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Rajoy en escala de Richter

Mariano desencadenado.

Mariano desencadenado.

La expectación generada se medía por metros de cola en el control de acreditaciones del Congreso al filo del mediodía. Periodistas habituales, reporteros de acentos exóticos, becarios ilusos, venerables oráculos de la Santa Transición que no sólo oyeron silbar las balas de Tejero sino que estaban allí cuando lo de Prim. Cada año se incurre en el mismo conmovedor interés y cada año se sale de allí de anochecida echando pestes del patio parlamentario. Que no íbamos a ver un Disraeli-Gladstone se sabía al entrar, compañeros.

De acuerdo, este año era especial. Por primera vez no se invitaba al líder de la oposición, que se recuperaba de una agotadora entrevista en Telecinco, y al mismo tiempo tampoco compareció el presidente del Gobierno, que flotaba en una burbuja de euforia europeísta: este síndrome normalmente se manifiesta en los segundos mandatos. En su lugar, Moncloa envió a un doble bastante conseguido en el discurso pero con fallas emocionales que se revelaron en la réplica. El Pleno se presentaba como el colapso en tiempo real del bipartidismo; luego todo quedó en temblor albaceteño, aunque de suficiente graduación como para hacer perder los papeles a Rajoy, cosa que no se ve todas las glaciaciones.

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El Sísifo de Parla

He sido yo.

He sido yo.

El periodismo es contar que Pedro Sánchez ha expulsado del PSOE a Tomás Gómez a personas que se preguntaban por qué Tomás Gómez seguía aspirando a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Con este tajo gallardo logra Sánchez su primera credibilidad en el papel de regenerador político, porque la voluntad de limpieza se demuestra con los trapos sucios de casa, no con los del vecino.

Gómez tenía la cabeza sobre la vía del tren de la imputación, con estación de partida en Parla, donde el purgado fue alcalde entre 1999 y 2008. Ahora sabemos que la Fiscalía y la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal -¿qué coño es la UDEF?- advierten «hecho criminoso» en el sobrecoste de 41 millones de euros por los trabajos de construcción de aquella infraestructura que el munificente Gómez, por entonces el regidor socialista más votado de España, consideró indispensable para la movilidad de los parleños. Esta mañana Tomás Gómez se convirtió en el candidato más botado.

En octubre de 2008, el hombre que fantaseó con remedar al invictus Mandela frente a la rubia Aguirre me confesó en una entrevista que dormía cinco horas diarias porque su cuerpo no necesitaba más, y que se levantaba pensando qué haría si fuera presidente, «porque tengo cabeza de gobierno, no de oposición: he gobernado siempre». Le daba un aire exótico su nacimiento en los Países Bajos y su pasión por el gimnasio y la decoración minimalista. Se presentaba como un pragmático, un economista pulcro que quería llevar al viejo PSM a los umbrales modernos de la socialdemocracia nórdica frente al peculiar liberalismo castizo de Esperanza. Pero tras cada derrota electoral se levantaba de la lona un poco más escorado a la izquierda, con frecuentes excursiones en la demagogia más empinada, y ya últimamente veía una grabadora y se desataba el nudo de la corbata para estar más cómodo. Su acusación al ministro Alonso, a cuenta de la hepatitis C, de querer discriminar al que vive o al que muere en función de la cartera no figurará en la antología universal del matiz.

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Los sueños de Pablo producen mítines

Cuando Iglesias dejó Sol, Calderón seguía en Santa Ana.

Cuando Iglesias dejó Sol, Calderón seguía en Santa Ana.

Pablo Iglesias entabló ayer en la Puerta del Sol un duro combate con Calderón de la Barca por definir la materia de la que están hechos los sueños. «Soñamos, pero nos tomamos muy en serio nuestros sueños», fue la letanía que pautó su hermoso, ecuménico discurso: no hay izquierda ni derecha, ni programa ni reivindicación concreta: están «ellos», los malos espectrales de arriba; y nosotros, la gente decente de abajo, que ha despertado.

Para el desengañado autor de La vida es sueño, sólo la muerte supone un despertar auténtico; pero al flautista de España, capital Hamelín, sólo puede despertarle una derrota electoral. Entretanto hay que hacer soñar al público diciéndole -y cito a los oradores- que es la piedra en el estanque, la palanca del cambio, el verso que repica, la dignidad que intranquiliza a los satisfechos, el vapor de nuestro descontento, el anhelo de mar que prometimos, el ensanchamiento de los corazones, la caída de las telarañas, el avance de la alegría, la dignidad que rechaza el asiento en el fortín de la ignominia y la escritura en vivo y en directo de la Historia. Usted no va a un mitin de Podemos: usted está escribiendo el libro de texto de su hijo. Los versos arrebatados de Juan Carlos Monedero causaban estragos en los lacrimales de la concurrencia más cercana a este cronista, con tráfico de kleenex incluido. «¡Qué bonito!», suspiraban, y a sonarse la congestión emocional. Eso nunca lo logrará Rajoy.

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2 febrero, 2015 · 11:06

La rana hervida. Informe sobre la muerte y resurrección del periodismo

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Katherine Graham, Bernstein, Woodward, Bradlee y otros disfrutones del viejo periodismo.

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

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Corbata y vaqueros: Albert Rivera presenta el uniforme de la tercera España

'Arreglao' pero informal: Albert Rivera.

