Archivo de la categoría: El Mundo

Talismán Arcadi

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Road to Milano.

A Borges no le gustaba demasiado el fútbol porque en toda emoción colectiva veía algo indigno. Así empezó el párrafo de una columna en Clarín a propósito de la fiebre del 78: «En un certamen de fútbol, apodado el Mundial, las autoridades repartieron ropa a la gente, para que los turistas no advirtieran que hay pobres en Buenos Aires». Pobres, ricos, fútbol, columnas y emociones colectivas: no se me ocurrió menú más adecuado que servir a Arcadi Espada, catalán, madridista y nostálgico oficial de Benzema que, sin embargo, jamás había pisado el Bernabéu.

-Eso podemos arreglarlo -prometí.

Pudimos de un modo algo aparatoso: nos sentaron en la fila de Rafa Nadal, cuya paciencia con los selfies merecería puntuar para la ATP. El palco del Bernabéu es un ámbito legendario poblado por criaturas mitológicas que resfrían el IBEX con un estornudo, prenden los puros con billetes prohibidos y componen con la imaginación editoriales sobre acontecimientos que todavía no han provocado. La sala tiene algo de onírica, pues en pocos metros coexisten con naturalidad embajadores y deportistas, jequesas y constructores, Margallo y Cebrián, José Mercé y Cristina Cifuentes, Méndez de Vigo -no confundir con Jorge Mendes, que también estaba- e Isabel Tocino, Djokovic e incluso Florentino Pérez, que nos confirmó que Murray no había podido venir (Murray es del Barça). La media de edad es alta y la media cromática de pelo es cana. El sector glorias nacionales parece testimoniar con su presencia el señorío del club: de Luis del Olmo a Luis María Anson -siempre en forma: un ojo en el canapé, otro en la azafata-, de Lorenzo Sanz a Ronaldo Nazario, que parecía el único interesado en el partido: alternó lo justo y se fue derecho a su localidad. En el Buddah lo hacía al revés.

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6 mayo, 2016 · 10:26

Réquiem por Sánchez

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Dead man walking.

Tenemos ya el recuerdo de aquel verano de 2016 en que el PSOE depuso a Pedro Sánchez. El que mejor lo recuerda es el propio depuesto, quien venciendo la nostalgia hizo el sábado acopio de desesperación para pedir a los suyos -es un decir- «unidad y confianza» porque ahora sí, ahora va a ganar las elecciones. El oficio de candidato comparte dureza con el de adúltero cuando toca impostar ilusión en casa. Pero don Pedro ya sólo transparenta derrota: la boca expende consignas mientras el cuerpo yace bajo los cuchillos de julio que hasta entonces afilan los conjurados.

Pero Sánchez no caerá tanto por el sorpasso como por su miedo al sorpasso. Que no está claro que se vaya a producir, porque don Iglesias, ese hombre que cada noche se encarama al pedestal vacío de la plaza de Colón para admirarse a sí mismo por descubrir nuevos territorios donde hacer el indio, ha causado ya un número inocultable de decepciones. Razón de que eche mano al botín del millón de IU, aquellos pringaos de la banderita. Cuando Sánchez observa a su izquierda los avances de esta negociación, se le ponen ojos de Boabdil. El todavía líder del PSOE no ha sabido defender el legado de la socialdemocracia ilustrada con la virilidad que su apostura prometía. Al contrario, asumió el papel de doña Inés suspirando por la visita fecundante del Tenorio de Vallecas. La escena resulta insoportable para el orgullo del viejo socialista, tipo Nicolás Redondo, tanto como para sus narices de votante.

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Me entrevistan dos jóvenes periodistas de Valladolid, en quienes llamea la vocación

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4 mayo, 2016 · 15:52

Por qué un pobre vota al PP

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El vídeo pepero de los moteros: el primero bueno que hicieron.

Nuestra democracia ha devenido un tapete del que participan crédulos y tahúres, pero donde nadie es inocente. No lo son los jefes de partido, pero tampoco sus votantes. Un análisis honesto de lo que el ‘Times’ llama «circo» no prescindirá de un reparto de culpas bien calibradas. Es el ejercicio que plantea ‘El jurado’, adaptación teatral de ‘Doce hombres sin piedad’ que se representa en Matadero. Nueve ciudadanos que cubren los estereotipos más cuajados de nuestra sociedad se reúnen para emitir un veredicto sobre la culpabilidad de un presidente autonómico procesado por corrupción. En el cohecho propio que se le imputa adivinamos muchos titulares de estos años, combustible de la indignación que prendió plazas, alumbró siglas y dinamitó el turnismo bipartidista. O eso parecía. Porque esta revolución comprada en los chinos -la nueva política ha durado lo que tardó el primer alcalde del cambio en colocar a su cuñada- ha completado su giro hasta devolver el juego a la casilla original: con Rajoy como aspirante más sólido a presidente.

