Por razones estrictamente laborales me he pasado la semana viendo el programa de Broncano. La semana que viene, con la satisfacción del deber cumplido, regresaré a mis inocentes hábitos de consumo televisivo. Una serie satírica de HBO previa a la histeria identitaria, una película rumana en Filmin sobre la caída del régimen de Ceaucescu, el documental sobre el Museo del Prado de Jeremy Irons, otro decepcionante partido del Real Madrid.
Por una vez me tomé la molestia de leer todos los comentarios a la noticia que este periódico tituló como sigue: «Cinco detenidos por la estafa del falso Brad Pitt por 325.000 euros». De los 64 comentarios, únicamente dos salían en defensa de las estafadas. O al menos expresaban un pudor que bloqueaba la burla, cierta empatía con el drama de esas víctimas desplumadas a la vez de su amor y sus ahorros.
Habrá quien se extrañe de que los sondeos estrechen la distancia entre PP y PSOE con todo lo que ha llovido estos meses, de la autoamnistía al colapso parlamentario pasando por el psicodrama epistolar y los negocios digitales (a dedo) de Institución Gómez. Pero Pedro sabe que la primera emoción política de nuestro tiempo y país ya no es la indignación sino la amnesia. La desafección como alternativa pueril al castigo adulto. El personal enciende la tele o trastea en el móvil y si por casualidad o decencia periodística topa con otro escándalo o la enésima cacicada, de inmediato cambia de canal o de aplicación. Tendrá el voto decidido hace mucho o la abstención hincada entre ceja y ceja, pero ya no soporta diez segundos de actualidad nacional en la creencia disolvente de que todos son iguales. Y este, amigos, es el terreno idóneo para el despliegue de la voluntad del autócrata: «Haced como yo: no os metáis en política».
El éxito descabellado de Taylor Swift nos interpela especialmente a quienes no comprendemos sus motivos. Un magnetismo global de tal calibre debe considerarse al margen de que nos gusten sus canciones. Porque si la cantante de Pensilvania encarna el mayor fenómeno pop de nuestro tiempo, y así lo acreditan sus números, entonces el swiftismo describe el espíritu de la época con una elocuencia que sería estúpido desoír.
Todos los liderazgos genuinos se construyen contra la adversidad. Por eso las autobiografías de los líderes suelen detenerse en algún sinsabor de infancia o en un revés de juventud, en una pérdida traumática o en la conciencia lacerante del rechazo padecido en su comunidad de origen. Son las pruebas que jalonan el camino del héroe, y ya demostró Propp en su morfología del cuento que estamos cableados para aplaudir al elegido que logra superarlas. Los negros que escriben las memorias de nuestros políticos se afanan por acomodar a su cliente en el palco de este paradigma imbatible, y la autora del Manual de resistencia de Sánchez no fue una excepción. Corresponde al lector medir el grado de dificultad de la aventura, que será proporcional al reconocimiento que merezca el aventurero, pero no se puede negar que el liderazgo de Sánchez nació cuando de galán de Pozuelo pasó a víctima de los barones. Ahí el relato se transformó en poder, que a su vez ha multiplicado las víctimas, alguna de las cuales reproducirá -quizá pronto- el esquema funcional de Propp batiendo a su verdugo. Porque el ciclo de la política es una dialéctica interminable.
Hace un lustro escribimos que en Sánchez todo es mentira salvo la ambición, y la mentira no ha hecho más que crecer desde entonces. En este momento el Gobierno es un holograma invasivo que a falta de consistencia presupuestaria nos ocupa el salón con fantasmas de la guerra, giras de míster universo concernido por la paz mundial y reclutamientos catódicos donde el kilo de bufón se paga (lo pagamos) a precio de soprano.
La boda de Almeida ha venido a desmentir que a cierta izquierda no le gusten las bodas de derechas; claro que le gustan. Lo que odian es reconocerlo. Se podrían llenar cientos de miles de divanes ibéricos con los cerebros incapaces de identificar las raíces de su resentimiento. A ese paciente que odia a los demás porque se odia a sí mismo un buen psiquiatra le prescribiría algo más que cabalgar sus contradicciones: abrazarlas.
Un error común entre analistas liberales consiste en seguir interpretando la política como un ámbito racional. O como uno que lo era hasta la desdichada irrupción de mamá internet y de papá populismo, progenitores de la vigente memecracia. Pero lo cierto es que jamás ha existido tal cosa como una democracia deliberativa, un ágora de sabios vigilada por una comunidad de ciudadanos autoconscientes. Eso no existía ni en la Atenas de Pericles, según prueba la injusta muerte de Sócrates. Que la contienda política se ha librado y se librará -si no lo remedia la IA- en el terreno movedizo de la emoción de masas lo sabía hasta Iván Redondo cuando reformuló solemnemente el lema cartesiano: «Yo primero me emociono y luego pienso».