Archivo mensual: agosto 2015

Ruta Quijote VI: Síntomas de locura… o de idealismo

El hombre eterno.

El hombre eterno.

Para llegar a Ciudad Real decido atravesar las Tablas de Daimiel, siguiendo el curso inapresable del Guadiana. Es un paraje alucinógeno. Hay que cruzarlo despacio y permitir que dos caballitos del diablo se pongan a zigzaguear a la proa del coche como delfines de secano. Una enorme grulla salta del pretil del puente, a mi izquierda, y ya no sabe uno si es un símbolo, y de qué. Un cartel advierte: «Peligro: autocombustión de las turberas».

Mientras cruzo el parque natural, sin nadie con quien comentar lo que veo, se me ocurre que Sancho Panza -el confidente- es quizá la gran innovación del libro. Kafka así lo creía, y en uno de sus microrrelatos hace derivar de la mente de Sancho al propio don Quijote. Pero el recurso de la pareja dialogante, que luego hemos visto tantas veces en mil novelas y películas policíacas, carecía hasta Cervantes de antecedentes claros. También Cervantes, al fatigar estas tierras visionarias, echaría de menos a alguien con quien hablar. Así que después de una primera salida hizo acompañar a Alonso de Sancho, el demente lúcido y el sensato que acabará demenciándose, en recíproca influencia. Antes de ellos el héroe estaba solo en su epopeya, y como mucho hablaba con los dioses. Cervantes lleva el antropocentrismo a la práctica, y se lo toma tan a pecho que no lo encarna en un personaje humanísimo sino en dos. No solo alumbra al antihéroe redondo por contraposición al héroe plano, sino que insufla en su pareja tanta autonomía como interdependencia, de modo que terminamos por no saber quién es el héroe, quién el antihéroe o si ambos viven por fugaces momentos la plenitud de ambas condiciones. Como nos ocurre a los vivos. Por esto, también, es el mejor libro del mundo.

Cuando arribamos a la capital de la provincia nos recibe el serrucho insidioso de la chicharra. Hace un calor totalitario, corrosivo, que seguramente inutilizará mi camiseta para siempre. Para llegar hasta aquí he debido sortear un sorprendente número de cadáveres animales aplastados en la carretera. Quedan en tal estado que no puedo decir si eran zorros, liebres o ginetas.

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8 agosto, 2015 · 11:34

Ruta Quijote V: En este lugar de La Mancha

Donde dicen parió don Miguel su historia.

Donde dicen parió don Miguel su historia.

En Argamasilla descubro un monumento erigido a Avellaneda, que era de aquí. Que el usurpador hiciera salir explícitamente a don Quijote de esta aldea es una prueba más para corroborar la sede del héroe, pues Cervantes, en su ajuste de cuentas con Avellaneda, no desmiente este dato entre otros que sí contradice.

Argamasilla fue la primera etapa del viaje de Azorín, pero yo llego a ella al tercer día. Azorín le dedicó cuatro capítulos al pueblo, y el pueblo ha correspondido dedicando a Azorín un busto junto a la plaza de España y varias placas que recuerdan su fructífero paso por aquí. Es Azorín el que asienta definitivamente la imagen cervantina de Argamasilla. Por ejemplo glosando la actividad de la famosa Botica de los Académicos, local donde se reunían los cervantistas de entresiglos y que conserva todo su verde encanto. Hoy lo custodia Charo, que me va a explicar su historia con pelos y señales.

Ya había sector de la Cultura en el XVII, y ya Cervantes se burló de él por su procedimiento favorito: solemnizar la presunción hasta ridiculizarla. Académicos de Argamasilla, les llamó con mofa; Asociación Cultural Académicos de Argamasilla, se hacen llamar hoy con orgullo. He aquí una constante del cervantismo: al revés del proceso marxiano, todo lo que el genio alcalaíno escribió como farsa es recuperado más tarde con gesto grave y reivindicación seria, muchas veces por los descendientes de aquellos mismos que le hicieron la vida imposible al escritor. Todo en Cervantes conduce a la ironía en planos inacabables, especulares, laberínticos. En marzo de 2015 los más serios entre los académicos, los de la RAE, capitaneados por don Arturo Pérez-Reverte, celebraron sesión extraordinaria en Argamasilla. De nuevo la realidad imitando a la ficción inspirada en la realidad.

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7 agosto, 2015 · 17:06

La gran decepción

Y de repente, Rajoy.

Y de repente, Rajoy.

Yo no sé si este país está preparado para ver a don Mariano renovando mandato. Desde luego no lo están nuestros platós, donde se oficia el entierro del bipartidismo ya no con alegría, sino casi con el fastidio burocrático con que despachamos el spam cada mañana. ¿Cómo reaccionarían los televidentes que contemplaran al mismísimo PP en las instituciones? ¿Han pensado los programadores en habilitar un teléfono de aludidos y defraudados, como cualquier espacio decente del corazón? ¿Es posible que la democracia, pensarán los regeneradores, resulte en la práctica tan decepcionante?

