Don Mariano el Afásico

Qué queréis que os diga.

Qué queréis que os diga.

Don Mariano, como cualquier artista de vanguardia, es un hombre que encuentra un extraño placer en frustrar el horizonte de expectativas de su público. Da igual que su público lo formen periodistas, políticos, comentaristas de bar o contribuyentes del común. Si la sociedad de la información es una conversación perpetua que se nutre de la novedad, Rajoy es un heraldo de edades analógicas empeñado en desmoralizar a quienes viven de dar noticias y a quienes pagan por recibirlas. O no pagan pero las consumen igual. Si de él dependiera, informaría de las crisis de Gobierno por la noche y mandando cuervos desde su Invernalia monclovita. Otros, más adelantados tecnológicamente, enviaban motoristas.

La revolución política de Mariano Rajoy -y así se lo reconocerán los libros de historia- no es la que ha desatado contra el déficit, sino contra la charleta de sobremesa. De acuerdo, no parece una empresa demasiado ambiciosa, pero a juzgar por la desesperación que en estos días de cambio rumoreado se apodera de las enfebrecidas redacciones, hay que reconocer que su éxito es incontestable. Rajoy no solo no cambia de ministros salvo que se los mate un dron, sino que cuando pierde dos millones y medio de votos y alguien le traduce el mensaje -porque al parecer necesita que se lo traduzcan-, todavía musita la necesidad de un relevo a regañadientes por tener que violentar su estatismo estructural. ¿Qué durará más tiempo quieto, Rajoy o la Torre de Hércules? Una vez le preguntaron a Bill Shankly por la alineación que sacaría su equipo, el Liverpool, en la Copa de Europa.

-¿Qué alineación voy a sacar? No voy a revelar un secreto como ese al Milan. Si por mí fuera, procuraría que no se enterase ni de la hora del partido.

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La flaqueza del ‘koncejal’

Ética y estética.

Ética y estética.

Se queda con el acta, claro, su pedacito de cielo presupuestario tomado al asalto por la gracia de D’ Hondt. Gracias a la (in)decisión de doña Manuela, mamá grande del jacobinismo tuitero, financiar la nómina del koncejal Zapata se convertirá durante los próximos cuatro años en otra estoica prueba de resignación democrática para el pueblo de Madrid, que después de padecer la afasia señorial de Botella debe pechar con esta neocasta en sandalias a la que llaman candidatura de unidad popular. Hay más participación ciudadana en el ranking final de Eurovisión que en la confección de las listas de Ahora Madrid.

Pretende doña Manuela disculpar a Zapata como a un nieto díscolo, pero sabemos que le escribía los discursos, que practicaba el deporte cívico del escrache y que recibió toda su formación jurídica en la facultad del movimiento okupa. Esta es la cantera. Los jeremías madrugan el apocalipsis bolchevique, como si Cibeles fuera el Palacio de Invierno, pero sospecho que la legislatura de Ahora Madrid -veremos si la termina- será tan pobre en épica como rica en la picaresca de una vertiginosa adaptación a la moqueta: no es que no restauren la guillotina, es que los pillan y se clavan al sillón como un Chaves cualquiera. A uno no le sorprende que los heraldos de la decencia entreguen antes la coherencia que el cargo desde que leyó en Pla la sentencia que resume el siglo XX: «Cuando les das el poder a los virtuosos, todo el mundo se muere de hambre». Todo el mundo menos los miembros del politburó.

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Entrevista en Periodista Digital por ‘La granja humana’

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Don Mariano contra el runrún

«Se dice por ahí que intentas joderme.»

Es posible que granice en junio y que Rajoy haga una crisis de Gobierno. El primero de los prodigios ya se ha registrado y el segundo podría copar los noticieros antes de que concluya el mes, según el runrunismo tertuliano. Uno de don Mariano espera tanta novedad como de la doctrina sexual de la Iglesia, pero la afirmación de Soraya de que nadie se explica como el presidente ha venido a levantar una sospecha de ironía anticipatoria, de venda antes de una herida que podría ser propia: su destitución como portavoz. Eso dice el runrún, que incluye en el baile fulanista para ese puesto a Núñez Feijóo y a Alfonso Alonso.

Nada gusta tanto al pueblo como un nombre que va y otro que viene, como bien saben mis compañeros de Marca, pero el más famoso de sus lectores no puede consentir que la gente se entusiasme demasiado, por lo que ayer se apresuró a cerrar el bar alegre del periodismo de anticipación:

-Que no se genere tanta expectativa. He dicho que no vamos a cambiar las políticas.

Preguntado por la vicepresidenta, elogió el trabajo de su más fiel colaboradora con la mayor efusividad de la que es capaz. Al quinielista mediático se le ha de quedar entonces cara de niño sin piñata, por no hablar de sus fuentes, que suelen ser mandos intermedios del PP en los que prendió la codicia del pescador en río revuelto: aguardadores de escalafón en espera de mejor destino.

