El sanchismo es un avión a punto de siniestrarse de cuya caja negra tenemos ya el recuerdo, como el poeta lo tenía del aguacero mortal. Esa caja negra consta en la libreta de Leire y en los audios de Koldo. Debemos el wildeano retrato del PSOE real a este par de inopinados amanuenses, cronistas criminosos de la etapa más sórdida de la democracia española.
Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento. Pero eso no hará que olvidemos el puñado de hermosas imágenes y sabias palabras y testimonios conmovedores que la escena española ofreció al mundo durante la semana papal. Para percibir los efectos benéficos del paso de León por nuestro país no hace falta otra fe que la que habíamos perdido en nosotros mismos. En nosotros, los españoles. Que habíamos olvidado la Escuela de Salamanca.
Quizás convoco a Rufián a este folio con excesiva frecuencia, pero es que don Gabriel es mucho más que un político concreto o un opinador viral: es un patrón sociológico, una militancia andante, el metro de platino iridiado que se saca de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sèvres, a las afueras de París, para saber cuánto mide cada día la inteligencia media de la izquierda. Otro día hablamos de la inteligencia media de la derecha, que no parece más larga, pero esa es otra columna.
No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.
Cualquiera diría que España no ha dejado de ser católica, y eso que el diagnóstico de Azaña va para un siglo. No se me ocurre otro líder capaz de concitar el respeto de las instituciones y el entusiasmo de las calles a la manera desarmada y desarmante de León XIV. Se le escucha por la cima de siglos desde la que habla, custodio de un mensaje sabido que enunciado por otro no llenaría un teleclub. Es el misterio al que se rinde Sorrentino y al que permanecen impermeables nuestros entrañables racionalistas.
No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.
Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: «La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.
Lo primero que llama la atención de Auschwitz-Birkenau es el orden. La llanura rasa, el cielo bajo, la rectitud de las alambradas, la perfecta geometría de los barracones. Hasta ese momento el terror había sido producto del caos. La orgía revolucionaria, el fuego arrasador, el torbellino de la artillería, la carne trinchada por las bayonetas, los terrones destripados por las bombas.
El Madrid es el único club del mundo que ofrece más espectáculo cuando pierde. Precisamente porque la victoria del Madrid se da por sentada: es la dulce rutina y la feroz exigencia que Santiago Bernabéu inscribió en su naturaleza. Pero en esta ocasión, por primera vez en dos décadas, la crisis del Madrid se ha canalizado a través de un proceso electoral de los que hacen afición, nunca mejor dicho. La campaña ha tenido todo lo que le pedimos a una campaña: eslóganes brillantes, mentiras groseras, populismo desorejado, golpes de efecto, notarios atónitos, fichajes estelares, entrevistas contraprogramadas, ataques cruzados y teorías de la conspiración. La cosa ha quedado vista para la sentencia de los socios, que votarán este domingo por Florentino Pérez o por Enrique Riquelme.