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Reivindicación del pecado

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Sacramento del teleperdón.

Un párroco español ha lanzado una aplicación móvil llamada Confesor Go que permite localizar al cura más próximo al penitente para administrarle la confesión. A partir de ahora cualquier político atormentado por su última mentira no tendrá que esperar cuatro años a ser indultado por las urnas, sino que podrá aliviar su conciencia citándose con un sacerdote en un parque o una plaza, o a la salida misma del lupanar o del Parlamento, por mencionar las dos sedes tradicionales del pecado.

Confesor Go ha superado ya las 4.300 descargas y su desarrollador, el padre Latorre, espera que pronto se internacionalice su uso, que para eso católico quiere decir universal y en todas partes se peca con análoga fruición. Se deduce que los emprendedores ya no se conforman con comerse este mundo sino que aspiran a explotar el más allá con un Über no de cuerpos sino de espíritus que habría enloquecido a Gógol, cuyo personaje más famoso viaja por la estepa rusa en su troika comprando almas muertas. Confesor Go es el reverso luminoso de Tinder: en la era digital uno se empecata y se limpia por internet.

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9 diciembre, 2016 · 11:20

¿Un Papa populista?

Pope Francis visits Lesvos

Epifanía de Francisco en Lesbos.

Hay un católico que recela en secreto del viaje de Francisco a Lesbos; y no porque las tres familias de allí rescatadas hayan resultado musulmanas, sino porque entiende mejor los motivos pastorales que los meramente «humanitarios», en expresión del propio Pontífice. Hay un liberal que lo acusa de peronismo jesuítico. Hay un progresista que lo aplaude casi sin matices. Y hay un populista que se apropia de lo que le sirve y lamenta que no rompa ya a bendecir la transexualidad episcopal, la marihuana recreativa y la lucha de clases. A mi juicio todos se equivocan.

La Iglesia cuenta por serenos siglos lo que el mundo vive como vertiginosos años, y en su historia se han dado ya todos los arquetipos: también el de papa revolucionario. En la indisimulada teatralidad de Francisco redescubrimos las viejas estrategias de la Contrarreforma, cuando desde el núcleo romano extendió Bernini la más genial propaganda del catolicismo, liderada por los jesuitas. Sólo que este Papa elige la pobreza en vez del barroco para comunicar un mismo mensaje de trascendencia. Cuando el liberal extraña los buenos tiempos de Wojtyla, en que el Vaticano se aliaba con la Casa Blanca para derribar el comunismo, olvida que el liberalismo estuvo tan condenado como el adulterio. Cuando el socialdemócrata se emociona con la caridad franciscana, no repara en que su ideología sólo es una secularización del Evangelio, no al revés. Y cuando el populista marxiano pide curas obreros, ignora que Jesucristo protagoniza tantas escenas que cabría calificar de populistas -curar enfermos, multiplicar panes y peces- como otras en las que llama al respeto institucional -¡y hasta fiscal!- reservando al César lo suyo o prohibiendo a sus favorecidos difundir quién los sanó, porque no había llegado su hora.

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18 abril, 2016 · 11:38

Porque no saben lo que hacen

cristo

Cristo, por Dalí.

Del testamento de Ibrahim El Bakraoui sorprende que no mencione a Alá. El manual de estilo de Daesh -esa estricta sección de necrológicas- prescribe invocaciones lunáticas que aquí faltan por tratarse más de un desahogo que de un legado público; pero es justo su carácter privado lo que invita a creer en su sinceridad. Y el terrorista confiesa allí dudas operativas vulgares: afirma que se siente asediado, que no sabe qué hacer, que no quiere acabar en una celda como Abdeslam. Es el diario de un criminal estresado, no de un fanático religioso.

Que los yihadistas son europeos lo dicen su cuna y el garantismo que ampara sus enojosas idas y venidas por Schengen. Que no lo son lo avala su cerebro premoderno, agusanado por ese código del crimen teocrático que llaman sharia. Pero el horror tiene sus clases, y la mente pragmática de Ibrahim quizá se parezca más a la del funcionario del genocidio que describió Arendt. Cuando a Von Braun, el físico nazi que diseñó las bombas V1 y V2 y que acabó fichando por la NASA, alguien le preguntó si se arrepentía del invento que había destrozado Londres, él respondió en impecable prusiano: «Mi problema es el cohete desde que despega hasta que aterriza. De dónde despegue y en dónde aterrice me da igual». Savater ve en esta respuesta la definición canónica de amoralidad: una cesura entre medios y fines. O sea, lo contrario de la trabazón que persigue el humanista.

