Archivo mensual: octubre 2014

El nacionalismo como primer refugio de los corruptos

El ponente ante la audiencia.

El ponente ante la audiencia.

[Reproduzco a continuación, por si fuera de algún interés, la charla que el sábado 11 de octubre impartí en el Centro Cultural de Hortaleza ante jóvenes de Nuevas Generaciones del Partido Popular, foro al que fui invitado por Cayetana Álvarez de Toledo, quien con José María Marco completaba el trío de ponentes. Por carácter y oficio recelo de la participación en actos de todo partido, asociación o entidad orgánica, pero dado que di el paso de sumarme a Libres e Iguales, y dado que los periodistas nos pasamos la vida con la jeremiada en la boca de que en España no hay sociedad civil, no encontré motivos para negarme a participar, máxime sobre un asunto como la quiebra del Estado. Lo que encontré, para mi sorpresa (porque nadie escapa al estereotipo bobo que el monologuista de progreso ha fijado al respecto de NNGG), fue un centenar heterogéneo de universitarios mejor formados –a tenor de sus preguntas– que no pocos tertulianos, más críticos con la trayectoria de su propio partido en la relación con el nacionalismo que sus cuadros superiores y en general aquejados de un derrotismo apriorístico exagerado. Como si la independencia de Cataluña fuera un hecho inexorable del cual, como el poeta, tuvieran ya el recuerdo. Este estado de cosas –que el ánimo de los jóvenes peperos tenga más asumida la independencia catalana que los propios dirigentes de CiU– da que pensar sobre la confusión entre realidad y propaganda. En todo caso uno, con las apostillas orales propias del género, vino a decirles lo que sigue, y aprovecha para agradecer a la presidenta de NNGG de Madrid, Ana Isabel Pérez, su atención y trato]

1. El viernes 7 de abril de 1775, cuando Cataluña ya llevaba 61 años bajo el intolerable yugo borbónico, el doctor Samuel Johnson celebró en Edimburgo una de sus chispeantes cenas con James Boswell y algunos amigos más. Cenar en la época culminante de la Ilustración escocesa no consistía solamente en pegarse un atracón y emborracharse ruidosamente, que también, sino además en entablar un certamen de ingenio y erudición entre todos los comensales. Ahora bien, si entre ellos estaba el doctor Johnson, de antemano se sabía quién iba a decir la mejor frase de la noche. Aquella noche el gran genio junto con David Hume de la Ilustración escocesa pronunció una frase especialmente memorable que hoy vemos citada todos los días en las columnas críticas con el nacionalismo, que son casi todas por culpa de Artur Mas. (Nunca le perdonaremos la cárcel monotemática en la que durante demasiados meses encerró al periodismo español). Esa frase, vosotros la conoceréis, reza que el patriotismo es el último refugio de los canallas. La interpretación de esta sentencia todavía hoy provocadora la aporta Boswell en su propia biografía del Doctor: Johnson no se refería a un “amor honesto y generoso por nuestro país”, sino a aquellos que, “en todas las épocas y lugares, han usado el manto del patriotismo para arropar sus propios intereses”.

2. Fijaos si la frase hizo fortuna popular que hasta la cita Sean Connery ante Ed Harris en un thriller carcelario extremadamente yanqui llamado La roca, aunque la atribuye erróneamente a Oscar Wilde, si no recuerdo mal. Cosas de Hollywood. También Sabina atribuyó el otro día ante Risto Mejide aquella pregunta sobre cuándo se jodió el Perú a La ciudad y los perros, cuando de hecho es la pregunta que abre Conversación en La Catedral. El caso es que todos sospechamos que el envolvimiento en la bandera ha servido durante siglos a los peores aprovechados para tapar sus vergüenzas. El mismísimo actor escocés Sean Connery, de hecho, hizo campaña a favor de la separación de Escocia; yo no sé si Connery ha sido independentista escocés toda su vida, pero estoy seguro de que su amor al terruño se agudizó después de saberse que su residencia fiscal está en las Bahamas y de haber sido imputado por fraude fiscal y blanqueo de capitales, acusaciones marbellíes de las que finalmente quedó exonerado. Yo pienso, como Josep Pla, que el corazón de un hombre se mide por su bolsillo y que la verdadera patria del ser humano no es su infancia sino otro tipo de paraíso más tangible: su paraíso fiscal. ¿Es casualidad que aquellos que enfatizan su patriotismo a menudo resulten luego pringados en alguna maniobra de naturaleza más material que espiritual? ¿Como qué otra cosa que como el gran negocio de la identidad, del poder que la identidad les garantizaba, podemos entender la fortuna amasada por los Pujol, cuyo nombre aún inspiraba respeto a los alguacilados del Parlament? ¿Y ese respeto en la ominosa comparecencia del padrino de Premià de Dalt no será pura omertá mafiosa más que veneración al padre de la patria?

