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No temas, di crisis

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Diván de oro.

Uno toma verdadera conciencia de lo que está pasando en Cataluña cuando el Real Madrid se pone a ocho puntos del Barça y no ocurre gran cosa. Nadie pide la cabeza del entrenador, ni unas elecciones anticipadas, ni la exhumación de Juanito. Las críticas resultan más bien convencionales: el físico, el gol, el hambre, el quilombo táctico de Marcelo. Hasta Morata, que nunca fue un soberano delantero completamente independizado de la cantera, se entrega a previsibles accesos de melancolía que sólo confirman el acierto de su traspaso. Todo esto significa que la crisis de juego y resultados por la que atraviesa el Madrid está discurriendo con sordina; y el silencio, lejos de beneficiar a un club acostumbrado a existir entre la hegemonía o el apocalipsis, perjudica seriamente su recuperación.

Así que quizá el Real Madrid, como las pensiones o las novedades en el caso Lezo, no es más que otra víctima de la sobrerrepresentación procesista en los medios. A sus aficionados se les está escamoteando la familiar trompetería del fin del mundo que acompaña a cada derrota, precisamente por tratarse de un hecho excepcional. No digo que no se haya incurrido con puntualidad en el tópico del matagigantes -¿alguien duda que el rey David era catalán?-, pero la máquina de señalar culpables tampoco parece funcionar a pleno rendimiento y así será muy difícil recobrar la tensión competitiva. Yo no creo que la Liga esté perdida, pero pronto lo estará si nadie le recuerda al equipo que lo siguen mirando.

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31 octubre, 2017 · 11:15

Honrarás a tu atleta

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Héroes de nuestro tiempo.

Ayer en Olimpia las sacerdotisas prendieron de nuevo la llama sagrada al pie del templo de Hera. La antorcha recorrerá dos mil kilómetros hasta la ciudad surcoreana de PyeongChang, donde se celebrarán en febrero los Juegos de Invierno. En estos casos la noticia suele ser el destino, pero a uno le importa más el origen, que siempre es el mismo: Grecia. Este verano me fue concedida la oportunidad de pisar Olimpia, ingresar en el gimnasio, atravesar la palestra, descubrir el taller de Fidias, merodear junto al templo de Zeus y desembocar al fin en el gran estadio. Mientras caminaba entre vestigios tan majestuosos que no me atrevería a llamarlos ruinas, comprendí la lógica profunda por la que el deporte acapara tantos minutos de telediario, y por la que la FIFA organiza una gala para premiar a Cristiano que antecede a otra gala que también premiará a Cristiano, a la espera de una tercera gala que premie inevitablemente a Cristiano.

«¡Programan deporte como una religión! ¡Es el nuevo opio del pueblo!», se oye decir. Retorna la chapa de los redentores de clase preocupados de que el fútbol distraiga a los obreros de sus obligaciones con la revolución pendiente. Ignoran que para los griegos el deporte no es que fuera como una religión: es que era la religión misma. La competición deportiva desarrollaba un rito hondo y solemne, y por eso el recinto olímpico ofrece hoy la panorámica de un gigantesco santuario. Los atletas se entrenaban rodeados de altares, agradecidos a los dioses que les permitían competir por el honor de su ciudad. Aquellos que incurrían en el nefando delito de sobornar a los jueces -y esto el COI ya podría aplicárselo- debían pagar a modo de sanción de bronce una estatua de tamaño proporcional a su falta que, colocada a la entrada del estadio, eternizase su vergüenza y la de su ciudad de origen. Por el contrario, a quienes retornaban ciñendo la corona de laurel se les recibía derruyendo las murallas, en la convicción de que la polis de un campeón olímpico no precisaba de protección añadida. El campeón se bastaría solo para defenderla en caso de asedio.

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24 octubre, 2017 · 12:27

De los ‘Jordis’ a los ‘Harrys’

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Keylor atajando a Kane.

Vamos a reconocerle a Pochettino que ha armado un equipo de ingleses lozanos y marciales, capaces de humedecer las papilas de cualquier supremacista. Si el Procés tiene a los Jordis, el Tottenham tiene a los Harrys, o sea, Winks y Kane, que es un Ryan Gosling satinado y sin bozo pero con muy mala idea. Su gol no lo metió él sino Varane, pero el Bernabéu, siempre ecuménico con quien mejor le daña, habría preferido anotárselo a Kane.

