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Entrevistado por Alberto Olmos

El Escorial con columnista delante.

El Escorial con columnista delante.

[Copio a continuación, por si fuera de interés, la entrevista que el escritor y crítico Alberto Olmos ha tenido a bien hacerme para su temido portal, que cualquier veterano o novel de la república de las letras tiene el deber altamente instructivo de frecuentar. Sobre el oficio de columnista, y disculpen el inevitable personalismo]

El columnismo se mueve bajo mis órdenes. Me fijo en David Gistau cuando escribía en La razón, y lo ficha El Mundo; y lo ficha ABC. Me fijo en Manuel Jabois cuando vaciaba adjetivos en los bares más tormentosos de Malasaña, y lo ficha El Mundo; y lo ficha El País. Y, hace nada, me había fijado en Jorge Bustos, que manumitía ideas en sitios digitales de nombres tan soberanos como Zoom News, y lo ha acabado fichando El Mundo. Amigo articulista, creo que tienes que procurar que yo me fije en ti: muevo el cotarro.

El columnismo es un señor que opina y alguna señorita histérica. Antes de que se me pongan nerviosos: la frase me ha salido sola, y no la suscribo.

El columnismo, digo, es un señor una señora una señorita y un señorito que opina en papel y cobra por decirlo ahí antes que en el bar. Suele, el señor, la señora, tener alguna gracia, porque opiniones distintas a los demás no tiene nadie todos los días, y esto del articulismo es para todos los días, como el café.

¿Es, a 2015, el columnista una «estrella»? ¿Se gana tanto como en los 90? ¿Se folla tanto como en los 90? ¿Se escribe mejor que en los libros, a 2015?

Sobre estos y otros (sobre todo otros) líos hablamos con Jorge Bustos (Madrid, 1982), que ha estudiado Clásicas.

–>entrevista realizada por Alberto Olmos

Hola, Jorge. ¿Cómo estás?
Estoy muy bien, y esto no ha hecho nada más que empezar.

La revista Leer reunió en febrero a los treinta nombres que según ellos pueden ir a protagonizar la literatura española en los próximos años. Eres el único columnista seleccionado. Ya he leído por ahí que estás escribiendo una novela, y me preguntaba por qué tantos columnistas quieren hacerse escritores. Es como si un torero abriera una ONG de protección de animales; como si un broker se fuera a vivir debajo de un puente; como si un actor porno se casara con su novia de toda la vida…
No te falta razón en sugerir una dignidad autónoma -la que sea- para el género de la columna, pero en mi caso quise ser columnista desde los 17 años y novelista desde los 18. Más o menos. Leía a todos los columnistas de los periódicos no porque me interesara el periodismo, sino porque encontraba un reducto de lo literario. ¿Y entonces por qué no leía usted novelas?, me replicarán. Las leía también y muchas. Pero siempre me atrajo la literatura de la cotidianeidad, de lo fáctico -el libro de viajes, el dietario, la biografía, las memorias, el reportaje-. Así que lo mío con la columna periodística ha de ser por fuerza una atracción natural, y así la asumo. Por lo demás, la novela está aparcadísima y no sé si podré volver a ella, o a otra, o a ese género endiablado en general con alguna garantía de potabilidad.

Relacionado con lo anterior, tenemos que, desde “el periodismo avillana el estilo” de Valle-Inclán al “deshojarse en columnas” de Umbral, hay todo un discurso de culpa y de disculpa entre los oficiantes del articulismo literario, como si estuvieran siempre pesarosos por no encomendar su talento a empresas mayores. En realidad, creo que el columnismo es “palabra sin posteridad”, y que lo único que molesta al articulista brillante es que nadie lo vaya a leer en el futuro; tener su obra desatendida en las hemerotecas.
Bueno, la posteridad está tratando muy bien a Julio Camba, por ejemplo, y a otros columnistas que se resignaron alegremente a que su columna muriera con el periódico del día. Y se equivocaron. Eso tiene que ver no con la brillantez sino con la lucidez, con la potencia de pensamiento del columnista en cuestión para pasar de la anécdota del día a la categoría antropológica en la que se reconocerán los lectores de un siglo después. A Camba le ocurre eso. Profetizo en cambio que las columnas de Umbral envejecerán mucho peor.

