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Soraya ha dicho puta

Esta boca es mía.

Esta boca es mía.

Soraya ha dicho puta.

–¿Qué Soraya? –te preguntan en el Twitter, donde creen más verosímil que lo diga Rodríguez, ellos sabrán por qué.

Pero lo soltó la vicepresidenta del Gobierno y lo soltó en los pasillos, no desde el escaño. Con la crisis en la prensa y su cosecha de cobardía, oficiosidad y ventriloquia por un lado, y la tradicional omertá que vigila el sanedrín del periodismo parlamentario por el otro, uno ya no sabe con qué grado de exactitud hay que recoger una conversación de corrillo con un político. La redactora de El Mundo no dudó en titular por lo literal, con el escandalito consecuente.

El casticismo de la vicepresidenta solo puede sorprender a quien crea en los estereotipos como de hermano Grimm de las tertulias, donde se quiere un bando de pijos azules y otro de milicianos carmesíes. A lo sumo oiremos el rasgado vestimentario de algún humorista de La Sexta –clerecía del nuevo puritanismo–, sin necesidad tampoco de que procedan a mesarse las barbas y a recoger cantos para la lapidación. Porque los políticos, fuera de micro, hablan como todo el mundo, aunque quizá un poco mejor: ya dijo Churchill que no hay mayor refutación de la democracia que charlar cinco minutos con tu votante. A Aguirre le daban votos sus micrófonos traicioneros y a los que no conocían la expresividad en privado de Sáenz de Santamaría quizá les guste enterarse de que la mujer más poderosa del país no es ajena al gracejo popular del mejor castellano. Uno da fe.

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29 abril, 2014 · 20:10

Maniobras militares

Mortero a punto.

Mortero a punto.

La parsimonia también gana y tenemos ejemplos vivos en Moncloa. El Madrid apalizó al Osasuna sin conceder un solo gol en contra, sin conceder un solo minuto de la certidumbre de sufrimiento que le espera en Múnich, sin conceder tampoco otra vibración al público que los misiles y los cabezazos de sus atletas. De Cristiano, que volvió a afrentar al fútbol con dos tomahawks escasos de rondo desde el pico del área: uno parabólico y curvo como hojarasca macondiana, otro hermosamente lineal y directo, el hachazo invisible y homicida que deja a los pájaros cantando.

A Cristiano se le descifra tan bien la ansiedad después de un error –el error ante Neuer– que sabíamos que no dejaría tranquilo ni al balón ni a sus compañeros hasta que satisficiera su propio desagravio. De paso, se daba el gustazo de contradecir a los médicos, que siempre creen saberlo todo. Como si el cuerpo de CR pudiera figurar vulgarmente en la Lección de anatomía de Rembrandt y no, como le corresponde, en el área ufológica 51 de la CIA, desierto de México. Esos latigazos no los puede soltar una pierna netamente humana, y mucho menos convaleciente.

El Madrid afluía balones a Cristiano para calmarle, y este monopolizaba el fútbol de ataque (por allí se movía la voluntad china de Morata, y hasta la compostura universitaria de Nacho) bien asistido por Isco y Xabi, a veces doblado por Marcelo, que ha visto a su vez cómo Coentrao le doblaba en la carrera por los partidos cruciales: triunfo de la disciplina militar sobre su fútbol de capoeira. El Osasuna no se sentía con ánimo de presionar, de forzar alguna marcha más del partido, y parecía conformarse con su destino colocando dócilmente la cabeza en el taco de su verdugo. Por cierto que cuando buscas decapitación en Wikipedia, tropiezas con la maravillosa exactitud de esta frase: “No existe un tratamiento médico conocido para salvar a un paciente decapitado”. Sic.

Los pases del Madrid en campo contrario parecían el abanico de lady Butterfly. Muñeca suave y nívea, cadencia desacelerada. El partido se fue al descanso con 1-0, pero el Bernabéu entendía que no era jornada para exigir tempestades. Fue, eso sí, día para despedir a Tito con señorío verdadero y para adivinar en los ausentes la alineación de perforadores lunares para el Armageddon bávaro.

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27 abril, 2014 · 16:01

Conversaciones con Fabio Coentrao

El feo y el bueno. Falta el malo.

El feo y el bueno. Falta el malo.

