, pero un taurino optaría por “acularse en tablas”. Cristiano, a quien sometieron por momentos al tipo de régimen narrado en Doce años de esclavitud, se libró por un momento de los grilletes y marcó un gol que puede valer una Liga, como aquel otro en el Camp Nou.

Al término del partido, Simeone decidió afiliarse a la teoría de la conspiración. Dice que siguen vivos en Liga pese a que moleste a alguien. Yo creo que su juego solo molesta a las nueve musas de la estética y al Defensor del Menor.

(Real Madrid TV, 4 de marzo de 2014)

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6 marzo, 2014 · 20:00

Reyerta sin daños de consideración

El derbi visto por Goya.

El derbi visto por Goya.

El realizador ofrece panorámica cenital del mosaico colchonero y luego un primer plano de Simeone, ojos claros pero no serenos si nos fijamos en la crispación mandibular. En lenguaje audiovisual se nos está diciendo que hay una grey y un pastor, un pueblo y un caudillo, un bolivarianismo y su Bolívar. Al primer córner, minutos después, Simeone ya está a horcajadas sobre la chepa moral del cuarto árbitro. Y así se pasará todo el encuentro. Pero a Simeone no se le echará nunca, Simeone goza de inmunidad (anti)diplomática porque en nuestra aporofílica España respetamos a los pastores siempre que se ocupen de los pobres, o al menos de los menos ricos, como es el caso. Se expulsó, eso sí, a su lugarteniente Burgos, que hizo honor a su simiesco apodo tras la tarjeta a Diego Costa. Tarjeta amarilla como amarilla es la estatuilla del Oscar que, aprovechando un pisuerguismo de Arbeloa, mereció su caída en el área, desfallecimiento impropio de mozo nacido en un lugar llamado Lagarto.

Costa es un delantero de progresión tan lenta, de paso tan grávido y habilidades tan primarias que no alcanzamos a explicarnos el peligro que es capaz de crear. Y sin embargo lo crea, vaya que sí. Se bastó solo para desquiciar a la pareja Ramos–Pepe durante buena parte del derbi, que tuvo una primera parte sencillamente patibularia. El gol de Benzema –decididamente mortífero desde que se dejó esa barba saudí– llegó demasiado pronto. Hay regalos espléndidos que se malogran por no entregarlos en el plazo justo de maduración. El Madrid no había madurado aún su juego y ya no lo pudo hacer hasta mediada la segunda mitad.

Porque el Atleti reaccionó ejemplarmente al revés tempranero: subió la presión, se multiplicó en las tareas de presa, protestó como un solo hombre, chocó como dos, fingió cuando fue necesario. La prensa especializada lo llama “intensidad”. El Madrid supo usarla en la ida de la Copa, pero esta vez le dio pereza y así llegó el empate. Arda, su Modric (porque el del Madrid tardaba en aparecer, y cuando lo hacía era muy capaz de perder el balón: algo insólito), metió un pase a Koke que ningún defensor del Madrid había previsto. Y Koke la cruzó perfectamente para volver superflua la estirada de Diego López.

Nunca estuvo tan bien elegido el sinónimo “choque” para un partido. Qué centelleo de navaja trapera, cuánto codo, qué vuelo de plantillas, aquella farsa de Pepe ante Godín, la ya mentada de Costa, la marrullería local, los destiempos de Arbeloa, las batallas que libraba Xabi, la decretada caza a Cristiano. A todo esto asistía el árbitro como ese novio cobardón que pretexta curro cuando su novia le dice que tienen que hablar. Si el curro lo tienes delante, hombre de Dios. Delgado Ferreiro iba aplicando una original métrica compensatoria para paliar sus propios errores: “Si no pito el penalti de Ramos sobre Costa, voy a perdonar ahora esas tres tarascadas sobre el portugués. Pero como me he comido la mano de la barrera en el libre directo, echo al Mono Burgos y le saco luego una amarilla a Godín aparte de a Pepe. Y niquelao”. Así razonaba nuestro Salomón comprado en los chinos, practicando su trile impresionista de unas injusticias por otras.

