A Pedro le han dicho que repetir los nombres de tres horrísonas calamidades ayuda a disculpar su ejecutoria, si no a admirarla. En cada discurso recalca que se ha tenido que enfrentar a una serie trimembre de catastróficas desdichas: pandemia-volcán-guerra. Insiste tanto en esta trinidad infernal que ya no se sabe dónde acaba el pretexto político y dónde empieza el ensalmo religioso, y el coro ministerial entona disciplinadamente la invocación. Ayer mismo Yolanda Díaz reconocía con humildad su orgullo por pertenecer «al mejor Gobierno de la democracia» (sic); uno que ha hecho frente a «una pandemia, un volcán y una guerra». A esta bestia una y trina se opone el poder de Pedro igual que la Iglesia combate las asechanzas del mundo, el demonio y la carne.
El último maldito de la tele no ha encontrado todavía redención, pese a que muchos vivieron después de imitar sus atrevimientos. Cruzó cada noche el río de la irreverencia. Prohijó a Gistau y guerreó con Pedro J. Padeció a fondo la persecución del cuché. Lideró todas las listas negras como había liderado las audiencias. Bajo su barba de forajido de western conserva la voz profunda del comunicador hipnótico. Pepe Navarro (Palma del Río, 1951) rompe al fin su largo silencio para denunciar la paz del cementerio catódico español.
¿Cómo conociste a David Gistau?
Creo que fue en 1997. Habíamos terminado el Mississippi y empezábamos La sonrisa del pelícano. Él era uno de los candidatos a guionista que había presentado trabajos y le escogimos. Y desde el primer momento hubo una cierta compenetración. Él nunca había hecho televisión y el equipo era casi nuevo porque Telecinco se quedó todos mis guionistas menos un par, así que tuve que montar otro equipo.
No dejo de pensar en la frase que me dijo el otro día Nicolás Redondo Terreros: «La Transición no fue un producto de nuestra historia sino de nuestra voluntad». Hasta aquel hito del optimismo de la voluntad había gravitado sobre nuestra historia ese fatalismo de la experiencia -asonadas, guerras, dictaduras- que hizo escribir a Gil de Biedma (Blas Otero para los amigos) los versos famosos: «De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal». Pero ese poema no expresa la asunción de los males de España como una metafísica, como una condena inexorable y tentadora porque absuelve a los culpables concretos, sino la convicción liberal de que la desventura del país obedece a los vulgares negocios de su mal gobierno. Claro que para saber eso hay que leerlo entero, actividad que Sánchez no practica ni con su tesis ni con sus programas ni con sus leyes.
Suena el teléfono en el despacho de cierto directivo de medios de orientación progresista.
-¡Buenos días, presidente! Qué sorpresa.Normalmente hablamos con Félix…
-No está el patio para secundarios. El país necesita mi liderazgo, no sé si captas el doble sentido. Verás, no me complace el modo en que el periodismo independiente está contando mis últimas decisiones. Me refiero a la reforma de la sedición y la malversación y a la limpieza en el Poder Judicial.
Los cuarenta violadores que hasta este miércoles han sido beneficiados por la ley Montero tienen muy clara la razón por la que Pedro Sánchez pasará a la historia. Sus víctimas también, naturalmente. Pero cuando Santiago Abascal afeó al presidente su extemporánea valentía con los muertos, recibió esta rápida puntualización: «¡No es un muerto, es un dictador!». Es las dos cosas, Pedro, muchacho: un dictador muerto. Murió ya, en serio. Había que haberlo movido de sitio cuando vivía y mandaba, no ahora. Su cadáver polvoriento hace mucho que no persigue a nadie salvo en los sueños enfermizos de la izquierda atascada en el trauma de un resentimiento histórico que bloquea su progreso hacia una verdadera conciencia democrática: una que respete a los que votan distinto y acepte la alternancia sin desatar desde el poder la histeria de la caza al discrepante.
De vez en cuando hay que derribar la cuarta pared, esa que separa al público del espectáculo, para que todos nos divirtamos por igual. Así que les voy a contar algunos trucos de este show de magia verbenera que llamamos política española.
En la tarde de este martes se celebraba un cara a cara entre Sánchez y Feijóo en el Senado. El encuentro venía precedido por las dos semanas más garrafales del Gobierno de coalición, que venía de encadenar la masacre opaca en la frontera con Marruecos, las dudas de Europa sobre el impuesto populista a la banca, el borrado del delito de sedición a demanda de los sediciosos, la coqueta distinción entre malversación buena y malversación mala como paso previo a su modificación y, sobre todo, la cascada de rebajas penales a decenas de violadores directamente beneficiados por una ley chapucera, seguida de una campaña peronista contra los jueces.
No todos los arzobispos de España militaron en los movimientos antifranquistas. En sus intensos cuatro años como secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello (Meneses de Campos, 1953) ha tenido que lidiar con las maniobras de Sánchez o con los casos de abusos en la Iglesia. Ahora será arzobispo de Valladolid a tiempo completo.
No pocos católicos tienen en España una especie de síndrome de persecución: leyes agresivas contra sus valores. ¿Está justificado ese sentimiento?
Esos valores afectan a todo ser humano: las cuestiones relativas a la vida, a la comprensión de la persona, a la dignidad humana, al trabajo. A ese humus del que venimos lo llamamos tradición judeocristiana o mundo occidental. Y cuando ahora se le niega carta de naturaleza retorna como una intuición, como una presencia anhelada. La cuestión del aborto no pertenece a la Iglesia: hay muchos argumentos científicos para poder decir que en el seno de una mujer hay una vida distinta de ella misma. O que hablar del derecho a decidir en el propio cuerpo no es falaz por la fe sino por la ciencia. O que no se puede llamar de la misma manera a una relación que tenga capacidad de engendrar vida que a una que no la tiene. O que ante la realidad dramática del sufrimiento no se puede ofrecer la muerte como solución: anular al que sufre para solucionar su sufrimiento. Todos estos asuntos no pertenecen exclusivamente al orden cristiano, sino a nuestras raíces griegas y al derecho romano. Pero cuando desaparece el aliento espiritual de una sociedad, la razón decae.