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Comandante Ronaldo

Oh, comandante.

Oh, comandante.

Recuerdo la luz del Atlántico que batía la torre de Belem en mi viaje a Lisboa, y recuerdo que subí a lo alto del Monumento a los Conquistadores, donde están esculpidos los héroes que abrieron para Portugal un nuevo mundo. Dentro de unos años habrá que añadir a ese coro de glorias nacionales la cara de Cristiano Ronaldo, pero de momento el país hermano acaba de nombrar a la leyenda viva del Real Madrid Gran Oficial de la Orden del Infante don Enrique, distinción que ya compartirá con José Mourinho, pues no hay portugueses vivos que hayan llevado tan lejos como estos dos el nombre de su patria, tomando el relevo donde lo ha dejado Eusebio.

Empezamos a ver en el mote peyorativo de “comandante” que acuñó Blatter un brillo nuevo y apropiadísimo que Cristiano fue el primero en asumir con aquel gol celebrado al modo militar, del mismo modo que los beatniks acabaron abrazando ese nombre que había urdido un periodista norteamericano con intención despectiva. Lo que se pensó como insulto ha acabado nombrando a una de las corrientes artísticas más influyentes del siglo XX.

Cristiano es el comandante en jefe del fútbol contemporáneo, y esperemos que como tal recoja en Zúrich el Balón de Oro que le corresponde. Pero no quiero hablar ahora del fútbol de Ronaldo, sino de esa estatura simbólica por la que este Quijote luso es nombrado caballero después de haber cambiado el cuento para dejar todos los molinos derruidos a sus pies: los molinos de Messi, los molinos de su criticado fichaje, los molinos de cierta afición del Bernabéu, los molinos de la estadística, los molinos de la FIFA. Todos vencidos por la quijotesca acometida de Cristiano.

En la hora de las condecoraciones, sin embargo, importa echar la vista atrás, a la aspereza de Funchal, a la dureza de las circunstancias familiares, al momento exacto de su infancia en que el niño Cristiano se rebela contra su destino previsible: el de una infancia sin rumbo y una vida anónima. Importa recordarlo ahora, cuando recibe los honores de la patria y es venerado por la afición del mejor equipo de la historia. Este no era precisamente el final cantado para un Oliver Twist de Madeira, y si lo ha sido solo se puede atribuir a eso que los comentaristas llaman ambición, voracidad, competitividad extrema, profesionalismo ejemplar, pero que yo creo que es solamente memoria y conciencia: memoria de sus raíces y conciencia de superación.

Ese es el símbolo que encarna Cristiano: la rebeldía contra el contexto aciago, y la tenacidad increíble que se precisa no solo para vengar su propio infortunio, sino para seguir siendo el mejor después del triunfo. Por eso amamos a Cristiano, y por eso su chulería nos parecerá siempre modesta. A sus órdenes, mi comandante.

(La Lupa, Real Madrid TV, 10 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 58:35)

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La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Fenomenología de la autofoto

Ni siquiera los dioses están a salvo de la idiocia.

Ni siquiera los dioses están a salvo de la idiocia.

Nadie es tan sentencioso como aparenta en Twitter ni mucho menos tan atractivo como miente el Instagram, pero eso tampoco importa. Lo sintomático es que el uso mayoritario que se le da a ambas redes sociales tuerza por el género bobo llamado selfie, esas autofotos popularizadas por los teléfonos inteligentes, valga el oxímoron, podios de vanidad ful, altares del grito individual en el océano de la irrelevancia sumada. Con nuestro smartphone nos retratamos pensativos bajo un roble, o cosmopolitas en el Empire, o picantones en la playa, y arrojamos la botella –chupito, más bien– de nuestro ego al ancho mar de la tecnología, esperando el reflujo del retuit o del Me Gusta concedido por otro náufrago solidario. Y en el mismo momento de haber pulsado al botón, a los más hamletianos de nosotros nos embarga  una tristeza poscoital: la certeza de una euforia prematura, de una originalidad imposible, de un protagonismo efímero, de una banalidad total.

Si algo nos han enseñado las redes sociales es una verdad tan antigua, tan griega, como que todo hombre está solo. Quizá no más que antes, sería excesivo, pero desde luego no menos, y eso sí es noticia. Nos prometieron que la tecnología conectaría a las personas pero, si no las desconecta, desde luego tampoco las comunica mejor. Como mucho acerca sus fragmentos, sus cortes de pelo o sus citas plagiadas, y en el mejor de los casos pasaremos años tuiteando con un amigo virtual antes de que nos demos cuenta de que es un perfecto desconocido, otra alma anhelosa ofreciendo su lado más sociable en la almoneda virtual.

Si algún mensaje se eleva por encima del ruido egolátrico de las cibercuentas es este: “¡Eh! Me siento solo, ¡atiéndeme!”. No comentaremos, por añeja caballerosidad, el entrañable grado de atavismo al que para emitir ese grito llegan esas muchachas de fisonomía vulgar que comparecen sin embargo en Instagram como cristalizaciones antropomórficas del pecado. Ese es un fenómeno puramente artesanal. Lo que importa señalar es que las redes suplantan la experiencia sensorial por la superestructura cibernética y, aunque enseguida corremos a celebrar el invento colgando nuestra pose artificiosa en la red, en realidad estamos protestando por la privación de la vista, del oído, del tacto, del olor y del gusto. Descartes elaboró su método racionalista sobre la incompetencia informativa que atribuía a los sentidos, afectados por un “duende maligno” que podría estar averiando nuestras percepciones. Así que decidió erigir todo conocimiento sobre una primera abstracción, radical y genérica, el intelecto autorreferencial como garantía de existencia: pienso luego existo. El programa, claro, era tan exigente que media Europa se acabó poniendo de acuerdo de un modo u otro para decidir que el mejor lugar para René era la cárcel. Y hacían bien, qué carajo: no se puede ser tan esaborío.

