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El bíblico Ramos

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Ramos entrenándonos la paciencia.

Si tuviéramos que comparar a Sergio Ramos con un personaje bíblico -un ejercicio que ya podrían prescribir los influencers-, no elegiríamos a Sansón, y ni siquiera a Dalila, sino al santo Job. Para los niños que no conocen la Biblia porque la Play no les deja tiempo, apuntaremos que el Libro de Job es un texto consolatorio que a juicio de Bloom toca la cumbre de la literatura sapiencial, es decir, ayuda a superar la muerte de un ser querido o la perspectiva de la propia. O una cagada bíblica de Ramos.

Job es un hombre próspero, sano, padre de una familia feliz y piadoso. Pero Satanás, que para eso es Satanás, malmete a Yahvé: «Ese Job te adora porque lo has colmado de bienes; arrebátaselos y verás lo que sale de su corazón». Y Yahvé, para probar la fidelidad de su siervo -en lenguaje futbolero diríamos «para cerrar bocas»-, accede. Deja que Satanás lo putee con vesania veterotestamentaria. Le manda enfermedades tan humillantes como la sarna, acicatea a la tribu de los caldeos para que ataque a sus criados, extiende la muerte entre sus rebaños, lo sume en la miseria, instiga el repudio de su mujer y por último, apurando el cáliz de la máxima amargura, lo somete a la muerte de sus hijos. Sin embargo, ni siquiera entonces Job maldice al cielo, sino que desde el lecho del dolor absoluto murmura: «El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor». Impresionante. Ese día Satanás debió presentar su dimisión.

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El bueno (Javier Fernández), la fea (Carmena) y la mala (Forcadell) en La Linterna de COPE

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9 octubre, 2016 · 11:24

El fútbol (no) es así

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Boda argentina por el rito maradoniano.

El antropólogo Manuel Mandianes es enviado por él mismo al planeta fútbol como un etnógrafo a una tribu remota, y desde el centro de aquella jungla envía este informe pericial que retrata al deporte rey como aquello en lo que ya se ha convertido: la primera expresión antropológica de nuestro tiempo. La genuina religión de las sociedades secularizadas y hedonistas. La actualización solo en apariencia trivial de la frase de Carlyle según la cual toda comunidad humana se funda sobre el culto a sus héroes.

Más que un ensayo, este libro es un curioso estudio académico, escrito con el tono técnico de un científico del CSIC, que analiza los diferentes aspectos del fútbol -del entramado industrial al impacto mediático, del comportamiento de los jugadores al de los hinchas- como si Mandianes jamás hubiera oído hablar de semejante fenómeno. El asombro estratégico que adopta el autor ante algo tan abrumadoramente invasivo y cotidiano causa asombro a su vez en el lector, pero ayuda a desautomatizar las muchas verdades que tenemos interiorizadas sobre el fútbol, que ya no sabemos si sigue siendo la más importante de las cosas sin importancia o algo mucho más importante que una cuestión de vida o muerte, como sugería Shankly.

Mandianes acierta al presentar este juego global como la expresión religiosa más rica de nuestro tiempo, insistiendo en lo que tiene de rito y de fe para proporcionar un sentido de pertenencia a los hijos de la fragmentariedad posmoderna, en la cual la producción de sentido existencial ya no se confía a los fundamentos sino a los acontecimientos. Acontecimientos tales como un partido de fútbol. Se sirve para ello de un estilo poco elaborado, arrítmico, pautado por recortes de prensa cuya actualidad ha caducado aunque no su valor documental; pero ya hemos dicho que el autor no ha querido escribir un ensayo, sino un informe casi despersonalizado, sin juicios de valor. Se conduce como un Lévi-Strauss en un estadio.

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7 septiembre, 2016 · 12:32

Conversación en la catedral

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Obra cumplida.

El martes descubrimos obreros millonarios con ganas de trabajar. Se levantaron cantando porque iban a trabajar. Esos obreros no sirvieron: trabajaron. Con un honor absoluto, como le corresponde al honor. No había que hacerlo bien por el sueldo, o por el jefe. Ni siquiera por la afición. Su obra tenía que estar bien hecha por sí misma, por su mismo ser. Edificaron su partido como un acontecimiento sagrado: como se levantaron las catedrales.

El trabajo del Madrid en Europa consiste periódicamente en remontar, y esa tarifa caprichosa que pone por peaje la leyenda se pagó en los primeros 20 minutos. Fue Cristiano el capataz de la obra, amasada con el cemento palpitante de su voluntad, el grito nietzscheano del superhombre. Benzema, en su acostumbrado papel europeo -¡los papeles de Benzema!- abría vías de investigación cayendo a banda. Draxler abandonó cualquier parangón y el partido por vergüenza torera mientras Keylor guardaba las llaves del monumento con celo patrimonial.

