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El que quiera peces

McLuhan: la cita es el mensaje.

McLuhan: la cita es el mensaje.

De McLuhan suele citarse su manida confusión entre medios y mensajes, pero hay otra sentencia suya que me parece más certera: «No sabemos quién inventó el agua, pero desde luego no fue un pez». En efecto, el pez no sabe lo que es el agua porque siempre ha vivido en ella y no concibe otra forma de vida que no sea acuática. Al que está inmerso en un determinado elemento, quiere decir McLuhan, le resulta imposible pensar sobre él. Pensar lo suficiente como para definir su alcance, descubrir sus carencias, idear su mejora. Todo descubrimiento requiere una cierta dosis de excentricidad, por eso los genios suelen ser gente rarita para el resto de la especie. Y por eso el instante de lucidez genial -el eureka del inventor- suele detonarlo un fenómeno externo que los saca violentamente de su medio: una manzana en el caso de Newton o la visión de su propio cuerpo bañándose en el de Arquímedes.

Con la democracia sucede quizá lo mismo que con el agua. A los ciudadanos que han nacido y nadado en ella desde siempre les cuesta imaginar que ese régimen -perfectible- de derechos y libertades no sea obvio, y que incluso pueda evaporarse, del mismo modo que el pez no puede imaginar el desierto. Y sin embargo el precio de la democracia, como el de la libertad, es la eterna vigilancia. Porque expuesta a determinados agentes climáticos, la democracia también se seca.

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La troika meada

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Para hablar de Grecia nadie mejor que Platón, que era un tipo de tertuliano algo más riguroso que nosotros. En un pasaje del ‘Gorgias’ nos presenta a su héroe, Sócrates, acusado de corromper a la juventud, es decir, de enseñar a sus alumnos a no comulgar con las ruedas de molino de los sofistas que mandan en la polis. Sócrates sabe que su criticismo es un peligro para la democracia, pero él es más amigo de la verdad que del consenso:

– Me juzgarán como juzgarían unos niños a un médico acusado por un pastelero. ¿Cómo podría defenderse en estas circunstancias el acusado si el acusador se dirigiera a los niños diciéndoles: «Este hombre os ha hecho con frecuencia mucho daño, os somete a tormentos y os tortura, os obliga a beber jarabes amargos, os somete a regímenes estrictos, mientras que yo os preparo las comidas más sabrosas y más variadas». ¿Cómo podría defenderse un médico en esta situación?

Que la democracia es un tribunal de niños (los votantes) que han de elegir entre un médico (la troika) y un pastelero (Syriza) no lo digo yo, sino el propio Tsipras al convocar este referéndum: aceite de ricino sí o no: elegid, niños. Y qué van a elegir: mucho mejor pasteles que ricino, dónde va a parar.

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Cortesía: reseña de la presentación de La granja humana por un asistente (¡y lector!)

Entrevista (¡a pillar!) en Voz Pópuli por La granja humana

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La naranja mecánica

Una mano a la izquierda y otra a la derecha.

Una mano a la izquierda y otra a la derecha.

Y la bisagra naranja se puso a girar a presunta izquierda (Susana Díaz) y a presunta derecha (Cristina Cifuentes) como gozne bien engrasado, cuando hasta hace poco chirriaba ruidosamente. Era un chirrido como de grillo puritano: «¿Cómo vamos a pactar con dos partidos que han amparado cotas inasumibles de corrupción?», preguntaba retóricamente Albert Rivera en las entrevistas, mientras no dejaba de negociar con el bipartidismo, como es su deber. Solo el que negocia puede poner condiciones.