Veamos. El CIS marca una tendencia al alza del partido en el Gobierno que los analistas no han dudado en calificar de remontada. Si la remontada alcanzará cotas de altitud suficientes para mantener al PP en el poder, es pronto para decirlo. No es pronto, sin embargo, para concluir que necesitará el apoyo de Ciudadanos, de quienes las malas lenguas aseguran que ya han puesto precio a tan lúbrico servicio: la cabeza de Rajoy y la investidura de Soraya. Es solo un rumor, pero yo no le prestaría mucho crédito: los meigos gallegos son difíciles de sumergir, y en cualquier caso poseen un número indeterminado de cabezas. Otro rumor apunta a que el PSOE de don Sánchez anhela el abrazo de Rivera antes que el de Iglesias, pero me temo que la experiencia suele vencer sobre la esperanza y que don Sánchez empastará el bajo continuo de su celebrada voz en la polifonía que más sume, como hizo en mayo, con tal de salir de opositor. Cómo suene luego el orfeón, una vez ocupado el coro, es lo de menos.

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7 agosto, 2015 · 16:59

Ruta Quijote IV: Deconstruyendo a Dulcinea

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

Dejo atrás los molinos del cuento y llego a El Toboso a la hora sagrada de la siesta, que es sin duda la mejor para tocar la esencia pesada de La Mancha. Juro que no se oye otro sonido que el zumbido de las moscas, el zureo de las palomas y el trinar de las golondrinas que anidan en la torre de San Antonio Abad, imponente iglesia del siglo XVI. Lo que significa que ya estaba en pie cuando Cervantes ejercía aquí de alcabalero.

Casas encaladas, calles limpias, rótulos literarios en las esquinas, dos mil habitantes durmiendo la siesta. El Toboso es pura coquetería. En la plaza, frente a la iglesia, un Quijote de hierro hinca la rodilla ante una muchacha -casi una niña- del mismo metal. Es una escena de amor cortés, de un platonismo escandaloso en nuestros días. Y no solo hoy: para Cervantes, que tenía casi tanta madera de golfo como Lope, amar de pensamiento y no de obra se antojaba un sindiós, a no ser como pretexto lírico. El amor ideal está muy bien para Petrarca pero no para don Miguel, que escoge a una ruda labradora toboseña para enfatizar su militancia en el realismo. A aquella a la que idealiza don Quijote como «la dulce prenda de mi mayor amargura», la fotografía Cervantes en verso vengativo: «Esta que veis de rostro amondongado, / alta de pechos y ademán brioso, / es Dulcinea, reina del Toboso, / de quien fue el gran Quijote aficionado». No es el perfil de una Laura o una Beatriz, precisamente. Al idealista soldado de Lepanto la vida le ha pagado con más Aldonzas que Dulcineas, y así lo cuenta.

¿Pero en quién se inspiró Cervantes para componer a Dulcinea? Parece ser que en doña Ana Martínez Zarco de Morales -algún erudito local se afanó en demostrar que «Dulcinea» es una crasis de «Dulce Ana»-, hermana de don Esteban, noble propietario de la casona que hoy se ofrece al visitante de El Toboso bajo el reclamo (de nuevo realidad y ficción confundidas) de Casa de Dulcinea. Me alejo un poco para captar mejor los blasones que adornan la fachada y que Azorín encontró hace un siglo arrumbados en un rincón (lo que llenó de tristeza al ya de por sí cenizo periodista). De pronto el suelo cede bajo mi pie derecho. Miro. Nada grave: he pisado una mierda de perro. Su autor está tendido unos metros más adelante, a la sombra que proyecta la pared encalada, la lengua fuera y cierto orgullo de artesano en la mirada. Que la simpar Dulcinea disculpe tan escatológico desaire.

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6 agosto, 2015 · 16:53

Ruta Quijote III: ¡A los molinos!

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento..."

«Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…»

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto «se quemó» folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

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5 agosto, 2015 · 11:23

Que vienen los literales

Las manos de la literalidad tomando el rábano por las hojas.

Las manos de la literalidad hispánica tomando el rábano por las hojas.

Algunos alcazareños se me han cabreado tras leer el capítulo que a su pueblo dedica mi serie quijotesca. Sabía que ocurriría, porque conozco bien el localismo irreductible del español, impasible ante la destrucción programada de su nación pero capaz de levar milicias populares contra el temerario que les toque la cuna. La razón de que Cataluña no vaya a independizarse de España es que nadie, ni en Castelldefels ni en Rota, sabe muy bien de qué habla cuando habla de España. El enemigo es un puro espectro burocrático. Otro gallo cantaría si Mas dirigiera sus aspavientos contra La Puebla de Almoradiel, o contra Ribadesella, o contra Caravaca de la Cruz. Ahí sí iba a tener esa guerra con la que fantasea. Pero con palos y piedras.

Esta susceptibilidad disparatada en lo tocante a la patria chica se le revela a cualquiera que insinúe que Santa Coloma de Alcafrán no es la viva imagen del edén en su estación florida. En nuestra idiosincrasia jamás cuajó un patriotismo nacional homologable a Europa -ni espadón ni acomplejado-, porque su plaza sentimental estaba ocupada por un demencial instinto terruñero, herencia terca de reinos levíticos y taifas estancas. España es así, y si parece unirse en los mundiales es solo porque nos permite mandar una cámara a Fuentealbilla a ver cómo lo vive el paisanaje de Andrés.

