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El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: «Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César». Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16

Protrusión o intrusión

Una protrusión discal es un desplazamiento del núcleo pulposo del disco intervertebral hacia el anillo fibroso, generalmente en dirección posterior o posterolateral, de tal forma que se ejerce una presión sobre la raíz nerviosa que solo a veces cursa con lumbalgia y que no degenera en hernia mientras no se produzca una brecha parcial en las fibras colágenas del anillo.

Ya disculparán ustedes que refiera estas perogrulladas de curso común en el conocimiento del pueblo español, no digamos ya en las redacciones de la prensa deportiva. El español sabe de todo, como bien saben ustedes, pero una de las disciplinas que domina especialmente es la medicina deportiva, de tal manera que ha habido partidos del Barça en que ante las volteretas desgarradoras de un Alves, un Busi o un Neymar, si no andaba atento el doctor Ricard Pruna se ha estado a punto de enviar con la camilla al cronista del Sport.

Lo explicaba muy bien un joven Julio Camba enviado de corresponsal al grave país donde hoy entrena Guardiola. Se encuentra nuestro periodista a un médico español que ha ido a Berlín a mejorar su formación y que se deshace en elogios a la competencia de los especialistas alemanes:

–Desde luego para estudiar medicina hay que venir aquí.
–Pues yo conozco a un médico alemán que tiene mucha fama y que, cuando yo le dije que era español, me preguntó si el rumano era un idioma muy difícil –replica Camba.
–Es que aquí los médicos no saben nada más que medicina. Es lo contrario de lo que pasa en España. Allí todos tenemos una cultura general, y nadie tiene una cultura especial.

Sobre nuestra cultura general acaba de dictaminar la OCDE con entusiasmo perfectamente descriptible, pero eso es porque de los tiempos de Camba a esta parte el español ha preferido sacrificar lo general a lo particular, y así vemos manifestaciones que ejecutan la sardana cerril del aldeanismo y leemos titulares tremebundos de una prensa deportiva que ha preferido especializarse en Traumatología, quizá sospechando que de fútbol ya sabe todo el mundo.

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14 octubre, 2013 · 17:11

Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

Una historia de la literatura para estómagos agradecidos

Famoso entre los griegos era el lujo con que vivían los habitantes de Síbaris, colonia aquea fundada al sur de Italia en el 721 a. C. que prosperó hasta extremos fabulosos gracias a la feracidad de sus campos y a la neurálgica ubicación de su puerto comercial en el Mediterráneo. Famoso fue el gobernador de Síbaris que prohibió los gallos para preservar el despertar natural de sus habitantes, y desterró a herreros y carpinteros porque el ruido de su oficio trastornaba el descanso popular. Famosa se hizo la leyenda de un sibarita que dormía en un lecho de pétalos de rosa y sin embargo un día se quejó a un forastero de que no había podido pegar ojo porque uno de los pétalos estaba doblado. Era fama que una red de canales transportaba el vino directamente del campo al centro urbano de Síbaris, para que sus avecindados pudieran embriagarse abrevando en las fuentes públicas. Y famoso fue el final de Síbaris, cuyos guerreros presumían de que sus caballos bailaban al son de la música; cuando entraron en guerra con la vecina Crotona, los crotonenses contrataron a músicos que en el fragor de la batalla empezaron a tocar sus instrumentos, poniendo a bailar a los caballos de los sibaritas, causando el desconcierto general –la lírica batiendo a la épica– y rindiendo la prodigiosa ciudad a sus enemigos, que la redujeron bárbaramente a cenizas, seguramente por envidia. Como siempre sucede en el mito griego, la soberbia acaba dictando la condena del héroe.

No estaban tan locos estos romanos.

No estaban tan locos estos romanos.

Nuestro tiempo no globaliza el lujo con la misma uniformidad que la miseria. Lo más parecido a Síbaris que tenemos hoy son los paraísos fiscales, que están restringidos a unos pocos sibaritas por herencia, pelotazo o maletín traspapelado. El sibaritismo se antoja una verdadera provocación en esta hora de socialdemocracia moral y liberalismo exclusivo, y desde luego se antoja un pecado bíblico para esa clase menestral de la intelectualidad que forman los buenos escritores. Los buenos escritores suelen ser sibaritas encerrados en el cuerpo de un pobre; de ahí el resentimiento que profesan a los grandes potentados de la sociedad, que suelen ser pobres recubiertos de sibaritismo deslumbrante. El buen escritor se encuentra entonces ante la disyuntiva del rencor o la imitación voluntariosa. Quienes se lanzan por el primer camino no revisten mayor interés, porque la envidia es un patrimonio barato, al alcance de cualquier fortuna. A mí me gustan, por su falta de hipocresía, los segundos, quienes escurren con sacrificio su pluma para reunir los honorarios que les sufraguen tanto confort como se puedan permitir.