Redactando mis propias no-preguntas se me ha ocurrido lo siguiente: la literatura es noble. Hay cierta nobleza en alguien que dedica cientos de horas a armar algo tan improcedente como una novela. Creo que de esa nobleza (del hecho puro y acaso inocente) procede el respeto un tanto exagerado que el columnismo tiene por la literatura. ¿Es, por tanto, el articulista un canalla por definición?
Lo que tenga de canalla se lo deberá al contagio de la canallesca, es decir, de los periodistas de plantilla como tal, que son -¡somos!- gente deliciosamente anárquica en general, aunque muchos esconden bajo siete llaves sus veleidades literarias. Redactar una pieza de periódico exige mucho menos tiempo y talento que armar una novela pasable, así que es lógico que los periodistas admiren la disciplina de los novelistas. Otra cosa es que haya periodistas más inteligentes, capaces y dúctiles que muchos escritores torremarfileños, puros. Y viceversa.

El precio de la palabra escrita arroja cálculos delirantes. Por ejemplo: cincuenta mil palabras en 100 columnas pueden ser entre 10.000 y 30.000 euros (o más); cincuenta mil palabras en un una única novela pueden proporcionar a su autor entre 0 y 600.000 mil euros, siendo lo más habitual 1000 euros. En Atados a la columna (serie de entrevistas que Amibilia hizo a columnistas famosos a finales de los 90), Gistáu reconocía que cobraba como 365 euros por columna, pieza que a buen seguro escribía en veinticinco minutos. Dinos todo lo que puedas (quieras) sobre dinero y columnismo: es un asunto del que nunca se habla.
Ah, el dinero, el gran asunto. Entiendo tu interés: yo he conocido el confort de una nómina decente y la precariedad de los 50 euros el post, a veces post de tres folios y cuatro horas de escritura. Pero yerras el tiro al disparar a la columna: lo verdaderamente caro es el reportaje. La columna se llevaría la medalla de plata del gasto, pero en un buen reportaje un periódico se deja cuatro veces más, empezando por las dietas del reportero, alojamiento, desplazamiento… Por lo demás, y aun conservando el columnismo algún pedigrí crematístico, nada que ver estos tiempos con los 80 y 90 en que un columnista español entraba en un caro restaurante de la mano de un banquero y pagaba el columnista.

Con la aparición de los blogs, miles de personas empezaron a expresar sus opiniones de forma gratuita. Algunos consiguieron muchos lectores y siguieron escribiendo sin esperar compensación económica. Esto, unido a la caída de compra de periódicos en papel, hacía pensar que los tiempos del columnista millonario habían acabado. Sin embargo, los recientes movimientos y fichajes en el sector de la opinión periodística han devuelto a la profesión su halo ejecutivo, de puestazo. ¿Es una huida hacia adelante de los periódicos? ¿Se han vuelto locos? ¿Puede salir a día de hoy rentable pagarle a alguien -digamos- 500 euros por folio y medio a la semana? ¿Qué aporta hoy una “firma” a un periódico?
Tanto como halo ejecutivo… Veamos: los últimos movimientos atañen a periodistas todoterreno más que a columnistas específicos, y me incluyo. A mí me ha contratado El Mundo en plantilla para hacer más cosas que columnas -no te digo nada en la era de internet-, aunque quizá mi perfil de columnista es el que buscaron en principio, y a mucha honra. Yo tengo una nómina y no he calculado a cuánto sale mi columna, aunque conozco casos de columnistas-colaboradores muy bien pagados. Si la empresa lo paga, es porque han hecho números y les sale a cuenta. En eso soy liberal. Ahora, no te equivoques: las firmas lo son todo en el periodismo. No me refiero a la firma con fotito del columnista vanidoso, sino a la firma del corresponsal de guerra, del reportero del corazón con mala hostia, del redactor sensibilizado con los temas sociales, del delegado de partido o de tribunales con buenas fuentes… Todos ellos valen lo que vale su firma como aval de credibilidad, y créeme que pueden ser mucho más vanidosos que cualquier columnista. Al que por lo demás, generalmente, desprecian (risas enlatadas).