Cuánta cerveza derrochada para acabar coreando una posesión intransitiva y mucho córner venial. Cuánto orgullo restañado contra el equipo maldito y el entrenador imperdonable. Cuánta reminiscencia de la gloria primisecular bajando por la Castellana como entonces, cuando fuimos los mejores.

Don Carlo Ancelotti, sin necesidad de tirar una sola botella de agua, apenas mascando el interior curtido de sus carrillos venció a la Historia de la Filosofía representada por su último epígono hegeliano: Pep Guardiola, germanófono y gurú. Qué dulce noche de reencuentro con el espíritu de Europa que vaga hace años por el imaginario blanco sin terminar de concretarse. El Madrid ganó con casta y contraataque en la primera parte; con ambición y esparcimiento en la segunda. Nada está resuelto aún, por supuesto, salvo una cosa importantísima: Guardiola, con todo su Bayern en estado de revista, ha sido derrotado en el Bernabéu que tanto profanó por un Real Madrid sin apenas Bale, sin apenas Cristiano, sin Marcelo, sin Arbeloa, sin Khedira y sin Jesé. Bastó un hombre de peinado imposible, afición tabaquera y prensa nefasta –portugués: mayor regocijo– para desafiar la hegemonía bávara. Ya nadie nos quitará la noche de Fabio Alexandre da Silva Coentrao. Se rumorea que el Sabadell quiere incluirle en una próxima conversación de su catequesis financiera.

Y no fue el único, porque ahí está la guerra de Blas de Lezo, que tomó carne nueva en Xabi Alonso. Ahí está, en algún lado del área, la espalda entregada de Pepe en la caída de su enésimo salto de hotentote. Ahí está el despliegue estajanovista del canteránida Carvajal, anoche graduado para los restos. Ahí están el mascarón croata, el endiablado francés, el sacrificio malagueño. Ahí estuvo el Santo, el realismo mágico de Móstoles, para volver más reconocible el camino hacia la añorada orejona, inconcebible sin una parada –una única parada, tiene que ser una única parada– que sostenga el sentido del esfuerzo grupal. Aún no hay nada hecho, por supuesto; pero anoche el Madrid ganó al todopoderoso Bayern de Múnich del inmaculado Josep Guardiola, y el madridismo tiene derecho a recrearse en el atentado.

Sobre todo por la afirmativa sensación que deja flotando. La cohesión en la doble línea de cuatro, solidaria e intensa, pero (a diferencia del Chelsea en el Calderón) con la comisura de los ojos puesta en Neuer. Así llegó el zarpazo del gato: la recuperación de Xabi, el pase a Cristiano, el toque insidioso para la carrera de su compatriota, la asistencia afilada de este para la placentera llegada de Benzema. Tras un cuarto de hora de posesión alemana, cuando más subía la espuma del fervor de los locutores viudos, el Madrid se señalaba el pecho y decía: también vosotros sois mortales.

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24 abril, 2014 · 1:14

La nariz de Cataluña

Nariz catalana con nariz de Huesca.

Nariz catalana con nariz de Huesca.

En el día de Sant Jordi la FIFA, finalmente dragón bufo de restaurante chino, levantó la sanción al Barça para que pueda reconstruir su ciclo sobre nuevos cimientos más exóticos que los de La Masía. Esto se daba por descontado y los madridistas nos alegramos de ello, porque nunca sabría igual otra Copa ganada a un equipo castrado. Un equipo de estirpe netamente catalana condenado a dos años de soledad.

Siendo así que hoy el Barça, mes que un club, ejército desarmado, proyección senyera, celebra con alivio la venia de la FIFA, lo que no terminamos de entender es que sus aficionados de querencia independentista no completen el silogismo: si se acepta que un gran equipo de fútbol reducido por la fuerza a su cantera no puede competir con garantías en Europa, ¿por qué habría de competir mejor en el mismo ámbito un nuevo Estado edificado por la fuerza sobre la segregación social y la oligarquía endogámica?

–Oiga, no compare el fúpbol, que es un juego, con una cosa tan seria como el derecho de autodeterminación de los pueblos.

No, hombre: ni el fútbol es un juego ni la autodeterminación un asunto serio. El fútbol es quizá la industria más poderosa de nuestro tiempo y como tal se ajusta a criterios de eficiencia que mantienen erecta la carpa del circo. Uno de esos criterios es un mercado de fichajes minuciosamente regulado, como sabe pero ignoró el señor Rosell. Sin fichajes no hay espectáculo y sin mestizaje no hay sociedad abierta. La autodeterminación es siempre la humedad febril de un oligarca que aspira a ampliar su poder, independizándolo del papá Estado que te pone hora de llegada, aconseja verdura cuando se antoja mona de Pascua y obliga a posponer la nómina en la conselleria prometida al sobrino Macià para destinar ese dinero a charnegos necesitados. Así no hay manera de vivir.

