Archivo de la etiqueta: estirpe de Camba

Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

Leer más…

1 comentario

6 marzo, 2014 · 10:10

Breve entrevista en Rolling Stone

Número 173 de Rolling Stone, marzo de 2014.

Número 173 de Rolling Stone, marzo de 2014.

[Me llena de orgullo y satisfacción haber sido uno de los cuatro elegidos por la revista Rolling Stone para su reportaje «El imparable ascenso de la nueva columna». En él, el camarada periodista Rubén Romero y el caravaggiesco fotógrafo Adolfo Callejo presentan un retrato verbal y visual de Nuño Rodrigo, analista de Cinco Días; de Isaac Rosa, novelista y columnista de eldiario.es; de Manuel Jabois, que ya era amigo antes de venir a El Mundo; y de uno mismo que, siendo todos saludablemente jóvenes, es el más joven de los cuatro. Pasé una gratísima mañana charlando de todo con Rubén, al que agradezco que no haya reproducido los pasajes más escabrosos. El tono de cabreo generacional, en todo caso, se recoge fidedignamente. Reproduzco el texto publicado aun a sabiendas de que ello me terminará de cerrar todas las puertas que no me hayan cerrado ya mi personal incompetencia, algún brote cainita o la mera maledicencia]

«En el columnismo hemos de matar al padre»

La historia de Jorge Bustos es la de un niño raro: a la edad en la que sus compañeros soñaban con ser futbolistas o astronautas, él sólo imaginaba un futuro en el que fuera columnista. «Con 16 años me pedí una antología de artículos de Julio Camba. Así de friki era», admite. Después, hizo estudios literarios, fundó una revista y acabó cubriendo las fiestas regionales en La Gaceta («con resaca se escribe fatal», confiesa). Al contrario de lo que dicen los prebostes, no piensa que el público lector se esté extinguiendo: «En España, a la hora de conceder una columna, el estatus está muy por encima de la calidad. Ya puedes ser muy bueno, que si no tienes contactos políticos, has hecho algún favor o sales en televisión, no te van a coger. Dicen que los jóvenes no compran periódicos porque no les interesan. Y tal vez es que no se sienten representados en los periodistas que les ofrece el establishment, anclado en los opinadores de la Santa Transición que aún copan micrófonos y columnas. ¿La solución? «Hay que fomentar el relevo. Me gustaría librar una guerra freudiana y ‘matar al padre’. Ya está bien. Tiene que continuar el ciclo de la vida».

Collage de nuevo columnismo. Sección Rock & Roll de la Rolling de este mes.

Collage de nuevo columnismo. Sección Rock & Roll de la Rolling de este mes.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

La barbarie de los programas de cocina

El espejo del alma.

El espejo del alma.

Cómo que qué tengo en contra de los programas de cocina. Lo tengo todo en contra, todo. Hubo un tiempo en que la afición culinaria delataba al bon vivant, en que comer bien iba indisolublemente aparejado con hablar bien, en que las madres repetían que en la mesa y en el juego se descubre al caballero. Pero la tele ya no enseña nada de eso sino al señor Chicote, un Sancho Panza con mandilón situado a mil jodidas millas de ser un caballero en la acepción que manejaba Brillat-Savarin, fisiólogo del gusto, francés perfecto que fundó la moderna literatura culinaria.

Me enoja esta moda menestral de los programas de cocina que infestan la parrilla televisiva de las cadenas privadas pero sobre todo de las cadenas públicas: ¿qué eso de que los contribuyentes depauperados estemos pagando la confección de unos platos suntuosos que no nos vamos a comer? ¿Cómo vamos a seguir embaulándonos tristes sándwiches y latas de Litoral frente a una pantalla cargada de suculencias inaccesibles cocinadas por chivos expiatorios de la dictadura del reality?

Todo lo empezó Ferrán Adrià, cuyo restaurante postinero era frecuentado por respetables hombres de letras de la derecha y de la izquierda –a partir de los 3.000 euros al mes se suavizan todos los extremos ideológicos: las dos Españas quedan perfectamente soldadas–, personas que sabían conversar. Personas que habrían leído El libro de la cocina española de Néstor Luján, quien postuló en este autorretrato esa necesaria correlación entre las funciones vitales de nutrición y relación: “Me gusta comer, beber, hablar con los amigos, y no creo haber sido un mal conversador. Soy enemigo de la intolerancia y de la perfección, de los predicadores de las dietas y de los administradores de las depresiones saludables. Adoro a la gente inteligente, porque pienso, alarmado, que tener ideas pronto será considerado como una enfermedad de psiquiatra”. Pero Arguiñano jamás será capaz de balbucear nada parecido a esto, y al genial Adrià –decimos genial Adrià como decimos bella Afrodita– una noche de juventud se le cayó toda su capacidad dialéctica en el puchero del nitrógeno líquido.

