Archivo de la categoría: El Mundo

Apoye a un imputado por Navidad

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Y se hacen la foto frente a la sede de la soberanía contra la que conspiran, madre.

El Hotel Villa Real exhibe una coqueta selección de antigüedades romanas entre las cuales destacan unos vistosos mosaicos. No cabe sino reconocer la coherencia del lugar elegido para la reunión que ayer convocó allí a las teselas más coloridas del Estado plural, desde Bildu hasta En Marea, de Artur Mas a don Gabriel Rufián.

Acudían a suplicar contra el suplicatorio que el Congreso votaba por la tarde para infortunio de Francesc Homs, procesado por desobediencia. No se trataba sólo del entrañable apoyo a un imputado por Navidad, sucedáneo del pobre de Berlanga, sino de desahogar el sentimiento premoderno que opone la democracia a la ley, la excepción a la norma, el privilegio a la igualdad, el Ejecutivo al Judicial, el Medievo a la Ilustración. La tribu a Roma.

Lo expresó muy bien don Artur, algo más canoso pero aún dueño de esa oratoria silbante que alarga las eses finales lo mismo que los soberanismos alicaídos: «Van a permitir que un político sea juzgado por escuchar a la gente. Es una sinrazón y una vergüenza para España entera». Siempre que Mas dice España, algo cálido y punzante nos recorre la piel interior, algo como un chupito. Luego interpeló al PSOE en un rizo de demagogia singularmente espumoso: «¿Es digno hacer presidente a Rajoy y permitir que se juzgue a Homs?».

Tomó luego la palabra el vate Llach, desprovisto de vihuela, para alertarnos contra la baja calidad de nuestra democracia. «La ley no es sinónimo de justicia», aseguró. Y puso como ejemplo el franquismo, pudiendo haber evocado la expulsión de los moriscos, la batalla de Farsalia o cualquier otra iniquidad histórica. Salió al quite Maite Beitialarrangoitia, de dicción tan pedregosa como las canteras de su tierra: «Añoran el colonialismo», decretó. Aitor Esteban protagonizó un interludio más técnico, pero enseguida retomó la elegiaca letanía Alexandra Fernández, cuya marea no es precisamente de conocimientos jurídicos. Porque cargaban todos contra la judicialización de la política, que es como amonestar al agente que nos multa por exceso de velocidad por judicializar nuestra conducción.

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23 noviembre, 2016 · 15:49

El mito de la Transición

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Torcuato, el guionista, y Adolfo, el intérprete.

Hace tiempo que la Transición murió de éxito, pero aun después de muerta sigue reconciliando a los españoles. Sólo que ahora los reconcilia en el desprecio transversal a la difunta. El último consenso emanado del cuerpo insepulto de Santa Transición es un revisionismo impugnatorio que ejercen la izquierda adánica y la derecha matusalénica. Ambas rezongan que la Transición está mitificada, y llevan razón.

Para el podemita paranoide, el 78 fue un apaño elitista del que el pueblo estuvo excluido. Y es verdad, básicamente porque el pueblo, como sujeto histórico, no existe. La Historia la escriben individuos de gran determinación apoyados por grupos de fuerza muy concretos. El pueblo fue arrastrado a la Guerra Civil por ellos, y a la dictadura por ellos, y la Democracia por ellos. Lo que cambia es la catadura de las élites en cada momento, y todos tuvimos la suerte de que las élites de los 70 fueran más presentables que las de ahora. Nunca el establishment estuvo tan barato, queridos conspiradores. Así que la cursi reflexividad del sintagma «nos dimos una Constitución» es, efectivamente, un mito. Nos la dieron a votar, más bien, y por fortuna los españoles votaron lo que les convenía, a la vista del abismo de prosperidad que separa el país de entonces y el de hoy. Para el conservador pedernal, por su parte, el 78 fue una traición a las esencias espirituales de España. Pero su pérdida también es un mito: nuestro proverbial espíritu de contradicción goza de salud vigorosa en el Parlamento y en Twitter.

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21 noviembre, 2016 · 10:17

La cripta colchonera

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Sin pose no hay paraíso.