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2 marzo, 2014 · 23:00

Felicidad y cuartos de final

Carletto rules.

Carletto rules.

Para que todo sea perfecto, a don Carlo Ancelotti solo le falta fumar puros en público, a poder ser en rueda de prensa, delante de todos los que le ahorraban prematuramente la ingesta del turrón en el banquillo eléctrico del Real Madrid. Pero hoy yo miro a Ancelotti y le veo perfectamente capaz de comerse en este club su cesta de Navidad y la de la prensa.

A don Carlo le venían diciendo que ojito con los equipos alemanes, que allí el Madrid había ganado solo uno entre los últimos 25 partidos, que esos bárbaros juegan duro y disciplinado y que entrábamos ya en la fase caliente de la Champions. Nuestro hombre enarcó la ceja y se plantó en Gelsenkirchen con su 4-3-3 y su tridente de caníbales, esa BBC que tiene más familiaridad con las redes que el mismísimo Punset. Y no es solo que rompiese la maldición: es que redujo aquel campo de minas a llanura, sembró césped y levantó allí mismo un parque temático para todos los públicos con un enorme letrero a la entrada: “Bienvenidos al espectáculo”.

Esa palabra, espectáculo, que pronunció el día de su presentación en el Bernabéu. ¿Se acuerdan? ¿Y se acuerdan de las risas privadas que suscitó? Eran las risas de los mismos que ahora corren a comparar al Schalke con el Elche para rebajar la importancia indiscutible que tiene la exhibición del Madrid en Alemania. Es la comparación del miedo. El Madrid ha vuelto a dominar en tres competiciones y eso produce en sus adversarios primero risitas nerviosas, luego pataditas bajo la mesa y al final excusas para ir al baño en el momento exacto en que Ancelotti propone un brindis.

En cuanto a los madridistas de ley, nada tengo que decirles que no hayan devorado ya con sus propios ojos. La explosión de Bale, que hace decir a nuestro amigo Jabois que cada semana Neymar vale 10 millones más y Bale 20 menos. El sinuoso descaro con que Benzema está actualizándonos a Zidane. El hambre intacta de Cristiano. La impenetrabilidad de la portería, la seriedad en defensa, la ubicuidad en el medio, la profundidad por bandas. Qué queréis que os diga si la felicidad, amigos, no se pone en palabras: se paladea y se pasa a cuartos.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de febrero de 2014)

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Vente ‘pa’ Alemania, Carlo

Crónica del partido según Tiziano.

Crónica del partido según Tiziano.

Y se quedaron los alemanes cantando, porque los alemanes o duermen o marchan. Un alemán despierto es una garganta presta a la épica, sea la de la victoria o la de la derrota. Y qué manera de ser derrotados, qué paseo militar el del Real Madrid, que tomó Alemania como no se veía desde Carlos V en Mühlberg. Si en estos momentos no suena la Marcha Radetzky en el iPod de Benzema entonces no sé cómo justifica la nómina Pardeza, que para eso es el que pone la cultura.

Empezaron cantando las gradas de Gelsenkirchen su himno de mineros, su tonada siderúrgica, y abajo en el césped los muchachos del Schalke obraron en consecuencia: adelantaron la presión y lograron poner nerviosos a Pepe y a Ramos. Pero aquello duraría poco. Pronto se advirtió que el histórico tembleque del Madrid en Alemania se curaría esta noche.

Gareth Bale agarraba el balón y salía disparado hacia el área con la determinación de no parar hasta la boca de la mina. Sorteaba defensas con fastidio, porque se veía que lo que le apetecía era traspasarlos directamente. Karim Benzema no es que esté enchufado: es un puro calambre, un roce de electricidad estática que se prende en la combinación con Cristiano. Así llegó el primero: diagonal galesa, taconazo portugués y remate galo. La BBC sintonizada en prime time para traerles el show del más difícil todavía, pasen y vean.

