Archivo de la etiqueta: cultos papanatas

El farsante al que llaman Banksy

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Farsa posmo.

Acabo de volver de Roma, que no es una ciudad que necesite un mural de Banksy para ponerse en el mapa. Pero Venecia tampoco lo es, y sin embargo si la última Bienal mereció un espacio en los medios fue gracias a una performance del ubicuo grafitero. En ella interpretaba a un artista urbano que despliega en la plaza de San Marcos un collage de cuadros que componen la odiosa imagen de un crucero irrumpiendo en el Gran Canal. Acerada crítica del turismo de masas, concluyeron los analistas. También se le atribuyó la figura de un crío con una antorcha como las que prenden los inmigrantes rescatados en el Mediterráneo. Conmovedora denuncia de la fosa común que se abre a las pies de Europa, tuitearon los más sensibles desde la panza de Europa. Ah, oh. Genio.

Sabemos que Banksy no es un artista precisamente por la automática y universal aceptación que cosechan sus pintadas. Lo suyo es arte solo en la misma medida en que lo de Sergio Ramos es coleccionismo. Con la diferencia de que Ramos no finge escándalo ante la eterna relación entre dinero y arte, componenda que ya Giotto censuró con bastante más credibilidad -y mejor dibujo- que el del spray. Tampoco es novedoso el cuco intento de hacer pasar por transgresión la pura catequesis. Banksy no epata a nadie con sus ternuristas jeremiadas contra la sociedad de consumo o la maldad del corazón humano; al contrario, adula los instintos morales más primarios. Nada genera hoy consensos más inmediatos -y lucrativos- que deplorar el turismo que todos practicamos o declarar el pacifismo por el que ninguno nos hacemos misioneros. Madrid acumula en unos metros algunos de los cuadros más sublimes del mundo, pero me temo que Banksy abriría un concurrido itinerario para estetas de Instagram con solo dejarse caer por Lavapiés y pintar un mantero lloroso en un muro desconchado.

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9 junio, 2019 · 23:41

Consumistas del mundo

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Empoderamiento.

No hace falta ser comunista para reconocer la tristeza de un centro comercial abarrotado. Heredé de mi padre una paralizante aversión a esa siniestra actividad que llaman ir de compras, y cuando la necesidad o la navidad me empujan al interior de una tienda -donde el arte de la emboscada alcanza su máximo refinamiento- no me relajo hasta que piso la calle, a menudo de vacío. Pero los que detestamos los excesos de la sociedad de consumo debemos recordar que solo viviendo en una sociedad de consumo podemos detestar sus excesos. En Caracas nadie escribe sesudos artículos contra la obscena abundancia de los estantes de los comercios. Se escriben aquí, donde el remilgo ideológico nace del empacho físico.

No todo el mundo puede matar la ansiedad leyendo Parerga y Paralipómena de Schopenhauer y deducir con él la inutilidad del deseo humano. Para el resto de la especie se inventó el libre comercio, que como saben Smith y Escohotado encuentra a sus enemigos entre los devotos y a sus apóstoles entre los egoístas. Sí, la libertad también muere cuando al consumista lo esclaviza su pasión, pero la lucha contra el consumismo ha de ser individual. Parece prehistórico invocar virtudes personales a estas alturas de secularización en Occidente -y de compensatoria divinización de las identidades colectivas en pie de guerra cultural, que son nuestras guerras de religión-, pero no se me ocurre otro modo de diferenciar al falso mesías del héroe moral: el segundo predica con el ejemplo, mientras que al primero le delata su voluntad de cambiar exclusivamente a los demás. Todos los revolucionarios violentos pertenecen a este grupo, el de los farsantes, porque no se hacen revoluciones para asumir responsabilidades individuales sino precisamente para escapar de ellas. Para ahogar la insidiosa voz de la conciencia en el tumulto embriagador. Para renunciar a la propiedad privada… del vecino.

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25 noviembre, 2018 · 22:18

Manifiesto viejoven

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Creadores de El Ganso.

El fantasma de la juventud recorre Europa. Sus provectos habitantes se obsesionan con permanecer eternamente jóvenes, encomendando su piel al bisturí y su mente a la prensa jíbara de la red social, de la que el intelecto más desarrollado sale reducido a la adolescencia. La veteranía es la nueva lepra. La madurez ya no representa la edad dorada en que la persona consuma su realización: hoy es expulsada de la política, del periodismo y de la publicidad, por no hablar del amor o los gimnasios. El mundo quiere ser joven, te ordena mantenerte joven, te exhorta a parecerlo. Pero se trata de un mandato hipócrita. La juventud no solo está sobrevalorada: constituye la etapa más perversa de la vida, porque se exige imperiosamente para el éxito social mientras se castiga severamente en el mercado laboral. Basta un vistazo a los Presupuestos para concluir que los jóvenes, en el fondo, no interesan a nadie. Y mientras, los viejos siguen generando rechazo. Como diría Lenin, ¿qué hacer? Solo queda una salida: ser viejoven.