El Calderón siempre tuvo algo de templo para fieles de la teología de la liberación, y en el día de su último derbi liguero no iba a contradecir su vocación. Ir al campo del Manzanares convalida por una eucaristía de clase donde el sermón siempre versa sobre el cuarto mandamiento: honrarás a tu padre preguntándole por qué somos del Atleti. Ha sido el estadio paternofilial por antonomasia, el lugar en el que un padre toma conciencia de serlo iniciando a su hijo en las verdades morales de la existencia y previniéndole contra las injusticias del poder establecido, es decir, las victorias del Real Madrid. Un club, este, sin padres ni hijos a los que acompañar al fútbol, se conoce.

Sin embargo el relato pedagógico se agrieta cuando uno atiende a la clase de juego propuesto por los aguerridos muchachos de Simeone. Repartió tanta estopa el Atleti que ya nadie confía en que Méndez de Vigo llame al profe Ortega para participar en el pacto de Estado por la educación. En la otra orilla, sin dejar de sonreír, Zidane había vuelto a demostrar que manda más de lo que aparenta, dejando en el banco a los galácticos Ramos y Benzema y apostando por los meritorios Lucas y Nacho. Era la razón francesa frente a la emoción latinoché, que se licuaba de nostalgia alineando a Torres.

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El bueno (Felipe VI), el feo (Fernández Díaz) y el malo (Cañamero) en La Linterna de COPE

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20 noviembre, 2016 · 13:52

Democracia microondas

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Aquí, demócrata.

La política ya no nos calienta el corazón. La frialdad de la tecnocracia acerca el invierno de nuestro descontento electoral. La gestión del poder ha alcanzado tal grado de racionalismo que hiela la sangre de los nostálgicos, del mismo modo que la Ilustración agredía las conciencias feudales. Un creciente número de votantes toma por despotismo ilustrado el orden socioliberal que desde la posguerra rige Occidente y hace progresar a Oriente con la higiene y el desencanto de la aritmética. Contra esa asepsia ideológica se levantan los desclasados, los ofendidos, los interesados en consolar su apocalipsis personal con uno colectivo. Los que preferirían que China se mantuviera sólidamente tercermundista para que Trevor, tosco pero buen chico, pudiera seguir cobrando lo que cobraba por ensamblar coches en Detroit. Piden más democracia. Piden que se consulte más al pueblo. Y sus dirigentes, víctimas medrosas de su propio antiintelectualismo, cumplen el deseo plebiscitario de paso que transfieren su responsabilidad al pueblo, sin sentirse obligados a transferirle también el salario.

Una epidemia referendista ataca barrios, prende regiones y escala hasta los Estados. La idea es tan simple que duele que haya humanos que se resistan a su redondez lógica: votar más nos hará más demócratas. No hay que temer a la democracia. Votándolas, las decisiones de gobierno ganan legitimidad. Y otras inmundicias mentales por el estilo. Es la democracia microondas: calienta pero no cocina.

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18 noviembre, 2016 · 16:18

Si envidias, loterías

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La mirada del infeliz.

A usted ya le han informado en la oficina de que puede comprar lotería de Navidad. Está disponible un número que los improvisados cabalistas de su departamento estiman prometedor, e incluso «bonito». Usted va a dedicar unos minutos fugaces a sopesar la posibilidad de no comprarlo esta vez, porque usted, sin ser un experto en cálculo estadístico, es perfectamente consciente de que este año tampoco va a tocar. Pero usted va a regresar muy pronto de ese melancólico rapto de sensatez y va acabar comprando el décimo de lotería como todo hijo de vecino, por una poderosa razón que nada tiene que ver con la esperanza de hacerse millonario. Usted lo comprará porque sabe que no soportaría la felicidad de los demás en el remotísimo caso de que tocase. Para vivir quizá ni siquiera necesitemos el dinero, pero desde luego necesitamos el honor.

Los politólogos, los moralistas y, por supuesto, los encuestadores soslayan esta sencilla verdad de carácter más espiritual que material: que todos dedicamos los mayores esfuerzos de nuestra vida a que no nos tomen por gilipollas. A que de nosotros no se ría ni nuestro padre. A que el mal, ya que existe, sea de muchos para consuelo de tontos. Por eso el populismo ha eclosionado cuando lo peor de la recesión mundial ya pasó: uno enmudece y aguanta mientras sopla el huracán, pero no soporta que la bonanza llegue antes a su vecino. Es la desigualdad en la recuperación y no la intensidad de la crisis lo que nos saca de quicio al punto de votar al marido de doña Melania.