Enseguida pudo empatar el Schalke, pero apareció el Santo. Su parada de santería, brazo incorrupto. Gran acción de Casillas para enmendar una confusión infantil, enojosa, entre Ramos y Pepe, que eligieron el peor momento para ponerse a jugar al Twister. Pero de ahí en adelante los mineros se empequeñecieron, fueron devueltos a las profundidades de su campo como una raza tolkieniana de enanos. El elfo Modric cogió su carcaj y ya no paró de correr hasta completar once kilómetros, según las últimas estadísticas. Di María hizo lo mismo, cubriendo un recorrido larguísimo y bombeando centros que invertían el guión de los agoreros: ¿no habíamos quedado en que el juego aéreo era la especialidad local? Marcelo se sumaba al doblaje y la BBC en general buscaba el desmarque constante. Así resulta muy difícil cegar el avance madridista, que llegaba en oleadas ansiosas bajo el grito tarzanesco de Ronaldo, hambriento como los lobos del amigo Félix.

Huntelaar, con esa cara como salida del Diario de Ana Frank, llamaba desesperado a sus compañeros. Pero no podían oírle. Farfán, nombre de entrante árabe –yo tomaré cuscús; para mí farfán–, tocaba algo más de bola, trataba de progresar por banda y fue el mejor de los suyos, lo que no es decir mucho visto lo visto. Porque de pronto se oyó un silbato en la estación: era Karim con visera y banderita, robando un balón a un lateral incauto y abandonándolo suavemente en la vía por la que llegaba el expreso de Cardiff. Bale recortó a uno, recortó a otro y soltó la zurda un segundo antes de descarrilar. El segundo estaba aquí, y era un golazo que estira el repertorio intuido a este jugador extraordinario, cada vez más barato: tiene el disparo, tiene el remate, tiene el autopase en velocidad y ahora tiene también el doble regate en estático seguido de gol. Bale ya es el Bale del YouTube, para catástrofe del franciscanismo mediático que le busca los millones con recelo digno de mejor causa. La de Neymar, sin ir más lejos.

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27 febrero, 2014 · 14:35

Bale y el antimadridismo

Insomnio antimadridista.

Insomnio antimadridista.

Ahora que se ha restaurado el orden natural de la historia y que el Real Madrid es líder en solitario de la Liga, finalista de Copa y equipo de récord en las primeras fases de la Champions que al fin vuelve, los enemigos de la hegemonía blanca pasan las noches atormentados por el insomnio, atareándose febrilmente en la busca de alguna manera de hacer daño al equipo.

Lo tienen difícil, porque los resultados se suceden con cadencia de plusmarca, el juego carbura sobre el hallazgo de un 4-3-3 goleador y equilibrado, el estadio se llena hasta para los partidos contra la droga, el vestuario convive entre la placidez y la motivación y el entrenador es un italiano tranquilo que sofoca cualquier conato de guerra con un levantamiento de ceja ante la prensa y, en el campo, con un inteligentísimo sistema de rotaciones. Y al mismo tiempo que sucede todo esto, los rivales inmediatos amagan derrumbe institucional, o fiscal, o físico, o deportivo en general.

Sin embargo el antimadridismo es un virus celoso que no permite a sus pobres huéspedes un momento de descanso. Sus penúltimos síntomas son los minutos de Jesé e Isco, debates ficticios que los propios jugadores han desinflado con su discreción: solo hablan con la puntera derecha o el empeine izquierdo, con la elocuencia incontrovertible del gol.

Pero si esta es la lupa de un madridista confeso, la lupa de mil aumentos del antimadridismo disfrazado últimamente se viene aplicando sobre Gareth Bale, a ver si se le descubre una hernia íntima, un descontento privado, que Marcelo le dio una colleja en un entreno o que aún no habla castellano antiguo. Todos son pretextos para desaguar la misma rabia: no solo que el Madrid tenga 90 millones para fichar al mejor jugador de la Premier, sino que no tenga por qué ocultárselos a Hacienda. A Bale se le prejuzga y se le juzga con la impaciencia de verle fracasar en el Madrid para poder salir corriendo a pellizcar a Florentino Pérez. El problema de este precario plan es que se desmorona pasadas las cinco de la tarde de un sábado cualquiera en el Bernabéu, cuando Gareth Bale agarra un balón a 30 metros de la portería contraria, se la coloca con cariño en el disparadero de su pierna izquierda, aplica la mecha al cañón y despinta el interior del larguero antes de clavar la bala de cuero en el fondo de la red.