La figura del periodista, y del columnista en concreto, siempre ha vivido la mítica amenaza del director o del dueño del periódico, que podía “censurar” sus opiniones. Las nuevas fórmulas de periodismo nos han llevado a situaciones tan interesantes como ésta: en El diario.es un socio, que paga 5 euros al mes, exige que echen a un columnista por decir algo contra el pueblo Palestino. Hay casos de columnistas que han dimitido al sentirse desautorizados por los «socios». ¿Es una mejora pasar de tener un jefe millonario censor a tener varios miles de censores a 5 euros/mes?
Me parece escalofriante eso que me cuentas. No tenía ni idea. No sé cómo Nacho Escolar puede consentir semejantes presiones. Un periódico, como toda organización que funciona o ha funcionado alguna vez, es un ente jerárquico. Si la jerarquía no lo hace bien, tiene encima un consejo más o menos formado que le pide cuentas. Pero rendir cuentas al accionista-ciudadano es solo un corolario más de la rebelión de las masas orteguiana y una amenaza odiosa para la profesión. Usted, señor ciudadano, ponga dinero en eldiario.es o en El Español; pero ahí acaba su contribución. Luego, usted se sienta y lee, y puede que aprenda cosas. Y si no aprende, no participe en la próxima ampliación de capital o váyase al diario de la competencia como se ha hecho toda la vida. Qué coño es eso de pedir cabezas por 5 euros/mes. Dónde escribiría Sostres, entonces. Dónde escribiría nadie, al final: todo el mundo acabaría siendo el mismo columnista políticamente impoluto por puro pánico. Estremecedor.

De joven uno pensaba que un columnista era alguien que escribía con gracia opiniones personales y que, cuando triunfaba, era porque tenía más gracia y más opiniones personales que los demás columnistas. Hoy pienso que gran parte del columnismo se debe a un público, a cuya ira, capricho y pasiones viscerales da forma verbal. Los casos extremos serían Sostres, Fallarás o Julián Ruiz. Son como animadores de muchedumbres. Cubren una demanda de brutalidad intelectual. Son leídos en la medida en que dan la razón al que lee. ¿Cómo lo ves?
No veo a Sostres encajando en ese perfil, porque él cabrea a gentes muy distintas, lo cual tiene un mérito suicida innegable. Otra cosa es que la boutade acabe imantando un estilo o que el clientelismo aliente inconfesablemente en cada ataque o defensa de un columnista. Por otro lado, el columnista siempre ha tenido algo de predicador, siempre aspiró a portavocear a su parroquia después de habérsela creado. Ahora bien: yo pienso que lo que diferencia al buen columnista del gran columnista es que el segundo es capaz de desairar a la parroquia que ha ido construyendo con tanto esmero no por provocación o cálculo, sino por coherencia propia y trayectoria intelectual. De estos hay poquísimos. Y ahí tiene que estar el jefe inteligente para sostenerle, cuando hunos y hotros pidan su cabeza.

Dice el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez que el columnista está obligado a tener razón, mientras en la novela hay que dudar. ¿Cómo gestionas o preparas o sostienes esta “chulería” propia del articulista? Creo que no se habla nunca del componente psicológico de una labor en la que uno tiene que dar la impresión de que siempre tiene las ideas muy claras.
Esta es una de las preguntas más inteligentes sobre el oficio que me han hecho. En efecto, el buen columnismo obliga a combinar la flexibilidad del filósofo y la seguridad del pontífice. Si solo participas tus perplejidades sobre la actualidad al lector, quedarás como un alma delicada y reluctante al dogmatismo, pero dejarán de leerte porque no estarás satisfaciendo la sed de claridad con la que acude a ti el lector. De este encaste hay mucho en  el sector digamos progresista: la duda es otro de los nombres de la inteligencia, la certeza es el principio del fascismo y otros mantras zen que se esfuman en cuanto nos palpan la cartera o cuando un jefe editorial toca a rebato electoral. En bando opuesto, si te dedicas a martillear sonoros prejuicios como clavos sobre la tapa del ataúd del lugar común, del sesgo ideológico, de la sigla partidaria, del esencialismo carpetovetónico, de la verdad del barquero o del taxista, del servilismo corporativo y de otras ideas rígidas, satisfarás a los lectores ya convencidos pero jamás conquistarás un verdadero respeto intelectual. El columnista sensible y no venal padece la tensión entre estos dos polos, y eso desgasta psicológicamente bastante. En esos momentos sólo esa «chulería» a la que aludes, entendida como autoestima y formación, te sostendrá.

