Archivo diario: 3 octubre, 2014

Lecciones en Sofía

El deshollinador.

El deshollinador.

El campeón de Europa sigue invicto en la Champions. Esta frase basta para tener contento al madridismo, porque uno aquí no viene a perder el tiempo con haters. Eso ya lo hago en otros lados.

Mi verdad, tal como la veo, es que el Madrid padeció en Sofía el bloqueo típico de los partidos-trampa: la trampa de la autoconfianza. Es obvio que el Ludogorets no prometía ser un rival temible y eso, unido al agasajo general que la capital búlgara dispensó a los blancos desde que aterrizaron, terminó quizá de ablandar el ánimo del equipo en el momento de saltar al campo. Pero esto es la Liga de Campeones, y el concurso en ella no se le regala a nadie, y por eso nos alegramos tanto cuando ganamos cada una de las diez que tenemos y que nadie tiene.

No hizo un buen partido el Real pero ganó, y esa es la mejor noticia. La frustración de los anti fue grande porque soñaban con una semana de mofa a cuenta del tropezón búlgaro. No pudo ser, keep calm. Habrá más ocasiones, esto es fútbol. De momento solo han podido canalizar la frustración forzando un debate arbitral poco serio si recordamos todas las jugadas, incluyendo el gol legal anulado a Ronaldo, y no solo las que interesan a la postura del frustrado.

Por lo demás, el viaje a Sofía, que en griego significa sabiduría, proporciona valiosas lecciones a los blancos. La primera, que ni un solo partido se gana hoy en alta competición sin matarse a correr. La segunda, que o espabilamos ya en los córner o en vez de dragones nos van a llamar los jilgueros. Y la tercera, y esta es la positiva, que hay jugadores que siempre responden a la petición de rescate. Contra el Ludogorets fue Benzema: bombero, bailarín, amo de llaves y matemático de los espacios, todo en uno. Ayer salió a un pantano, sacó su fútbol de ventosa y sosa cáustica y el pantano se fue por el desagüe. Ah, y marcó ese gol de nueve que tanto le piden, como si no hiciera además todo lo que hace.

La pura verdad del fútbol dice que el Real Madrid sigue ganando todo en Europa. Otros ya no pueden decir lo mismo.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de octubre de 2014)

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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