El Madrid presentaba su medular constitucional, la que forman Kroos, Modric y Casemiro, pero a menudo no se bastaron para someter a esta Albión rubia e insolente. Isco parpadeaba sin llegar a iluminar y Achraf, que podría ser una continuación de Asensio por vías árabes, enseñaba el alfanje desde el costado sin acabar de hundirlo. Cristiano se desesperaba a voces con su estadística interior y Benzema seguía a lo suyo, que es el fútbol tántrico: acopia descontento tribunero a base de fallos hasta que el embalse del odio está lleno, y entonces se da el gustazo de romper ese dique de injusticia en el momento menos pensado, como hizo contra el Getafe.

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18 octubre, 2017 · 16:50

El marqués de España

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Como un marqués.

Si el consejo de nobles que exige la retirada del título al Conde de Godó tenía pensado demandárselo también al Marqués de Del Bosque, que no lo haga. Es cierto que don Vicente se mostró partidario del derecho a decidir, y que por esa misma razón recibió la invitación de TV3. Pero ambas circunstancias hay que atribuirlas a su proverbial bonhomía. Don Vicente es un hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra, una auténtica fábrica de candidatos al Princesa de Asturias de la Concordia, bueno hasta la linde misma de la ingenuidad. Si se enterara de que su título nobiliario le molesta a alguien, por ejemplo a Piqué, renunciaría a él sin dudarlo. ¿Qué hacía entonces el ex seleccionador de España en la sede catódica de la hispanofobia, sabiendo que eso podía molestar a alguien, por ejemplo al millón de silenciados que tuvo que salir a la calle a pedir que no los conviertan en extranjeros en su propia casa? En realidad Del Bosque acudía para hablar de fútbol, es un suponer, pero de paso deshizo un equívoco político -el mayor de estos tiempos posverdaderos- y nosotros lo celebramos. Sus anfitriones esperaban colarnos el gol propagandístico de que todo un laureado seleccionador de España amparara la expropiación de la soberanía nacional. Pero Del Bosque pasó por la telepantoja del separatismo y reconoció que era un ignorante cuando dijo lo que dijo, que ya ha aprendido que el famoso derecho a decidir de los catalanes corresponde en realidad a todos los españoles.

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10 octubre, 2017 · 14:31

Por un madridismo reeducado

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Ilustración francesa.

Por más que diga Carlos Herrera -bético hasta el borde mismo de la autodeterminación- que la Liga terminó cuando el Real Madrid encajó el gol de Sanabria, yo creo que aún queda mucho por delante. Y que la estrategia de Zidane, el ejercicio numantino de la rotación, es la única que asegura que el equipo llegue entero a primavera. Hay que repetirlo no porque se haya ganado al Alavés, donde rotaron Modric y Bale por estricto imperativo de la prudencia, sino porque todos los madridistas con un entrenador en su interior que no han ganado dos Champions y una Liga en año y medio comenzaban a dar lecciones al francés con excesivo desahogo.

Aquí, de momento, el único que puede seguir enseñando fútbol sin perder la sonrisa -ni la flor- es Zidane. Asume un desafío titánico: nada menos que reeducar a una afición formada en el apetito castrense de victoria. Al madridismo se viene a ganar aunque sea aplicando el 155 y con Juncker de perfil. Pero Zidane ha emprendido una reforma educativa insólita: está explicando al madridista que puede disfrutar del cómo además del qué. El talento que aglutina el medio del campo blanco es un placer ilustrado. Frente al Alavés hubo momentos en que uno literalmente no distinguía una genialidad de Isco de una de Ceballos y otra más de Asensio. No sabía quién era quién. Miraba el televisor y allí se sucedían triangulaciones precisas, controles inverosímiles, colas de vaca, fintas y remates que creía restringidos al desván nostálgico de YouTube. La calidad técnica siempre ha sido patrimonio de este club; la calidad coral no tanto. Que el Madrid saltara al campo con siete españoles, en fin, comporta una defensa racional y no identitaria del patriotismo: no están ahí por ser españoles sino por ser muy buenos, lo cual seguramente constituya el mejor elogio que un francés puede hacer de España.

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26 septiembre, 2017 · 11:05

El tanga de la Cibeles

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Mocita madrileña.

Una serie de catastróficas victorias está malcriando a toda una generación de niños madridistas. Van a crecer pensando que la vida era esto, que consiste en una piñata de cuatro títulos al año con los que uno se presenta luego en el cole a perdonar la existencia de sus amiguitos antimadridistas. Estos días azules y este sol de la infancia no durarán siempre, niño blanco; pero tampoco te sé decir cuándo acabarán. Porque uno mira a Zidane, que es el niño más grande de todos, con su insondable sonrisa de custodio del santo grial, y no le adivina un declive próximo a este equipo de leyenda. Estos jugadores están creando más felicidad de la que la realidad es capaz de sostener, según todos los filósofos. Están cronificando la ilusión.