Asimismo, entiendo interesante hablar del “miedo escénico” en el mundo del columnismo. Creo que hay decenas de personas que podrían escribir artículos brillantes, pero no tantas que podrían “sostenerlos”, es decir, seguir escribiendo esos artículos después de las reacciones que provocan, la llamada de un ministro, el malestar de miles de lectores… ¿Qué importancia tiene en el columnismo la capacidad para controlar la presión, los ataques, las respuestas a las propias palabras? En ese sentido, me abrió los ojos Fernando Sánchez Dragó cuando me dijo: en una novela puedes escribir cualquier cosa, pero si lo escribes en un artículo…
Enlazando con lo respondido más arriba: te sostiene tu director, tus otros amigos columnistas y tu propia autoestima. Si careces de alguno de estos tres pilares, sucumbirás. Una llamada airada de un político por un texto tuyo produce una sensación de euforia casi sexual, si crees que tienes razón, a no ser que ese político sea amigo de tu director. Este tipo de censura directa, por grosera, no hace tanta mella como la autocensura alentada por la corrección política: siempre tienes a un colectivo de piel de seda dispuesto a sentirse ofendido. Pero la peor presión, amigo mío, es la falta de lectores. Con lectores siempre puedes ser Reverte en el bar de Lola y cosas bastante peores aún. Lo de Dragó confirma un triste adagio español: si quieres mantener algo en secreto, cuéntalo en un libro. El artículo, en cambio, lo lee todo el mundo. Y por tanto la presión es mayor, claro.

¿Por qué es tan importante el Real Madrid para columnistas como tú, Gistau o Jabois? ¿Tiene algo de partido político vicario?
Podría decirte miles de razones. Que el fútbol es la primera industria de ocio del planeta y el Madrid el primer club de esa primera industria, lo cual equivale más o menos a mandar en el mundo. Que el número de lectores que te granjea una columna sobre Leibniz o Rajoy -y que me perdonen por escribir seguidos ambos nombres- no puede soñar con desatar la correa de las sandalias de un comentario sobre el aullido de Cristiano Ronaldo al recoger su tercer Balón de Oro. Que de algún modo el Madrid simboliza un vestigio de nobleza anacrónica, un arquetipo vivo de excelencia que escandaliza a la mesocracia rampante. Pero la verdadera razón es ésta: los tres somos del Madrid como lo es un crío de Chamberí.

Como he leído algunas entrevistas que te han hecho, me he dado cuenta de que, seguramente al contrario que muchos otros columnistas, tú has frecuentado la tradición del columnismo español. ¿Qué articulistas destacarías de nuestra tradición? O, más exactamente, ¿qué canon te atreverías a fijar?
Te corto y pego una respuesta de una entrevista anterior en Neupic:

En la columna española, después de Larra, hay dos maestros genesíacos: Camba, del que nace la finura irónica y redonda, y Ruano, del que brota el costumbrismo lírico, apoyándose en Ramón. Son los Mozart y Beethoven de esto y hay que saberse a los dos. Luego cada temperamento propende a una veta u otra. Más hacia acá surge Umbral como gran heredero del género y a la vez creador de escuela.

Pero el canon español del columnismo -género singularmente prolífico en el periodismo patrio por dos razones: por el viejo amor de nuestros gobernantes a la censura y por el viejo amor de la gente a dar su opinión- no estaría completo sin la finura de Wenceslao Fernández Flórez, la transparencia de Pla o Xammar, el compromiso de Chaves Nogales o Assía, el aristocratismo de Corpus Barga o Foxá, la precisión de Azorín, la elegancia de Alcántara -¡que sigue!-, la socarronería de Campmany. Este es mi canon, lo que no significa que no haya aprendido de otros muchos, desde Vázquez Montalbán hasta Alvite. Por ceñirme a los difuntos.

En Atados a la columna decía el entrevistador que todos los columnistas que visitaba tenían chalet y perro. ¿Cómo está el parque inmobiliario y la compañía de mascotas en el columnismo actual?
Internet, ya lo has dicho, ha abaratado drásticamente la calidad de vida del gremio. Los de chalet y perro son los que empezaron en la Transición. Y luego hay milagros -en cuya realización confluyen muchas causas, entre las que quisiera contar el talento- que permiten ascensos de clase desde la bohemia letraherida a la burguesía mediática. Yo sigo viviendo en un piso de 20 metros sin calefacción, pero ahora me atrevo a aspirar a algo más confortable.

Por último, recuerdo el mítico “la mejor literatura se hace ahora en los periódicos”, que circulaba en los 90. ¿Crees que hoy se hace mejor literatura, por parte de tu generación, en los periódicos que en la narrativa?
Yo creo que la mejor literatura, tanto en los periódicos como en los libros, se hacía antes. Así, en general. Pero sé que gracias a internet hay gente descubriendo a los viejos maestros, empapándose de su técnica y de su talante humanístico, y no es descabellado imaginar que la hermosa cabeza de esos resistentes emerja un día del nivel rasante que impone mayormente esta sociedad de analfabetos audiovisuales.

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Entrevista en Neupic

[Agradezco a Alfonso Basallo esta larga, por momentos mordaz, y siempre grata entrevista que me hace para Neupic. Su generoso interés por mis opiniones resulta a todos luces desmedido]
 
Hughes, Bustos, Ignacio Ruiz Quintano y Manuel Jabois.