¿Cuál es la razón de este desbloqueo que bisagras añejas como el PNV prefieren llamar, por puros celos, «ritos de apareamiento»? Nos gustaría creer que el sentido de responsabilidad para propiciar la gobernación estable, y no dudo de que algo de eso hay; pero me temo que el catalizador, como siempre, ha sido la demoscopia, que empezaba a reflejar el desgaste de la marca Ciudadanos a causa de su terca indefinición. Y lo que es peor: apuntaban un reflujo de votos hacia el PP, de donde salieron. C’s no debe engañarse sobre el origen de su base electoral, en su mayoría voto pepero cabreado con el marianismo, pero tampoco debe aceptar el papel de sucedáneo: su utilidad política es la transversalidad más estricta al servicio de la regeneración, la unidad nacional (de aquí su veto a Compromís) y el reformismo institucional. Dar la llave a Díaz tras requerirle por escrito un compromiso de limpieza es tan coherente, para los de Rivera, como apoyar a Cifuentes una vez expurgada su lista de púnicos y gürteles. O de sospechosos de serlo.

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Nos queda Portugal

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

En la hora violeta del réquiem, con el marianismo de cuerpo presente y aún tibio, los analistas menean la cabeza en el velorio y musitan un diagnóstico: el PP no supo explicar el sacrificio exigido por la recuperación.

-Cuando una empresa que no vende su producto alega problemas de comunicación, el problema es del producto, nunca de la comunicación -me explica un empresario portugués con la vista abismada en el Duero a su paso por Oporto, donde he sido convidado a un gañote magnánimo en pago de mi dudosa elocuencia.

A Portugal han llegado los ecos del 24-M y el noticiero aquí los rebota con acentos jacobinos, pero yo tranquilizo a mis anfitriones y les digo que no hay razón para desempolvar la epopeya de Camoens: que mi país sigue fiel a la ley del péndulo, que tocaba un redoble de estatalismo y que toda la novedad estriba en el color de los collares.

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Lo último que se pierde

Qué quieren que les diga.

Qué quieren que les diga.

Mariano Rajoy votó en un colegio de Aravaca que lleva el nombre de Bernadette, la monja que atestiguó 18 apariciones marianas en Lourdes. A partir de ahora tendremos que circunscribir las apariciones marianas a La Moncloa, por donde vagará en soledad don Mariano rumiando la ingratitud de los españoles que han rebajado bruscamente la hegemonía territorial del PP: el azul purísima se diluirá en gris pacto. Como la esperanza es lo último que se pierde, Rajoy ayer confiaría aún en un milagro a la británica que finalmente no se produjo. Y si de fe hablamos, la Inmaculada Mayoría tampoco atendió las plegarias de otra monja con nombre de vidente, sor Lucía Caram, que tuvo que contemplar cómo la CiU de su donjuán Mas cedía el ayuntamiento de Barcelona a una Colau también bíblica que se ve como David frente a Goliath. Se ve que el cupo de milagros, en España, lo agotó todo Íker Casillas.

La Esperanza acabó perdiéndose en Madrid en favor de una presumible coalición de izquierdas que liderará Manuela Carmena, histórico sorpasso que edifica una paradoja: la candidata más exitosa de esa joven fuerza que es Podemos ni es joven ni es de Podemos, y quizá precisamente por eso ha ganado. Durante la campaña asistimos a un desplazamiento dialéctico del eje izquierda-derecha a la dicotomía experiencia-esperanza, o casta-juventud; Rajoy reivindicaba la veteranía del gobernante serio, y Rivera restringía el protagonismo del cambio a los nacidos en democracia. Sin embargo, el pueblo (decía Steinbeck que el público es el crítico más estúpido, y al tiempo el más sagaz) no ha entrado a ese trapo de adanes contra próceres y se ha limitado a jibarizar el poder de un partido salpicado, hermético y funcionarial. La edad de doña Carmena, 71, conviene más a un papisa que a una alcaldesa, y sin embargo le alcanzó con no ser Esperanza y atraerse así el voto del odio a la condesa huracanada y cortante, lejos de su mejor forma. No le ha hecho falta a nuestra juez de progreso articular una oferta política medianamente consistente, ni explicar cómo gestionar mejor una gran capital europea: la campaña se la ha hecho Aguirre, que entre defenderse de Génova, manotear contra el espectro de Stalin, señalar a Moncloa y tarifar con Montoro ha terminado consumida. Ya no le quedan fuerzas ni para cazar talentos.