3. Mi tesis es que el identitarismo –no confundir con la identidad, como el autoritarismo no ha de confundirse con la autoridad– avisa del olor de la corrupción en el mismo grado infalible en que el humo avisa de la presencia del fuego. No es que el alarde de bandería sirva de biombo para tapar la corrupción; es que allí donde veáis a un político que alardea de su identidad, podéis estar seguros de que estáis viendo a un corrupto, a un demagogo, a un populista, a un tipo que os está señalando la luna mientras se mete el euro en la bocamanga como los trileros. No falla. Y esto vale para alcaldes o barones del PP o del PSOE, o de la Chunta Aragonesista si quedan, o de Fabián Picardo, el de la roca con monos. Yo soy de los que piensan que cuanta más asepsia emocional caracterice la relación de un político con su terruño, más garantías de limpieza habrá en su relación con los terrícolas, que son los que tienen derechos. Y viceversa: cuanto mayor es el folclore local, más se extiende la sospecha.

4. ¿Significa eso que el llamado Proceso es una gigantesca cortina de humo para desviar hacia fuera la ira de los catalanes, que han sido expoliados por sus gobernantes nacionalistas a unos porcentajes que oscilan del 3 al 20% según se elija la fuente, y que luego han visto severamente recortadas sus prestaciones públicas? Eso es lo que creo, sí, pero vayamos por partes. En una partidocracia tan bien instalada como la catalana, donde la moqueta y el pesebre se lo ha guisado y comido sistemáticamente el nacionalismo –las legislaturas del tripartito no pueden calificarse en rigor de alternancia constitucionalista–, la irrupción de la crisis y la necesidad de los recortes representaban una amenaza para el poder endogámico local. Cuando la ruina entra por la puerta, el amor sale por la ventana, dice el refranero. Sobre todo si ese amor, esa delicada lealtad constitucional, ha sido minada durante décadas por la propaganda de los medios autonómicos y del sistema educativo transferido. La presión ha llegado al punto de obligar al heroísmo a ciudadanos que vivían su catalanidad española con naturalidad. Luego están los independentistas de nacimiento y convicción, que son los menos: ese 22% de 1994. En tercer lugar aparece la inmensa masa diada en forma de V o de lo que le pida TV3, que llega al 45% según las últimas encuestas. Y en cuarto lugar están los corruptos, es decir, los responsables políticos que se dejan abroncar por Pujol en el Parlament porque no tienen la conciencia limpia. Los que saben que no habrá consulta, ni mucho menos independencia, pero dejan a los hámsteres pedaleando en la rueda por miedo a que si paran se pongan a pensar, y si se ponen a pensar se vuelvan contra ellos. A esto me refiero con corrupción: corrupción moral en primer lugar, y luego ya la económica y fiscal que determinen la UDEF y los tribunales. Hay que reparar en que el independentismo catalán está compuesto por lo demás de dos sentimientos nauseabundos: la insolidaridad y la xenofobia. Para promocionar la gran cultura catalana no hace falta romper el Estado; para evitar a Hacienda, sí.

5. Corrupción moral. El independentismo de colonias oprimidas por una metrópoli insensible es una hazaña por la que vale la pena luchar. Es un gesto hermoso, una cima ética, un acto de heroísmo. El independentismo de una metrópoli que se quiere separar de su colonia, como con tanto humor como exactitud denunciaba Wenceslao Fernández Flórez en el caso catalán, es un movimiento de puro egoísmo, de ceguera histórica, de encierro social. Es el hartazgo del rico cansado de no ser más rico porque tiene que pagarles los profesores y las enfermeras a esos miserables y vagos charnegos del sur. Esta es la mercancía desnuda con la que trafica íntimamente el Proceso; lo de las cadenitas humanas y el uso de niños pintarrajeados es solo marketing de dudoso gusto.