Hoy, sin embargo, todos somos cartesianos y desconfiamos de la sensualidad. La sensualidad también se prefiere aséptica y en pantalla, de hecho. El duende maligno de la virtualidad ha vencido y es su corona invisible la que sale retratada en cada una de nuestras autofotos. Todo selfie tiene por tanto algo de asepsia y egolatría, de cárcel cartesiana y reivindicación pueril. Instagram es un muro de personas que no se tocan ni quieren tocarse, en resuelta contradicción con la terrible, anacrónica sociología de Campofrío. Nos basta no con que le miren a uno, sino con que uno crea que le están mirando, envidiando incluso si nos sentimos boyantes. La autofoto compartida es un deseo de trascender nuestra propia irrelevancia que está condenado a la melancolía. Porque la irrelevancia no se supera con fotitos, sino con trabajo y con talento, dos cosas que escasean en España.

La autofoto no se beneficia siquiera de la disculpa documental, la voluntad de registrar una visita a un monumento o un poético ocaso, porque el principal protagonista es uno mismo y en esas imágenes no se comparte el ego con nada más, que para eso es el ego. La autofoto es todo lo más refinado a que puede llegar el vicio de Onán. Y sin embargo se pretende que la autofoto sea aplaudida en la red, se acaricia la ridícula pretensión de que seres anónimos disfruten de nuestro instante intransitivo.

Nadie en esta triunfante civilización del infantilismo está a salvo de la tentación selfie. Ahí tienen ustedes a Obama autorretratándose en el funeral de Mandela con la sobrevalorada ministra danesa. La historia en los medios se redujo a un flirteo inexistente y a un ataque de cuernos de la parienta igualmente tramposo, como sabe cualquier fotógrafo revirado; lo que se debió de señalar es el hecho primero, desalentador, tenebroso: los amos del mundo también necesitan hacerse selfies. No hay escalafón que escape a la irrelevancia del yo, no hay lugar ya para la suficiencia del poder ni para la belleza sin testigos de una mente adulta en funcionamiento. Es horrible, joder.

Entre el hombre y la mujer primermundista empieza a prevalecer un fenotipo tecnosexual, solitario y postizo, conectado a las interpretaciones y desconectado de las cosas, y solo los cohetes norcoreanos, el avance chino o el despertar africano nos devolverán a las sensorialidad prístina, a Husserl, a la caza y a la recolección, al abrazo, al crochet, al rugido, al regüeldo, a las palmas, al acíbar y a la oratoria presidencial sin plasma.

(Publicado en Suma Cultural, 28 de diciembre de 2013)

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¿Quién le hace el coaching al coaching?

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Convengamos en que África no es la meca de la psicología. Los africanos no tienen tiempo para preguntarse si padecen o no ansiedad, o si están explotando sus fortalezas y minimizando sus debilidades de la forma más rentable para alcanzar sus objetivos –por decirlo en la neolengua del coaching–, porque se les escapa la vida esquivando tiros o pandemias y buscando comida y techo. En las sociedades primermundistas, en cambio, que hace tiempo superaron las servidumbres de la dedicación agraria o industrial, el sector servicios se ha desarrollado hasta tal punto que ha favorecido la emergencia de un sector servicios del sector servicios. Porque eso es el coaching, un boyante y modernísimo mester de juglaría que te cobra por una opinión que no has pedido sobre cómo hacer mejor un oficio que el coach no ha practicado jamás, o de lo contrario no se habría metido a dar lecciones. El que vale vale y el que no a dar clase, ya saben.

El coaching es una industria eminentemente parasitaria que vive de dos premisas tan imprescindibles como lo son la humedad y la piedra para el liquen: el dinero y los incautos. Su hábitat predominante lo forman la Administración pública, las grandes empresas y el deporte de élite. Se trata de tres ámbitos especialmente generosos en la producción de papanatas: deportistas metidos a gestores que confunden el anglicismo con la sabiduría; nuevos ricos que han pasado directamente de la editorial Barco de Vapor (en los mejores casos) a preguntarse quién se ha llevado su queso; políticos castizotes que tienen un amigo al que no pueden dejar en la cuneta y recuerdan de pronto su pico de oro con las tías en aquellas despedidas de soltero por el casco viejo de Salamanca. La astuta empresa de coaching sobrevuela como un alimoche en torno a estos tres fenotipos humanos a la espera de su hueso, relleno de rica médula. Se prepara un power point pinturero, armado sobre flechas coloreadas y lógica escolar, presentado por el tándem imbatible que forman un cliente habitual de Clysiden y una hembra alfa en falda de tubo, y malo será que no se acabe arañando del presupuesto un cursito de formación interactiva por el método Launer-Skiffington, para desesperación del becario precario y a mayor gloria I+D de la boba conciencia del consejero delegado.

Del coaching hay que huir como de una peste semántica que está ablandando los cerebros uniformemente decelerados del empresariado español, rebajándolos a devoradores de frases de galleta china, a catecúmenos del padre Ripalda en traje de tres mil euros. Ocurre que cuando se deja de creer en Dios se acaba creyendo en cualquier cosa, que cuando se deja de leer a los clásicos se acaba aplaudiendo como novedoso el sintagma “inteligencia emocional” y que cuando se tiene dinero de sobra el derroche resulta ineluctable. Ciertamente, se aducirá, el coaching ha vivido épocas mejores, pues el gerente sensato lo primero que recorta es la retórica –cursos y publicidad–; pero uno se asoma a las listas de los más vendidos de no ficción y experimenta la mueca de Munch de la inteligencia. Esos títulos que cacarean el huevo recién puesto de la implementación (sic) de sinergias (sic) optimizadas (sic), aderezando su espeso puchero gramatical con citas wikipédicas de Sun-Tzu y anécdotas bélicas de Napoleón, son al amueblamiento de las cabezas adultas lo que Ikea a la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.

El consumidor de autoayuda, de management o de coaching no creemos que represente el eslabón de la cadena trófica sobre el que debamos centrar la loable tarea de la reinserción social. Probablemente ya no quepa salvación para una víctima tan inocente, que de no echarse en los fenicios brazos de Lluis Bassat o de Rojas-Marcos terminaría cayendo en los procelosos mantras del ecologismo zen o en las aguerridas alegorías de Paulito Coelho. No: hay que mirar más arriba. Lo que yo pregunto aquí y ahora es quién vigila al vigilante, es decir quién le hace el coaching al coaching. Quién vela por la eficacia de los procesos psicoemocionales del experto en cuestión; quién tasa sus debilidades y señala sus negligencias; quién le empuja más allá de su zona de confort, esa que en su gremio se circunscribe exactamente al cuenco de la mano que nuestro idealista presunto enseña al departamento contable nada más abrochar la sarta de tópicos de su conferencia. O incluso antes.