Bale no solo marca más goles y da más asistencias que Neymar, que el tan llorado Özil, que Beckham en su mejor año. Si hace eso sin pretemporada, el año que viene va a haber que liberar a diez becarios para llevarle las estadísticas. Pero es que todos sospechamos –incluidos los antimadridistas– que lo que llevamos visto del galés es solo la punta de un monumental iceberg, y que cuando este jugador empiece a soltarse de verdad vamos a ver naves ardiendo más allá de Orión. Bale ha confesado que su primer recuerdo de la Champions, a los doce años de edad, fue la volea de Zidane en la Novena. Debería ponerse ese vídeo seguido del vídeo de su propio gol al Elche. Solo necesita mirarse al espejo para sumir a los impacientes interesados en la más negra de las melancolías.

(La Lupa, Real Madrid TV, 25 de febrero de 2014)

La locución, aquí.

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Un cañonazo a la hora de la siesta

Cañoncito Bale.

Cañoncito Bale.

La heroica ciudad dormía la siesta, diría Clarín diciendo Concha Espina donde decía Vetusta, que al fin y al cabo Ana Ozores avanza un paradigma decimonónico de la pipera. Solo que toda la heroicidad del Elche se redujo en la ida a la épica del lúser desatada por el penalti de Muñiz, gesto fascista que le valió una nevera y le presentó ante España como el expósito de una familia problemática por boca o bocaza de Arminio o Arminione. Decidió Arminione que contra el Elche tampoco jugaría Cristiano y luego se paseó por la Federación como Don Fanucci por Little Italy, dando a besar la mano convexa.

Se evitó que el bostezo sesteante coincidiera con el pitido inicial mediante un minuto fúnebre por el yayo de Ramos, pues en España, tierra necrófila, nada anima tanto como un buen funeral. “Ya no nos volveremos a divertir tanto hasta que muera Azorín”, le susurró Raúl del Pozo a Umbral durante el entierro de Ruano. Me desvío. El caso es que Di María y Jesé se pusieron a presionar arriba con alegría noctámbula, a doblarse y a asociarse en pos del gol rápido que solucionara el trámite y devolviera a la tarde su necesidad de siesta. Estos dos jugadores a veces parece que se bañan el cuerpo en aceite antes del partido, como los luchadores griegos, porque se escurren entre defensas con facilidad líquida.

Por el lado opuesto, Carvajal y Bale maridan peor, por lo que a veces el galés derrota hacia el medio con la boca abierta, buscando oxígeno y pradera. De todos modos el canterano hizo bien su trabajo, con ese nerviosismo práctico que desbroza tupidas bandas. En cuanto al galés, mandó una a las nubes, se ofuscó un par de veces y esperó a que en los bares empezaran a contar millones para acabar marcando uno de los golazos de la Liga. Así es Gareth: un héroe que siempre fracasa en su intento de fracasar.

Confortaba ver a Varane ejerciendo de nuevo su mando sensato en la zaga, y nos sorprendía la ubicuidad de Illarramendi, que se beneficiaba de la ausencia de Modric. Arriba Benzema esperaba la suya, pero como no llegaba quiso hacerla Jesé a pase de Di María: colocó bien el interior sin control previo, pero ese remate lleva copyright galo y no se encuentra en los chinos. En la medular vasca del Madrid, RH verificable, el alumno Asier crecía a costa del maestro Xabi, aventurándose con un desparpajo nuevo por el frente de ataque. A Illarra se le ha insistido tanto en que es el relevo generacional de Xabi, el heredero de su tacticismo conservador, que se ha corrido el riesgo de castrar algunas tendencias originales de su tierno espíritu. No todo va a ser foralidad: hay espacio para la aventura entre los hijos de Zalacaín. Lo vimos con su gol: un gol de llegador. Y un disparo croata, en ausencia del genio. Los locutores del Plus lloraron amargamente el fuera de juego no pitado que precedió al córner que precedió al gol.

