
Ministro en la luna.
Me dice Torreblanca que teme salir a la calle por si le cae un ministro encima, y yo le entiendo. Desde que alguien cantaba que están lloviendo hombres, aleluya, las precipitaciones se han vuelto más paritarias y es posible que pronto nos llueva una ministra de Justicia, seguida de un astronauta, o al revés. Lo del astronauta tiene más sentido porque su lugar es el espacio, pero en el caso de Pedro Duque no es necesario irse tan lejos: él solo se ha caído de un guindo. ¿Alrededor de qué luna de ingenuidad orbitaba Duque cuando se dejó convencer por algún echador de cartas pasado de adicción a HBO de que tenía algo que ganar alunizando en el Gobierno de Pedro Sánchez? Recordarán ustedes el sulfúrico epitafio que Gore Vidal vertió sobre la tumba del autor de A sangre fría: «Con su muerte, Capote imprime un interesante giro a su carrera». Con su fichaje por Sánchez, la nave del prestigio de Duque experimentó el súbito tirón de la gravedad, se puso al rojo cuando atravesó la atmósfera mediática en su caída y hoy reposa ya en el fondo legamoso de la política como otro juguete roto por la melancolía: un Buzz Lightyear al que nadie avisó de que el infinito no cabe en 84 escaños.
Nuestro man on the moon nos conmovió a todos con su comparecencia estelar. ¿A qué se debe la mezcla de conmiseración y desasosiego que sus balbuceos despertaron en el corazón del ciudadano educado en la lengua impávida del político profesional? Se debe a la obscena contemplación de la víctima de un engaño cuando el truco se desvela : una elemental empatía nos ruboriza cuando descubrimos que los ministros de Sánchez también montan sociedades para pagar menos impuestos. Pero de esa vergüenza ajena pasamos enseguida a la propia: ya no sentimos pena de Duque sino de nosotros mismos, tan estafados como él por el Gobierno de la Dignidad. Nos prometieron el fin de una época ominosa y el amanecer de la regeneración, pero cuando abrimos el paquete de Moncloa Exprés nos encontramos a un doctor manufacturado en un ministerio, a un grupo parlamentario que atropella al Legislativo, a una fiscal garantizando el éxito del puticlub de un extorsionador y a una vicepresidenta que aspira a tapar la caja de la prensa para que los clientes no adviertan la estafa.
Cuando las cosas se ponen feas, Pedro Sánchez se sube a un avión y pone tierra de por medio. Como la fealdad de las cosas es el estado por defecto de este Gobierno incongruente y ficticio, Sánchez se pasa la vida subido al avión de Estado, aparato que le brinda la cálida sensación de poder que el Parlamento le niega, razón de que planeara saltárselo como querría saltarse el Supremo. Al fin y al cabo, ¿qué es un magistrado visto desde las alturas más que una mota negra con puñetas? ¿Qué es la oposición más que una falange obstruccionista a juicio de los editoriales de progreso? Si una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol, a ver por qué el aéreo Sánchez no va a poder gobernar España sin bajarse del Falcon. El suelo es para los mortales, y los escaños están sobrevalorados cuando te descubres en la foto ayer con Trudeau, hoy con Trump y mañana en Cuba. No está nada mal para un concejal ágrafo reconvertido en un laboratorio de Industria al que, como susurra un diputado susanista, «se le nota que nunca tuvo que hablar demasiado para ligar». Para qué dar explicaciones si puedes volar gratis.