El viejoven es un treintañero que no prolonga la adolescencia sino anticipa la madurez. No quiere hacer la revolución sino gozar ya de los placeres reservados a los mayores. No se compra otra moto sino recorre España en una oscura berlina cuyo sistema de navegación memoriza paradores y estrellas Michelin. No recela de la autoridad del Estado sino se resigna a cumplir minuciosamente con Hacienda, en la esperanza de que su dinero pague el tratamiento de una humilde abuela extremeña y no las putas de un corrupto jerarca socialista, pepero o convergente. No admite otra responsabilidad sobre sus errores que el albedrío, ni delega la búsqueda de la felicidad en el Gobierno. Acepta el limitado poder de la democracia para transformar la realidad; y en parte le complace, porque la realidad es precisamente su mejor aliada. Nunca presta crédito a una buena conspiranoia. Y no se victimiza jamás, porque mira fuera del primer mundo y sabe que no tiene derecho a quejarse.

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El bueno (Mercedes Alaya), el feo (Iceta) y el malo (Rodrigo lanza) en La Linterna de COPE

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17 diciembre, 2017 · 13:38

Sospechosos habituales

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Kevin Spacey fue un actor estadounidense nacido en Nueva Jersey y hallado muerto en la clínica The Meadows, Arizona, donde había ingresado para tratarse la adicción al sexo que precipitó su caída en Hollywood. Comenzó a despuntar en los 80, encarnando papeles secundarios para televisión, pero no mereció el reconocimiento de la industria hasta mediados de la década siguiente, cuando obtuvo su primera estatuilla por Sospechosos habituales. Condición esta, la de sospechoso habitual, que la ironía macabra del destino convirtió en insoportable hasta que el círculo tragicómico quedó cerrado. Antes, tuvo ocasión de tocar la gloria con el Oscar por su papel protagonista en American Beauty, considerada el reverso satírico del sueño americano, vaciado por el hedonismo.

Las redes sociales han recibido con alivio la noticia de su fallecimiento. «Ya no podrá seguir toqueteando a jovencitos», ha tuiteado Pamela Anderson. «Nadie puede celebrar la muerte de otro ser humano, pero mentiría si confesara que siento tristeza», declara en su muro la joven musa del nuevo feminismo, Emma Watson. Y en su acostumbrado tono provocador, el enfant terrible de la Alt-Right gay, Milo Yiannopoulos, ha lamentado no poder cruzarse ya con Spacey en algún sórdido rincón de un estudio en penumbra para calentar a otro hipócrita del partido de Clinton antes de huir y dejarle con las ganas.

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Vuelve El bueno (Albert Rivera), el feo (camiseta de la Selección) y el malo (Sánchez Mato) en La Linterna de COPE

Agradezco esta reseña que Santos Sanz Villanueva hace en El Cultural de mis «Crónicas biliares», porque me coloca donde siempre quise estar: «entre la seriedad doctoral y la informalidad insolente»

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13 noviembre, 2017 · 20:34

El gólgota de Fandiño

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La muerte nunca abandona la mente del guerrero.

Al antitaurino le asisten dos argumentos no desdeñables. El primero es el dinero y su dulce servidumbre: la generosidad con que el lobby animalista riega la tabarra religiosa del activismo pocahontas, mientras los aficionados sostienen su libertad no ya contra la presión ajena sino contra el bolsillo propio. Que el poderoso caballero de Quevedo también manda en la izquierda lo prueba la hija de Chávez, la comunista más rica de Venezuela, que no ha labrado su fortuna a golpe de hilo y aguja como la yaya costurera del rastafari de Podemos, ése que desfiló ante Rajoy y le sacó el mismo gesto que pondría Fraga al paso de Ángel Garó. En el país donde hasta la metástasis se ideologiza -y la ideología se metastatiza-, si don Amancio quiere que sus donaciones sean aceptadas que pruebe a financiar la lucha contra el toro en lugar de la lucha contra el cáncer. Al cabo los dos matan, como sabe ya en su gloria Iván Fandiño.

El segundo argumento del antitaurino reivindica el amor a la vida. La vida del animal, se entiende, con quien por pura consanguineidad el animalista empatiza antes que con el torero. Pero el torero mejor que nadie sabe que su oficio trata con la muerte como el de panadero lo hace cada mañana con la levadura. Se trata de una rutina bárbara y anacrónica, por supuesto, porque la propia persistencia de la muerte se nos antoja un escándalo inaceptable en los sonrosados tiempos de Instagram y el envejecimiento abolido. Pero el matador de toros asume la utilidad filosófica de su sacerdocio para recordarnos a todos, en un mundo donde todo es mercancía, que todavía hay hombres que tasan su ideal al precio más alto.

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19 junio, 2017 · 11:27

Disney al Valle de los Caídos

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No da para más.

