Archivo de la etiqueta: fascismo son los otros

La rebelión del niño-masa

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Padrecito Vlad.

Lleva un tiempo darse cuenta de que la democracia hay que protegerla del pueblo. Cuando uno es pueblo, en el roussoniano sentido de niño-masa, desea que su voluntad particular coincida con la voluntad general. Y cuando no lo hace grita, patalea, llora al deshacer el envoltorio y descubrir el sofisticado nudo de contradicciones en que consiste el juguete, tan alejado de su rutilante fotografía en el satinado catálogo que le han vendido. Cuando ves la democracia en AliExpress y cuando te llega. Por eso los ilustrados americanos que la diseñaron protegieron su mecanismo contra niños intolerantes, y por eso se les llama padres: padres fundadores.

Un niño no entiende la diferencia entre venganza y justicia. Un niño no admite fácilmente que su libertad acaba donde empieza la de un niño distinto. Un niño, que es un sujeto conjugado en presente perfecto, no se privará voluntariamente de lo suyo para que lo disfruten unos desconocidos, porque contra lo que opina Gloria Fuertes los niños en realidad carecen de imaginación: desde luego de la imaginación necesaria para ponerse en el lugar de un viejo. Por eso deben leer cuentos fantásticos: para empezar a desarrollarla. Si siguen leyendo, es posible que terminen entendiendo el sistema de pensiones.

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El bueno (Pacto de Toledo), el feo (Congreso) y el malo (platós de televisión) en La Linterna de COPE

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19 marzo, 2018 · 11:22

Dialéctica del activista

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Feminismo de tribu versus feminismo de individuo.

Todo debate público, por el mero hecho de su publicidad, termina reducido a una dialéctica entre pancartas. Pero lo malo no es que la pancarta de tu enemigo tenga más seguidores que la tuya; lo que jode es que un día tu enemigo venga a desfilar a tu lado. Entonces, en vez de tomar el consenso recién alumbrado como lo que es -la victoria final en la lucha por la hegemonía de tu causa-, el viejo luchador se siente derrotado por la inesperada compañía de su odiado. Siente que el acuerdo priva de sentido su biografía de resistente, cuando en realidad acaba de cobrarlo por primera vez. La psicología del activista funciona así: está tan habituado al narcisismo del perdedor que el triunfo le molesta. La generalización de su causa le produce agorafobia, como a esos adolescentes que reniegan de su grupo indie favorito cuando empieza a sonar en la radio comercial. El activista ha habitado demasiado tiempo en el margen, blindando su identidad a través del conflicto con el Otro, y cuando se descubre en el centro de la escena y el foco de los nuevos tiempos le ilumina, sus pupilas se contraen de dolor. Ah, la suave penumbra del pasado. Contra Franco vivíamos mejor. Cuando la derecha era machista podíamos sentirnos superiores. ¡Qué será de nosotros si esto sigue progresando! ¡Para qué serviremos los happy few, las almas bellas! ¿Nos reconocerán el pedigrí de militantes de primera hora?

El terco mecanismo de la historia -tesis, antítesis, síntesis- ha vuelto a operar esta semana del 8-M, que será recordado como el día en que el feminismo alcanzó la unanimidad social. De la Reina abajo, del cardenal Arriba. Ante tamaño éxito se desató la rabia del monopolista ideológico, la cólera contra las manifestantes de Ciudadanos, cosa que se comprende, porque lo artesanal se revuelve contra su evolución desde antes de que los impresores jubilaran a los copistas. La unanimidad es cruel porque clausura el ciclo dialéctico y procede a desenchufar los fusibles fundidos que un día cumplieron su función. En realidad la desorientación del comisario ideológico se parece bastante a la del macho ibérico, pues va por el siglo XXI -el de las luces LED- con su candil marxista del XIX.

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Vuelve El bueno (la mujer buena), el feo (la mujer fea) y el malo (la mujer mala) en La Linterna de COPE

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12 marzo, 2018 · 10:39

Disidentes de género

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Feminismos.

Esta semana hemos aprendido que el feminismo no divide el mundo entre machistas y víctimas, sino entre americanas y francesas. O entre militantes de una causa minuciosamente codificada y disidentes que reciben de las primeras una clase de rencor solo reservada a agentes contrarrevolucionarios. Y efectivamente, a la espera de que las máquinas tomen conciencia de sí mismas, el feminismo constituye la última revolución de Occidente.