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15 abril, 2016 · 18:40

Morir en supermartes

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Plegaria.

Era fácil poner a Carvajal en lugar de Danilo, pero más fácil es decirlo ahora. Si al pobre Danilo le dijeran ahora que sale con Forlán y Messi en los papeles de Panamá le harían un favor, del mismo modo que cuando nos pillamos los testículos con la tapa del piano se nos olvida la jaqueca. Pero Danilo no fue el problema, o no solo; ni el penalti de Casemiro inventado por el árbitro fue el problema, o no solo. Al equipo se le apagó la luz por completo, se pasó 80 minutos a oscuras, y eso es un fraude en una plantilla constelada de estrellas, que se supone que son caras porque, como su nombre indica, incorporan su propio generador de energía -de ocasiones- por si los cortes eléctricos. Benzema falló la suya y luego se borró de mala manera. Y Marcelo no fue el pirómano del Camp Nou sino un hombre neolítico chasqueando pedernales.

No es preciso recurrir a invocaciones paranormales para creer. Meterle tres o cuatro al Wolfsburgo en el Bernabéu, con esa grada hirviendo como solo es capaz de caldearla un imposible europeo -el europeísmo apasionado del Madrid debería premiarse en Bruselas, frente a tanto euroescéptico-, no es ningún disparate. El primer gol hará temblar la fábrica de Volkswagen; el segundo abrirá directamente la espita de los gases tóxicos. Y luego, a usar la cabeza para algo distinto que maquinar renovaciones. Por ejemplo, para secar a ese Draxler.

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9 abril, 2016 · 20:04

Dónde estáis, hombres de poca fe

El estratega y el héroe.

El estratega y el héroe.

Dónde estáis, nos preguntamos ahora, los que decíais que el Barça seguía siendo mucho Barça para el Real Madrid. Dónde están los notarios remolones del cambio de ciclo. Dónde los que primero criticaron la planificación del equipo y luego atribuyeron sus registros goleadores a rivales débiles o al azar de la pegada. Dónde están los de la superioridad moral y estética culé que ya es una caricatura de sí misma. A qué papelera hay que ir a buscar esa mentira reiterada según la cual “el Madrid solo sabe marcar al contragolpe”. Dónde está, por el amor de Dios, la credibilidad ante un micrófono de Xavi Hernández.

Dónde están los que especulaban con el minuto en que el Bernabéu debía detenerse para homenajear al nuevo Zarra. De qué honda madriguera hay que sacar ahora a los abogados de Di María y a los fiscales de James. Cómo buscamos fracturas y egos conflictivos en el vestuario blanco, si se abrazan todos al míster como si rodaran un capítulo de La aldea del Arce. Cómo alargamos el tabarrón de Casillas, si para remates a Messi y ruge los goles de sus compañeros.

Dónde encontraremos una fotografía más idéntica a la de Di Stéfano que la de Cristiano celebrando los goles a la antigua, con los dos brazos en alto y corriendo enloquecido hacia la grada. Dónde hallaremos kilos suficientes de disculpa por las redacciones que se mofaron de Benzema. Dónde descubriremos ahora a los de los pitos, si no es en los confesionarios de la Catedral de la Almudena. Y cómo desagraviamos ahora a Ancelotti, un entrenador tan inteligente que los ha ido callando a todos moviendo la ceja en la sala de prensa y rotando a sus jugadores en el terreno de juego, adaptando el sistema a sus hombres como pide el Evangelio, y no al revés.

Dónde estáis, en fin, los impacientes, los escépticos, los que viajáis en estribo y os tiráis del carro al primer contratiempo, los guionistas de la historia-ficción, los amigos superficiales y los enemigos encarnizados. Yo os salgo a buscar no para reprenderos, sino para formularos la gran pregunta: ¿Qué más puede hacer el Madrid por vosotros para que seáis completamente felices?

(La Lupa, Real Madrid TV, 27 de octubre de 2014)

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Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49

Lluvia en las gradas

¿Por qué me pitáis?

¿Por qué me pitáis?

Sabemos que las metáforas las carga el diablo, pero resulta difícil no advertir en la lluvia que empapó el partido contra el Rayo algo más que agua precipitándose tras un proceso de condensación atmosférica. Aunque se ganó por paliza, en el Bernabéu parecía caer sobre los jugadores cierta melancolía apresurada, cierto derrotismo prematuro que nos enfada.