Hughes, Bustos, Ignacio Ruiz Quintano y Manuel Jabois.

Acaba de fichar por El Mundo, donde se estrena como columnista bajo una galería de retratos ilustres, presidida por el maestro Umbral. Dará que hablar. Y hará reír. Ya saben: “castigat ridendo mores”.

Sé que no es fácil, pero cómo calificaría a los nuevos columnistas: ¿generación perdida, umbralianos posmodernos, Miquelarenas despeinados, Julios Cambas con la camisa por fuera del pantalón?
Lo mejor que se podría decir de los nuevos columnistas es que huelen a viejo. Es decir, a tradición. Es decir, que han leído a los clásicos del género y escriben sobre el mundo de hoy a hombros de aquellos gigantes. Mis detractores suelen decirme que escribo como un viejo, cuando probablemente quieren decir que escribo como cuando se sabía escribir: así que no saben el elogio que me hacen. El clasicismo es la modernidad constante.
 
Cuénteme su árbol genealógico: ¿es usted nieto de Ruano, hijo del matrimonio (periodístico ojo) de Alcántara y Umbral, y ahijado de Gistau pongamos por caso?
En la columna española, después de Larra, hay dos maestros genesíacos: Camba, del que nace la finura irónica y redonda, y Ruano, del que brota el costumbrismo lírico, apoyándose en Ramón. Son los Mozart y Beethoven de esto y hay que saberse a los dos. Luego cada temperamento propende a una veta u otra. Más hacia acá surge Umbral como gran heredero del género y a la vez creador de escuela. Con él conviven maestros como Alcántara y Campmany.
 

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2 febrero, 2015 · 11:30

La rana hervida. Informe sobre la muerte y resurrección del periodismo

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

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Pedro J cabalga de nuevo

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La escudería que arropó a Pedro J en el Ateneo: Ussía, Gistau y Jabois

La casualidad, décima musa, hizo coincidir en la tarde del jueves la presentación del último libro de Pedro J. en el Ateneo de Madrid con la conferencia de un gran maestre de logia sobre el estado actual de la masonería. Pero la confusión resultaba imposible, pues si hay algo que no va con el carácter del exdirector de El Mundo es el secreto. Lo suyo siempre ha sido publicar, sean libros o periódicos. O una mezcla de ambas cosas en el caso que no ocupa, pues se trataba de presentar Contra unos y otros, segunda antología de aquellas homilías ensabanadas que entre 2006 y 2014 envolvieron nuestros domingos entre la hora del vermú y la del fútbol, como recordó David Gistau.

Además de Gistau, acompañaban al protagonista en la mesa Alfonso Ussía y Manuel Jabois: cada uno de un periódico distinto, los tres unidos en la teoría de un periodismo independiente y en la práctica del columnismo de fino encaste. El propio Pedro J., a la hora de la gratitud, anudó los nombres de los tres a la cola gloriosa de Ruano, Camba, Fernández Flórez o Umbral. Su viuda España asentía desde el patio de butacas.

Lleno total de leales pedrojotistas en el mítico salón donde discursearon Azaña, Ortega o Marañón. También Eugenio D’Ors, que ya advertía de que en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. De Pedro J. no esperábamos exactamente una conferencia sino la concreción de un anuncio que en las redes sociales hace tiempo superó la vaga condición de rumor, alentado por el propio interesado: su próximo periódico. La música de Enya no podía ser más pertinente para acompañar el camino al escenario del periodista riojano, que evitó bajar al detalle pero afirmó con rotundidad su New Age: “El año 2015 será el más importante de mi carrera periodística”. Qué mejor modo de celebrar el año de Santa Teresa que con una fundación, ha debido de pensar Pedro J., que no es de Ávila sino de Logroño. Aunque un periódico arma más jaleo que un convento, también en su interior pugnan novicios con priores y se reciben llamadas intempestivas de la Santa Inquisición.

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

Josep Pla, el penúltimo facha

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración en el 255 de LEER de David Pintor.

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración de David Pintor en el número 255 de LEER.

