Los predicados del madridismo

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

El autor con Miguel Pardeza en un hotel de Lisboa, en la tensa mañana de la Décima.

[Los amigos de Qué Crack me pidieron un texto para su sección de Cómplices y les pasé esta tipología del madridismo que escribí como prólogo a un libro de relatos editado en mayo por la peña Primavera Blanca, libro que sujeto en la foto adyacente. Lo reproduzco en su práctica integridad porque sigo estando de acuerdo conmigo mismo]

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose inexorablemente al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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La noche de Fonsi

Momento de debilidad.

Momento de debilidad durante el programa captado por cámara traicionera.

Anoche vino al programa de debate futbolero en el que colaboro, La Goleada de 13TV, un joven periodista deportivo llamado Fonsi Loaiza, de añejo renombre tuitero y reciente fama mediática como representante de Podemos sección Deporte. Fue una noche mítica que no olvidaré, como no olvidamos el encontronazo con la inocencia más extraterrestre.

A quienes me critican por haberme sumado a una suerte de linchamiento, aquí va la prueba (a partir del 38:40) de que en todo momento, y aleccionado por este lucidísimo artículo de mi amigo Hughes (conocido el personaje solo matizaría que vi en él más candor que picardía), traté en la medida de mis posibilidades aportar paz, piedad y perdón. Pese a que Fonsi había venido allí a insultarnos.

El programa fue importante no solo porque probablemente hicimos la mejor audiencia del curso, sino porque los españoles pudieron ver el primer pinchazo televisivo de la historia de Podemos, partido fundado en la dialéctica tertuliana. Razón de que muy probablemente este chico sea rápidamente purgado, si no lo fue ya inmediatamente después de la entrevista en El Larguero y justamente antes del programa.

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La palabra más hermosa de Rajoy

Rajoy ejecutando una heroicidad extravagante: decir que no.

Rajoy ejecutando una heroicidad extravagante: decir que no. Y con prensa delante.

Pasé el fin de semana en Barcelona, maravillosa ciudad, ocasionalmente afeada por la lluvia o la propaganda. Comí unas cosas exquisitas y muy caras por recomendación de Sostres, que reserva su filantropía para las distancias cortas. Y entendí, paseando la ciudad, que el independentismo es una ficción mucho menos poderosa de lo que pensamos en Madrit, a la manera en que un ruido súbito y continuo en la noche resulta bastante menos inquietante si nos levantamos a comprobar que un grifo no estaba bien cerrado.

Puedo equivocarme, pero ahora ya no estoy tan seguro de que veré la independencia de Cataluña. Una guerra de independencia no se libra a golpe heroico de banderola balconera; sobre todo porque son muchos más los balcones desnudos, gritando su estricta elegancia neoclásica o modernista. Y porque unos carteles amarillos que rezaban por las calles del Ensanche “Independencia es cohesión social” o “Un país independiente es un país sin listas de espera hospitalarias” –la verdad es la mentira, la guerra es la paz– nunca engañarán a los suficientes si tenemos en cuenta el coeficiente de estupidez de Carlo M. Cipolla, según el cual la cuota genética de estulticia local se mantiene básicamente constante a lo largo de la historia, más allá de inflamaciones levantadas por la televisión o las crisis económicas. La gota rítmica, malaya, de la propaganda genera independentistas, qué duda cabe; pero también escarmienta, hastía y vacuna. Y no digamos ya si encima se viaja o se lee.

Para ayudar a la gota a hacer su trabajo de horadación Artur Mas confiaba en Rajoy. Confiaba primero en que Rajoy siguiese siendo Rajoy, de modo que le tolerase salir a saludar a la caída del telón tras la representación de la farsa, como cualquier comediógrafo. Y en el peor de los casos confiaba en que Rajoy dejara de ser Rajoy, es decir, que le procurase alguna imagen de autoridad, que viene a ser la estimulación clitoriana del nacionalismo, cuya intimidad psicológica es de inclinación masoquista. Pero funcionó el primer supuesto: el mero onanismo de los narcisos estelados y su monja sicalíptica, en ausencia del padre prior.

