A medida que concede entrevistas vamos comprendiendo que no es Vox el que utiliza a Ramón Tamames (Madrid, 1933), sino Tamames quien va a utilizar a Vox. EL MUNDO responde a la llamada del indomable profesor para entrevistarlo en su casa. Se guarda celosamente muchos contenidos de su personalísimo discurso, pero las posiciones que sí avanza no solo no coinciden con el programa, el tono y las intenciones de los de Abascal, sino que a menudo entran en franca contradicción. Cuando el candidato termine de hablar, quedará flotando en el aire cargado del hemiciclo una duda razonable: ¿votará Vox a favor de la moción de Tamames?
No sabemos cómo le llamaban las putas en la frecuente intimidad que compartían. Sabemos que era tito Berni para los amigos y diputado Fuentes Curbelo cuando tocaba votar a favor de abolir la prostitución, pero nosotros le llamaremos simplemente Juan Bernardo. Nos interesa el hombre detrás del alias. Queremos acceder a los contornos precisos de su carácter, calibrar los ricos matices de su psicología, catalogar el material inédito del que está hecho el extraordinario ejemplar humano que nos ocupa. Alguien capaz de declarar, ante el primer micrófono que le pusieron a la salida del juzgado tras pasar 48 horas en el trullo por la imputación de cinco delitos distintos: «Tengo la conciencia muy tranquila». Alguien que, obligado a dejar el acta de diputado porque sus fotos delatan a un aplicado figurante de Gomorra, todavía se despidió de sus compañeros de bancada con este mensaje: «Gracias por los buenos momentos. Me tienen en Fuerteventura para lo que necesiten. Un abrazo enorme». Y firmó como presidente de la asociación de amigos del carnaval. Un hombre así merece una etopeya rigurosa, un estudio moral muy detenido, y seguramente un anticipo jugoso por la madre de todos los libros de autoayuda.
Quedan pocos diputados constituyentes tan activos como el que fuera ministro de Exteriores de Rajoy, que le atribuyó un ego «estratosférico». Defiende en la radio el legado constitucional frente a Pablo Iglesias, pero no es un inmovilista: tiene un plan para reeditar el pacto de la Transición, que cree que debe liderar Feijóo para capear otro fracaso histórico cuyos precedentes analiza en España en su laberinto (Almuzara)
Usted fue diputado constituyente. Hoy comparte tertulia con Pablo Iglesias, que cree que ustedes diseñaron una continuación del franquismo.
No solo Iglesias. En La Transición explicada a nuestros padres, Juan Carlos Monedero sostiene que la Transición fue un movimiento de adaptación del ordenamiento del Estado sin modificarlo para permitir la entrada en la Unión Europea, que era el fin perseguido por los intereses financieros sin alterar las esencias del régimen, bajo la vigilancia del Ejército. Eso es rigurosamente falso, y es desmerecer el proceso constitucional. En el momento de la muerte de Franco aquí no había absolutamente nada: había unas Cortes de procuradores que no representaban a nadie, una Cámara del Consejo Nacional del Movimiento -que era el partido único-, no había organizaciones empresariales ni sindicales reales, el poder local estaba en manos de alcaldes designados por los gobernadores civiles. No se había previsto nada y había que improvisar un nuevo sistema institucional. Estábamos sufriendo la crisis del petróleo, con una inflación galopante. Y para colmo ETA mataba más que nunca, y ciertamente había resistencias al cambio en una parte de las Fuerzas Armadas. Así que la situación era mucho más compleja de lo que algunos cuentan.
De nuestra democracia sentimental ya no podemos excluir el llanto como categoría política. Pero una cosa es disculpar que los políticos también lloren y otra muy distinta es que convirtamos la flojera lacrimal en la medida misma de su crédito. No solo porque no hay estrategia retórica más vieja que la oportuna exhibición de lágrimas de cocodrilo, como sabe cualquier tertuliano del corazón, sino porque los ciudadanos nos merecemos la contención pública de nuestros representantes. No vaya a ser que además de sufrirlos tengamos que consolarlos.
A los votantes se les podría clasificar por el órgano que los conduce hasta la urna. Los que no llegan a fin de mes votan con el riñón. Aquellos que experimentan un rechazo visceral hacia el Gobierno antes que un positivo entusiasmo por la oposición son los votantes hepáticos, porque el hígado es la glándula de la bilis. Y existe en fin un puñado de idealistas que todavía vota con el corazón. Pero debemos reconocer que el órgano electoral por excelencia es la nariz. Por eso pronto empezaremos a oír hablar de esos electores que terminan decantando el poder: los que votan con la nariz tapada. La pugna por seducir a un millón de narices sensitivas pero finalmente magnánimas con los hedores de un concreto candidato es prioritaria en las perfumerías de campaña de Génova y de Ferraz.
El edificio del TC es un híbrido extraño entre paraninfo universitario del desarrollismo y salón de bodas varado en la carretera de Burgos. No puede aspirar a la pompa neoclásica de las Salesas, pero a cambio ofrece el calor vecinal de una corrida de toros: «Esto parece Las Ventas», rezongaba mi compañero de tendido mientras trataba de encajar las piernas en la estrecha fila de una sala abarrotada. No era para menos: se celebraba el santo desbloqueo de la renovación del TC por obra y gracia del canto del cisne del consenso. Los magistrados llamados conservadores y progresistas prefirieron acordar sus nombres antes de que el Ejecutivo entrara allí con el bulldozer legislativo que conduce don Bolaños.
A Federico el Grande de Prusia le molestaba la presencia de un molino contiguo a su palacio. Las aspas afeaban la vista del paisaje desde sus salones, así que le hizouna oferta irrechazable al molinero. Ignoraba que el corazón de la gente del campo es insobornable, razón de que los enemigos de la propiedad se hayan entregado con periódica fruición al exterminio del campesinado, de Robespierre a Mao pasando por Lenin. Aquel hombre rechazó el dinero real, que primero duplicó y luego triplicó el valor de mercado del molino. Enfurecido, Federico amenazó con expropiar al molinero por la fuerza y sin compensación económica. Pero el campesino conocía sus derechos: viajó a la ciudad y pidió amparo al juez. Cuando fue llamado a presencia del rey -convencido este de que el molinero venía a rendirse- traía una orden judicial que obligaba a Federico a respetar la propiedad de su súbdito. Y el monarca, al que no por nada apodaron el Grande, aceptó la decisión que restringía su poder y exclamó, sin reprimir una punzada de admiración: «Aún quedan jueces en Berlín».
La enfermedad infantil del izquierdismo es el nominalismo. La ilusión de que la fea realidad desaparece cuando le cambiamos el nombre o cuando dejamos de nombrarla en absoluto, como el monstruo que acecha en la oscura habitación del niño se esfumará, piensa, en cuanto meta la cabeza bajo la manta. Un niño se diferencia de un adulto en que todavía no se atreve a llamar a las cosas por su nombre, así que les inventa otro. Y la misma diferencia separa a la izquierda de la derecha cuando la izquierda se resiste a crecer y cuando lo único que tiene la derecha es la razón. En ningún lugar como en España se entabla tan claramente esta dialéctica de sordos.