Pero el ideal civilizatorio que exigimos del europeísmo requiere un esfuerzo, como ser mujer según Beauvoir: uno no nace europeo aunque sea parido en París o Bruselas, sino que se hace. Pues bien, igual que hay europeos que dejan de serlo por desidia, hay otros que no llegan a serlo por un activismo pervertido. Empecé a sospechar que los yihadistas pertenecían a este tipo de europeos puramente circunstanciales cuando leí que Daesh recluta a jóvenes musulmanes españoles con este cebo: «¿Quieres jugar al Call of Duty pero de verdad?». No Alá, no el gran califa, no las 72 huríes: el reclamo es un videojuego de disparos. Y ahí demuestran conocer bien la mentalidad hedonista del occidental: tan solo se trata de llevar su ansia de adrenalina hasta el final.

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25 marzo, 2016 · 10:47

El misterio de Belén

original

El misterio, pintado por El Greco.

Hemos rodeado la Navidad de villancicos mecánicos, de campañas invasivas, de cuñados arquetípicos -de rito social, en suma- porque ya no podemos soportar sin escándalo la desnudez del hecho histórico que pone a andar nuestra civilización. Hay que reconocer que el cristianismo, como estrategia de marketing, no puede ser más torpe. Su fundador nace en un comedero de bueyes, pasa treinta años en un taller de carpintería y el éxito de su predicación se ciñe a tres años no exentos de asechanza, al término de los cuales es ejecutado como un delincuente común. Sus seguidores causarán escándalo en Roma porque reivindican el signo de la cruz, que es como si hoy los yanquis llevaran pendiendo del cuello una pequeña silla eléctrica.

Aún peor, dice Carrère, que quiere explicarse la fuerza persuasiva de la secta cristiana. Los hombres están hechos de tal modo que quieren el bien de sus amigos y el mal de sus enemigos. Prefieren ser fuertes que débiles, ricos que pobres, dominantes que dominados. La religión griega no prescribía otra cosa, y la piedad judía tampoco: antes bien una vida principal era el primer síntoma de la predilección divina, de conformidad con el sentido común humano. Pero a partir del siglo I empiezan a pulular unos hombres que no solo dicen sino que hacen exactamente lo contrario. Inspirados por el ejemplo de su líder, bendicen a sus perseguidores, reparten sus beneficios y trasladan la esperanza a una vida ultraterrena incluso al precio del bienestar más inmediato, sin que quede clara la sensatez de la apuesta. Al principio no se les comprende. Pero después los romanos, peritos en hedonismo exhausto, comienzan a envidiar la intensidad vital que los cristianos logran extraer de esa conducta aberrante. Y prende en los habitantes del Imperio el deseo de ser como ellos.

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25 diciembre, 2015 · 11:41

¡Qué escándalo, un Papa cristiano!

Estaba uno en San Pedro cuando el humo blanco emergió de la santa chimenea la tarde del pasado 13 de marzo. Llovía mientras la plaza ya oscura se iba abarrotando, y cuando el protodiácono anunció en latín a Bergoglio todos pensamos que era un italiano, incluidos los italianos. Pero aquel hombre era argentino y jesuita, y está ejerciendo de ambas condiciones como nadie se podía imaginar.

Ser argentino es tener viveza y ser jesuita es disposición al debate. Los jesuitas han sido capaces de morir martirizados evangelizando a los indios guaraníes y a los samuráis del Japón, coronar el corpus teológico con las sutilezas que configuraron el cerebro de James Joyce, manejar la política imperial de Europa, ser disueltos por pánico a la permeabilidad de la inteligencia o de la radicalidad evangélica de sus predicadores y pasarse a la empanada guevariana de la teología de la liberación. Por todo ello se merecen respeto. También por predicar con idéntica capacidad persuasiva la pobreza franciscana y la exuberancia que irradia en cascada el altar del San Ignacio en el Gesú, todo mármol, oro, plata, gemas, lapislázuli y gloria mineral en definitiva. Los jesuitas patrocinaron la invención de la arquitectura barroca, que es el cielo en la tierra.

Pero no teniendo a Bernini para recrear el cielo en la tierra, el Papa Francisco ha optado con argentina viveza y escándalo jesuita por acercar la tierra al Cielo. Oscar Wilde escribió que el cristianismo era la religión verdadera y que por eso era una lástima que después de Cristo se hubieran extinguido los cristianos, a excepción de uno: San Francisco de Asís. La revolución franciscana sólo fue una de las muchas que de siglo en siglo sacuden el aburguesamiento de la religión organizada –burocratizada– para devolverla a la originalidad práctica del Evangelio, documento que para Gandhi seguía inédito en buena medida, sin duda por lo arduo de su aplicación. El Papa Francisco quiere volver a hacerlo, y en su valiente afán está devolviendo el liderazgo moral del planeta al Vaticano, después de quedar acreditado que al papa negro, Obama, le van más los drones que las oraciones.

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23 septiembre, 2013 · 16:13