Me cuento entre los que sintieron frustrados el domingo cuando el compareciente gubernamental resultó el ministro Catalá y no el presidente. En la rueda de prensa retardataria de hoy, don Mariano ha sugerido que salir él el domingo habría conferido seriedad a la Mas-carada, y que lo que habría deseado el sedicioso ya cachondo es alguna foto de la legítima violencia que en democracia monopoliza el Estado. Pero los españoles no le pedían tanques ni esposas, don Mariano: le pedían que hiciera lo que ha hecho hoy, pero el domingo.

Los tiempos en política son como el medio en periodismo: el mensaje. Hablando 72 horas después, Rajoy manda un mensaje de desprecio al envalentonado independentismo; pero no hablando el domingo, mandó otro de indiferencia a la humillada ciudadanía de España. Y esa factura se la pasarán cuando les pida el voto.

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El mejor

Tres son pocas para él.

Tres son pocas para él.

Yo comprendo que en la sociedad en la que vivimos el deseo de ser el mejor se tome como una provocación. El mundo es amable con los humillados y suspicaz con los excelentes. Así es la naturaleza humana y ni siquiera el Real Madrid puede cambiarla. Por eso a Cristiano Ronaldo le salen tantos consejeros que le recomiendan un poco más de hipocresía, es decir, un poco más de falsa humidad. Es decir, que diga que no está entre los mejores de siempre, que simule que no aspira obsesivamente al número uno, que se conforme con lo que ha conseguido.

Pero Cristiano Ronaldo no nació en Funchal para llegar a la cima y, una vez allí, fingir que nada ha cambiado. Yo entiendo que eso lo hagan los cantantes, los políticos, los emprendedores corruptos y los novelistas comerciales, porque su trabajo depende de la simpatía del público. Pero el trabajo de Cristiano Ronaldo consiste mayormente en marcar goles, y ese trabajo lo cumple realmente bien. Tan bien que va por su tercera Bota de Oro y mantiene el mejor promedio goleador de la historia del fútbol español. O sea, que es el mejor. Y si los números dicen que es el mejor, sería una tontería subir a un estrado a recoger un premio y proclamar lo contrario.

Yo criticaría a Cristiano si no se diese cuenta de que en el fútbol, por muy bueno que sea uno, nadie puede brillar sin el concurso de los compañeros; pero Cristiano, cada vez que recoge un premio, que va siendo cada semana, se deshace en gratitud hacia el equipo, el club, la institución, la familia. Y cuando juega, ya da casi tantas asistencias como goles marca. Y cuando a sus compañeros, o a los chicos del filial, o a los chicos del filial de otro equipo que se le acercan les preguntan por el trato de Ronaldo, siempre responden lo mismo: “No entendemos por qué le ponen esa imagen de arrogante”. Creo que esto lo ha declarado hasta Piqué.

Yo sospecho que la imagen de arrogancia del portugués es la manera que ha encontrado el antimadridismo de reprocharle su exceso de eficacia, que saca los colores a todos los demás por comparación. Personalmente, prefiero que Cristiano siga aspirando obsesivamente a ser el mejor de todos los tiempos, y que además lo reconozca, y que además haya quien llame arrogancia a su honestidad profesional sencillamente porque no tuvo la fortuna de tenerlo en su equipo.

(La Lupa, Real Madrid TV, 6 de noviembre de 2014)

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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Dónde estáis, hombres de poca fe

El estratega y el héroe.

El estratega y el héroe.

Dónde estáis, nos preguntamos ahora, los que decíais que el Barça seguía siendo mucho Barça para el Real Madrid. Dónde están los notarios remolones del cambio de ciclo. Dónde los que primero criticaron la planificación del equipo y luego atribuyeron sus registros goleadores a rivales débiles o al azar de la pegada. Dónde están los de la superioridad moral y estética culé que ya es una caricatura de sí misma. A qué papelera hay que ir a buscar esa mentira reiterada según la cual “el Madrid solo sabe marcar al contragolpe”. Dónde está, por el amor de Dios, la credibilidad ante un micrófono de Xavi Hernández.

