
Sea posmoderno, derogue la responsabilidad.
Usted, naturalmente, está harto de este mundo, que le parece invivible. Usted tiene poderosas razones para desear cambiarlo, porque una exótica fe le ha convencido de que es más fácil cambiar el mundo que cambiarse a sí mismo, y una infundada esperanza le persuade de que su posición mejorará con el cambio. Usted calienta su fantasía admirando a revolucionarios históricos que voltearon las condiciones objetivas de su tiempo. Por debilidad poética, y al contrario que los buenos narradores, glorifica los principios y olvida los finales, porque al revolucionario le inspira la excitante destrucción del presente, no la trabajosa edificación del futuro. Que tiene la ventaja de que nunca llega, así que todo sacrificio en su nombre está justificado. Usted vive en el siglo de los sacrificios baratos, pero deberá poner algo de su parte para triunfar.
Los revolucionarios modernos reclamaban libertad, es decir, la capacidad de hacerse cargo de sí mismos. Pero la autonomía individual resultó una pesada carga, de modo que las revoluciones posmodernas añoran la tribu. Libérese de la libertad. Su causa será viral si implica la abolición de la responsabilidad. Quién quiere ser libre si serlo limita la empoderadora industria de la queja. Usted es posmoderno: odia responsabilizarse de sus propias decisiones, y por tanto de sus fracasos intransferibles. Examinar la propia conciencia anula la revolución, pero examinar la ajena la desata. Evite examinarse. La autocrítica ya se la harán camaradas más ambiciosos que usted.
Vuelve El bueno (Tomás Burgos), el feo (la memoria histórica del PSOE) y el malo (Puigdemont)
Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Se dice que nos encaminamos a una edad dorada de la censura, y quizá sea cierto, pero solo porque venimos de una edad dorada de la libertad. La censura nace de la libertad en el mismo sentido en que la primera causa del divorcio es el matrimonio. El amor se nos rompe de tanto usarlo, y la libertad ejercida sin coste termina aburriéndonos y echándonos a los apasionados brazos de la servidumbre. La carrera de Santiago Sierra cuenta la historia de un hombre libre empeñado en dejar de serlo por un instante y cobrar por el efímero sacrificio. Necesita para ello la colaboración del público, como los magos: necesita la azafata con lentejuelas de la susceptibilidad y, en los éxitos más sonados, que el empresario le cierre el teatro. Necesita desesperadamente que alguien impresionable, en algún lugar, le coarte. Planea esmeradas provocaciones que le reporten el infinito placer que experimenta no cuando es libre, sino cuando es censurado; o al menos cuando lo parece, pues es en la publicidad donde reside el negocio. A nadie se le escapa la naturaleza masoquista de su pulsión, pero el dolor queda paliado por las riadas de dinero que amasa en el proceso gracias al lucrativo escándalo de los burgueses. Es un mecanismo muy antiguo, pero no ha perdido eficacia. La censura en Arco ha sido, sin duda, su obra maestra.



Mira que lo del Real Madrid en las noches de Champions ya no debería cogernos por sorpresa. Mira que llevan siglos los poetas advirtiéndonos de que la muerte y el amor son la misma cosa. Pero no lo habíamos entendido del todo hasta ayer, con el Bernabéu oscilando entre el sexo y la ceniza, entre San Valentín y la Cuaresma. Finalmente el Madrid se ajustó a los cánones litúrgicos y pasó de la penitencia a la resurrección, como suele hacer varias veces en una misma eliminatoria.