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El bueno, el feo y el malo de la semana en La Linterna de COPE solo podía ser uno: Trump

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14 noviembre, 2016 · 12:26

Y Trump es su profeta

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El pesebre de Belén resulta que estaba en la Torre Trump.

Ya que nos pronostican la caída del Imperio Romano habrá que releer a quien la contó primero. Gibbon pensaba que el declive de las civilizaciones viene anunciado por el de las religiones, que en Roma cumplían papeles distintos según el observador: el pueblo creía que todas eran verdaderas, el filósofo que eran todas falsas y el político que eran todas útiles. Muerto Dios y amenazado el humanismo, nace la última superstición de Occidente: el culto a la sociedad, que se deifica a sí misma en el altar de la tecnología. A esta eucaristía cotidiana que convierte el pan duro del precariado en cuerpo revolucionario los nuevos sacerdotes la llaman empoderamiento. Salid a las redes, apóstoles del clic, y difundid por todo el mundo el evangelio populista.

También el cristianismo nació como una religión de pobres contra el politeísmo de los ricos y acabó convenciendo a Constantino. Desde el pasado martes tenemos un emperador que ya profesa la fe rabiosamente verdadera. ¿Cómo pudo suceder? No hay historia más vieja. Tampoco ahora los bárbaros provienen del otro lado del muro, sino de las catacumbas del propio imperio. Tenía que ser un rabino, el agudo Jonathan Sacks, quien esclareciera la entraña religiosa del fenómeno populista. Dice Sacks que el individuo occidental ha externalizado su conciencia. Ha transferido todas sus competencias al Estado y al mercado. Y durante medio siglo el demoliberalismo cumplió el contrato. Pero también generó una expectativa de prosperidad constante que la globalización y la digitalización han quebrado. Para entonces, el individuo se encuentra tan infantilizado que ya no sabe gobernarse a sí mismo, ni corresponsabilizarse de ningún fracaso. Antes al contrario: se vuelca en la cultura de la queja, cuya última estación es la patada al sistema y el aplauso pavloviano al último oportunista televisivo. Su reacción no es cerebral sino visceral, abonada por la nostalgia de una triple pérdida: de poder adquisitivo, pero también de poder identitario en una sociedad plural y de poder lingüístico bajo la asfixia de la corrección política. Nuestro individuo está acostumbrado a esperar de la política lo que sólo la magia puede dar, pero nunca falta en esta vida un homeópata elocuente. Hay magos de extrema derecha, que prometen regresar a una edad dorada que nunca existió. Y hay magos de extrema izquierda, que sacrifican la vida (de los otros) a un futuro utópico que nunca existirá.

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11 noviembre, 2016 · 12:32

Trump no es Trump

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Él te salvará.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

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7 noviembre, 2016 · 11:43

La mano invisible de Zidane

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El librillo de Zidane.

Lleva mucha razón Orfeo Suárez cuando advierte que Zidane no persigue un equipo de autor. Zidane es un entrenador sin sello propio, lo cual es un ejemplo de modestia desconcertante en un tiempo en que la filosofía se abarata hasta confundirse con la frase de galleta china. Hoy basta cierta afición a emborronar pizarras y un deje de logorrea porteña para engrosar el panteón del idealismo trascendental, entre Kant y Fichte. El sonriente Zidane no tiene filosofía, y lo reconoce. Pero tiene otra cosa, que también señalaba Orfeo: la coartada de una timidez que distiende tanto un vestuario superpoblado de dioses como una sala de prensa erizada de demonios. Con esa virtud y la plantilla del Real Madrid se puede ganar no una, sino varias copas de Europa.

El contrapunto es una de las reglas más eficaces del arte. A un club convulso por naturaleza y por historia le conviene un entrenador hipotenso, lo que no significa manejable. La autoridad de Zidane ya se ha probado en los casos de Cristiano, James o Isco, y mantiene con Florentino (mayúscula) un equilibrio florentino (minúscula) entre comunicación y autonomía que solo al francés se le permite. Cuando se equivoca no sólo lo reconoce en el micrófono sino a menudo en el descanso. Entonces saca a Lucas Vázquez.

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En el tiroteo semanal de La Linterna de COPE el bueno es Méndez de Vigo, los feos son Margallo y Fernández Díaz y el malo es Ramón Espinar

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6 noviembre, 2016 · 17:24