6. Corrupción intelectual. Pero hay una tercera vertiente de corrupción en el separatismo catalán, aparte de la económica y la moral. Es la corrupción del pensamiento, el retroceso argumental, la vuelta a la infancia mental. Por buscarles una filiación filosófica a tantos pobres ignorantes que van diciendo que la democracia es votar, y que la voluntad de un pueblo está por encima de la ley –punto número uno del manual del buen fascista–, habrá que remontarse a Rousseau, padre del ambiguo concepto de “voluntad general” y autor de este pasaje del Emilio donde ya hablaba de consultas: “Solo tengo que consultarme a mí mismo sobre lo que debo hacer: todo lo que siento que está bien está bien; todo lo que siento que está mal está mal. Demasiado a menudo la razón nos engaña; la conciencia es la verdadero guía del hombre”. Con este razonamiento, tan moderno, sentimental y naïf, Rousseau se convirtió en el padre intelectual de todas las revoluciones, aparte de abuelo de la publicidad y el consumismo de masas. Tuvo que venir luego Benjamin Constant, que atestiguó la actividad de la guillotina a pleno rendimiento, para localizar el error siniestro que causa la degeneración del ideal democrático en puro terror. Ese gusano en la manzana es la brecha entre realidad y abstracción que un sistema armado en torno al concepto de “voluntad general” no puede salvar. En efecto, Rousseau olvida que, en la práctica, la voluntad general siempre acaba depositada en las manos de unos pocos individuos –la nueva casta que sustituye a la derrocada– que una vez en el poder procederán con el revanchismo inherente a la condición humana. “Todo es moral en los individuos, pero todo es físico en las masas”, descubre Constant. Las masas encuadradas en V, por ejemplo. Eso es un pajar donde la razón es la aguja.

Así que el nacionalismo no es solo una pancarta tras de la que se esconden los comisionistas de maletín. Lo es en la parte culminante de la pirámide sociopolítica, y en todos aquellos empresarios y particulares que se lucraron del tinglado o hicieron la vista gorda. Pero aun cuando detrás de la pancarta solo haya un contribuyente en regla con Hacienda, también en su ingenuidad hay una responsabilidad moral e intelectual. Más disculpable que en el político, claro, pero igualmente destructiva para el tejido de la convivencia. Por eso, si el patriotismo es el último refugio de los canallas, el nacionalismo es directamente el primer refugio de los corruptos.

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Mezclen por favor el fútbol con la política

Identidad... patrocinada.

Identidad… patrocinada.

Desde que la Selección Española celebrara por las calles de Irún y San Sebastián –con inequívoca adhesión local– su inverosímil plata en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, la trama de afectos que el fútbol anuda inevitablemente con la política ha cambiado bastante. Hoy se trata de debatir sobre si Piqué es digno de defender la camiseta de un país en que no cree, incluso de un país que oprime al país en que sí cree, y sobre si el club más que un club que juega en el Camp Nou debería desplazarse en autobús por los campos regionales de la Comarca a partir del primer día después de la independencia. No son inquietudes banales, pues ilustran la degeneración del sentimiento patriótico en España, que por otro lado nunca fue demasiado unitario y solo intenso en ocasiones trágicas o bien en la poesía del exilio.

–La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos.

Esta frase del historiador Hobsbawm sintetiza por qué es imposible separar el fútbol de la política, especialmente en semana de selecciones nacionales como la que nos ocupa (y nos aburre). Toda selección de fútbol funciona como resistencia simbólica de un Estado-nación a la aldea global a la que nos aboca la tecnología. Sus victorias hacen felices a los ciudadanos de ese Estado, y cuando suceden sus presidentes o primeros ministros reciben a los héroes en palacio y la foto copa orgullosa las portadas de diarios generalistas, no solo deportivos. El Mundial es la más alta ocasión del fútbol, la que consagra nuevas estrellas y derroca a las viejas, la que forja las leyendas y la que expide pasaportes a la Historia, y lo es precisamente por su dimensión política: es la épica guerrera por medios lúdicos. Aparte de su archisobada cita sobre las muchas lecciones éticas que había extraído del fútbol, el futbolero Camus escribió otra sentencia seguramente más verdadera: “El fútbol es el modo que ha encontrado Europa de atacarse sin destruirse”.

La política es una negociación entre la identidad y el pragmatismo, y precisamente la identidad es el nudo sentimental que da cuerpo a un equipo de fútbol; sea una identidad escolar, municipal, provincial, nacional o de amigos contra la droga. Sin indentidad, sin el ansia de la gente de proyectar esperanza sobre unos jugadores, no hay fútbol. Por eso es una gilipollez suplicar a tertulianos acalorados que no mezclen el fútbol con la política, como hacen algunos insípidos conductores de programas deportivos, temerosos de perder audiencia a poco que se salga la cosa del carril del buenismo. La audiencia está para perderla. A base de proteger a la audiencia de cualquier arista conceptual es como la hemos idiotizado definitivamente.

