
A un paso ya.
Un partido entre el City y el Madrid, en plena fiebre de los papeles de Panamá, tiene algo de provocación. Ambas plantillas acumulan obscenidad financiera como para desaconsejar su visionado sin consultar primero a las bases. Venciendo la repulsa que nos inspira ver a niños posando tan cerca de capitalistas depravados a medio vestir, nos sentamos a tolerar el espectáculo con una decepción previa: la baja de Cristiano. Lo suyo no se entiende como no se trate de la más audaz de las estrategias publicitarias, que es la del dandi: si un esnob es el primero al que invitan a una fiesta, un dandi es el primero al que echan de ella. El dandismo de Cristiano, en todo caso, nos parece una temeridad, aunque ejerció sobre Benzema tal magnetismo que el francés se quedó también fuera en el descanso. La facturación sobre el césped se volvía más terrenal: así se gana el cariño del Vaticano, que el color ya lo tenemos.
A cambio estaba Casemiro, que en el medio del campo protagoniza relaciones reguladas por el uso alternativo del derecho, cuando no por el tablón de anuncios del Patio Maravillas. Modric y Kroos se quedaron vigilando las esquinas de la zona para cegar las salidas celestes (esto parece un verso de Blake), normalmente ejecutadas por De Bruyne, un albino endemoniado como los que persiguen en las tribus africanas. Tanta preocupación defensiva alejaba a los mediapuntas de la zona erógena y reducía el partido a un tacticismo mineral, una prudencia marianista: todo se fiaba a la vuelta. Solo Lucas representaba a veces lo imprevisible; al contrario que Ramos, de quien esperamos una falta a destiempo como de mayo la alergia y de junio los escotes.