Quizá por eso su avión volvía de Cardiff en silencio: porque rumiaban los héroes la contrapartida del éxito rotundo, que siempre es una decepción futura. O quizá es que estaban molidos, pues ganar por ganar resulta agotador. Tiene más mérito comer sin hambre. Se diría que en el estómago de estos futbolistas habita una tenia insaciable que les pide copas a cambio de no torturarles por dentro. Su líder y su emblema se llama Cristiano, el goleador caníbal.

La mañana del triunfo se prestaba a religiosas consideraciones a la altura de la iglesia de San Juan Bautista. Una hoja parroquial anunciaba: «The kingdom come». Premonición o no, horas después se certificó el advenimiento del reino madridista a Europa; hegemonía muy poco cristiana, pues cuando el Madrid salta al campo, la caridad se la deja fuera. No reparte la gloria con nadie. Muy cerca se alza el National Stadium, un campo cuidadosamente escondido entre tabernas para prevenir que nadie llegue sobrio a una final. Llegaban sedientos los aficionados tras una notable caminata, pues los accesos por coche al centro estaban cortados por barricadas de seguridad. En Cardiff hemos visto armas que solo existían en los videojuegos, pero la amenaza real se preparaba en Londres.

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5 junio, 2017 · 11:55

El hábito de lo extraordinario

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Canta la cólera musa…

La grandeza del Real Madrid no consiste, como creen los madridistas, en imponerse a todos sus rivales, sino en vencerse primero a sí mismo. Nadie duda ya de que Cardiff instala la hegemonía blanca en el fútbol mundial. Pero si el ciclo de Di Stéfano tiranizó Europa sin fisuras, esta moderna hegemonía en color admite la zozobra y el improperio en propia meta. Quizá el Madrid sea lo suficientemente ancho como para contener la negación de sí mismo, porque gana a menudo poco minutos después de que los madridistas lo hayan desahuciado. Así fue en Lisboa, así en Milán y así en Cardiff hasta que Cristiano marcó el segundo.

Olía el estadio a hierba fresca, que es el napalm del Madrid. Empezó la final cómo empiezan todas, tímidas, indecisas, huyendo del sí como niñas recatadas. Dybalase movía grácil con sus calcetines a media asta, y la afición turinesa disponía de un fondo más amplio -y un madridismo más pipero- para hacerse oír. A la final le faltaba guionista. Tenía que ser Cristiano. Pero la tijera de Mandzukic desató el thriller. Rajoy, que ve estos partidos incorporado -suspense que en el escaño no es capaz de provocarle la oposición-, se atusó la barba, mientras Cifuentes comentaba la amarilla a Ramos, que venía a ser como el precio de la alegría. Al descanso ni siquiera la lucidez balcánica de Mijatovic se atrevía a profetizar un final feliz.

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4 junio, 2017 · 12:38

El animal vuelve a casa

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Animal en su hábitat.

Cardiff es una ciudad brumosa y fabril sitiada por la campiña. Sobre tanta hierba parece imposible no imaginarse a Gareth Bale galopando, feliz entre vacas mudas y homenajes patrióticos. Y sin embargo ayer el príncipe deportivo de Gales velaba armas en el sofá de un hotel, charlando con viejos amigos, distendiendo los músculos en la víspera del galope final. No le importan, pensábamos mirándole, los minutos de juego de los que finalmente disponga; le importa que cuando pare de correr vuelva la vista y confirme que el Real Madrid ha ganado doce Copas de Europa.

La expedición blanca amaneció poseída del optimismo que le consiente la historia. Todas las finales que la Juve lleva perdidas las ha ganado el Madrid, y alguna más. «Me daba más miedo el Atleti, donde defendían todos», confiesa Roberto Carlos tomándose el primer café del día, aún en Barajas. Compara plantillas y concluye que hay razones poderosas para el sosiego. Una se llama Benzema, que parece más delgado desde que se filtró entre tres defensas en el Calderón; otra es Cristiano, que oscilaba ayer entre la sonrisa y la franca carcajada. Y está el nuevo look mohicano de Ramos, tan hortera que todo el madridismo respiró aliviado al corroborar la intacta autoestima de su capitán.

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4 junio, 2017 · 12:35