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Breve entrevista futbolera

Siro López, Edu Aguirre y Bustos en La Goleada, de 13TV.

Siro López, Edu Aguirre y Bustos en La Goleada, de 13TV.

Jorge Bustos ha atendido en exclusiva a Bernabéu Digital para dar su punto de vista sobre la actualidad del Real Madrid. El periodista ha querido destacar la figura de Cristiano Ronaldo y la aportación de las nuevas incorporaciones blancas.

El Madrid, de menos a más
“En términos mediáticos el Madrid arrancó en Cardiff una epopeya solo reservada a semidioses griegos. Luego se precipitó al infierno en San Sebastián y contra el Atleti, y rozó la desaparición como club de fútbol. El Bernabéu estuvo a punto de ser derruido para levantar en su solar un gigantesco Starbucks. De pronto, nadie sabe cómo, el equipo empezó a marcar una cantidad indecente de goles y a dar espectáculo como no se veía en tiempo. En términos deportivos, sencillamente Ancelotti trabajó con paciencia su esquema hasta que los jugadores estuvieron físicamente rodados para hacer lo que el técnico esperaba de ellos. Falta, en todo caso, un duelo de altura para medir el nivel alcanzado por el equipo a la máxima exigencia competitiva”.

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Pedro de la Paralipsis y el cuento del lobo/ébola

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Acudíamos al Congreso con la esperanza, en verdad desmedida, de que sus señorías no cedieran a la españolísima tentación de tirarse el ébola a la cabeza como anteriormente se tiraron un petrolero partido, un tren reventado en Atocha o incluso un puñado sangrante de asesinados por una mafia norteña. Pero ay, no por nada son diputados españoles, emergidos congruentemente del cainismo nacional, garantes de una representatividad indudable.

La segunda esperanza que nos animaba a encarar el madrugón parlamentario imaginaba a Rajoy parafraseando a Gertrude Stein para zanjar, en ausencia de Valle-Inclán y Azcona, una de las polémicas más delirantes en la delirante historia de nuestra opinión púbica:

–Un perro es un perro es un perro es un perro.

Pero Rajoy no ha leído a Stein, aunque algo debería saber ya sobre generaciones perdidas.

También perdimos la esperanza que la víspera nos hizo concebir el buen Pedro Sánchez, Pedro de la Preveyéndola para Rosa Belmonte o Petroscopia para los malvados muchachos de Monedero. Y es que Sánchez, la víspera, por una vez había acertado a la primera y no a la segunda al negarse a secundar en este momento procesal las exigencias dimisionarias contra la ministra Mato, alegando que lo primero es respaldar al Gobierno en el esfuerzo por controlar la emergencia sanitaria, que luego ya habrá tiempo para cebar la guillotina. Semejante arranque de sensatez no podía durar, y efectivamente no duró. La posmodernidad del líder socialista ha alcanzado tal grado de perfección líquida que ha logrado equiparar el sostenimiento de la misma opinión más allá de las 24 horas con un ejercicio de fascismo. Si un día llega a La Moncloa, suponemos que su ministro de Economía llevará al Parlamento los Presupuestos Generales del Estado no en una tableta sino directamente en tablillas de cera, de manera que cada cual los pueda ir modificando por horas. A demócrata no le gana ni Twitter.

El caso es que Pedro Sánchez cambió la pregunta que figuraba en el orden del día –estaba registrada una cuestión sobre la reforma laboral– para lanzarle el bichito a la bancada pepera diez segundos después de anunciar solemnemente que no pensaba hacerlo. A esta figura retórica se le llama paralipsis, y resulta muy eficaz para impostar responsabilidad sin privarse del placer del golpeo:

–Vaya por delante que desde mi grupo no vamos a contribuir a sembrar dudas en unas circunstancias excepcionalmente graves. Pero pedimos claridad y rigurosidad (sic: basta con “rigor”, don Pedro). Los profesionales sanitarios trabajan en circunstancias difíciles por los recortes y la privatización. Es más que evidente que su ministra ha provocado más incertidumbre. Aclare los riesgos y fallos. Explique si hay riesgo de infección y ponga todos los recursos necesarios. Responda: ¿puede decir que tiene bajo control la infección? ¿Puede garantizar que no hay riesgo?