Están ustedes avisados. La próxima vez que le venga algún pícaro a sonsacarle una charlita motivacional, le dan ustedes con los ensayos de Montaigne en la cabeza.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de diciembre de 2013)

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¿Hay que acabar con las series de TV?

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

Es significativo que uno de los portales más célebres y visitados por los espectadores piratas (valga la redundancia) de nuestro país se autotitule Series Yonquis. El nombre es de una eficacia publicitaria innegable entre españoles, tan tenaces en el liderazgo europeo del consumo de drogas como en la ostentación del farolillo rojo de los informes educativos. Solo que la droga de las series también puede ser educativa.

La ficción, efectivamente, es una droga para el hombre, y no solo para el hombre español, como lo prueba esta edad dorada del género serial que despuebla Hollywood de guionistas y actores, más atraídos por la ambición narrativa de las series que por el efímero relumbre de los largometrajes, y que ha obligado a todos los periódicos digitales a abrir blogs especializados en el análisis de series, blogs que son seguidos y comentados con profusión de neologismos camino ya del arcaísmo como friki o spoiler.

Que la ficción no es un lujo sino una necesidad es una verdad antigua que justificó la emergencia de los aedos y rapsodas del mundo clásico, de los dramaturgos del Siglo de Oro e incluso de los monologuistas del Club de la Comedia. El IVA al 21% puede obstaculizar su satisfacción, pero no extirparla, y si nos lo suben al 91% volveríamos a la linterna mágica y a las cajas de guiñol en la plaza.

Las series cumbre de las cadenas yanquis –amén de yonquis– AMC o HBO nos proveen ciertamente de una sofisticación dramática desconocida hasta la fecha. Sin considerarse uno un yonqui fetén, un colgao irredimible de la sorkinina (Aaron Sorkin, autor de El ala oeste entre otras) o la simonina (David Simon, autor de The Wire entre otras), he de reconocer que los mejores ratos de pantalla –incluyendo la de cine y hasta la del chat con top models- que he experimentado en los últimos tres años se los debo a este puñado de títulos gloriosos: Los Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking Bad, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, House of Cards y alguna más. No muchas más porque no me he aventurado mucho más allá de estas grandes obras que los amigos me encarecían con razón. También he curioseado en otras producciones a mi juicio fallidas, como The Newsroom y Boardwalk Empire, aunque no es difícil encontrar en ellas momentos de verdadera maestría cinematográfica.

Si la ficción es droga, habrá mierda buena y mierda mala, y ustedes disculpen el argot del lumpen. La mierda antecitada es muy buena, posee todos los principios activos del más puro psicotrópico artístico. Meta azul del mismo Heisenberg de Breaking Bad, de hecho. Si a ustedes no les suenan estos nombres y estas ficciones, ustedes están fuera de su tiempo (cosa que tampoco es ningún drama, oigan). Siempre he creído que de haber continuado hasta hoy las bulliciosas tertulias en los cafés literarios, los Valle-Inclán y los Gómez de la Serna se juntarían hoy para comentar los episodios de estas series que constituyen sin duda la manifestación estética más importante e idiosincrásica de principios del siglo XXI, del mismo que la novela lo fue en el XIX, el ensayo en el XVIII, el teatro en el XVII y la poesía en el XVI.

Ahora bien. En la fiebre de las series, como en la del oro, afloran paladas de cuarzo, feldespato y mica por cada pepita áurea. Como adicción que es, el visionado compulsivo de series exige una enorme cantidad de tiempo y la oferta es inacabable. Ahora que viene el frío la adicción empeora, recluye a sus víctimas en el interior rancio de sus pijamas durante findes enteros, agarrota sus músculos, irrita sus córneas. Hay que medir muy bien si el beneficio espiritual compensa el sacrificio corporal, porque no está nada clara la ventaja.

La serie es una amante posesiva que nos quita de pasatiempos tan acreditados como el amor, el deporte o la lectura. ¡Antiguallas!, aducirán los frikis. Puede ser, puede ser. Pero no estamos seguros de que la sustitución del paseo serrano con la novia por el atracón de capítulos de Homeland –serie que me resisto a empezar a ver, porque se me acumulan tristes los libros en la estantería– representa un signo de progreso y modernidad. Más bien la conversación solipsista y fanática del devorador de series nos hace a veces el patético efecto del paletillo taurino que todo lo compara con el toro y su mundo, y cada situación de la vida le parece anticipada simbólicamente por el giro de culo de un mozo de espadas amigo suyo. Yo sostengo, más que nada por mis amistades, que se puede ser perfectamente moderno asistiendo a corridas de toros y perfectamente medieval rindiendo pleitesía a los diálogos de Sorkin.

Lo peor de las series, incluso de las buenas, es que proporcionan una cultura exclusivamente visual, de escenas memorables y personajes magnéticos. No es poco. Pero no es suficiente. Se ha dicho tanto, y sobre todo lo han dicho tantos cursis que produce alipori repetirlo, pero es que es verdad: el desarrollo del homo sapiens sapiens viene caracterizado por la sutileza creciente de su capacidad de abstracción, cifrada en el lenguaje verbal. Una persona que ve buenas series y lee buenos libros es un ejemplar sano y cabal del sapiens sapiens. Una persona que ha sustituido los buenos libros por las buenas series es un espécimen cojeante de la especie. Una persona que sustituye las buenas series por las series españolas es una anomalía genética que hace llorar a Darwin sobre el cuaderno de notas de Mendel.

¿Hay que acabar de una vez por todas con las series de televisión como con una lacra social cualquiera? Umm. Quizá la lacra no haya exhibido aún toda la obscenidad de su poder deletéreo; quizá el enclaustramiento catódico que fomenta no deba motivar el mismo rechazo social que la jeringuilla en el antebrazo. Todo se andará. Ya verán ustedes. Y los que dentro de un par de décadas sobrevivamos a la plaga con los cerebros limados pero aún hábiles podremos escribir el guión definitivo sobre cómo las series de televisión fueron nuestra Movida y sembraron de cadáveres intelectuales las añoradas pandillas de la juventud, cuando el lado salvaje de la vida se caminaba sin salir del cuarto, embutido en un pijama.