Sibarita fue Larra, quien pese a todo su romántico dramatismo era la pluma mejor pagada del país y lo demostraba lavándose a diario con jabón de almendras, manteniendo un servicio plural y ceremonioso en su céntrica residencia de Caballero de Gracia y haciéndose ver por El Retiro en el mejor cabriolé del mercado, lo que equivaldría exactamente a revolucionar el Infiniti en un semáforo de la calle Serrano. Sibarita fue Wilde, que dilapidó su fortuna de exitoso dramaturgo llevando a cenar al diabólico Lord Alfred unas noches a Kettners y otras al Savoy hasta la catástrofe final. Debemos a Wilde –uno de cuyos más famosos personajes sentencia incontrovertiblemente: “Mis deseos son órdenes para mí»– el evangelio pagano del sibarita moderno en forma de aforismos: «El placer es la única cosa por la que se debe vivir. Nada envejece tan rápido como la felicidad».

El sibaritismo literario se ha vertido en géneros diversos, desde el erótico al convival, pero aquí queremos fijarnos en el género estrictamente culinario, pues comer y beber bien es quizá el más sólido y longevo de los placeres humanos. Uno, por ejemplo, deja de disfrutar del sexo mucho antes de seguir disfrutando de una botella de Borgoña; y cuando el Borgoña ya no nos sepa a nada, quizás haya sonado la hora de marcharse indignados de este mundo.

El banquete articula una de las vetas más cultivadas de la historia literaria desde la antigüedad grecolatina hasta los nuevos corifeos de la cocina fusión. Cada vez que los héroes de las epopeyas homéricas tienen algo que celebrar, se atracan de muslos pingües y jarras de vino convenientemente libado en honor de los dioses, lo que equivaldría a la bendición cristiana de los alimentos. De la Ilíada al Satiricón del árbitro de la elegancia, el romano Petronio –con su pantagruélico banquete del rico Trimalción–, la buena mesa sirve al escritor clásico para señalar la diferencia entre los pueblos bárbaros y la civilización. Dime qué comes y te diré lo que eres, proclamaría en el siglo XIX el fundador de la literatura gastronómica moderna, Jean Anthelme Brillat-Savarin, del que luego hablaremos. Homero, Hesíodo, Anacreonte, Píndaro, Heródoto, Jenofonte, Aristófanes, Plutarco o Ateneo concedieron a la gastronomía un lugar preponderante en sus obras, normalmente usando el motivo del banquete como marco narrativo o dialéctico. Pero fueron los romanos, con su proverbial sentido del orden y la jerarquía, los que nos legaron la primera monografía gastronómica medianamente completa de la literatura occidental. Se trata del De re coquinaria, o De la cocina, escrito en el siglo I d.C. por Marco Gavio Apicio, cuyo epicureísmo desacomplejado enojaba al bando estoico de su tiempo, formado por Séneca y Plinio el Viejo. En realidad, el epicureísmo de Apicio no llegaba a la suela de la incontinente sandalia de Lúculo, excesivo militar que se retiró con el botín de sus campañas a su fabuloso palacio del monte Pincio, cuyo lujo delirante sólo superaría la Domus Aurea de Nerón. Cuenta Plutarco que una noche, excepcionalmente, Lúculo no tenía invitados a cenar y sus criados le prepararon una colación si no frugal, tampoco suntuaria como era costumbre. Enfadado, Lúculo llamó a su mayordomo y le espetó: “¿No sabías que hoy Lúculo cena con Lúculo?” Y se hizo preparar en el acto un lujurioso convite para él solo. En 1929, Julio Camba se inspiraría en este legendario bon vivant para escribir la obra maestra de la literatura culinaria en castellano: La casa de Lúculo o el arte de comer. Si no es el mejor Camba –y eso es mucho decir–, no sé qué le puede faltar para serlo.