El público es soberano, y puede descargar sus pitos y sus quejas sobre el equipo cuando lo estime oportuno, pero eso no nos impide señalar que demasiadas veces el público del Bernabéu pasa de soberano a despótico, de cargarse de razón a guiarse por el capricho o el despecho de marquesa, de conducir el calor que la plantilla necesita a evacuar el frío del descontento a la primera de cambio, tras 30 partidos consecutivos sin perder.

Se han vertido ríos de cháchara en los bares de Chamartín sobre qué va antes, el apoyo o la petición de cuentas, sobre si la afición madridista existe para que la diviertan los señores del calzón corto o si los señores del calzón corto han de jugar siempre con el respaldo de su hinchada. Lo sensato es que ambos estamentos, jugadores y afición, se alimenten mutuamente, y como buenos matrimonios se alienten y perdonen también.

Me perdonaréis el tono moralizante, pues no soy argentino como para andar mezclando fútbol y metafísica, pero es que los pitos al equipo del sábado me irritaron. Era obvio que el vestuario estaba tocado, que las derrotas ante Barça y Sevilla habían hecho daño, que lo último que necesitaban los jugadores era añadir a la frustración de las últimas derrotas la reprimenda de los de casa. Comprendemos que el malestar se vaya condensando en nubes situadas en el ceño del aficionado, pero pedimos humildemente que se queden en el ceño y no baje a los labios. Ya habrá tiempo para pedir cuentas, y desde luego este no es el momento.

Es en cambio el momento de dejar el señoritismo en el sofá y acudir al campo a apoyar a un equipo que pelea por las tres competiciones desde el primer año de un proyecto nuevo. Porque si no, luego en Cibeles uno corre el peligro de sentirse un poco Judas.

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Carta esperanzada a Jesé Rodríguez

Ánimo, Jesé.

Ánimo, Jesé.

Querido Jesé:

Los médicos todavía no se explican cómo lograste ponerte en pie y dar un paso. Si la rodilla se vencía hacia dentro, la pierna dolorosamente suelta. Pero querías caminar porque aunque ya sabías que estabas lesionado –tú mejor que nadie lo sabías, y también la gravedad de la lesión– todavía no lo querías aceptar. Te debatías por volver al campo. Y viendo eso, uno no puede quedarse con tus goles importantes al Valencia, o al Barça, o al Athletic; uno se queda ante todo con esa voluntad terca de caminar aún estando quebrado.

Esa es la actitud que te mantendrá sereno ahora, en la dura travesía cuyo final ya empieza a vislumbrar tu compañero Khedira. Tienes derecho a desahogarte, a rebelarte, a esparcir algunas cenizas de tu temperamento volcánico; pero yo en tu lugar no lo haría. Necesitas toda tu energía para volver perfecto en pretemporada.

Pretemporada. Qué lejos queda ahora, cuando se acercan a toda velocidad los días de fuego del calendario, las citas para la gloria o el fracaso, el clásico, el otro clásico en una final de Copa, las eliminatorias calientes de Champions, el horizonte del alirón en Liga… En definitiva, el gran examen que evaluará una andadura hasta ahora ilusionante. Ilusionante sobre todo para ti, que llevabas registros no vistos en un debutante desde Raúl.

Dice Arbeloa que la adversidad es amarga pero nunca estéril. Así es. En la rueda de prensa previa al partido fatal explicaste lo mucho que has aprendido durante los meses que llevas en el primer equipo. Ahora sí vas a crecer de verdad. Fíjate en lo primero que declaró Ancelotti al conocer de boca de los periodistas tu diagnóstico: “A mí me pasó lo mismo a su misma edad”. No añadió “y no me ha ido mal” porque don Carlo es hombre modesto, pero la conclusión ya la sacas tú. Aún tienes muchos títulos que ganar y, si ganamos alguno este año, será también tuyo con todos los honores debidos a tu esfuerzo y a tus goles.

Ahora descansa. Lee con calma todos los mensajes de apoyo del madridismo que te quiere y que te espera. Algunos contienen lecciones útiles. Otros traen vaticinios irrefutables: volverás y serás grande. Convéncete de que esto que te ha pasado es la baza que el destino se reserva para convertir una buena carrera en una carrera mítica. Porque para ello se necesita lo mismo el don del talento que el temple de hierro que proporciona el sacrificio. El primero ya lo tenías; el segundo lo desarrollarás en estos seis meses. Y por eso, cuando vuelvas, serás mejor de lo que fuiste.

Ya casi oyes los aplausos, la grada atronando tu nombre. Ya queda un día menos para tu regreso.

(La Lupa, Real Madrid TV, 19 de marzo de 2014)

La locución aquí, a partir del 16.50.

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