(Publicado en Suma Cultural, 9 de noviembre de 2013)

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Mi tarde con Loquillo

[Reproduzco, por si fuere oportuno y al hilo de una mención de Pedro Ampudia, la entrevista que le hice a Loquillo en Donosti, una tarde otoñal de 2010. Fue de las mejores cosas que hice como reportero de Época. A pesar de su extensión final, corté mucho material que conservo grabado, lo cual no bastó para que tras la publicación me llamara el representante del artista hecho un basilisco por el exceso de opiniones políticas vertidas, como si no hubiese una grabadora en rojo sobre la mesa y como si Loquillo no fuera Loquillo, en definitiva. Ahora que arrecia el tabarrón catalán, quizá sea de algún interés]

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Hall del aristocrático hotel María Cristina, un diván alargado y una lengua rock.

Nació José María Sanz Beltrán en el barrio barcelonés de Clot. Cuenta 49 años de edad y 30 de carrera. Tiró una vez una tele desde el piso 25 de un hotel a la piscina. Loquillo se lo puso Epi, con quien machacó aros en su primera juventud. Hizo la mili en la Armada. Culto, incorrecto, informado, indomable. Le hartaron de vivir en Barcelona los nacionalistas excluyentes. Nos recibe en su Donosti de adopción, villa bonita, fuerte y formal, para confirmarles a los lectores de ÉPOCA aquella declaración de principios propia de una rock star que no se apaga: “Abrirás una revista y me encontrarás a mí”.

-Dice Miguel Ríos que hay una edad límite en el rock. ¿Es así?
-No. Para su generación, igual sí.

-¿Cómo es su generación?
-Pues bastante distinta. Yo vengo del ruido, y él del paz y amor, no puede ser igual. No sé cómo será, pero desde luego no igual. Yo he nacido con el punk. Pero yo soy de la generación del 77, no tengo nada que ver con los hippies, ni en forma de actuar ni de pensar, musicalmente no tenemos nada que ver.

-¿Está muerto el rock and roll?
-Bueno, es evidente que estamos viviendo el final de una época y de una tradición y de unos valores. No sé si el rock va a sobrevivir a eso, pero creo que más que el rock and roll, lo que existe es una manera de entender la vida que también tenían los románticos del siglo XIX o los poetas beatnicks de los años cuarenta y cincuenta. Sí es cierto que la cultura rock empapa toda la sociedad de los últimos 30 años. En nuestro país, los mítines se parecen cada vez más a un concierto de rock. El rock ha sido portavoz o ha sido la punta de lanza de un modo distinto de entender la vida. Siempre hubo actitudes así, en otros siglos se ha llamado de otra manera.

-¿Qué cambio ha supuesto la Red?
-Un cambio absoluto, una vuelta a empezar. Hay quien dice que es el final y yo digo que es el principio. La Red ayuda a que la música que no suena en las emisoras de radio comerciales llegue a los demás. Con lo que somos los primeros en agradecerlo. Y por otro lado, ha creado una vuelta a los inicios. La música se había convertido a mitad de los años noventa en una industria tan controlada que en España el músico se acababa a los 30 años. No existías. Lo decían las radiofórmulas. Vino la Red, y nos salvó. Las radios ya no marcan nada. Los críticos de rock son crepusculares. La crítica real está en la Red. Tu mismo público hace la crítica continuamente.

-Pero está por ver que eso cristalice en unos beneficios…
-Yo creo que el artista debe tener el derecho de hacer con su obra lo que quiera. Yo tengo en mi página varios de mis discos colgados para descargar, pero lo digo yo, y no cobro por ello. Entiendo que tiene que haber una Red, donde tú puedas escuchar música y comprarla si tú quieres, pero por otro lado entiendo que la gente intercambie canciones porque eso es lo que hacíamos nosotros cuando grabábamos casetes.

-¿Y esa forma de pensar por qué no impera en una sociedad tan criticada como la SGAE?
-LA SGAE tiene un problema que arrastra desde hace muchos años. Yo creo que es un cementerio de elefantes. Yo soy partidario de que las sociedades de gestión tienen que ser llevadas por gestores. El problema de la SGAE viene de muy lejos. Ahora no está ni Ramoncín ni Víctor Manuel y el problema sigue igual. Ahora está Jorge Drexler. ¿Tú te crees que a mí me va a defender Jorge Drexler? No se da cuenta de que le han puesto ahí de parapeto. Pero el problema son los que están detrás, y los que quieren venir. Y por otro lado, hay muchísimos factores interesados en esa guerra. Porque los máximos beneficiarios de esa guerra son las empresas de telecomunicaciones. Cuanto más pirateo, más ganan. Y en cambio tenemos las tarifas de Adsl más caras de Europa.

-La SGAE no ha entendido como usted que la Red es el principio…
-Lo que a mí me parece un abuso es haber estado cobrando una pasta a la gente por un trozo de plástico con un redondel, y además tres veces seguidas. Primero el disco, después el de grandes éxitos y después el cd. Es normal que la gente se rebote. La SGAE es un gran negocio. Lo que sí noto es la gran cantidad de ignorancia sobre el tema en España. Qué poco nos creemos la cultura que tenemos y qué poco la respetamos. A un francés le es muy difícil comprar algo que está en el suelo, y para un español es como decir: “¡Eh, que le estoy engañando a alguien!”

-¿Cómo se veía a una banda de rock en los primeros ochenta?
-En esa época se nos consideraba pro-yanquis. Nos llamaban fascistas por ir de cuero. Yo les decía: “¡Pero si en el asalto al Palacio de Invierno los bolcheviques vestían gabardinas de cuero!”.