El capitalismo se reinventa segundos después de que cada crisis engendre al enésimo profeta de su final. Pero también el marxismo resucita cíclicamente parasitando el márketing político, la preceptiva literaria o la mismísima teología (de la liberación). Hoy se ha alojado en el feminismo que, como toda revolución moderna, parte del dogma fundacional de Marx: «No es la conciencia la que determina el ser, sino el ser social el que determina la conciencia». Es decir: ninguna ciudadana nace libre, porque nace mujer, y su primer deber es emanciparse del patriarcado como el primer deber del proletariado es sacudirse el yugo del capital. Al negar toda potencia espiritual -el revolucionario niega que la idea de un genio pueda cambiar el mundo… salvo la suya-, Marx redujo drásticamente el margen de interpretación de la conducta humana. Todos los burgueses piensan como piensan por ser burgueses, y todos los machos piensan como piensan por ser machos. Ayer ningún obrero escapaba a su clase y hoy ninguna mujer escapa a su género.

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El bueno (UME), el feo (Pedro Sánchez) y el malo (Pablo Iglesias) en La Linterna

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13 enero, 2018 · 12:53

A los que susurra Sananda

JUNTS PER CATALUNYA ACTO EN PARETS DEL VALLÉS (BARCELONA)

Telemisa belga.

En los años 50 vivía en Chicago una señora llamada Dorothy Martin que se comunicaba personalmente con alienígenas. En uno de sus coloquios ultraterrenos le fue revelada la fecha del fin del mundo, que acontecería un 21 de diciembre de 1954. Martin fundó una secta, los buscadorianos, y les confió el secreto que ella misma había recibido de boca del mismo Sananda, dios alienígena, una suerte de Jesucristo alien con el que ella mantenía tan amigables conversaciones, del mismo modo que Dolores Ibárruri se hizo tan devota de Stalin como antes lo había sido de la Virgen de la Begoña.

Doña Dorothy era una oradora persuasiva y sus oyentes andaban sedientos de fe, de modo que la secta se consolidó. Algunos de sus miembros vendieron sus propiedades, abandonaron sus trabajos y se centraron en preparar sus almas para el 21-D de 1954: el día en que el platillo volante de Sananda bajaría del cielo para salvar del apocalipsis a sus elegidos.

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25 diciembre, 2017 · 11:10

Muerte de un supremacista

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El fin coherente de un fanático.

No me quito de la cabeza el chupito de la muerte de Slobodan Praljak. Un general anciano recibe en pie la noticia de su condena y decide expresar su rechazo del modo más categórico entre los posibles. Ciertamente, Praljak era un hombre familiarizado con la muerte. La administró sin escrúpulo en Bosnia, de donde trató erradicar la presencia musulmana con instrucciones diáfanas a sus soldados antes de salir de caza: «No mostréis compasión por nadie». No la mostraron. ¿Pero la mostró él consigo mismo ante el tribunal de La Haya? ¿Es su suicidio un acto de cobardía o de valor?

Sobre todo fue un acto de suprema vanidad. O de vanidoso supremacismo. Otros criminales balcánicos se suicidaron discretamente en sus celdas, pero no en vano Praljak había sido cineasta y profesor de filosofía. Quizá pretendía proyectarse a la posteridad como Sócrates posmoderno, tomando la cicuta en televisión, consciente de que no podía torcer la razón legal pero sí obtener una victoria catódica. Que sus cálculos no eran descabellados lo prueba el solemne minuto de silencio que el parlamento croata guardó tras confirmarse el fallecimiento. La alquimia nacionalista solo necesita un drama y una imagen para convertir la abyección en heroísmo.

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Vuelve El bueno (Íñigo de la Serna), el feo (Iceta) y el malo (el frío) en La Linterna de COPE

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5 diciembre, 2017 · 10:29

«En ocasiones veo fascistas»

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Femenino socialista de triunvirato.

Recuerdo la primera vez que oí la palabra fascista. Se la decía un compañero de EGB a otro que no le prestaba un boli, que ni siquiera era un boli rojo. Desde entonces hasta que Adriana Lastra confundió a Albert Rivera con José Antonio, el término ha conocido un imparable proceso de banalización. Ahora bien, sé que aquel compañero mío podría pasar por politólogo danés en sesiones como la de este miércoles en que el PSOE, preocupado por el auge de Arrimadas, se empeña en la húmeda fantasía de presentar a su socio de Gobierno en Andalucía como una troqueladora de yugos y flechas.