Se cumplieron ayer 50 años de la muerte de Walt Disney sin que nadie se manifestara en el Valle de los Caídos Criogenizados en protesta por la vigencia de su paternalismo. ¿La pluma de Mises, la política de Reagan, el cardado de Thatcher? Quia: las cuentas por el consumismo desorejado y el dogma del crecimiento perpetuo -pero sin dejar de ser un niño- hay que pedírselas al lapicero de Disney. Medio siglo después no ha aparecido otro tan decisivo en el modelado de la psique primermundista. Hoy nadie discute su atroz responsabilidad en la infantilización de Occidente, pero entre nosotros la señaló el primero Ferlosio, con su lucidez escasamente diplomática: «Disney, ese gran corruptor de menores nunca bastante execrado, el mayor cáncer cerebral del siglo XX». Considerando en frío, imparcialmente, la vehemencia de don Rafael, concluimos que está justificada.

Walt de Chicago debió beber la cicuta como la bebió su más famoso antecesor en el delito de la corrupción de menores, Sócrates de Atenas. Porque si la inteligencia crítica de Sócrates amenazaba la cohesión de la comunidad, el ternurismo cremoso de Disney rebaja al electorado y lo convierte en tribunal de niños que ha de elegir entre absolver a un médico o a un pastelero, por recuperar la metáfora de Platón, más partidario del despotismo ilustrado. Los niños siempre absolverán a quien les garantice el azúcar de la demagogia, contra el que en este diario se ha alzado Robe Iniesta: «Lo malo de la democracia es que todo el mundo pueda votar. Y no digo que yo esté capacitado, pero habría que pasar varios exámenes. La Historia nos tiene que servir para algo. Pero ¿cómo puede votar un tío que no sabe quién fue Napoleón? Esa gente que piensa nada más que en comer donuts y ponerse más gorda de lo que está, ¿va a votar?» Quién nos iba a decir que la defensa de la epistocracia vendría de Extremoduro.

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El bueno (Rajoy), el feo (Pedro Saura) y el malo (Monedero) de esta semana en La Linterna de COPE

Participé en El Debate de TVE de esta semana: conciliación laboral y otros asuntos de rabiosísimo interés como una disputa con la representante de Podemos

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16 diciembre, 2016 · 10:54

El rock del ‘establishment’

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Entrevistando a Loquillo en el María Cristina.

La música popular es una religión partida en sectas muy solemnes. Cada una defiende la pureza de sus contornos como savonarolas del metal, el pop indie, la electrónica o el flamenquito garrapatero. Hace días los acneicos puristas del rock afearon a Loquillo que se prestara a salir en un spot de Gas Natural. Lo quieren maullando a los gatos del callejón o denunciando las injusticias del capital, como si la ideología de las estrellas describiera otra órbita que su ombligo. Cuando Bono se pone a salvar el mundo no hace sino autopromoción. Y cuando Richards se esnifa a su padre, lo mismo. Que los utopistas atascados en Woodstock saquen sus zarpas doctrinarias del espléndido individualismo rockero, invento capitalista que actualiza la mecánica carnavalesca formulada por Bajtín para afianzar el orden establecido a base de subvertirlo en un tiempo y un lugar bien acotados: concierto, festival, antro de sábado. Nos desahogamos y estamos listos para el lunes.

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5 diciembre, 2016 · 12:48

Si envidias, loterías

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La mirada del infeliz.

A usted ya le han informado en la oficina de que puede comprar lotería de Navidad. Está disponible un número que los improvisados cabalistas de su departamento estiman prometedor, e incluso «bonito». Usted va a dedicar unos minutos fugaces a sopesar la posibilidad de no comprarlo esta vez, porque usted, sin ser un experto en cálculo estadístico, es perfectamente consciente de que este año tampoco va a tocar. Pero usted va a regresar muy pronto de ese melancólico rapto de sensatez y va acabar comprando el décimo de lotería como todo hijo de vecino, por una poderosa razón que nada tiene que ver con la esperanza de hacerse millonario. Usted lo comprará porque sabe que no soportaría la felicidad de los demás en el remotísimo caso de que tocase. Para vivir quizá ni siquiera necesitemos el dinero, pero desde luego necesitamos el honor.

Los politólogos, los moralistas y, por supuesto, los encuestadores soslayan esta sencilla verdad de carácter más espiritual que material: que todos dedicamos los mayores esfuerzos de nuestra vida a que no nos tomen por gilipollas. A que de nosotros no se ría ni nuestro padre. A que el mal, ya que existe, sea de muchos para consuelo de tontos. Por eso el populismo ha eclosionado cuando lo peor de la recesión mundial ya pasó: uno enmudece y aguanta mientras sopla el huracán, pero no soporta que la bonanza llegue antes a su vecino. Es la desigualdad en la recuperación y no la intensidad de la crisis lo que nos saca de quicio al punto de votar al marido de doña Melania.

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El bueno, el feo y el malo de la semana en La Linterna de COPE solo podía ser uno: Trump

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14 noviembre, 2016 · 12:26