-¿Fueron tan salvajes los 80 como se dice? ¿Llegó usted a tocar fondo?
-No, no me lo podía permitir. Porque mi padre no era diplomático, tampoco estrella del toreo, ni actor de cine. Mi padre era estibador del puerto de Barcelona. He crecido en un piso de 49 metros cuadrados, donde vivíamos en el pasillo, porque vivíamos mi padre, mi madre, mi tía y mi abuela. Cuando tú creces en eso, cuando ganas un dinero en esto, sabes lo que ganas y le das un valor a lo que ganas. Y si depende de ti una familia y te han educado con la cultura de los valores, puedes pasarte tres pueblos, pero llega un momento en el que te das cuenta de que no puedes pasarte más. Y eso es lo que me ha salvado a mí.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

Carlos Ruiz-Ocaña, Loquillo y yo, con un corte infame, durante el cigarrito de después.

-¿Qué le parece esta ley del tabaco?
-Una vergüenza. No se puede adoptar una norma en un país como el nuestro, de hostelería, de servicios. Y aquí vienen los guiris a desgravarse. ¿Por qué no podemos vivir de ellos? Y además, el que quiera ir a un sitio de fumadores que vaya, y el que no quiera ir que no vaya. Yo fumo muy poco, pero me gusta de vez en cuando fumarme un cigarrillo. ¿Por qué nos complicamos tanto la vida? ¿A ti te obligan a ir a misa o a ir a los toros? ¿No, verdad? Si quieres vas, si quieres no vas. Se acabó. Esto no es Suecia. Aquí la gente, de entrada, grita. En segundo lugar, la gente se relaciona. La forma de relacionarse es bebiendo, alternando y hasta hace poco fumando. ¿Quién no ha intentado ligar ofreciendo un cigarro? ¿Alguien se imagina un concierto de jazz sin tabaco? Yo he crecido con el cine negro americano o francés. Jean Paul Belmondo o Humphrey Bogart fuman. ¡Me ofrecéis estos modelos masculinos y ahora me decís que no molan! Me parece impresentable.

-Ha tenido la surte de tocar como telonero de The Who y The Rolling Stones. ¿Qué siente cuando mira atrás y ve que lo ha conseguido?
-A veces uno piensa: “Lo he hecho, lo demás no”. Pero también pienso: “Yo lo creí más que lo demás”. Querer es poder. Ya estuve en 1999 con los Rolling haciéndoles una coña. Entré con Gay Mercader en el camerino, con un maletín y vestido de negro. Y Gay les dice: “Es el hombre del cash”. Y los tíos se quedan flipando como diciendo: ¿Nos van a pagar aquí con una maletín? La coña es que el maletín estaba lleno de chocolatinas de billetes con su cara.

-¿Para cuándo una reunión en directo de los hombres de negro: Calamaro, Bunbury, Urrutia y usted?
-Está más cerca de lo que parece. Los artistas están de acuerdo. Los mánagers han hablado. Lo dejo ahí.

-¡Vaya cuarteto!
-Los cuatro somos para darnos de comer aparte. El mundo del cine es corporativista. De ahí la vinculación de muchos al comunismo o socialismo. Es difícil en el cine ser individual. Ese corporativismo hace que tengan un lobby de poder muy gordo con el cual logran que les subvencionen todo y más. En el mundo de la música todos somos individuales y las compañías se las ven y las desean para lanzar a los músicos al mercado. Lo que conseguimos lo hacemos solos. Con lo que se subvenciona una película, se podría subvencionar toda una discográfica durante un año. Pero creo que la cultura subvencionada termina matando al artista. Se deben subvencionar los locales, promocionar la cultura en los medios, pero el mantener y subvencionar a fondo fijo a compañías de teatro, a gente del cine… ¡Deja que vengan otros! Lo cierto es que los cuatro hemos ido a nuestra bola. Enrique se ha metido en Latinoamérica a base de constancia y trabajo, y de invertir su propia pasta. Andrés se vino de Argentina a España a buscarse la vida. No le ayudó nadie. Y Jaime, creo que debería estar en la RAE… ¿No está Cebrián? Este señor ha escrito 30 de los mejores poemas musicados de los últimos 30 años en España. Una lección de castellano.

-Que Alaska se dedique ahora a participar en tertulias del corazón, ¿qué le sugiere?
Olvido siempre ha sido así. No engaña a nadie. Ha intentado mantener un cierto equilibrio entre intelectualismo y hedonismo. No me sorprende, va con ella. Tanto Nacho Canut como Olvido son personajes que quiero mucho y que se inventan a sí mismos. Me encantan los desplantes de Nacho y las salidas de maruja de Alaska.

-Si su hijo le dijera que le gusta la música de Bisbal, ¿qué le diría?
-Mi hijo es fan de Morrissey y los Who. Esos programas siempre han existido: Mecano salió de algo parecido. El problema es que sólo salen cantantes melódicos. Hay un pensamiento único de música. El problema de ese programa, que ha hecho mucho daño a la generación que estaba emergiendo en aquella época porque no pudieron llegar, el verdadero problema es que estaba pagado con dinero público. Y que las compañías de discos y agencias de contratación, que se forraron con ello, las hemos subvencionado nosotros.

-Eso no solo ocurre con la música…
-Te contaré una cosa. Hace poco recibí una llamada de una serie de televisión que quería describir una parte de la historia de España. Yo les dije que si era una productora privada, yo cobraba. Si era TVE, lo hacía gratis. Hay que tener ética en esto. Tú puedes engañar a la gente durante un tiempo, pero si no tienes ética, te vas a la mierda. En España, durante muchos años, uno tenía que vender los derechos de autor a una emisora de radio para sonar; ahora es a la compañía directamente. ¿Hemos avanzado algo? No. ¿Cuál es la ética? No hacerlo. Yo desde el año 92 no sueno en las emisoras comerciales. Pero en cambio tengo una editorial propia y la gestiono yo mismo. Siempre se lo digo a la gente que empieza: cuidad de vuestros derechos de autor. Es el legado de tu familia.

-Ha participado en varias películas, ha escrito dos novelas. ¿No le bastaba con el rock para expresarse?
-Hay que aprender divirtiéndote y trabajando a la vez. De joven era muy fan de Charlton Heston y siempre pensaba que se lo debía pasar que te cagas porque siempre aparecía en sus películas disfrazado de algo. En las dos pelis que he hecho, en una hago de guardaespaldas de los años veinte; fue en La ciudad de los prodigios, basada en la novela de Eduardo Mendoza, gran Premio Planeta. En la otra hago de falangista. A ver qué me toca la próxima. En cuanto a lo de escribir, lo hago para reflejar la historia no contada de mi ciudad. Fue una explosión de cultura. Todos los grandes, empezando por Vargas Llosa, venían. Y llegó Pujol y se lo cargó. Antes de que cuenten una historia distorsionada, pues la cuento yo.