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5 agosto, 2015 · 11:04

Ruta Quijote II: Orgullo y humor del hidalgo

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Me recibe Alcázar de San Juan con las campanas de la iglesia de Santa Quiteria tañendo de pura curiosidad: quieren comprobar que no se han derretido. Santa Quiteria es una iglesia barroca ma non troppo, de ese primer barroco que se llamó clasicista (en La Mancha hasta el barroco es austero). En la cercana plaza del ayuntamiento hay apostados un rocín y un asno, y adivinad quiénes están subidos encima. Una creciente obsesión por la iconografía quijotesca me obliga a parar el coche en mitad de la travesía, bajar dejando el motor encendido, tirar cuatro fotos al conjunto escultórico y volver corriendo al coche, temeroso de entorpecer el tráfico. Pero detrás no viene nadie.

El convento de Santa Clara me dará cobijo esta primera noche. De convento quedan el nombre y la disposición de las habitaciones, que sigue el orden cuadrangular de un patio que debió de ser claustro. Del silencio claustral tampoco queda nada: suena Tom Petty a buen volumen, y por ser él se perdona la profanación. En una estancia anexa al convento hay un taller de escritura. Lo han denominado, contra todo pronóstico, Escuela de Escritores Alonso Quijano.

Alcázar duerme la siesta a la hora en que salimos a patearlo, pero la duerme sin la heroicidad que Clarín achacó a Oviedo. Nos cruzamos con lugareños que gastan sandalia y tirantes, muy lejos ya de los recios españoles de hábito y armadura que hicieron noble este municipio. Quien no quiera ver en esta degeneración indumentaria un fin de la raza, es su problema.

El Museo del Hidalgo ocupa una modélica casa solariega del siglo XVI, cuyas estancias se disponen en función del patio central («núcleo irradiador de la convivencia», diría don Íñigo Errejón). Nos gusta la etimología de la palabra hidalgo porque no puede ser más elocuente de nuestra psicología colectiva: el hijo de algo, un noble sin alcurnia demasiado documentada, venido a menos, seguramente empobrecido y nostálgico, pero resistiéndose heroicamente a ser asimilado, diluido en la masa anónima. Esto es un español. Si, según Pla, el catalán es un animal que añora, el español vive para reivindicar su ascendencia en línea recta hasta la pata del Cid («No sabe usted con quién está hablando», sueña con poder advertir el español cuando le contrarían); de donde se deduce la sugestiva idea de que el catalán no es más que una exacerbación sentimental de lo español. Un quijote, o sea. No por nada Cervantes escoge, para Damasco final de su andante caballero, la playa de la Barceloneta.

Alcázar es una villa de fundación romana, donde se han encontrado mosaicos del siglo IV, y a la vez un epítome del disparate urbanístico, que ha sembrado el municipio de adefesios en vertical. La burbuja inmobiliaria no deja de tener su punto de quijotada. El pueblo regala algunos anacronismos conmovedores, como llamar a un taller de zapatería Don Pisotón, u ofertar lápidas fúnebres «de auténtico mármol castellano» a pie de calle: dos tiendas de tumbas en menos de un kilómetro, descubrí. Esta naturalidad con que se nos recuerdan las postrimerías es un vestigio de funebrismo barroco, creo yo, cuando nada nos hacía más ilusión para pisar papeles que una calavera humana.

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4 agosto, 2015 · 14:35

Hesíodo en la Costa Brava

Viñeta de Pachi Idígoras en la misma edición de EL MUNDO.

Viñeta de Pachi Idígoras en la misma edición de EL MUNDO que esta columna, feliz coincidencia.

Uno no estaba allí cuando los griegos miraban a las estrellas y urdían con ellas una cosmogonía que los enraizara en este mundo. Tampoco cuando Hesíodo recopiló esas leyendas y les dio sentido narrativo. Pero uno, periodista al cabo, siempre ha querido presenciar un momento así: atestiguar el nacimiento de la intuición en el genio que funda las raíces simbólicas de una comunidad, normalmente por el procedimiento de vincular el linaje de su tribu con el de los dioses inmortales. Porque el instinto humano es hereditario, no democrático.

Los dioses finalmente me han escuchado, otorgándome la contemporaneidad de Jordi Bilbeny, el Hesíodo de Arenys de Mar, que está trazando ante nuestras temblorosas pupilas la genealogía cultural de una nación talentosa hasta el abuso, y por ello oprimida, saqueada en sus exponentes más conspicuos por la vecina castellana, alpargatera y cejijunta. Cervantes, Teresa de Ávila, Colón, la bandera useña y quién sabe si el movimiento de las mareas -no por nada las homenajean cada 11-S- son todos productos del feraz volksgeist catalán. Es cuestión de tiempo que Bilbeny descubra que el Real Madrid fue diseñado en La Masía. Que por algo Bernabéu es apellido catalán.

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4 agosto, 2015 · 14:15