El pasado domingo 14 de septiembre El País, cumpliendo una tradición encomendada en persona por Voltaire y Diderot al diario de Prisa para que vele por la pureza ideológica de la cultura española, publicó un artículo titulado Pla, espía número 10 de Franco. Se hacía eco de una investigación del periodista Josep Guixà que la editorial Fórcola publica bajo el nombre Espías de Franco. Josep Pla y Francesc Cambó. Javier Fórcola es un gran editor para quien la búsqueda de un modesto gancho comercial no está reñido con el escrúpulo estético y la exigencia intelectual a la hora de planear sus lanzamientos. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Guixà, quien seguro ha escrito un libro documentado y riguroso, tirando por lo demás de un hilo viejo y conocidísimo: la labor de espionaje que el genio ampurdanés desarrolló para el bando nacional durante la guerra. Lo que no se sabía era el grado exacto de compromiso de Pla en esta tarea, y bienvenida sea la historiografía honrada para fijarlo.

En una guerra civil, un escritor sirve para muy poco: básicamente para hacer propaganda de un bando o de otro y para elaborar informes de inteligencia. También puede elegir el exilio y acabar muriendo en la Fleet Street por inadaptación fatal a los hunos ni a los hotros, caso que fue el de Chaves Nogales. Pero en España, en 2014, cuatro años después de la edición revisada y aumentada de Las armas y las letras, la cosa sigue funcionando más o menos como desde 1975, año inaugural de la Gran Revancha o antifranquismo cultural de maniqueísmo y pesebre. Con lo útil que habría sido el antifranquismo con Franco vivo.

Según esta ley de hierro, que a los nacidos en 1982 y por ahí nos sume en la desesperación y en un senequismo prematuro como de payaso suicida, hay que prohibir la palabra chiringuito porque la puso en circulación el fascista de Ruano. Sin embargo, hay que bautizar todos los colegios públicos que admita el presupuesto con los nombres de Alberti y Neruda, pese a que el primero firmaba durante la guerra en un periódico obrero una columna titulada «¡A paseo!» donde hacía exactamente lo que se esperaba del epígrafe: iba señalando a los intelectuales depurables que, efectivamente y una vez puestos en la diana por el camarada poeta, acababan en la checa y de ahí a Paracuellos. Y no es que Alberti y Neruda se dedicaran a versificar y unos descontrolados les interpretasen mal; no, no: formaban una célula homologada del Komintern perfectamente autorizada para la purga ideológica de retaguardia, entrañable afición de tanto arraigo en la tierra por donde vaga errante la sombra de Caín. El caso de don Pablo, además, se antoja especialmente inadecuado para prestar nombre a escuelas u hospitales, pues abandonó a su hija en cuanto se enteró de que padecía una severa hidrocefalia. De ella moriría la niña a los ocho años sin haber conocido a su padre, que estaba demasiado ocupado en enhebrar odas a Stalin. Vasili Grossman, en cambio, adoptó a las dos criaturas de su mujer, viuda de un purgado por Stalin, para evitar que fueran deportadas a un orfanato para hijos de contrarrevolucionarios, poético lugar que sin temor a la incongruencia bien podrían haberlo llamado Archipiélago Neruda, por ejemplo.

Y sin embargo no se nos ocurre decir que no haya que leer a Alberti, o que Neruda no sea un prodigioso renovador de la poesía castellana. Ni tampoco pedimos para el olmo de la mezquina estirpe formada por los escritores y los artistas en general las peras del heroísmo moral de Grossman, verdaderamente excepcional. Del genio su obra; a él, ni con un palo.

Ahora bien. Pla cometió el error de espiar para el bando equivocado, a efectos de la Gran Revancha. Y aunque al parecer Guixà prueba que ninguno de sus informes justificaron una sola represalia letal, es evidente que no se comportó como un héroe. Ni falta que hace para lo que nos importa a sus devotos lectores. Pla había cubierto la degeneración quemaconventos de la República y por su talante conservador, amante del orden y los buenos alimentos, estaba cantado que ayudaría al Movimiento. Lo cual ni siquiera lo convierte en un facha, pues su colaboración parece ser que fue pura táctica para evitarle a su amada Cataluña la ruina total de una prolongación del conflicto. Y si de todos modos Guixà probase que Pla le preparaba personalmente las sopas al Caudillo, tampoco saberlo disminuiría un ápice su consideración literaria, como espera que suceda el autor de la nota de El País, terriblemente obsesionado por hacer aparecer al gran escritor como un cobarde, un vendido, un franquista desorejado y basta ya de tanto homenaje y reedición, coño. Qué diferente el ponderado enfoque que usa el redactor de La Razón en la elaboración de la misma noticia; y que nadie advierta en esta oposición el consabido esquema de preferencias que evoca la mancheta progre contra la mancheta rancia: sencillamente el texto de La Razón no lleva incorporado al monaguillo de sotanita rasgada proclamando entre líneas el escándalo que le produce todo, qué horror, el Josep Pla, qué vergüenza, tú. Esta vez la mera información está del lado de Marhuenda.