-Se acercan los comicios catalanes…
-No voy a votar a un partido para que administre mi voto otro. Merecen una temporada en el infierno todos. El 51% de la población, entre la que me incluyo, no votamos el Estatuto. No fuimos a votarlo. Eso tendría que hacer pensar a la clase política. ¿Cómo estamos tan lejos del electorado? Les importa una mierda. Ellos a la suya.

-¿Y no hay rebeldes que acaben con esa omertá nacionalista?
-No, se han ido todos. De mi generación se ha ido todo el mundo. En una cena, creo que Loles León dijo: “A mí me echó Pujol de Barcelona”. Salió mi compañero Sabino Méndez y dijo: “Nosotros resistimos a Pujol, nos ha echado el Tripartito”. Las bandas más importantes de Barcelona de aquella época nos fuimos todas. Primero porque las compañías desaparecieron. Y en segundo lugar, porque tengo muy asumido lo que ellos tienen tan claro: que cultura catalana es la que se hace en catalán. Punto. Eso te dicen. ¿Y para qué te vas a molestar? La omertá ahora es muy clara allí, aunque de mí a veces dicen: “Bueno, todavía es recuperable, algo habremos hecho mal con él…”.

-¿Ha perdido la esperanza de que cambie la hegemonía nacionalista?
-Evidentemente esto va a tener que petar un día. Pero entretanto te has cargado una generación. El nacionalismo ahora mismo en Cataluña es un negocio muy rentable. A mí me sabe muy mal que un sentimiento que puede ser muy digno, respetable, de ciudadano que quiere sus símbolos y tradiciones, se haya convertido en el chollo de vida de mucha gente. Es comercializar un sentimiento muy íntimo. En Cataluña se ha creado el funcionariado cultural. Es todo un arte. Han intentado ver en mí a un Boadella de la música, pero él tiene muchas más tablas. Yo, humilde y simplemente, he dicho: esta guerra no es mía, ahí os quedáis. Porque la situación es kafkiana. Allí son capaces de gobernar con el 20% de los votos y les va a dar igual. Hasta ahí llega su locura.

-¿Está a favor de las listas abiertas?
-Lo primero es que cambie la ley electoral. Un hombre, un voto. Una mujer, un voto. ¿Por qué mi voto vale la mitad que el de uno que vive en Vic? Y a partir de ahí, lo demás. Los partidos políticos viven aún de ideologías políticas del siglo XIX. Miguel Bosé no es santo de mi devoción, pero el otro día dijo una frase muy buena: “Los sindicatos están obsoletos”. Siguen con la retórica del Palacio de Invierno. Los partidos están enquistados, y si entra un poco de aire fresco cierran la ventana. El virus del franquismo muta, y tanto la izquierda como la derecha sufren de él. Es muy difícil matarlo. Si la derecha en este país peca de rancia y de no ser europea, la izquierda de este país peca de que pagaría por ver a los grises entrando en la universidad. Y como no pasa, se cabrean. Y creo que hay gente en España que es diferente. Mi familia procede mitad del anarquismo y mitad del POUM, imagínate. Me cabrea por ejemplo la explotación de la bandera republicana por parte del PC. Pues yo conozco mucha gente de derechas que es republicana. En España, actualmente, todo aquel que manifieste su desacuerdo es un facha. Si vives en Cataluña y no estás por la labor del chanchullismo, eres un facha. Y anticatalán ya es todo aquel que vive en España. Deberían leer historia, porque se ha vendido a los chavales que los españoles invadieron Cataluña. Y parece que en Cataluña jamás hubo franquistas, ni el Tercio de Montserrat, ni esas imágenes de brazos alzados. En la II Guerra Mundial, mientras mi padre estaba en la cárcel, Jordi Pujol estudiaba en un colegio alemán.

-¿Qué le parece el nuevo Gobierno?
-Que Leire Pajín sea ministra es lo que menos me choca. Cualquier espectador de la política de los últimos cuatro años tenía que darse cuenta. Lo más increíble para mí es la supresión del Ministerio de Igualdad. Tengo mucho interés en saber cómo van a reaccionar los foros feministas. Si se van a callar o no. Y eso que era la apuesta del presidente. Aunque igual no dicen nada para no perder la subvención.

-La Monarquía y su futuro.
-Interesante pregunta. El futuro es mujer. En todas las fotos sale ella delante.

-San Sebastián o Barcelona.
-Difícil. Llevo ya años fuera de Barcelona, pero aún me falta más perspectiva. Voy exclusivamente para ver a mi madre y a mis amigos. Desgraciadamente para mí, en un momento determinado se convirtió en una ciudad muy opresiva, sobre todo a raíz de todo lo que pasó con la vinculación de Sabino a Ciutadans. Lo pagaron conmigo, fue tremendo, se cebaron conmigo cuando no tenía ninguna vinculación política. La expresión es: aburrieron a un buey. Y me largué. Estaba harto. Tendrá que pasar tiempo para que vuelva a recuperar el feeling. Y Donosti es una ciudad que me pega. Es muy familiar, casi un barrio de Barcelona, vas a todos lados andando. Y la gente es muy seria y educada, nadie te da el coñazo, y eso me ayuda mucho. Aquí puedo ir al fútbol o al baloncesto con mi hijo, pasear con él o ir a la playa, y nadie me molesta.

-¿Lo de Lady Gaga es provocación?
-¿A quién le puede provocar eso?

-¿El Barça o los Celtics?
-Pregúntamelo cuando vuelva Gasol [risas].

-Último libro que ha leído.
-Una biografía de Patton y Rommel. Me gustan mucho las biografías de grandes estadistas, de Federico el Grande a Churchill, ver cómo reaccionaron ante situaciones límite. Y sus estrategias. También en la música es importante la estrategia…

-Última peli que le haya gustado.
-Hace poco volví a ver la trilogía de Aldecoa dirigida por Mario Camus. Young Sánchez, de 1963, con Julián Mateos de boxeador, es impresionante.

