Puedo escribir las columnas más tristes cada noche sobre la cancelación de cada día. Esta semana le tocó a Valcárcel por su exceso de fe en la biología, a Borrell por su odio neocolonial a la selva y a Summers por anunciar que va a vengarse de ese marica llenándole el cuello de polvos picapica. La semana que viene habrá carne nueva ardiendo en la hoguera de las vanidades éticas de las redes, donde toda mente literal tiene su asiento y toda ofensa exagerada hace su habitación. Y su discreto negocio: concernidos postulantes a cargo, puesto o subvención.
La casó Pedro Zerolo. El suyo fue el primer matrimonio entre lesbianas que se celebró en el Ayuntamiento de Madrid. En los 80 ya era activista. Elaboró la primera guía contra la violencia machista y lideró ese pacto de Estado. No acepta lecciones de feminismo ni del Gobierno, y menos aún de IreneMontero y Yolanda Díaz. Alza la voz en denuncia de una ley que cree nociva para las mujeres.
Se retrasa la tramitación de la Ley Trans. ¿Es suficiente con replantear el texto o a su juicio hay que evitar su aprobación?
Una ampliación del plazo parlamentario de enmiendas no es un retraso en la tramitación: es una práctica ordinaria en el quehacer parlamentario. Todo sigue igual.
Era fácil abismarse en la fealdad del Senado, ese cajón de pino destinado al eterno descanso de los elefantes de todos los partidos. Pero desde que la riña parlamentaria se ha mudado de San Jerónimo a Bailén no hay ocasión ni para aburrirse contando los disparos de Tejero, que nunca se planteó malgastar balas contra el techo vulgar de la Cámara Alta.
El segundo combate Sánchez–Feijóo no decepcionó, aunque las estrategias cambiaron. Esta vez la agresividad partió casi toda de la esquina gallega mientras el presidente trataba de desoír su naturaleza para sonar presidencial. Su naturaleza y la de sus senadores, que le pedían sangre con aplausos sudorosos cada vez que atacaba al líder del PP. El final de la legislatura se va pareciendo mucho al de la trilogía de El Padrino: cuando Sánchez trata de salir del sanchismo, encargándose un traje de socialdemócrata europeo, lo vuelven a meter dentro. ¿Quiénes? Sus socios y la propia bancada socialista, reprogramada ya para profesar un sectarismo primario, incurable, epigenético. Pedro querría ser moderado, pero como a Jessica Rabbit lo han dibujado así.
Entre las formas que imaginó Woody Allen para acabar de una vez por todas con la cultura no figuraba el ecologismo, pero las ecogamberras del van gogh obligan a reconocerla creciente incompatibilidad entre humanismo y activismo. Quizá no estemos a tiempo de salvar el planeta, pero nadie duda que aún podemos completar la regresión al estado de naturaleza mediante la destrucción entusiasta de los museos. Que el activismo animal o el animalismo activo la tome con el arte es revelador: se trataría de desandar el camino de la civilización hasta llegar al minuto previo a la hermosa idea del primer hombre que posó sus manos tintadas sobre las paredes de Altamira.
Un hombre espera en un coche. El hombre es presidente del Gobierno y el coche es el audi blindado que lo traslada cuando no lo hace un avión o un helicóptero. En el interior de esa cápsula tintada que lo aísla de la gente se siente a salvo, quisiera prolongar este momento, que no acabara nunca. El hombre mira el reloj, presiente la hostilidad de la calle, anticipa los pitos, apura aquel silencio mullido un poco más. Esos de afuera no son el pueblo. Son fascistas, se consuela.
Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.
En todos los vagones de metro se oyó un suspiro de alivio cuando Bolaños, canónigo del sanchismo, anunció que Gobierno y oposición habían alcanzado por fin, tras cuatro años de bloqueo y tres horas de reunión, el acuerdo por el que tratarán de acordar cordialmente la renovación del Cegepejota. Pero tras el alivio inicial, sobre las cabezas de los viajeros que seguían en sus móviles las comparecencias de los negociadores se dibujó un signo de interrogación. ¿No nos estarán tomando por imbéciles?, parecía inquirir la hilera de rostros estupefactos, usuarios de metro que sienten verdadera devoción por el Cegepejota, que no hablan de otra cosa mientras se deslizan por el oscuro subsuelo de Madrid, atestado de clase media trabajadora y de ministras de progreso, como todos ustedes saben.
La última contradicción cabalgada por Pablo Iglesias, que tantas lecciones da, es un suspenso en el examen que lo habría habilitado para dar lecciones. Ahora tendrá que resignarse a aleccionarnos sin título habilitante, según lleva haciendo desde el día epifánico en que fue enviado a nosotros para redimirnos del capital y la oligarquía. Claro que si lo pensamos bien, lo contradictorio habría sido que aprobara. ¿Qué clase de revolucionario se rebaja a perseguir la aceptación de un tribunal universitario, que no deja de ser un producto más del orden burgués?