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23 abril, 2014 · 19:00

Bale y la edad de la inocencia

La masa y el coloso.

La masa y el coloso.

Si una final de Copa en Mestalla detonó el principio del origen del declive culé, otra final de Copa en Mestalla había de servir para certificar la caída. Hoy hasta los periódicos más acérrimos y locales coinciden en decretar oficialmente el famoso “fin de ciclo”, sintagma-botín de la entrañable codicia periodística, como “crisis de gobierno” o “estallido social”. En ambas finales restallaron las piernas de látigo combado de Di María, mezcla inusual de fondista y velocista en el mismo cuerpo, y en ambas finales acabaron resolviendo las grandes estrellas del firmamento financiero y muscular: en 2011 Cristiano, ayer con gorra de caddy espiritual, y en 2014 Gareth Bale, ayer desagraviado ante el senado y el pueblo romano y reivindicado para los restos en virtud de una gesta homérica, un gol icónico destinado a colgar en papel satinado de la sala de santiaguinas del Bernabéu y de Valdebebas junto a otras tallas sacras y altorrelieves gloriosos.

La alegría de Florentino, aunque la contuviera en los márgenes reventones del protocolo, tenía ayer la cualidad dulcísima de la revancha interior. Daré audiencia a las doce: poneos en fila y secad los espumarajos de vuestras bocas maledicentes en el borde de armiño de mi manto, mis queridos caínes. El bonapartismo de Florentino tiene hoy todo el derecho a la autocoronación porque su trono es una condena que obliga a batallar cada día contra el borboteante patrimonio de rencor que mana de España y porque su campeón galés le ha venido a dar la razón en el campo de batalla contra el dicterio de algún olvidado rey gurú. No cabe mayor éxtasis para él.

También Ancelotti tenía anoche derecho a descorchar el mejor Vega Sicilia en el reservado más selecto de Madrid, usando apergaminadas portadas ofensivas como posavasos. Pero el italiano ha alcanzado la ataraxia del alto burgués a la que aspiran secretamente los dirigentes de Podemos, la suprema sabiduría del Lazio que concilió epicureísmo y estoicismo: terma, vino, doncellas, hijos legionarios y filosofía. Ancelotti no ajusta cuentas porque es demasiado afortunado para perder el tiempo en odiar. Y puede ser aún tan afortunado como para llevar al madridismo a Cibeles alguna vez más este año. Salve, Carlo, bendecido por la diosa, magnánimo en la lucha, conductor de escuadras.

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17 abril, 2014 · 17:30

Iniciación de un hombre. 1917

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

La ópera prima de John Dos Passos nació de sus observaciones directas en el frente francés durante la Gran Guerra, en la que se enroló románticamente este aprendiz de escritor antibelicista de 21 años más que nada “porque no quería perderme el espectáculo”. Desde el título apela Dos Passos al género del bildungsroman, el camino hacia la adultez recorrido aquí a través de las armas, veta abierta por su paisano Crane en La roja insignia del valor.

De todos los autores de la Generación Perdida, Dos Passos es quien acusa mayor compromiso político en su literatura. Evolucionó del socialismo utópico al anarquismo, abrió como Orwell los ojos al anticomunismo durante la guerra civil española y acabó apoyando la paranoia del senador McCarthy. Este primer libro suyo pertenece a la primera época, de una ingenuidad muy americana, pero también inocente y lírica.

De hecho, en su factura formal de estampas de combate -descripciones barrocas pero vívidas del hastío de la trinchera, del “coágulo de arcilla” que abrían los bombardeos, del hedor a pulpa cadáver- advertimos más paralelismos con el estilo poético del Kaputt de Malaparte que con el gusto por la acción de Hemingway o del soldado Jünger. En su fraseo complicado advertimos la prosa primeriza, el tanteo estilístico de un aprendiz muy dotado pero aún tentado por la ampulosidad, que es el vicio original de todo escritor bisoño. Hay diálogos formidables, con un calado filosófico poco esperable del registro cuartelero. El joven Dos Passos no poseía el sentido del realismo sintético de Hemingway, su ojo para el instante revelador, y procede más bien por acumulación de escenas; así, su primera novela avanza gracias a un pulso casi periodístico antes que a una verdadera trama narrativa.