Hay tesis doctorales sobre la abundante cocina bíblica (que no se reduce al insípido maná). Y nos estamos ciñendo a la tradición occidental: China, Japón o la India –por no hablar del refinamiento culinario del mundo árabe, desde la voz incesante de Sherezade a los poemas andalusíes– manejan antiquísimas referencias gastronómicas. A una cocina propia, una literatura culinaria propia.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

 Decir que el sibaritismo literario no estuvo bien visto en la Edad Media no deja de ser un prejuicio progre en cuanto traemos a la memoria los versos dionisíacos de los Cármina burana, los relatos licenciosos del Decamerón de Bocaccio o el programa vital de nuestro Arcipreste de Hita: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera / el mundo por dos cosas trabaja: la primera / por tener mantenencia; la otra cosa era / por tener juntamiento con hembra placentera”. Nótese que el sexo va en segundo lugar: lo primero en esta vida es comer bien. Pero la guadianesca corriente de lo pagano –siempre presente, aunque corra por el subsuelo– aflora en Europa con toda su transparencia al estallar el Renacimiento, que como sabemos no fue un estallido, como no lo es nada en la historia, y menos el Renacimiento. Y aquí surgen dos genios, franceses tenían que ser tratándose de cocina: Montaigne y Rabelais. ¿Hasta qué punto el estilo moroso y claro de Montaigne es un trasunto textual de la acción de paladear ese Château d’Yquem que le volvía loco? También el sensible trance de adjetivar lo acompañaba Pla del acto cadencioso de liar un cigarro. Y en nuestros días, un planiano acreditado como Arcadi Espada ha dedicado páginas de delicado estilo a la vida de château, al sabroso universo del queso y a la tarea de resaborización emprendida por El Bulli de Adrià.

En cuanto al genio incontinente de Rabelais, legó a la literatura mucho más que el adjetivo “pantagruélico”, el mismo que los tertulianos repiten sin saber de dónde procede. En su Pantagruel y en su Gargantúa, Rabelais reinventó la farsa narrativa a partir de la comedia aristofanesca, dio carta de naturaleza al humor grotesco, proveyó a Cervantes de los últimos mimbres para la invención de la novela moderna –Sancho es un personaje rabelaisiano-, prestó a Bajtín la teoría de lo carnavalesco –fundamental para la historiografía literaria– y en suma otorgó a la glotonería la centralidad temática que le venía siendo escamoteada en la ficción, al contrario que en la vida.

A partir de ahí, todo fue rodado. El género de la novela tuvo campo abierto a la gastronomía desde sus orígenes modernos, como prueba el Quijote en su segunda frase: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. La literatura picaresca española está obsesionada con la comida –el hombre se obsesiona siempre con aquello que se le niega–, del pobre Lázaro al “archipobre” Dómine Cabra de Quevedo. Los ilustrados, con esa manía de sistematizarlo todo, encerraron la cocina en tratados y enciclopedias, hasta que el advenimiento de un epígono genial, ya metido en rebeldías románticas: el citado jurista Jean Anthelme Brillat-Savarin, que elevó la cocina hasta el merecido cielo de nuestra gratitud: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”. Brilliat-Savarin escribió la normativa Fisiología del gusto, donde se contradice resueltamente ese estúpido refrán que reza que sobre gustos no hay nada escrito y donde se sienta jurisprudencia todavía vigente sobre las combinaciones de sabores admisibles en el marco legal de toda sociedad civilizada. Aún Camba le invoca a menudo como cita de autoridad, y eso que el gallego, anarquista de espíritu, reconocía pocas autoridades.

El mejor Camba surgía al hablar de comida.

El mejor Camba es el que habla con la boca llena.

El modernismo abrió paso a los más descarados epicúreos de la literatura occidental. De Wilde a D’Annunzio, de Huysmans a Valle-Inclán. Sin salir de España cabe vengar el hambre proverbial que aquí se ha pasado con la prosa deliciosa de obras como La casa de Lúculo, de Camba; La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro; Historia de la gastronomía o Viaje a Francia, del catalán Néstor Luján –quien luego escribiría al alimón con su paisano Joan Perucho El libro de la cocina española– ; Lo que hemos comido, del payés Pla; o Contra los gourmets, del bienhumorado Manuel Vázquez Montalbán.