La dramática infantilización de la inteligencia que padecemos demanda potitos de moralina que mezclen lo nutritivo con lo tragadero, de tal modo que el distingo entre ética y estética, conquista conceptual que rige la Historia del Arte y de la Literatura, se vuelve una provocación. Así que hay que rehacer el canon. Vamos camino de resucitar un Index laico donde figuren en exclusiva los escritores que se muevan en bici, se alimenten de brócoli y solo pisen los burdeles para afiliar a las putas a la Seguridad Social. A ver cuántos nos quedan. Entretanto, la industria cultural española es un sectarismo que no cesa. Por ideología y por los intereses creados bajo su bandera, claro. Que a nadie le han dado un Instituto Cervantes por reeditar a Foxá.

¿Hay una campaña orquestada para disuadir a las nuevas generaciones de la lectura de impuros como Ruano o Pla? Yo no creo en orquestaciones maquiavélicas ni en el vestuario del Real Madrid, que ya es decir. Pero ciertas adhesiones que ha traído El marqués y la esvástica, el libro contra Ruano (magistralmente reseñado aquí) que subió el rubor a las mejillas acomplejaditas de la novicia Fundación Mapfre, hace pensar que hay nombres de nuestras letras recientes que molestan. Que molestan bastante. Lo bueno es que toda fatwa excita el interés por el condenado, y yo puedo decir que acuden a mi Twitter jóvenes estudiantes de Periodismo y lectores en general pidiéndome títulos de Ruano, Pla o Camba; curiosidad que me apresuro a saciar lleno de esperanza en el futuro.

Dejen ustedes que leamos lo que nos salga de los cojones, señores mandarines de la intelligentsia. Sobre todo cuando no producen ustedes nada capaz de competir ni de lejos con Ruano o con Pla.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Y dejando de lado la santa política -o no, porque al final no se puede-, aquí va mi homenaje estrictamente literario al mayor prosista de las letras catalanas, portada del número 255 de la revista LEER, septiembre de 2014. Ojalá muchos más espías de Franco escribiendo como él.

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Si es Congreso, no es noticia

Margallo al quite por si Mariano se deja algo.

Margallo al quite por si Mariano se deja algo.

Volvió hoy el hemiciclo a ser la entrañable salita de la soberanía nacional, con su media entrada de diputados sesteantes, su docena de cronistas familiares y su anodina ración de parlamentarismo ajeno tanto al paso grave de la historia como al vuelo histérico de la noticia. Porque la noticia, una vez más, volaba lejos del Congreso hacia la Andalucía del sindicalismo trincón, la Bruselas dimisionaria de Maleni y Meyer, la Palma del juez motorista Castro –¡cómo disfrutaría llevando en moto su imputación al otro palacio de El Pardo!–, la Barcelona de la eterna niña Matute. De todas partes manaban la leche y la miel del interés mediático menos de las bancadas de sus señorías. Pero así son los regímenes parlamentarios, queridos niños.

El balonmano fue un día importante en las escaletas. Al famoso Urdangarin quiso robarle foco su compañero de selección Errekondo (Amaiur), quien a las nueve de la mañana se irguió en el escaño, acomodó la diestra majamente en la cintura, carraspeó mientras llegaba la musa vasca de la oratoria y abrió fuego dialéctico con el siguiente acta de defunción (en la retórica amaiurense se cumple lo de Camba: toda pompa es pompa fúnebre):

–Este Estado tiene una asignatura pendiente: la democracia.

La carcajada que se desató a continuación tuvo el efecto perverso de inspirarnos compasión por el tribal balonmanista. No entendemos cómo le deja su grupo hacer esos papelones si no es por algún tipo de venganza, un castigo por irse un día de la herriko sin pagar los zuritos, qué sé yo. Errekondo aguantó la mofa general y siguió titubeante, hilvanando disparates sobre la falta de reconocimiento a ese pueblo vasco que se encadena jubilosamente desde Durango a Pamplona, y coronó la gesta ya con un hilo de voz: “Este Borbón, como el anterior, y su Gobierno, como los anteriores, son el sustento aún de los principios del régimen franquista”. No creo yo que a Franco le pusieran las perdices como a Rajoy estos balones templaditos:

–Gracias a que estamos en democracia usted puede estar ahí diciendo esas cosas. Pero ustedes sí tienen alguna asignatura pendiente: pedir la disolución de ETA y pedir perdón por lo que han hecho durante años. Mientras no lo hagan, ni usted ni su grupo están en condiciones de dar lecciones de nada a nadie.