Rajoy, que por alguna razón se esperaba la sutil encerrona, sacó el papel que se había hecho preparar y leyó en limpio tono tecnocrático, sin avenirse a polemizar, que lo prioritario es el trabajo del comité de seguimiento, que hay que confiar en los profesionales, que no es fácil el contagio, que hay que mantener la tranquilidad y que informarán puntualmente de las novedades. Desde su escaño, vestida de celeste purísimo, Ana Mato le miraba con una súplica en los ojos. Luego tomó la palabra y descartó dimitir, algo (descartar dimitir, no dimitir) que hace más o menos cada dos años y en lo que, no nos engañemos, atesora toda la experiencia que le falta en oratoria anticrisis.

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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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Lecciones en Sofía

El deshollinador.

El deshollinador.

El campeón de Europa sigue invicto en la Champions. Esta frase basta para tener contento al madridismo, porque uno aquí no viene a perder el tiempo con haters. Eso ya lo hago en otros lados.

Mi verdad, tal como la veo, es que el Madrid padeció en Sofía el bloqueo típico de los partidos-trampa: la trampa de la autoconfianza. Es obvio que el Ludogorets no prometía ser un rival temible y eso, unido al agasajo general que la capital búlgara dispensó a los blancos desde que aterrizaron, terminó quizá de ablandar el ánimo del equipo en el momento de saltar al campo. Pero esto es la Liga de Campeones, y el concurso en ella no se le regala a nadie, y por eso nos alegramos tanto cuando ganamos cada una de las diez que tenemos y que nadie tiene.

No hizo un buen partido el Real pero ganó, y esa es la mejor noticia. La frustración de los anti fue grande porque soñaban con una semana de mofa a cuenta del tropezón búlgaro. No pudo ser, keep calm. Habrá más ocasiones, esto es fútbol. De momento solo han podido canalizar la frustración forzando un debate arbitral poco serio si recordamos todas las jugadas, incluyendo el gol legal anulado a Ronaldo, y no solo las que interesan a la postura del frustrado.

Por lo demás, el viaje a Sofía, que en griego significa sabiduría, proporciona valiosas lecciones a los blancos. La primera, que ni un solo partido se gana hoy en alta competición sin matarse a correr. La segunda, que o espabilamos ya en los córner o en vez de dragones nos van a llamar los jilgueros. Y la tercera, y esta es la positiva, que hay jugadores que siempre responden a la petición de rescate. Contra el Ludogorets fue Benzema: bombero, bailarín, amo de llaves y matemático de los espacios, todo en uno. Ayer salió a un pantano, sacó su fútbol de ventosa y sosa cáustica y el pantano se fue por el desagüe. Ah, y marcó ese gol de nueve que tanto le piden, como si no hiciera además todo lo que hace.

La pura verdad del fútbol dice que el Real Madrid sigue ganando todo en Europa. Otros ya no pueden decir lo mismo.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de octubre de 2014)

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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El ídolo caído, su iglesia intacta

Franco derrotado demasiados años después.

El general Franco derrotado también demasiado tarde.

Amaneció derribada la estatua iraquí de Jordi Pujol en Premià de Dalt y yo lo lamenté mucho recordando un comunicado impecable –¿la pluma de Espada?– de Libres e Iguales, que se manifestó en contra de la corrección artificial de la Historia. Había que dejar a Pujol en su pedestal para que los hombres no olvidaran la clase de becerro que un día adoraron. Pero ningún pueblo sometido al mito es capaz de resistir la exhibición frontal y cotidiana de la verdad, así que ahora la estatua languidece en un almacén municipal del mismo modo que otros almacenes estatales ocultan un Franco a caballo. Como si la obra de ambos próceres no caminara a plena luz del sol que alumbra por igual a antifranquistas con retardo y a pujolistas sin vergüenza criados a los pechos del tres por ciento, a la espera de que la Udef los ilumine del todo.

Estoy por asegurar que el autor del derribo fue un independentista canónico, un tierno brote de esos que el nacionalismo paternal ha ido cultivando bajo el estiércol fresco de su invernadero mediático. La historia de las religiones nos enseña que el mayor fervor acaba degenerando en la iconoclastia más violenta. El santo fue derribado de su peana –esa altísima peana que quería compensar su estatura, hoy un rasero más moral que físico– con gesto sacrílego, que es el negativo de la devoción, porque como saben en Montserrat no queda otra fe en Cataluña que el nacionalismo y Pujol es su profeta.

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