Dónde están los que especulaban con el minuto en que el Bernabéu debía detenerse para homenajear al nuevo Zarra. De qué honda madriguera hay que sacar ahora a los abogados de Di María y a los fiscales de James. Cómo buscamos fracturas y egos conflictivos en el vestuario blanco, si se abrazan todos al míster como si rodaran un capítulo de La aldea del Arce. Cómo alargamos el tabarrón de Casillas, si para remates a Messi y ruge los goles de sus compañeros.

Dónde encontraremos una fotografía más idéntica a la de Di Stéfano que la de Cristiano celebrando los goles a la antigua, con los dos brazos en alto y corriendo enloquecido hacia la grada. Dónde hallaremos kilos suficientes de disculpa por las redacciones que se mofaron de Benzema. Dónde descubriremos ahora a los de los pitos, si no es en los confesionarios de la Catedral de la Almudena. Y cómo desagraviamos ahora a Ancelotti, un entrenador tan inteligente que los ha ido callando a todos moviendo la ceja en la sala de prensa y rotando a sus jugadores en el terreno de juego, adaptando el sistema a sus hombres como pide el Evangelio, y no al revés.

Dónde estáis, en fin, los impacientes, los escépticos, los que viajáis en estribo y os tiráis del carro al primer contratiempo, los guionistas de la historia-ficción, los amigos superficiales y los enemigos encarnizados. Yo os salgo a buscar no para reprenderos, sino para formularos la gran pregunta: ¿Qué más puede hacer el Madrid por vosotros para que seáis completamente felices?

(La Lupa, Real Madrid TV, 27 de octubre de 2014)

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Esto era Anfield

El héroe del silencio en Liverpool.

El héroe del silencio en Liverpool.

Las goleadas se le caen a este Madrid de las manos como las joyas a un emperador dadivoso. La novedad es que ahora, además, deja la puerta a cero para disfrute definitivo de la afición, que sabe que los títulos importantes se ganan defendiendo. El Madrid tomó Anfield respetando su añeja liturgia pero sin respetar en absoluto su portería. Porque la única liturgia que vale es la del gol, la del ambicioso presente, la de la leyenda en marcha del campeón de Europa y la de la voracidad mítica de Cristiano Ronaldo, que ya igualó a Raúl en la cima de la historia goleadora de la Champions. Se le endosaron tres al Liverpool, pero pudo ser otra manita como al Levante, con todos los respetos.

El Sanedrín Mediático de la Santa Pegada, que pretende rebajar el mérito futbolístico del Real Madrid atribuyendo sus espectaculares resultados a brotes de calidad de sus estrellas, ya no sabe muy bien qué decir ante el exitoso 4-4-2 adoptado por Ancelotti para integrar a Kroos y a James en un esquema coral, sólido y creativo a un tiempo. Las exhibiciones blancas son el fruto de la calidad de sus estrellas, obviamente, porque para eso somos el Madrid y tenemos a los mejores; pero son también la consecuencia de un sentido colectivo que incluye el sacrificio y la adaptación a posiciones nuevas como en el caso asombroso de James. El colombiano cierra, crea, asiste y regala tanta clase en ataque que no nos explicamos por qué no lleva más años jugando de titular en el Real Madrid.

Y junto a James, otros dos genios a los que también se ha cuestionado: Isco y Benzema. El malagueño dictó en el campo del Liverpool una lección magistral de cerrajería, alicatado y decoración de interiores. Ningún red pudo prever sus endiablados movimientos. En cuanto a Karim, firmó una obra tan perfecta en su competición fetiche que parecía jugar en diferido, mejorado en posproducción.

El madridismo ya solo piensa en el clásico pero ya no necesita apelar a la fe, sino al gran momento que vive el equipo. Será el partido más exigente en lo que va de temporada, pero el Madrid está haciendo el mejor fútbol de la era Ancelotti. Me dijo un culé el otro día que pase lo que pase el Barça saldrá del Bernabéu por delante del Madrid en la tabla. Es el comentario del que ya se ha puesto en lo peor. O sea, en lo mejor.

(La Lupa, Real Madrid TV, 23 de octubre de 2014)

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