
Camino del cole espartano.
Hemos entretenido la espera malaya de la dedocracia marianista con una bonita controversia sobre los deberes escolares. ¿Están imponiendo a nuestros niños demasiada tarea para casa? ¿Les estamos robando la infancia? ¿Cabe esperar que la vacuna del sida se aprenda jugando? Son cuestiones candentes en un país con índices rasantes de excelencia estudiantil que sin embargo no se pregunta cómo reconciliar a los cachorros de español con el conocimiento, sino cómo alejarlos aún con mayor dulzura de él.
Yo no tengo hijos, ni al paso que voy los tendré en la vida, pero semejante singularidad no empaña el recuerdo de los muchos años que pasé disciplinándome sobre un pupitre liliputiense. Todavía me parte un escalofrío cuando vuelvo a casa de mis padres y contemplo la silla y mesa donde quemé mis tiernas cejas rubias sobre librotes menos ilustrados que los de ahora. Todo lo bueno que me ha pasado se lo debo a aquellas tardes de condena, de seis a nueve, de lunes a viernes, más los trabajos ocasionales de domingo cumplidos bajo el único alivio del carrusel deportivo que mi hermano ponía en la radio. Aquello no distaba tanto del modelo que imperaba en Esparta, donde los bebés pasaban la selectividad la primera noche de su nacimiento: se les dejaba a la intemperie, y si a la mañana siguiente seguían respirando, obtenían plaza en la universidad de la vida. A los siete años los papás entregaban a la criatura al Estado, que los educaba -cuenta Plutarco– «procurando hacerlos espléndidos en su figura, fáciles de alimentar y no melindrosos, imperturbables ante la tiniebla, sin miedo a la soledad y nunca incómodos y fastidiosos con sus lloros». Ganaron la guerra a Atenas, claro. Como Wellington comenzó a ganar Waterloo desde los campos de criquet de Eton.




El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.







