
Cuando está mal, tres goles.
La tarde estaba de abstenciones. El PSOE se abstuvo para investir a Rajoy y el Real Madrid se abstuvo de jugar bien al fútbol para ganar al Alavés: en ocasiones el camino más directo para llegar al liderato es la abstención. El fútbol, nos tememos, no regresará al Madrid hasta que no se cure Luka Modric, pero eso no significa que el líder conceda a los rivales otra salida que el llanto sobre la oportunidad desperdiciada. Llora como Sánchez lo que no supiste defender a domicilio.
No es que Kovacic, cuya frontalidad temeraria delata su origen balcánico, hiciera un mal partido: su talento aflora con cierto nerviosismo, porque jugar sin Casemiro es confiar demasiado el balón a la geometría variable. Para colmo se lesionó Pepe. El equipo se va quedando sin carácter. ¿Un guiño a la era del consenso? A cambio nos queda Isco, que venía jugando bien, aunque sigue sin distinguir entre control y avaricia.
La blandura daliniana de la zaga madridista, culminada por la salida en vendimia de Keylor, propició el gol de Deyverson. El penalti que a continuación establecería el empate fue muy discutido, como a veces en las tertulias discutimos sobre el capitalismo o la democracia representativa, como si existieran alternativas legales. Fue penal y fue gol, y aun marcaría Cristiano el segundo con fortuna. Mientras CR siga siendo ese jugador al que se reprocha marcar solo tres goles para lo que pudo hacer, el madridismo debería conservar la paz de espíritu. Todavía fallaría otro penalti, lo cual no es grave mientras Morata haya salido al campo entretanto. Morata es el vaso comunicante que recibe la pegada perdida de la BBC: lo importante es que nada se derroche. Pero Cristiano quería el triplete y lo encontró, porque quien busca encuentra y quien dimite pierde la titularidad en favor de la gestora.

El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.