Iba la Piel de Toro adquiriendo una rica policromía según avanzaba el escrutinio. Llegaban los primeros datos de participación cuando se supo que la mente maravillosa de John Nash se apagaba del todo. Una pérdida especialmente irreparable ahora que queda inaugurada la geometría variable del pacto postelectoral. A ver quién calcula gobiernos y sus contraprestaciones a dos bandas: municipal y autonómica, más el desbloqueo pendiente de Andalucía y el pánico a quedar desambiguado con vistas a las generales.

Pero el protagonista -el antihéroe- del 24-M será para los anales el marianismo. La misma tecnocracia que logró revertir en tiempo récord el ciclo bajista de la economía nacional ha descarnado al PP hasta dejarlo en una correduría de seguros: un autómata aquejado de raquitismo comunicativo, inanidad intelectual y desnaturalización ética. Valle-Inclán aceptó ir en las listas del Partido Radical de Lerroux a condición de no dignarse a hacer campaña; cuando le comunicaron que no había sacado el escaño, murmuró con esa acritud aristocrática tan suya: «Esperaba que los gallegos tuvieran vergüenza». Seguramente su paisano monclovita piensa hoy exactamente lo mismo de los españoles, lo cual probaría que nadie le ha explicado todavía la idiosincrasia de un país cuyos gobernados, a diferencia de su gobernante, ven la tele y experimentan emociones. No se hace política con la prima de riesgo, como no se llama a filas para morir por el sistema métrico decimal, que diría Foxá.

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Animales de campaña (electoral)

Portada del libro imprescindible que se publicará el 2 de junio.

Portada del libro imprescindible que se publicará el 2 de junio.

Ahora que esta­mos en cam­paña, supongo que se impone hablar de esta­fa­do­res. Se dice que cuando te enga­ñan una vez, el cul­pa­ble es el esta­fa­dor; pero que si ese mismo te engaña otra vez, el cul­pa­ble ya eres tú. A mí siem­pre me ha pare­cido que dos opor­tu­ni­da­des son muy pocas para apren­der si habla­mos de seres huma­nos, esos ani­ma­les de los que tam­bién se ase­gura que son los úni­cos que tro­pie­zan dos veces en la misma pie­dra. O en la misma sigla.

En reali­dad hay otros ani­ma­les tan rein­ci­den­tes como el hom­bre, y no menos leta­les que él, como por ejem­plo el escor­pión. En la cono­cida fábula de Esopo, una rana ayuda a un escor­pión a vadear un río per­mi­tiendo que se enca­rame a su verde espalda, con­fiando en que el ala­crán no le picará por­que se aho­ga­rían los dos. Y sin embargo le pica. Y cuando ambos se están aho­gando, la rana le pide expli­ca­cio­nes y el escor­pión res­ponde com­pun­gido: no lo he podido evi­tar, está en mi natu­ra­leza. Como está la men­tira en la natu­ra­leza de la política.

Los grie­gos eran pro­fun­da­mente deter­mi­nis­tas, algo así como los taxis­tas o cuña­dos de la His­to­ria. Si eres un griego clá­sico tie­nes que acep­tar que las cosas son como son, y que tie­nen poco o nin­gún reme­dio. Todo se reduce enton­ces a sobre­lle­var el pro­pio des­tino inexo­ra­ble con la mayor dig­ni­dad, lo que nos con­ver­tirá en héroes del pue­blo pri­mero y, si por ven­tura hay algún dra­ma­turgo en la sala, en per­so­na­jes inmor­ta­les des­pués.

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Cambia, que algo queda

El cambio inamovible.

El cambio inamovible.