-La noticia es que no hay noticia, más allá de lo que ha dicho el presidente -le insisten a uno desde Moncloa.

Preside España un hombre peleado con la emoción y con el gesto, que son argumentos imprescindibles en la liza política, pero respetado por el FMI, que nos augura un crecimiento del 3,1%

He aquí un ejemplo perfecto de la política de comunicación del Gobierno, que no encuentra el modo de que le den un Ondas: su mensaje es cristalino -lo importante no son los nombres sino las políticas, y no pensamos cambiarlas, por mucho que nos castiguen los votantes-, pero pasa por opaco. Es la falacia célebre del fallo de comunicación, cuando se quiere decir fallo de estimulación. Rajoy, como dice Soraya, se explica perfectamente cuando le da la gana; otra cosa es que su matraca económica sea tan poco sexy que no garantice un solo retuit. Claro que el último que aunó sex appeal y economía fue Varoufakis, y hoy no tiene caída de ojos que le abra la puerta del Eurogrupo.

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Entrevista-coloquio (de las mejores en lo que va de promo) en Capital Radio, a partir del 0:37:50.

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Por qué Jeff Koons es un puto genio

El genio y su obra.

El genio y su obra.

El arte es un templo que se ha llenado de mercaderes, pero del que aún no se han ido del todo los sacerdotes. Es decir, los críticos de arte. Ese venerable sanedrín que se resiste a tasar la obra por su cotización, como hace la gente común (incluyendo al periodista, al marchante y al esnob de paseo por ARCO), y que todavía invoca entrañablemente conceptos tales como belleza, significado o técnica. Ese estamento pontifical, digo, hace mucho que sentenció a Jeff Koons como farsante, filisteo, fantoche, financiero, fanfarrón, filibustero, fácil, festivalero y otras cosas que empiezan por efe de Jeff. No en vano se casó con Cicciolina.

Y uno, que al cabo pertenece a una raza levítica como la española, siempre amiga del anatema y la absolución -a veces santifica por la tarde lo que ha demonizado por la mañana-, también tenía perfectamente ubicado en la categoría posmoderna del hortera inflacionario al autor de Puppy, ese perrete florido que escandaliza la recia memoria de Sabino Arana desde la entrada del Guggenheim. Koons, como el más obsceno de los mercaderes que okupa el templo del arte, solo podía merecer mi desprecio.

Pero tras leer la entrevista de Lucas a Koons, y otras que concede estos días con motivo de la exposición que presenta en el museo bilbaíno, mi juicio sobre el rey Midas del arte contemporáneo ha empezado a girar hacia la admiración. No solo por haber sido capaz de hacerse multimillonario haciendo perros-globo y popeyes de acero inoxidable, que también, sino porque ni siquiera la figura de Koons, en el paroxismo de banalidad que representa, está desposeída de un profundo sentido que aclara las coordenadas de nuestra época. Titula Lucas: «Soy el último artista romántico», y no se puede escoger una declaración más reveladora para el titular entre todas las disparatadas autorreferencias y comparaciones con Velázquez que va diseminando el genio con desarmante naturalidad.

En efecto, Koons ha conquistado el último estadio de un proceso de desacralización artística que incoaron los románticos decimonónicos -en realidad su semilla de criticismo radical ya la sembró el Renacimiento-, y que culmina en esa aleación de consumismo de masas, sociedad del espectáculo y coartada contracultural (lo antisistema es un producto más del sistema) que caracteriza lo posmoderno. Más allá de Koons, es decir, después de vender un perro-globo por 58,5 millones de dólares, ya no hay nada más: solo queda aplicar las manos al sílex neolítico y al pigmento de Altamira y volver a empezar de cero. Y hasta eso mismo ya lo hizo Picasso. Del bucle posmoderno no se puede salir.

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Selectividad y fascismo

Armas cargadas de futuro, mientras el futuro les respete.

Armas cargadas de futuro, mientras el futuro les respete.

La Selectividad era la Semana Santa del alumno: un rito de paso al que accedía un adolescente angustiado en el Getsemaní de la biblioteca y del que al tercer día, Dios mediante, salía un universitario con un verano de gloria por estrenar. Uno observa melancólico a nuestra chavalada acneica, con la ternura del puro futurible, de la potencia sin acto, y se pregunta cuántos años le quedan a la Selectividad: concepto fascista que no puede durar mucho.