¿Y no actuarán de oficio los psiquiatras nacionales alarmados como Luján ante esta morbosa exhibición pantagruélica en un país de parados? ¿Qué clase de anémicas mentes sancionan en los audímetros esta opulencia empalagosa de comida por la tele a todas horas? Todo colectivo humano se obsesiona con aquello que tiene prohibido: el comunista con el dinero, el meapilas con el sexo, el nacionalista catalán con lo español, el parado con la comida. Ahora todos abrigan deseos de ser chef, y yo digo que esa pulsión es la misma que llevaba al hidalgo del Lazarillo a colocarse un reguero artificial de miguitas en las comisuras de los labios para echarse a la mísera calle de la España renacentista a fardar de atracón.

Pero quizá sea más sencillo que todo eso. Quizá sea simplemente que mientras cocinas y comes no tienes que pensar gran cosa, algo que siempre asusta al público. Es como programar un documental en donde los protagonistas no zigzaguean por la sabana tras una gacela de Thomson sino que pelan patatas o escalfan huevos. Un producto meramente animal, vaya.

Hace un año y medio cubrí el III Congreso de Mentes Brillantes al que, en un innecesario alarde de ironía macabra por parte del organizador, fue invitado como conferenciante estrella el amo de El Bulli. Tras oírle encadenar penosamente una abrupta ringlera de fonemas, en una crónica que titulé “La Bullipedia no es una logopedia”, escribí esto: “Concederemos que Adrià cocina bien porque yo no distingo un fogón de un orinal, pero eso no prueba sino que cocinar bien exige aptitudes intelectuales muy inferiores a las que demanda la emisión de un discurso articulado, mínimamente inteligible, equiparable al menos en eficacia comunicativa a la gestualidad rudimentaria de los niños-lobo, ya que no al sofisticado sónar de los delfines”.

Padecemos en esta hora una fiebre de televisión gastronómica que cabe atribuir también a la muerte reciente de todos los guionistas españoles. En su defecto, sale barato montar realities de cocinillas aficionados y dejar que sus rencillas miserables se derramen sobre el altar público de la santa audiencia.

La etnología ha dado noticia de cierta tribu suramericana cuyos miembros se escondían para comer, cada indio tras un árbol, horrorizados ante la posibilidad de que otro compañero les viera meterse cosas en la boca. Nosotros, menos sofisticados, hemos aceptado practicar una actividad tan grosera como comer en compañía unos de otros a cambio de satisfacer un peaje de urbanidad y buenas maneras, la primera de las cuales estipula que la comida ha de funcionar siempre como un accidente aristotélico de la conversación, que es la verdadera sustancia. Y he aquí que va la tele y eleva la manduca a centro y fin de su prime time, mientras los espectadores aplauden y salivan.

Una sociedad que sacraliza de este modo la cocina, que la vacía de su dimensión humanista –la filosofía nació en los banquetes, incluso el amor platónico nació en El banquete–, es una sociedad de animales que se figuran heraldos del sibaritismo. Cuando en la mítica Síbaris no habría sitio para Chicote, porque los gritos estaban prohibidos a fin de no perturbar la placidez vital de los sibaritas. El materialismo zafio de Master Chef no tiene nada que ver con La casa de Lúculo de Julio Camba, y la expulsión del programa de un aspirante no cabe en la sentencia de Cunqueiro según la cual “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

Mucho me temo que de la civilización de Cunqueiro solo queden las sobras. Pero a mí no me importa porque yo, como Rajoy en las cumbres, soy un decidido partidario del tupper.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de enero de 2014)

1 comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Entrevista a Hughes (I): «El periodismo deportivo ya no es solamente informar, sino alegrar un poco»

Hay una persona que eres de los pocos que llegó a conocer, que es Juanan, @van_Palomaain, que dejó de estar con nosotros en agosto, lamentablemente. Y él de ti, por ejemplo, decía: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson: la santísima trinidad de Internet”. ¿Cómo lo recuerdas, a Juanan?
Pues… a ver, yo lo conocí una noche, una tarde-noche, y era una persona entrañable, la verdad. Tengo que decir que toda la gente que he conocido de Internet, que tampoco ha sido mucha, pero a veces parece que se comen a los niños crudos al teclado, y que son gente… luego son todos… parecen todos bellísimas personas, para comértelos a besos, ¿no? Juanan era una persona muy entrañable, en lo que yo vi. Era un chico muy carismático, con mucha gracia. Tenía mucha gracia. Y luego, la verdad es que era muy generoso, con sentido del humor. Tenía un talento para comentar, para retratar las cosas, ¿no? Y era un aficionado sui géneris, también. A mí, vamos, me cayó muy bien, y… bueno, qué te voy a contar del shock que fue vivir eso. Fue tremendo.