Al lado de mi casa han abierto un local sospechoso que ocupa el inmueble donde estuvo el Cine Bogart. Junto a la puerta, bajo toldo oscuro, un rótulo discreto reza: Asociación de Amantes del Género Teatral de Variedades. Cuando pregunté por tan chandleriano antro a mi portero Frutos, cuyo laconismo sólo es comparable a su eficiencia, musitó: «¿Eso? Un puticlub de alto standing». Quizá lo sea, pero no sé qué excusa poner en el periódico -y en el chat de la familia- para salir de dudas. Avalan la tesis de Frutos las berlinas de lunas tintadas que suelen aparcar en esa acera, el kosovar de pinganillo apostado a la entrada así como la señorita que se entrevé desde la calle, encaramada a un alto taburete desde el que exhibe el vertiginoso recorrido de sus medias. En ocasiones sale una compañera suya de escote himaláyico a quitar el hipo a los obreros de enfrente mientras echa un pitillo fatal. Ahora bien: sobre todas estas pistas el mayor aval a la hipótesis prostibularia lo concede el hecho de que el Congreso se encuentra a 50 metros.

No pretendo insinuar de momento que nuestra partitocracia tenga mucho de compraventa de culos (parlantes), ni que sus señorías frecuenten el oficio más viejo del mundo más allá de la afición púnica a los volquetes de putas. Me interesa el vínculo eufemístico entre ambos gremios: la política es una fábrica de eufemismos como el burdel prefiere llamarse club de alterne o asociación de amantes de las variedades. Y toda campaña electoral arma una seductora pasarela de eufemismos que taconean en los oídos aturdidos del votante.

El eufemismo rey de esta campaña ha sido el cambio. El cambio a mejor, se entiende. Todos tironean del cambio hacia su sigla como los caballos de Levi’s del pantalón. Podemos ha querido patrimonializar el bello concepto asegurando que su cambio es el verdadero y el de los demás un macguffin del Sistema, una revolución comprada en los chinos. A su favor juega la mutación meteórica ya acreditada por su líder: de cultivar el bacilo leninista en la placa de Petri del campus de Somosaguas a descubrir la burbuja universitaria. C’s abandera el cambio sensato, sintagma salomónico que pende de un balancín semántico: si es muy sensato no será cambio, y si trae mucho cambio ya no será sensato. El cambio propugnado por el PSOE -el de Sánchez, no el de Díaz, que es hija de una siesta de 36 años- es el del autonomismo por el federalismo, que es como el del pan por las tortas, y el de la socialdemocracia por un índice onomástico: Juana, Valeria, Verónica.

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Papá, cuéntalo otra vez

Sócrates en Sol.

Sócrates en Sol.

Sería una pena que el simpático Karl Marx que luce al dorso el móvil de Alberto Garzón -según el modestísimo crédito de red social- resultara un fake. Porque no puede haber mejor imagen para casar comunismo y consumismo en un indisoluble matrimonio de posmodernidad. Lo posmoderno, según Lipovetsky, es una aleación de contracultura y sociedad de consumo que eclosiona en los 60 y que conoce en el mayo francés su clímax emblemático, aparte de un paroxismo de cursilería en el que todavía chapotea la publicidad. La imaginación al poder, prohibido prohibir y otros lemas sonrojantes, ya saben. Aquella revolución de burgueses bohemios se exportó con tanta profesionalidad que no pocos retenes de barricada acabaron de eurodiputados, y todos los hijos de la progresía europea crecieron marcados cruelmente por su iconografía sentimental. Ismael Serrano ha sido su mejor bardo: papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita, parece decir Garzón.

Y vaya si la historia se repite como farsa que no tardó en aparecer por allí Leo Bassi fidelizando clientela. No faltaron el vino (Don Simón) ni las rosas, bien que marchitadas de zapaterismo terminal; y tampoco esas entrañables cargas policiales que fabrican héroes de barriada y brindan al becariato un excitante vislumbre de corresponsalía en Gaza. Entre las jaimas asamblearias de Sol la quinta de la nostalgia reconocía una sucursal de aquel París abierta por algún ministerio del tiempo en el centro neurálgico de Madrid.

Era hermoso, sí, con la belleza que solo comportan los esfuerzos inútiles. Con el calor de la tribu recién formada y su ideario intransitivo y su tiempo estacionado. Con la deliciosa ingenuidad de las primeras citas. Con el arrebato naïf del inocente a fuerza de ignorante. Con la justificación irrebatible de una desesperante tasa de paro juvenil. Y del otro.

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