-Su vocación frustrada.
-Yo quería ser astronauta, y no es coña. Intenté alistarme en la fuerza aérea con 16 años. No me quisieron por alto. Yo quería ser piloto de caza y de ahí marcharme a Houston para pasar las pruebas de la NASA. Como veis, en cierto modo he logrado estar cerca de las estrellas: me he convertido en una.

-Zapatero.
-Tiene una flor en el culo. Se parece a Cruyff: en la peor situación, de una manera o de otra, siempre ganaba.

-Laporta.
-Un caso indescifrable. En un concierto en Barcelona vino a verme al camerino. Yo flipaba, porque habían venido algunos Boixos Nois -muchos tienen por himno el «Feo, fuerte y formal»- y pensaba que se iba a liar. Pero he de decir que Laporta conmigo siempre ha sido una persona cojonuda, y mira que no soy independentista. Era excesivo y se lo he criticado. Pero no puedo hablar mal de él, porque era fan. Claro que yo tengo fans muy extraños…

-Montilla.
-El día que ganó yo escribí una columna en El Periódico de Cataluña que se titulaba «La Cataluña de Candel llega al poder». Les he pedido a los de El Periódico que me dejen escribir el día que Montilla pierda. Porque hemos pasado de 23 años de pujolismo a la más absoluta frustración. Había mucha ilusión en que cambiara todo, en que entrara el aire, en que se podían hacer las cosas de otra manera. Yo no entiendo eso de las “relaciones España-Cataluña”. ¿Qué es eso? ¡Pero si coges un avión y estás ahí! ¡Si con la Red estás ahí! Es un discurso de hace 300 años.

-Federico Jiménez Losantos.
-La primera entrevista que me hicieron a mí fue en Disco Express, la revista underground por excelencia de Barcelona, donde Federico era columnista. Escribía de música y de arte, y formaba parte de la gran intelectualidad catalana. Ahora hay mucho odio hacia él. ¿Qué es muy crítico? ¿Y qué pasa con la libertad de expresión, es que no se puede hablar o qué coño pasa? Lo que sucede es que es una persona incómoda, le pegaron un tiro en Cataluña, y eso no mola nada a ciertos sectores que estuvieron de acuerdo.

-Vargas Llosa.
-Me encanta su gran jerarquía. Casi lo admiro más como persona que como escritor. Fui a Cuba en los noventa y llevaba una chupa de cuero con la imagen del Che. Y cuando vi aquello, me dije: ¿Quién me ha tomado el pelo? Las bandas de rock, prohibidas. Los rockeros me daban las cintas en un lavabo por miedo a los comisarios políticos. Y salí corriendo. Y Vargas lo denunció en un momento difícil. Parece que García Márquez es cojonudo porque apoya a Fidel y éste no porque es de derechas. ¿Estamos en párvulos o qué?

-¿Es usted taurino?
-Yo crecí al lado de la Monumental, yo crecí con los toros. Mi padre me llevaba, y cuando no había dinero entrábamos al último toro, cuando abrían las puertas y nos metíamos todos los pobres. Las calles en mi barrio olían a toro. Y a mí me jode que jodan mis recuerdos. Y que esto de la prohibición sea una cuestión política. Es evidente, porque si fuera una cuestión de respeto a los animales se prohibirían los correbous. O todo o nada. Si algo tiene que morir, que muera por su propia decadencia, pero no por obligación. Yo ahora a mi hijo puedo llevarle a muy pocos lugares en Barcelona de los que yo conocí. Se cargaron el boxeo, el Price, donde había lucha libre. Se cargan los toros, ahora el tabaco. No quiero dar el discurso rancio, pero que no se acaben las cosas porque lo decidan unos tipos con toda la inquina. Cuando fui hace poco con Jaime Urrutia a la Monumental nos llamaban asesinos. ¿Pero he matado a alguien? Si empezamos así, no comamos carne nadie. Ahora bien, no olvidemos una cosa: en Cataluña tú puedes empezar tirando pintura a un barco de la Navy y puedes terminar teniendo un piso en Pedralbes.

(Publicado en ÉPOCA, 7-XI-10)

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22 octubre, 2013 · 18:32

No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer». Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

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Aaron Sorkin o la arrogancia intelectual

¡Sorkin también besa!

¡Sorkin también besa!

Si pensamos en un guionista que haya elevado el tradicionalmente oscuro prestigio de su gremio al rango deslumbrante del icono pop, ese tipo es Aaron Sorkin (Nueva York, 1961). Sorkin, que se llama Aaron Benjamin Sorkin y tiene toda la pinta de ser judío, encarna al guionista genial por antonomasia de Hollywood y de la floreciente industria de las series en general, con todas las admiraciones cerradas y odios ciegos que eso conlleva. Del mismo modo que Clooney es el galán maduro por excelencia o la Streep la actriz talentosa por defecto, los guiones inteligentes a Sorkin se le presuponen. Es conocido principalmente por tres gestas narrativas: el guión de Algunos hombres buenos, las cuatro primeras temporadas de El ala oeste de la Casa Blanca y el oscarizado argumento de La red social. Su cosecha no exenta de bluffs sigue arrojando un saldo desmedidamente positivo a ojos de crítica y público. El cerebro de Sorkin empieza a citarse ya como una maravilla americana que sumar al Gran Cañón o que añadir al Monte Rushmore.

¿Es la cosa para tanto? Veamos. Sorkin yo creo que ilustra bien la nunca bien ponderada diferencia entre talento y genio. El talento es un grado superior de maestría que se tiene de forma natural, una facilidad especial para hacer algo bien. Se puede perfeccionar con disciplina. El genio tampoco se adquiere, pero no resulta perfectible, y más que una facilidad es una desviación espiritual no siempre tortuosa que fuerza a su propietario a irrumpir en una disciplina y a practicarla de un modo radicalmente diferente en virtud de un sentido propio y novedoso. Lynch es un genio. Sorkin es un talento. El progreso del arte debe más al primero que al segundo, pero es muy posible que el talento lleve la felicidad a más personas que el genio. Las tramas de Sorkin se ensamblan con la fluidez de una artesanía pulida sobre el armazón de premisas argumentales siempre verosímiles y crepitan al ritmo constante de la garlopa aguda del diálogo ingenioso, medido, depurado de viruta. La carpintería narrativa de Sorkin nos arma muebles perfectamente resueltos, armoniosos, en los que brilla la impronta olorosa de la inteligencia. (Es que he estado de mudanza).