Fin de la cita. Aitor Esteban (PNV) se levantó rápido quizá para aliviar el trago a su montaraz paisano e inquirió al presidente sobre cierto paquete de inversiones ya negociado que la recesión demoró, con el correspondiente perjuicio de los vascos y las vascas. Don Mariano tiró de galleguidad: “Este es un tema complejo, ha habido que adoptar medidas difíciles, es un tema que ya veremos…”

Le tocó el turno a Rubalcaba. Atesoramos ahora cada discurso de don Alfredo como si de abrazos entre Del Bosque e Iniesta se tratara: nunca sabes si habrá otro. Rubal –siempre al grano– preguntó por los objetivos de la reforma fiscal. Rajoy contestó a su nuevo mejor amigo que dinamizar la economía, hacer un sistema tributario más equitativo, luchar contra el fraude… salir de la crisis, copón. El todavía portavoz socialista le hizo entonces unas objeciones muy sensatas: cuando Bruselas constate que la recaudación baja en 7.000 millones –cantidad que se quedará intolerablemente en los bolsillos de la gente– pedirá nuevos recortes que deberán asumir las comunidades autónomas en sus partidas sociales más sensibles, como siempre en este día de la marmota del déficit y la troika (“El déficit y la troika” es el nuevo “Caperucita y el lobo”, y Draghi el nuevo Grimm). Nosotros, prometió con ternura Rubalcaba, haremos una propuesta para que paguen más las grandes fortunas y menos las clases medias. A buenas horas macho, le respondió don Mariano. Ya podían haberlo hecho cuando gobernaban. Nos critican si subimos impuestos, nos critican si los bajamos. Damos ventajas a familias numerosas, a personas con discapacidad… ¿Qué más quieren? ¿Que metamos a Luis Suárez en el Tribunal de Cuentas?

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Cortesía de los compañeros de Periodista Digital.

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25 junio, 2014 · 18:36

«Oh justo, sutil y poderoso veneno» (Los escritos de la anarquía)

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

No se trata de otra antología que viene a surfear la ola editorial tan postrera como bienvenida que vive el artículo cambiano. Gracias a esta colectiva reivindicación, hoy Julio Camba ocupa el mismo panteón que Larra como genios mayores del género articulístico, y esto no es ditirambo concedido por gusto personal sino mera taxonomía. Pero sobre el articulista gallego, que fue la pluma más leída y mejor pagada de su tiempo, se abatió después el consabido anatema que Trapiello esclareció en Las armas y las letras: aquellos que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. Puesto que Camba había dejado en evidencia la República (que contribuyó a traer) y tras la guerra ni repudió a Franco ni se exilió a otro sitio que al Palace, a despecho de su lacerante genialidad fue encontrado culpable por el sanedrín cultural de la gran revancha.

Por eso coincido con Arcadi Espada en que a Julián Lacalle, editor de este monumento bibliográfico para cambianos y apetitoso para todos, quizá le ha movido en su ingente labor rastreadora un íntimo deseo de sustraer a Camba de la filiación conservadora que pesaba sobre él. Como si el conservadurismo fuera pecado en un escritor inmortal. El caso es que Lacalle ha querido dar la medida exacta de aquel anarquismo juvenil que le conocíamos al personaje únicamente por El destierro, memorias de juventud que el gallego camufló de novela y pieza de un perfecto equilibrio entre la distancia irónica, que es su marca de madurez, y la peripecia sentimental de una novela beat.

Es la primera joya de un volumen que abarca textos publicados entre los 16 y los 22. A esta edad su estilo ya es el del Camba que conocemos y estudiamos tratando de destripar su mecanismo de relojería paradójica. Pero alguien que culmina su maduración estilística a los 22, por fuerza ha de ser más que interesante a los 18. Y allí descubrimos a un Camba inédito que foguea la pluma en textos de combate que hoy un fiscal perfectamente tipificaría entre los delitos de enaltecimiento del terrorismo. Desafió al presidente Maura a que le matara, por ataques a la moral cristiana fue juzgado y sufrió cárcel, y no tuvo reparo en dar publicidad martirial a su encierro con tal de atraer lectores -que pagaran la suscripción- al diario antisistema que dirigía: El Rebelde. Entretanto, su escritura maduraba a toda velocidad y él apuraba en Madrid la bohemia primisecular con la arrogancia del que se siente llamado a epatar al burgués y bendecido por el don de la suprema inteligencia.

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26 mayo, 2014 · 15:37