La estrategia es tan impúdica que convendría emitirla codificada. Aunque el pleno está pensado para controlar al Gobierno, de las seis preguntas que el grupo socialista dirigió a los ministros cuatro estaban formuladas contra Ciudadanos, abusando del calzador. Quien mejor entendió que aquello no iba con él fue el propio Gobierno, hasta el punto de que Rajoy ni siquiera compareció y la vicepresidenta se personó en salto de cama. Está bien, era un quimono. Se lo puso para aleccionar al pequeño saltamontes Domènech en la diferencia entre el yin constitucional y el yang independentista; pero este contraste resulta demasiado nítido para los comunes, que afrontan cada día la ardua misión de conciliar el nacionalismo de sus líderes con la indiferencia terruñera de sus votantes, pendientes todavía de las añejas promesas que auparon a Colau, como los desahucios. Que, como es natural, se siguen produciendo. En Cataluña y en la China popular.

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29 noviembre, 2017 · 17:53

Cuando el humo se disipe

15091224181931.jpgCuando el humo se disipe deberían quedar en pie algunas certezas distinguibles, de contornos nítidos, recortadas contra el polvo retórico que nos asfixia. Debería quedar en pie la diferencia entre el Gobierno y el Estado, y entre la formalidad democrática y la innegable emoción del nacionalpopulismo. Deberíamos también haber atisbado los límites de la política, que son tan anchos como los del amor, pues sólo limitan con lo penal. Cuando el humo se disipe habremos recordado por qué se representa a la diosa no con una balanza y una zanahoria, sino con una balanza y una espada, porque sin fuerza no hay justicia. Y habremos aprendido a desconfiar de la soberana voluntad de los niños, que desconocen la amargura por las plegarias atendidas, para reclamar los tratos entre hombres, a quienes las frustraciones enseñaron que la vida va en serio sin necesidad de tachar rayas en la pared de una celda.

Pero sobre todo deberíamos aprender a separar a los pueblos de los mesías que creen acaudillarlos, porque no hemos asistido a la caída de Cataluña sino a la de algunos catalanes demasiado decisivos. Los pueblos, queridos niños, no se independizan. Los pueblos no tienen derechos. Ellos no deciden pasar a sus plurales habitantes por la horma de una lengua o una etnia. Los pueblos no luchan, no desafían las leyes, no obedecen mandatos populares, no son el juguete de una dialéctica cósmica. Los pueblos no van a la cárcel, porque el derecho no contempla responsabilidades abstractas y colectivas sino concretas e individuales. Los pueblos no son libres, ni esclavos. Los pueblos, como mucho, figuran en los mapas, y porque hay cartógrafos que los dibujan. Es el hombre solo, empujado por móviles febriles, el que se revela en este histórico drama, que en el mejor de los casos es la obra de actores conscientes de sus actos e inconscientes de su destino, como escribió Raymond Aron a propósito de la guerra.

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30 octubre, 2017 · 10:10

Cómo disuadir a tu lunático

Carles Puigdemont

Lunático contemporáneo.

A algún federalista con humor se le ocurrió diseñar los pasillos del Senado al estilo náutico, de modo que los despachos semejan camarotes y los senadores soportan la sensación de trabajar en el Titanic. Sin embargo, no es el Senado el que se hunde, y menos ahora que ha encontrado su drástica utilidad, sino la autonomía de Cataluña que el 78 restauró, que el separatismo ha arruinado y que el 78 ha de volver a restaurar ahora. Cuenta con una potente bomba de agua que lleva un número de serie: 155. Y un precinto intacto. Nadie sabe manejar esa bomba. Nadie quería aprender. Mienten -o desconocen el marianismo- quienes imputan al PP unas ganas locas de someter a Cataluña. No imaginé el discurso de Sáenz de Santamaría en boca de Cromwell, y no por la ronca ejecución sino por el tono funeral: una mezcla palpable de fatalidad histórica, pereza infinita y ese pánico a lo desconocido característico de los altos funcionarios del Estado.

La vicepresidenta prescindió de toda vibración, refirió sobriamente los hitos de la revuelta e insistió en lo obvio con un punto de cansancio: no se trata de instaurar un centralismo secretamente codiciado, sino de que la peña cumpla la ley en todas partes, tanto si habla catalán como si aspira las eses. Recordó una verdad jurídica esencial que agoniza bajo la catarata de catequesis catalanista: las competencias de la Generalitat no emanan de la sangre de Wilfredo el Velloso sino de la Constitución. No hay una legalidad medieval ininterrumpida y previa al hecho fundacional de nuestra democracia, que es el referéndum constituyente que convocó a todos los españoles, incluidos los catalanes, hace 40 años. El poder de Puigdemont no proviene de los cojones peludos de un remoto señor feudal en cota de malla, sino de un contrato social contemporáneo. Pero la gente solo escucha al abogado cuando llega una multa a casa o cuando planea el divorcio. Y Soraya debería saberlo. De don Carles no esperaríamos ni que saliera de la cárcel habiéndose aprendido las provincias de Andalucía.

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27 octubre, 2017 · 18:25