‘Arreglao’ pero informal: Albert Rivera.

Ni bipartidismo decadente ni populismo emergente. Ni la putrefacción de las instituciones ni su destrucción oportunista. Ni gran coalición ni asalto al cielo. El mensaje de la tercera España lo ha vestido esta mañana Albert Rivera con esa mezcla de resolución y humildad que busca representar Movimiento Ciudadano (MC), la plataforma transversal concebida para los votantes de centro reformista que no necesitan decir casta para sentirse defraudados por PP y PSOE. A ellos se dirigió el líder de Ciudadanos (C’s) con chaqueta y corbata de nudo fino por arriba y con vaqueros desgastados por abajo, a partir de hoy uniforme oficial de la tercera vía. Y hablando de usted al auditorio, añeja cortesía que tras el fichaje de La Pechotes por parte de Cuatro casi nos arranca lágrimas de gratitud.

Corbata y vaqueros. Ambición y modestia. Respeto y descaro. Tradición y modernidad. Conservar el legado de la Constitución pero plantear reformas urgentes en cinco ámbitos principales, consensuadas por los 70.000 firmantes con que ya cuenta la plataforma: ley electoral más representativa, pacto nacional por la educación, descolonización política de la justicia, adelgazamiento de la Administración y una regeneración de los partidos políticos impulsada por alguien que no salga en ningún sumario, a ser posible. Magníficas intenciones que desde luego muchos comparten, incluida Rosa Díez, a quien, sin embargo, no se esperaba en el Teatro Goya como no se espera a Papa Noel en una casa comprometida con los Reyes Magos. Ya saben ustedes: una cosa es liderar un homenaje a la duplicidad como es UPyD respecto de C’s y otra muy distinta es que venga uno más guapo y te robe la silla. O el escaño. O el trono. Y este es el drama: que hasta por la tercera España cruza errante la sombra de Caín.

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La España de los cuatro complejos

Debate español.

Debate español.

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta.

Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque.

Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX.

Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico.

Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera.

Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo hacia el autoodio por pura reacción más o menos esnob a la fatiga retórica del imperialismo. Todo complejo expresa una carencia por exceso o defecto de expectativas, y el complejo de superioridad aflora en formas tan traumáticas como el de inferioridad al contacto seco con la atmósfera.

¿Y España? Ah, España: ese enigma, insisten los mejores entre la historiografía patria. España es indudablemente un país acomplejado por los efectos de una larguísima decadencia, tan larga como sus melancólicos dominios. Tierra que ya era de perdedores en la plenitud imperial del Barroco; tierra de hidalgos irreductibles, orgullos museísticos, afanes tridentinos, espadones conjurados, miradas de vaca autista al paso del tren de la historia y demás. Se trata de una consabida letanía, solo aproximadamente veraz y desde luego sin pretensión de originalidad alguna: a ver si va a resultar que el Londres decimonónico o la Comuna de París equivalían al campamento infantil de fútbol de Iker Casillas. Y hablando de La Roja, que no deja de ser el eufemismo que articula un complejo, ¿qué hay de los complejos de la España actual?

A mí se me ha ocurrido que España está hoy poseída por cuatro complejos que responden a otras tantas corrientes ideológicas que bullen resistiéndose a morir bajo el peso fukuyamesco de la tecnocracia. Digamos que hay cuatro ideologías que subsisten más o menos mezcladas: izquierdistas, socialdemócratas, liberales y conservadores. Creo que las patologías psíquicas asociadas a sus más altisonantes exponentes no son privativas de lo español, pero creo que en ningún país como en el nuestro se divisan con semejante claridad. De esos cuatro complejos portados por otras tantas tribus teóricas, dos son de superioridad (socialdemócratas y liberales) y dos son de inferioridad (izquierdistas y conservadores). Veamos por qué.

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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El ídolo caído, su iglesia intacta

Franco derrotado demasiados años después.

El general Franco derrotado también demasiado tarde.

Amaneció derribada la estatua iraquí de Jordi Pujol en Premià de Dalt y yo lo lamenté mucho recordando un comunicado impecable –¿la pluma de Espada?– de Libres e Iguales, que se manifestó en contra de la corrección artificial de la Historia. Había que dejar a Pujol en su pedestal para que los hombres no olvidaran la clase de becerro que un día adoraron. Pero ningún pueblo sometido al mito es capaz de resistir la exhibición frontal y cotidiana de la verdad, así que ahora la estatua languidece en un almacén municipal del mismo modo que otros almacenes estatales ocultan un Franco a caballo. Como si la obra de ambos próceres no caminara a plena luz del sol que alumbra por igual a antifranquistas con retardo y a pujolistas sin vergüenza criados a los pechos del tres por ciento, a la espera de que la Udef los ilumine del todo.

Estoy por asegurar que el autor del derribo fue un independentista canónico, un tierno brote de esos que el nacionalismo paternal ha ido cultivando bajo el estiércol fresco de su invernadero mediático. La historia de las religiones nos enseña que el mayor fervor acaba degenerando en la iconoclastia más violenta. El santo fue derribado de su peana –esa altísima peana que quería compensar su estatura, hoy un rasero más moral que físico– con gesto sacrílego, que es el negativo de la devoción, porque como saben en Montserrat no queda otra fe en Cataluña que el nacionalismo y Pujol es su profeta.

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