Quiso el Madrid cerrar pronto el recreo con el segundo y atacó en oleadas como las hordas godas, de modo que si un pase se quedaba atrás, aparecía otro de blanco para recogerlo. El Elche no se rindió y adelantó líneas, pero la defensa merengue no regalaba un balón y cumplía obsesivamente con el mandato heráldico de sacarla jugada. Nobleza obliga. Pero el buen tiempo comenzó a punzar los párpados de los jugadores, el estómago a reñir con las piernas y el partido de fútbol a devenir sobremesa. Solo Jesé giraba de vez en cuando el tobillo con un ademán brusco, absolutamente suyo, porque el tobillo de Jesé ya es como las cabezas de los búhos: pueden girar 360 grados sin partirse.

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23 febrero, 2014 · 17:00

Luka Modric, padre de la transición

Luka no tiene quien le robe.

Luka no tiene quien le robe.

Sorprende que un campo que no es el Bernabéu aplauda a un jugador del Madrid cuando se retira. Que una afición rival, viendo perder a su equipo contra el Madrid, manifieste voluntaria y públicamente su admiración por un jugador blanco, que además ni siquiera juega en La Roja ni ocupa la mediática posición de delantero, constituye un fenómeno lindante con lo paranormal. Y sin embargo eso es justo lo que hizo el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe con el gran Luka Modric, y el gesto merece una reflexión, más allá de los muchos madridistas que infestaban la grada.

Lo que está haciendo Modric en el Madrid esta temporada equivale a una refundación de la medular madridista. Si pudiéramos comparar el centro futbolístico con el centro político, Modric sería nuestro Adolfo Suárez. Modric es flexible, nunca se cansa de negociar, acomete reformas audaces en el tiempo y el espacio del juego y defiende el principio irrenunciable del equilibrio, que es la santa ideología de Ancelotti.

Muchos años llevaba el equipo buscando a alguien como el croata para concederle el bastón de mando del medio ofensivo sin desguarnecer con ello el terreno que se abre a su espalda. Si Xabi Alonso garantiza la solidez ósea, Luka parte de él para armar el sistema circulatorio, para bombear balones a las prodigiosas extremidades que el Madrid exhibe en ataque. La movilidad incesante del croata cumple en el equipo las mismas funciones que el riego sanguíneo en un cuerpo vivo, y el Real Madrid se despliega y se contrae a un ritmo mucho más armónico y saludable desde que Modric lleva el pulso del centro del campo.

El público de fútbol, respire cerca o lejos de Chamartín, se ha dado cuenta de todo esto: sabe que una de las causas del momento imperial que atraviesan los de Ancelotti se llama Luka, como el título de aquella canción. La concentración en defensa y la calidad arriba pueden ser las otras, pero hoy nadie cuestiona la influencia decisiva del pequeño balcánico. En los ratos libres salva goles bajo palos o ejercita su disparo inteligente desde fuera del área, afición perversa que suele acabar en golazo estilo Premier. Y en todo momento recibe, sortea, abre, descarga, bascula y raja la defensa contraria con pases letales. Entre la formidable delantera y la reencontrada zaga, solo hay que buscar a Modric: él se encarga de hacer la transición, como Suárez.

Viéndole jugar hay que rendirse a su raro talento, que deja el parangón con cualquier otro centrocampista a la altura de lo vulgar. Sigue haciéndonos felices, Lukita, y cuando los campos rivales dejen de aplaudirte no te preocupes: es que les habrá vencido el rencor por no poder ficharte.

(La Lupa, Real Madrid TV, 18 de febrero de 2014)

La locución aquí.

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