Bueno. Vamos a pasar a otras facetas tuyas. Aunque seas economista de formación, haces un poco de periodismo. ¿Cuáles son tus periodistas de referencia?
Bueno… a ver, los periodistas del siglo XX que ha leído todo el mundo, o los que me gustan, ¿no? Son Camba y compañía. Y luego pues, hombre, los periodistas vivos… también los que lee todo el mundo: pues Ignacio Ruiz Quintano, Gistau, Manuel Jabois… leo también a Arcadi Espada, muchísimos. Es que me voy a olvidar de alguno. Y algunos de ellos, tengo ya la fortuna de tratarlos y de ser incluso amigo: Jorge Bustos, que le leo mucho también… Eso, hablando de la gente que toca el tema del Madrid, ¿no? Luego, en otros ámbitos del periodismo, pues… podría citar alguno más, pero yo diría que éstos son referencias en cuanto al periodismo. Y luego, los periodistas clásicos de toda la vida pues Camba, Josep Pla, Ruano… Ruano, muchísimo. No, los que todo el mundo; yo es que creo que todo el mundo leemos lo mismo y a los mismos, ¿no?

Hughes y Bustos.

Hughes y Bustos.

Y, diferenciándote un poco de los periodistas madridistas, éstos mismos que has nombrado, Ruiz Quintano, Gistau, Bustos, Jabois, ¿cuál es tu sello personal? ¿Qué te diferencia de ellos, o qué te asemeja incluso, también?
Hombre, pues aquí ya… No lo sé, eso lo tendría que decir otra persona, ¿no? Yo no lo sé. Hombre, es que me parece, aparte, que seguro yerro el tiro si hablo de mí. Eso es como cuando te oyes… cuando me oiga la voz… bueno, no lo pienso oír, pero cuando me escuchara la voz en esta grabación, me voy a espantar, ¿no?, de la voz que tengo. Pues esto es igual, ¿no? No lo sé. Lo tendría que decir el lector, cuál es mi rasgo distintivo. Yo, hombre, no lo sé. Sí que te digo que yo no imito a nadie. O sea, escribo con bastante verdad, de las cosas que escribo, ¿no? Y poco más, no sé. No sé qué rasgo puede identificarme.

En el primer foro de debate de Primavera Blanca, que se hizo el 23 de octubre, hace poco menos de un mes, se trató el tema del periodismo, Twitter, y todo esto, y estuvieron invitados Siro López y Juan Ignacio Gallardo. Uno de los temas que se trató era lo del “madridismo con camiseta”. Y uno de los asistentes, de los participantes, en el momento de preguntas, llegó incluso a hablar del “madridismo con dorsal”: el periodista que defiende mucho a un jugador. ¿Cuál es tu opinión sobre todo esto, el periodista que se identifica con un club y con un jugador?
Creo que todo cabe, todo vale. A mí, como lector, me gusta… me he acostumbrado a leer al periodista-personaje, al periodista-forofo, al periodista-frío; a ese tipo de periodista tan divertido que va de objetivo, y que nunca tiene equipo, y que parece que depende la verdad, u Occidente, de que el tío tenga o no tenga equipo, que no es tan importante; el periodista que dice que no tiene equipo y se le nota claramente que tiene un equipo… Yo creo que todo vale, y que, viendo venir a cada cual, pues está bien. Aparte de que el periodismo deportivo yo creo que ya no es solamente informar, sino también distraer, divertir, alegrar un poco… Entonces, bueno, hemos citado periodistas que son madridistas, y lees lo que escriben porque te gusta, por una metáfora, por un giro personal… No creo que sea importante. No creo… Yo no me fijo para nada en eso. No me interesa de qué equipo sea cada cual, si es o deja de serlo.

¿Y cómo fue tu paso de bloguero a luego estar en La Gaceta, ahora en el ABC, escribir las crónicas?
¿Cómo ocurrió? Pues fue rápido. Al poco de abrir el blog, me llamó La Gaceta. Bueno, me llamó Jorge Bustos desde Valencia, que estaba haciendo una entrevista a Camps, y me puso en contacto con Maite Alfageme, y empecé a escribir en La Gaceta. Allí escribía columnas de tema general, nada político, un costumbrismo así un poco desvaído, un poco… [risas], pero no sobre fútbol. Y luego, pues eso, no recuerdo… fue hace un año y pico… Una cosa siguió a la otra. Ya, a partir de ahí, fue ininterrumpido el proceso. Yo mantuve el blog después, pero luego ya ocurrió lo del ABC, y abrí otro blog en el ABC. Simultaneaba mi trabajo con la escritura en el periódico, y ya se hizo muy complicado mantener el blog. Y bueno, pues eso: fue muy rápido, ha sido una cosa detrás de la otra. No me paro a recordarlo, pero fue muy… En La Gaceta estuve, no llegó a un año. Escribí en verano una columna en la contraportada, y luego pasé a escribir televisión; y luego ya salté al ABC a finales del 2012. Y bueno, esa es la historia [risas].

Leer más…

1 comentario

10 diciembre, 2013 · 14:12

El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

Leer más…

2 comentarios

29 noviembre, 2013 · 17:52

El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

Leer más…

Deja un comentario

4 noviembre, 2013 · 16:34

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

Leer más…

Deja un comentario

30 octubre, 2013 · 19:32