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Las manos del PP fuera de MR

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Que Alexis Tsipras, fecundo en ardides, elija a la derecha nacionalista como socio de gobierno no habrá sorprendido tanto como que Rajoy eligiera a Aznar telonero de su fiesta. Al fin y al cabo el nacionalismo es un populismo con lindes; pero, por decirlo al homérico modo, ¿qué tiene que ver don Mariano, conductor de pueblos, con el presidente de honor del PP, de tremolante penacho? Aún más: ¿qué tiene que ver Rajoy con el PP? Estas preguntas podrían parecer tan retóricas como las que el mismo Aznar formuló a cuenta del paradero y las aspiraciones de su partido, pero ni unas ni otras lo son en absoluto.

Al compás de su desvelo por el déficit, Rajoy ha vaciado de ideología el centro derecha español hasta reducirlo a raspa tecnocrática. Sólo los más románticos pueden llamar hoy facha o retrógrado a don Mariano, cuyo corpus teórico cabe en la vitola de un Cohiba sin necesidad de miniarlo. Frente a Zapatero, que aún despedía vapores machadianos, Rajoy ya es un posmoderno puro, de un minimalismo casi vanguardista, que diserta en vídeos electorales sobre «la fuerza que te da hacer aquello que crees que debes hacer» y que nos dejaría paralizados si llamara a nuestro timbre, incapaces de decidir si truco o trato.

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Un Cristiano, una Mezquita y un milagro

Cristiano equivocándose en tres tiempos.

Cristiano equivocándose en tres tiempos.

No perdonamos a Cristiano que nos estropeara el cincuentenario de la muerte de Churchill con ese bofetón de diva agraviada que causó su expulsión. Si han de expulsarte que sea por un cabezazo en una final mundialista y porque te hayan mentado a la madre; reacción que, por lo demás, goza ahora de coartada vaticana. Se marchó luego el astro abrillantándose ese ego dolorido que llevaba cosido al escudo, sin reparar en que le daba hecha la homilía de la santa humildad a Sor Lucía Caram. Se viene semana de turre tertuliano por el gestito, astutamente captado por el realizador (el realizador es el más sibilino y madrugador de los líderes de opinión).

A Cristiano y a Sergio Ramos les debe el madridismo los últimos títulos como a ningún otro, y sin embargo se empeñan en poner a prueba la adoración más cerrada como esos genios que deciden pasar del folk contestatario a la guitarra eléctrica quizá porque les empalaga tanto amor. La mano de Ramos palmeó el cuero como si fuera un cajón flamenco, aunque la bola parecía venir rebotada de la pierna en la enésima repetición. El partido se ponía feo y don Carlo, que no es sir Winston, escupió en un plano el chicle -¡el realizador!- con tanta determinación que temblaron los cimientos de la Mezquita.

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Capitalismo en la intimidad

El marxismo es encontrar petróleo.

El marxismo es encontrar petróleo.

Si el roscón de Juan Carlos Monedero en casa de Carmen Lomana podía considerarse una blasfemia contra la lucha de clases, y la consultoría monoplaza atenta contra el noble principio de redistribución de la riqueza, su caché de muñidor del euro bolivariano oscila entre la cuquería de Amy Martin y la rumbosidad de lobillo de Wall Street. El capitalismo, en Podemos, ha de sufrirse en silencio, pero a Monedero le persigue el apellido como una condena de heterodoxia, y en su loca escapada de la coherencia -la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, dijo Emerson– va regando el retrovisor de dogmas marxistas en estado cadáver.

Podemos no ha necesitado un Suresnes para oficializar su viaje al centro, pues le basta alzar un dedo chupado al vent y fijar el rumbo por donde más sople la indignación de la audiencia. El problema es que a este alegre paso el viaje puede terminar en la Escuela de Chicago, dejando a Montoro varado en la socialdemocracia más transilvana.

Sostres vislumbra en Monedero el reverso satánico de la ouija bufa de Roncero, pero uno solo ve al logrero español de recia estirpe, el pícaro que susurraba a Llamazares hasta que pudo asesorar a Chávez: pasar de la exhausta antracita asturiana al oceánico petróleo venezolano no está al alcance de ningún tonto. Lo único que le pediríamos al camarada Monedero en su resuelta carrera hacia el título de don Juan Carlos, consultor internacional, es cierta simetría, siquiera estética: ya que le gusta pensar como un cubano pero vivir como un americano, bien podría renunciar a la aplicación inversa del lema para todos los que caemos fuera de los ceñidos límites de su empresa. O sea, la sociedad entera.

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Debutando en EL MUNDO

Cuando la noticia es el periodista, pese al sonrojo.

Cuando la noticia es el periodista, pese al sonrojo.

Escribo este post desde la redacción del periódico El Mundo. Literalmente, un sueño cumplido. La redacción es silenciosa, pulcra, moderna, y está llena de personas acogedoras, divertidas, con un colmillo retorcido que echaba mucho de menos. En la hora de la felicidad completa, es de justicia recordar a las personas que me han ayudado a llegar hasta aquí. Mi primera gratitud es para Casimiro, a quien espero a convencer de la bondad de su decisión. Citaré después a algunos mayores míos en el noble estamento de la columna que han sido muy generosos conmigo: David Gistau, Rubén Amón, el propio Jabois en cuyo ordenador me siento, Salvador Sostres, Arcadi Espada; y a amigos de periódicos de la competencia como Ignacio Ruiz Quintano y Hughes. Y, por supuesto, a Maite Alfageme. A todos debo algo que no sé si podré pagar.

Como sea, ahora se trata de escribir. Es lo malo de los fichajes, que no se quedan en el glamuroso estadio del anuncio: resulta que luego hay que trabajar. Trataré de vaciarme en este periódico con el que fantaseé, y lo sabes. Columnas, crónicas, reportajes, fútbol, política, cultura. Quizá menos o quizá más. Mantendré las estrictas colaboraciones en radio y tele de mi etapa nómada que me han autorizado: Radio Nacional, Real Madrid TV, Al Rojo Vivo. Se irá viendo, que diría don Mariano. Gracias a mis seguidores por su insensata fidelidad.

Aquí, mi primera columna.

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