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17 abril, 2014 · 13:52

Ovejas eléctricas en el Congreso

Distopía parlamentaria.

Distopía parlamentaria.

Blade Runner ha quedado como la distopía más verosímil para un Occidente hiperdesarrollado, con su atmósfera de hollín, sus replicantes líricos, su humedad ácida, sus ovejas eléctricas soñadas por androides sin escaño. Pero uno se inclinaba a pensar en los gordos satisfechos y motorizados de Wall-e como el futuro más esperable, futuro que se producirá tras la derrota final de los gimnasios y la victoria silenciosa de los triglicéridos y la tecnología. Hasta hoy. Porque hoy, un día después del multitudinario debate sobre el Tabarrón Catalán, el hemiciclo comparecía comido de calvas, sin fotógrafos, sin reporteros, sin apenas diputados; y este cronista, únicamente acompañado en la tribuna de prensa por una ujier rubicunda, experimentó una visión de la distopía más plausible en democracia: un pequeño hemiciclo urbano con portavoces hablando de Europa en idioma de signos y una multitud popular, pastoreada por personal shoppers, derramándose sobre plazas y comercios y locales de apuestas deportivas, felizmente ajena al destino de sus impuestos.

Del escalofriante ensueño vino a socorrerme la voz familiar de Mariano Rajoy. En estos plenos rutinarios que siguen a un gran evento político, sobre todo en los infumables partes del Consejo Europeo, sabedor de que nadie le presta demasiada atención el presidente gallego suele pinchar en el tocadiscos de la tribuna de oradores la cara B de su retórica personal: sus psicofonías más campechanas, tautológicas y geniales: “Si usted, señor Cayo Lara, estuviera en mi lugar, se mostraría razonablemente satisfecho. Y si yo estuviera en el suyo, me mostraría razonablemente insatisfecho”. O bien: “Usted habla mucho de Asturias, y es muy natural, puesto que es asturiano y es diputado por esa circunscripción”. Y también: “No diga lo que yo no he dicho, porque yo digo exactamente lo que he dicho”. Y en este plan. Yo miraba a los lados para compartir mi admiración con algún compañero, pero la ujier rubicunda se estudiaba las uñas.

La noticia era Cañete –nunca una novedad fue tan rebajada por el rumor antes de su oficialización–, quien aparecía en su escaño volcado sobre un tomazo de folios, supongo que los papeles para el exilio. Dulce exilio, en su caso. La primera pregunta de la sesión de control la hizo Rosa Díez sobre sus bailarinas azul eléctrico a juego con el vestido (¡y su prosodia!): versó sobre pobreza infantil y aparejaba una queja por el trato que don Mariano había dispensado a la líder de UPyD en el Debate del Estado de la Nación. Rajoy obvió lo segundo y respondió a lo primero con una cascada de millones de euros para partidas sociales que combatan “la cara amarga de la crisis”. La cara amarga de la crisis es el nuevo marco incomparable, que a su vez sustituyó al crisol de culturas edificado sobre la fiesta de la democracia. A este abuso del tópico adscribimos la cara A de la oratoria presidencial: la menos interesante y divertida.

Don Cayo y don Mariano oficiaron una dialéctica trinitaria a cuenta de la desigualdad social y la reforma tributaria. Rajoy aseguraba que esta próxima reforma persigue tres cosas: empleo, lucha contra el fraude y equidad recaudatoria. Pero el portavoz de IU contratacaba con la trinidad reivindicativa de las llamadas Marchas por la Dignidad: pan, techo y trabajo. Va uno aprendiendo que esto de la economía guarda una relación cada vez más estrecha con la teología, no solo porque se ocupa de entidades trimembres (tierra-capital-trabajo, producción-mercado-consumo, Padre-Hijo-Espíritu Santo y así) sino porque además exige notables cantidades de fe para su desarrollo. Al final a Lara se le escapó una sentencia maravillosa que nos lo acerca a Peppone, el alcalde comunista que anda siempre cordialmente peleado con Don Camilo en las novelas de Guareschi: “Usted y yo, señor Rajoy, coincidimos en la filosofía, pero no en la práctica”.

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9 abril, 2014 · 20:58

Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00