Las mesas de la tele diseccionan amorosamente las corruptelas del PP, con los tertulianos más incisivos en el papel de anatomistas de Rembrandt. Cuando a mí me sientan a una de esas mesas, últimamente me da por pensar -una vez incluso lo pensé en voz alta- por qué el contribuyente, pese a tanta podredumbre a la vista, sigue prefiriendo la corrupción al populismo. Pues es un hecho que lo hacen, y la demoscopia dice que lo harán más. Esta pregunta se redondea con otra, ya clásica: ¿por qué hay obreros que votan a la derecha? Perplejidad que a su vez se resuelve con ese gracejo divino que brinda la superioridad moral: eres más tonto que un obrero de derechas. Y sin embargo no hay siete millones y medio de pijos en España. Y si los hay, buena parte vota a la izquierda, sea por tradición sentimental o por esnobismo, como quien causa sensación en el ‘lounge-bar’ con su foulard morado. Se entiende mejor el voto de los ricos a Podemos -un rico se habitúa con mayor facilidad al despilfarro- que el descubrimiento de que un pobre vota al PP. Y no basta, a estas alturas, con esgrimir el catecismo comunista, epígrafe cuatro versículo siete, según el cual les falta formación para despertar su conciencia de clase, porque los vídeos catequéticos de Hispan TV se ofrecen gratis por YouTube.

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Literatura y política en el Parnasillo: el bloqueo actual a ojos de Cervantes y Shakespeare

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29 abril, 2016 · 10:56

Milán puede esperar

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A un paso ya.

Un partido entre el City y el Madrid, en plena fiebre de los papeles de Panamá, tiene algo de provocación. Ambas plantillas acumulan obscenidad financiera como para desaconsejar su visionado sin consultar primero a las bases. Venciendo la repulsa que nos inspira ver a niños posando tan cerca de capitalistas depravados a medio vestir, nos sentamos a tolerar el espectáculo con una decepción previa: la baja de Cristiano. Lo suyo no se entiende como no se trate de la más audaz de las estrategias publicitarias, que es la del dandi: si un esnob es el primero al que invitan a una fiesta, un dandi es el primero al que echan de ella. El dandismo de Cristiano, en todo caso, nos parece una temeridad, aunque ejerció sobre Benzema tal magnetismo que el francés se quedó también fuera en el descanso. La facturación sobre el césped se volvía más terrenal: así se gana el cariño del Vaticano, que el color ya lo tenemos.

A cambio estaba Casemiro, que en el medio del campo protagoniza relaciones reguladas por el uso alternativo del derecho, cuando no por el tablón de anuncios del Patio Maravillas. Modric y Kroos se quedaron vigilando las esquinas de la zona para cegar las salidas celestes (esto parece un verso de Blake), normalmente ejecutadas por De Bruyne, un albino endemoniado como los que persiguen en las tribus africanas. Tanta preocupación defensiva alejaba a los mediapuntas de la zona erógena y reducía el partido a un tacticismo mineral, una prudencia marianista: todo se fiaba a la vuelta. Solo Lucas representaba a veces lo imprevisible; al contrario que Ramos, de quien esperamos una falta a destiempo como de mayo la alergia y de junio los escotes.

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27 abril, 2016 · 11:39

Berrea, berrea

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Precampaña.

Los venados del Pardo, que llevan visto mucho y ya nada les sorprende, apenas levantarán hoy la cerviz de la hierba para ver pasar los coches de los jefes de partido camino de la Zarzuela. Al ciervo común (cervus elaphus) le preocupa ahora desarrollar la cuerna lo suficiente como para llegar orgulloso y puntiagudo a las justas sexuales de septiembre, que se parecerían más a unas primarias si los candidatos tuvieran la nobleza de acometerse de frente. Eso sí, ambas especies garantizan berrea en sus respectivos rituales. «¡Berrea, berrea!», cantan los chiquilicuatres de la política.

El tercer desfile zarzuelesco de nuestros líderes pone un epílogo bochornoso a cuatro meses de impotencia y sectarismo, al mismo tiempo que lanza oficialmente una precampaña no menos prescindible. Uno se resiste a secundar los tópicos del esencialismo hispano, pero la carcajada de Luis de Guindos ante la sugerencia del muy holandés presidente del Eurogrupo de que España forme una coalición de izquierda y derecha (jajaja) invita a tomarse en serio la vigencia del cainismo nacional. La propuesta de un independiente de consenso, formulada a última hora por Rivera, no deja de ser una quijotada que quizá le agradezca conmovida la parte del electorado que aún no está completamente hastiada.

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25 abril, 2016 · 12:48

ZZ contra los narcisos

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«Cómo no voy a sonreír, si soy Zidane».