Leamos, queridos lectores. Pero ante todo comamos. Comamos despreocupados del dinero, porque es en la falta de recursos donde comienza el apetito, y despreocupados también del colesterol, porque el arte de comer no debe ser sustituido por la ciencia de nutrirse. Comamos con la audacia del primer hombre que probó los caracoles, que ciertamente fue un hambriento y no un epicúreo, razona Camba, pero cuya valentía recibió el premio del sabor. Comamos concediendo a este acto la gravedad cultural que merece, conscientes, como nos pide Cunqueiro, de que “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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16 julio, 2013 · 12:45

La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

¿Es compatible la ética con la ola de calor?

Ya está la ola de calor abriendo telediarios como cada verano, bien que en cada país el calor se traduce noticiosamente de modos diversos. En El Cairo por ejemplo desahogan la canícula mediante el “golpe revolucionario popular”, que no debemos confundir con el golpe de Estado de toda la vida según lo tiene teorizado Curzio Malaparte. En España perdimos esa ambición y el hábito entrañable de la asonada decayó a partir de 1981, por lo que ahora, cuando Madrid se sarteniza y en las aceras hierven los callos del pinrel urbano, el único golpe que recibe el país es el de los agresivos escotes de la femineidad retadora. El calor, por cierto, en eso se parece al alcohol: estimula el deseo pero frustra la ejecución. Ustedes me entienden.

–La moral y las buenas costumbres tienen en la actualidad una reputación deplorable, y de ahí el que las chicas más virtuosas se las echen hoy, hipócritamente, de corrompidas y perversas. Es una forma un tanto extraña de la hipocresía, convengo en ello, pero así anda el mundo…

Eso le decía a Camba un amigo suyo ya en 1935, razón por la cual no podemos creer en la nueva jeremiada de Baltasar Garzón, penúltima voz jupiterina de la regeneración moral (la antepenúltima fue la de Mario Conde, y en este plan). Garzón ansía sacarnos a los españoles del “pozo gris” en que penamos como bárcenas descabalgados de las buenas costumbres, que en España duran lo mismo que una recesión. En cuanto vuelve el dinero, vuelve de su mano la alegría, el derroche, la coima, el lerele y la vicepresidencia del Banco Europeo de Inversiones do mora todavía Maleni Álvarez, la monologuista mejor remunerada de la democracia hasta que topó con el trolley tremebundo de Mercedes Alaya, mazo de roble en piel de porcelana.

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8 julio, 2013 · 14:15

La impúdica lucha contra el reloj

Reseña de 'Manu' en Revista Leer.

Lo último de Jabois en ‘Leer’.

[Reproduzco a continuación mi crítica del último libro de Manuel Jabois que acaba de publicar la Revista Leer en su número especial de verano]

A Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

Manuel Jabois no ha necesitado ser corresponsal en Berlín –aunque sí en Sanxenxo, donde nació en 1978– para alcanzar la sabia conclusión de Ruano. Su novedosa forma estilizada y autoparódica, descaradamente personal, de ejercer el columnismo le ha granjeado una meteórica posición entre las firmas imprescindibles del articulismo patrio, hoy desde las páginas de El Mundo, y estoy seguro de que su antología de columnas Irse a Madrid (también editada por Pepitas de calabaza) quedará como hito renovador del género. Tras publicar unas memorias futboleras de candorosa niñez (Grupo salvaje, Libros del K.O.), abunda ahora en la veta subjetiva con un dietario de madurez primera: aquella que inaugura la experiencia decisiva de la paternidad. El autor lo cuenta todo, desde la concepción hasta el parto de su hijo Manu, porque sabe como Ruano que en la salvaje exposición de sí mismo radica magnetizado el interés lector. Y sin embargo en el escritor hecho que es Jabois el impudor no puede sino funcionar como la más refinada de las máscaras, bajo cuya brillante comicidad encontraríamos la cara sombría de la soledad y la insatisfacción, saldo consabido en la pugna de la escritura contra el tiempo.

La fluidez musical de un fraseo ya inconfundible amalgama suavemente lo coloquial con sencillas notas de perfecto lirismo, acreditando un dominio poco habitual del tono y del ritmo que no permite suspender la lectura, a cuyo término llegamos con una ansiedad caníbal de la próxima ración de sí mismo.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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4 julio, 2013 · 16:37