
Padrecito Vlad.
Lleva un tiempo darse cuenta de que la democracia hay que protegerla del pueblo. Cuando uno es pueblo, en el roussoniano sentido de niño-masa, desea que su voluntad particular coincida con la voluntad general. Y cuando no lo hace grita, patalea, llora al deshacer el envoltorio y descubrir el sofisticado nudo de contradicciones en que consiste el juguete, tan alejado de su rutilante fotografía en el satinado catálogo que le han vendido. Cuando ves la democracia en AliExpress y cuando te llega. Por eso los ilustrados americanos que la diseñaron protegieron su mecanismo contra niños intolerantes, y por eso se les llama padres: padres fundadores.
Un niño no entiende la diferencia entre venganza y justicia. Un niño no admite fácilmente que su libertad acaba donde empieza la de un niño distinto. Un niño, que es un sujeto conjugado en presente perfecto, no se privará voluntariamente de lo suyo para que lo disfruten unos desconocidos, porque contra lo que opina Gloria Fuertes los niños en realidad carecen de imaginación: desde luego de la imaginación necesaria para ponerse en el lugar de un viejo. Por eso deben leer cuentos fantásticos: para empezar a desarrollarla. Si siguen leyendo, es posible que terminen entendiendo el sistema de pensiones.





Cuando el humo se disipe deberían quedar en pie algunas certezas distinguibles, de contornos nítidos, recortadas contra el polvo retórico que nos asfixia. Debería quedar en pie la diferencia entre el Gobierno y el Estado, y entre la formalidad democrática y la innegable emoción del nacionalpopulismo. Deberíamos también haber atisbado los límites de la política, que son tan anchos como los del amor, pues sólo limitan con lo penal. Cuando el humo se disipe habremos recordado por qué se representa a la diosa no con una balanza y una zanahoria, sino con una balanza y una espada, porque sin fuerza no hay justicia. Y habremos aprendido a desconfiar de la soberana voluntad de los niños, que desconocen la amargura por las plegarias atendidas, para reclamar los tratos entre hombres, a quienes las frustraciones enseñaron que la vida va en serio sin necesidad de tachar rayas en la pared de una celda.