Sabemos que la prueba no es lo que era, y que toda criba resulta superflua en un país donde prácticamente hay tantas universidades como alumnos (lo que falta son profesores: están todos en el psicólogo o en Podemos). Pero la mera idea de seleccionar estudiantes en función de su desigual aptitud, en un mundo que empieza a comercializar cerveza con limón en lata muy por encima de lo prudente, se antoja un vestigio reaccionario que no sé cómo no han detectado aún los drones de la corrección política. ¿Cuánto tardará una monja mediática cualquiera en denunciar la Selectividad como una continuación del bullying por medios académicos?

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Urdaci recomienda La granja humana en el telediario de 13TV.

Entrevista en Las mañanas de RNE por La granja humana, a partir del 32:25.

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Triplete por defecto

Triplete. ¿Y?

Triplete. ¿Y?

Al madridista le cabían tres opciones: sentarse a ver la final con la pasión delegada en Morata, que ya era mucho delegar; impostar la equidistancia exquisita del aficionado al fútbol que, no jugando su equipo y habiendo perdido la entrada para la ópera, se pone un Barça-Juve por mera curiosidad antropológica; o no sentarse a ver nada sino salir a emborracharse tanto como para despertarse en pretemporada. Lo más inteligente quizá era mezclar las tres.

Cuando marcó Rakitic, con esa finura de confección con que el mejor Iniesta descosía zagas, pensamos seriamente en el Jägermeister. Y lo peor es que Messi ni siquiera necesitaba entrar en juego: a la media hora recibió el balón y lo cedió con desidia a un compañero, como María Antonieta los pasteles al pueblo. Se supone que Arturo Vidal era el compañero de reparto de Benicio del Toro en una de narcos, y Pogba el convicto patibulario al que el guardia, en su primer día en la trena, le pide que se agache para comprobar que no oculta cuchillas en el ano; pero quia. Por no hablar del provecto y bello Pirlo, quien ya ha desarrollado toda la facha de un profeta de Zurbarán. Permeables aduanas para la circulación del juego culé, y eso que este tampoco es lo que era. Ni la Juve ofrecía la resistencia italiana que esperábamos ni el Barça tejía su tela con el criterio espacial de antaño. Al descanso nos fuimos resignados a la inercia ganadora azulgrana y a la convicción de que esta Juve nunca debió llegar a esta final.

La segunda mitad, sin embargo, trajo una agitación agradable. Era de prever. La Juve se atrevió a atacar, arriesgando el castigo de la contra culé. Ambas posibilidades se consumaron: Morata recogió el rechace de un disparo de Tévez, y Suárez el de uno de Messi. Todo había cambiado para dejarlo como estaba. Era el momento de homenajear a Xavi, legendario jugador y desechable politólogo, para cronificar el resultado. Artur Mas exhibía en el palco la misma sonrisa leporina que le suscitó la pitada copera. Y sin embargo aún pudimos contemplar un duelo crítico de porteros más o menos vendidos, un penalti no pitado sobre Pogba, un gol bien anulado a Neymar y la hermosa agonía de la Vetusta Señora, menopáusica de calidad ofensiva pero voluntariosa como la que más. La puntilla le correspondió a Neymar, con esa crueldad final del leñador sobre el árbol caído que el año pasado exhibió Cristiano.

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Entrevista en esRadio por La granja humana, a partir del 2:27:50.

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Elogio de la opacidad

Pudo prometer en la tele porque pudo obrar fuera de ella.

Pudo prometer en la tele porque pudo obrar fuera de ella.

Pues a mí, perdonadme, no me parece que tengamos que meter cámaras y micros en los reservados donde casta vieja y casta nueva pactan a escondidas. Y no por el chasco que nos llevaríamos luego al enterarnos de que en realidad charlaban de baloncesto. Sino porque, en cuanto vieran aparecer una cámara, estos políticos nuestros que por una vez ejercían de civilizados comensales -tal y como necesita el país- de inmediato empezarían a representar un papel, la misma cansina función que nos han propinado durante la campaña, el bucle melancólico de la retórica sectaria en la que giran como hámsteres los candidatos.

La presencia de una cámara mitiniza inevitablemente el lenguaje. La sociedad de la información, con su insomne ojo digital, actúa sobre la política según el principio de incertidumbre de Heisenberg: la posición del observador altera siempre la realidad observada. Un político razonable en los pasillos del Congreso se vuelve un basilisco en la tribuna de oradores: ¿qué ha pasado entre medias? ¿Se extinguió el efecto de la pastilla matinal? No: es la televisión, estúpido. De ahí que uno prefiera la opacidad responsable a la telecracia festivalera, y mientras esta exija roles enfrentados para salivación de sus hinchadas cautivas, será imposible hacer normal en los medios lo que ya es normal en los pasillos del Congreso y en los reservados de hotel, por parafrasear a nuestro primer telécrata.

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Cortesía por este artículo de Arcadi Espada en su carta sabatina.

Entrevista en Cope por La granja humana, a partir del minuto 39.

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