Sorkin es brillante, pero es demasiado brillante. Este es el problema de nuestro talentoso guionista, entregado sin remedio a la frialdad de la razón. Los actores cuidadosamente escogidos de sus producciones se esfuerzan por vestir con carne de empatía el soberbio esqueleto del guión, pero al espectador nunca se le acaba de borrar la impresión de haber asistido a una danza tan perfecta como gélida. A un ballet ruso. Uno echa de menos al cisne negro que aporte algo de incontrolada sordidez a la historia. Sorkin es el empollón de la clase, pero de una clase de Sócrates que comparte con Alcibíades y Platón, y a su inteligencia demiúrgica le concedemos tanta admiración como desprecio a su compañía en el recreo.

Supongo que se lo habrán dicho muchas veces. Los productores le habrán pedido algo más de carnaza, de pasión, de sexo si tiramos la casa por la ventana. Y él se habrá escandalizado y buscado inmediatamente a otro productor que consienta su exquisitez progresista, encontrándolo enseguida porque para eso es el listo de la clase y el mimado de la industria. A Sorkin los sentimientos –como a Arcadi Espada– le parecen una frivolidad, y es posible que tenga razón, pero no debería perder de vista que los sentimientos son lo único que importa en la vida de la mayoría de seres humanos que pueblan el planeta, o al menos entre los que habitan el primer mundo, pues los del tercero están demasiado ocupados buscando comida como para identificarse con los desamores que se cura con batidos de arándanos una joven ejecutiva del Upper East Side. Es el tipo de temática sobre la que Sorkin jamás se explayará, y eso que le agradecemos, pero tampoco estaría de más que sus personajes, de vez en cuando, se den un beso con alguna gana, fingiendo por un instante que son mamíferos cabales y no sofistas atenienses en perpetua justa dialéctica.

Paul Johnson hizo que su clásico ensayo Intelectuales orbitara en torno a la decepcionante verdad de que en demasiadas ocasiones –desde luego nubarrón habitual en muchas de las cumbres más altas de la literatura y el arte– el intelectual que ama apasionadamente a la humanidad, ofreciendo los mejores frutos de su cerebro al fomento de la convivencia y a la denuncia de la crueldad, es el primero en maltratar al prójimo en particular. Aman la Idea de la Solidaridad Multirracial e Interclasista y lloran de bruces ante la imagen de la Humanidad Doliente, pero recluyen a su padre en el asilo o zurran a su esposa o dan a sus bastardos a la inclusa, tipo Rousseau, que sería el fundador de esta calaña de intelectual moderno, escindido entre su fe y sus obras. Los dramas de Brecht claman una apasionada defensa marxiana de los desheredados, pero el trato que Brecht dispensaba a las actrices compone un escalofriante muestrario de vejaciones y abandonos sin conciencia. Como el dramaturgo alemán hay miles de casos. Sorkin saltó a los periódicos cuando en plena fiesta de celebración por la firma de una segunda temporada de The Newsroom, despidió al equipo de guionistas al completo, como refiere Luis Rivas en la sagaz crítica de El ala oeste publicada en esta misma revista.

En descargo de Sorkin hay que reconocer que él es el primero en ser consciente de su arrogancia intelectual, de su incapacidad para la empatía. Se advierte en algunos de sus álter ego de ficción. Ese Josh Lyman de El ala oeste, el mejor personaje de la serie, es el asesor superdotado –y bien consciente de ello– que despide y contrata personal con la misma (in)sensibilidad y cuya vida personal ha sido sacrificada gustosamente en el altar sagrado de la política demócrata; pero cuenta con una némesis amorosa, Donna Moss, cuya frustración refleja el daño que la justicia ejercida sin caridad inflige al entorno. Tan soberbio como Lyman es Will McAvoy, el quijotesco editor y presentador de The Newsroom, al que su equipo no vacila en calificar de “cabrón” en encuesta popular a cargo de su productora ejecutiva.

Pero la conciencia de su altivez no la vuelve más llevadera, sobre todo porque no se atisba propósito de enmienda alguno. Sorkin está encantado de ser como es, de lo cual nos convence ese entrañable bronceado Zaplana que gasta en las alfombras rojas y que identifica pronto al narcisista enfermizo; pero sobre todo está encantado de haber encontrado la verdad, situada en el extremo centro, en la formación sublime de ese demócrata seráfico que es el presidente Bartlet o de ese republicano moderado igualmente inviable que es McAvoy. Sorkin no es demócrata ni republicano sino liberal, en el sentido americano, que viene a equivaler a progre en el sentido europeo. Y desde luego piensa que su liberalismo contiene la solución a los problemas del mundo, aunque este, terco y oscuro, se niega a escuchar la sapiencia escupida en aforismos vertiginosos por sus personajes. No es que Sorkin crea en la superioridad moral progresista: es que le saca brillo cada día. Si David Chase (Los Soprano) y Matthew Weiner (Mad Men) alcanzan cotas asombrosas de verosimilitud psicológica, David Simon (The Wire) y Aaron Sorkin prefieren no privarse de su ideología –izquierdista en el primer caso, pijiprogre en el segundo– y diluirla en las situaciones, en los diálogos sutilmente catequéticos y en las conclusiones ya condicionadas de los episodios.

Sin embargo hay que ser justos: hablamos de un guionista de cine y tele. Su voluntad de confundir opinión y panacea, ese estirado maniqueísmo que tanto simplificaría la consecución de la paz mundial y el pleno empleo, no deja de estar al servicio de un producto de entretenimiento, sometido además al dictamen del share por su costosa financiación. A Sorkin le gustaría enseñar (adoctrinar, si quieren), pero le interesa sobre todo entretener. Y esa apuesta clásica por el docere et delectare –ejecutada con maestría y sin vulgaridad­– entronca con la función más noble de la ficción desde tiempos de Horacio.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de septiembre de 2013)

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