Le preguntan a Zidane si se arrepiente de poner tanto a Cristiano, o de reservarle tan poco. Ante semejante cuestionamiento de su criterio cualquier entrenador -qué tiempos aquellos en que sólo lo hacía Mourinho– como mínimo habría inquirido por el nombre del periodista, estilo Pablemos, pero Zidane va y contesta que sí, que qué quieres que te diga. Si el riesgo comporta que se te lesione el crack pues me arrepiento a veces, claro.

Se lo vuelven a preguntar en la siguiente rueda de prensa, que si está seguro. Y responde que Cristiano es intocable porque sus números cantan, pero que debe dar banquillo a su ansia estadística porque si fuera por el interesado jugaría desde el hospital. Entre medias ha mediado un razonamiento impecable y un parte médico de leve sobrecarga. Matemáticas, razón, ciencia: he aquí las armas limpias con las que Zidane se enfrenta a la prensa.

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23 abril, 2016 · 13:47

La izquierda parvularia

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«Te estamos buscando».

Que la derecha renuncie al voto joven me parece lamentable, y así se lo dije a Rajoy la última vez que lo vi. Pero que la izquierda, de la más europea a la más tropical, se una para pedir la rebaja de la edad mínima del votante hasta los 16 años delata una sospecha respecto del uso de razón que sume en la melancolía a los espectros de Voltaire, Diderot, Constant y otros padres ilustrados. Hubo un tiempo en que la izquierda reivindicaba el legado kantiano que proclamó la mayoría de edad del hombre, el alba de un tiempo en que la luz horadaría las tinieblas del mito y toda superstición quedaría abolida. Pero desde que cayó el Muro la izquierda no para de involucionar, hasta acabar tocando el extremo de la reacción más negra, como esos cuperos manresanos que luchan contra el tampón imperialista recomendando esponjas marinas a sus buenas salvajes o compresas de paño como las que ponían a tender nuestras sufridas bisabuelas.

Se dice que quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón, y que quien sigue siéndolo en la madurez no tiene cabeza. En la sentencia viaja implícito un sólido prejuicio: que uno se hace de izquierdas obedeciendo a resortes sentimentales, no después de someter el mundo a un análisis racional. No pocos filósofos han debatido sobre el origen de la ética, ubicándolo en el fellow-feeling, el impulso solidario de Hume, o bien en la razón práctica, como prefería Kant. Hasta que llegaron los neurocientíficos y constataron que el auriga de dos caballos de Platón era eso, mero platonismo, y que en realidad emoción y raciocinio andan bastante revueltos. Y sin embargo vivimos en un régimen glandular que despeja toda consulta directa a las hormonas mientras desacredita al córtex, órgano encargado de aguarle la fiesta al manipulador emocional; que jibariza la palabra hasta los 140 caracteres, mientras remunera con lujo las capciosas operaciones de la industria audiovisual; que extiende la adolescencia hasta la treintena; y que espectaculariza la política para no tener que estudiar su árida codificación de siglos.

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22 abril, 2016 · 16:00

Otro quijote en Moncloa

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Quijotillo (izquierda) contra molino (derecha).

Hasta don Mariano, retén analógico de Eurasia, ha terminado por rendirse a la política de gestos, cuyo último estadio consiste en el obsequio con mensaje, preferiblemente un libro o una serie de televisión. Tampoco debemos ser muy críticos con su modernidad súbita: si Isabel II, que ha cumplido 90 años y supera el medio siglo de reinado, puede inaugurar unas Olimpiadas tirándose en paracaídas desde el avión de James Bond, no creemos que la Civilización se tambalee por el hecho de que Rajoy reciba al presidente Puigdemont con el correspondiente regalo para la galería. Y menos si el libro elegido es el Quijote, ya saben, ese título polvoriento que dio nombre en España a una exitosa marca de membrillos.

Que el volumen escogido no sea la novela completa sino solo la segunda parte es una genialidad que habría merecido culminarse con otra: entregarle el libro, saludar a las cámaras, darse la vuelta y perderse en el interior de La Moncloa dejando al presidente de la Generalitat en el umbral -ese umbral metafórico de la ley que Puigdemont no sabe si traspasar-, con toda la tarde para sumergirse en tan provechosa lectura. Porque el Quijote II encierra lecciones no mejorables por una conversación protocolaria. Porque el Quijote II escribe entre tantas otras la historia misma del Procés, con su principio demencial y su final cantado de cordura recobrada. Si Alonso el Bueno descubre en esas páginas los límites de su sinrazón al ser derrotado en la playa de Barcelona, la gran quijotada que supone el independentismo catalán retornará a la senda constitucional en cuanto Europa, las urnas, la división interna o el mero desgaste que produce el ridículo desmonten del todo el tinglado de la cansina farsa. Esto es lo que habría querido decirle don Mariano al presidente de la Generalitat si don Mariano conociera la facundia de la nueva política, que no es el caso.

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21 abril, 2016 · 15:53