Un designio cruel ha querido enfrentarme al documental sobre la génesis de We are the world y a la final del Benidorm Fest con pocas horas de diferencia. Caprichos del dios salvaje del algoritmo. El himno de 1985 contra la hambruna en Etiopía siempre me ha resultado incomestible, como nuestros tomates a Ségolène Royal. La letra es una redacción escolar -ahí se ve la mano de Michael Jackson– y la melodía cae como una melaza espesa sobre los tímpanos de su víctima hasta colapsarlos por completo. No cabe descartar que We are the world haya provocado más guerras de las que ha evitado. Pero el documental sobre el hito formidable de su grabación -una sola noche agotadora, una constelación de genios mitológicos currando juntos gratis como dóciles becarios- me ha reconciliado con el tema. Ahora lo oigo sereno.
Los mismos que manifiestan su perplejidad ante el posible retorno de Trump, responsable de aquel enero de 2021, se aburren del debate sobre la amnistía a los de octubre del 2017 y del 2019. Los mismos que se movilizaron contra Rubiales por el pico a Jenni no lo hicieron antes por las evidencias de sus prácticas corruptas. Los mismos que experimentan un irrefrenable temblor en las yemas de los dedos por el cual derraman en las redes su indignación ante un Baltasar embetunado mantuvieron un silencio estratégico cuando Bildu presentó asesinos en sus listas. Los mismos que cargaron contra la precariedad laboral cuando Fátima Báñez elevaba la tasa de empleo aplauden la fijeza discontinua si el orgullo estadístico parte de Yolanda Díaz. Los mismos que detectan xenofobia en la ultraderecha española apagan el sónar humanitario ante las señales de odio que emite la ultraderecha catalana.
La frase trae locos a todos los filósofos de la nación: «La verdad de las cosas es la realidad». Algunos se la atribuyen a Aristóteles, otros a Perón y todos a PedroSánchez, a la espera de que Irene Lozano zanje la cuestión inscribiendo la máxima en la faja de su próximo libro. Pero más allá de la autoría nos interesa ahora el significado. Procedamos a desentrañarlo con espíritu científico y sin ápice de ironía.
El más leído de nuestros novelistas no habla nunca de escribir novelas: habla de hacerlas, con orgullo fabril. Esa consumada artesanía se aquilata ahora con El problema final, la feliz incursión en el género detectivesco clásico de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), que enreda al lector en un juego perverso y elegante de la mano de un Holmes conradiano y un Watson español. Una novela magnética, técnicamente perfecta, que envasa la nostalgia no como una queja amarga sino como un aroma delicioso. Un retorno a la inocencia.
Todo escritor tiende a pensar que su último libro es lo mejor que ha escrito. ¿Cuál es su listón interior, esa obra de referencia con la que se mide cada vez que se pone a escribir una nueva?
Una novela corresponde a un momento y a una intención. No hay mejor novela como tal: cada una responde a lo mejor que puedes o quieres hacer en un momento dado. El club Dumas (1993), por ejemplo, es una buena novela. El pintor de batallas (2006) es mi novela, digamos, más seria, más densa, más importante como novela. Pero cada novela me pide el momento en el que está escrita, así que no puedo decir si una es mejor o peor. Quizá mejor técnicamente sí, pero tu mejor novela no es tu última novela. Hay autores que están muertos y no lo saben, los mataron los lectores o ellos mismos se suicidaron hace años y no se dan cuenta. Por eso es tan importante estar pendiente de los lectores. Pero no de los amigos, que nunca te dicen la verdad. Hay que salir fuera, mirar librerías, no encerrarte, mirar cómo te ven y darte cuenta de cuándo el lector, que es el juez auténtico, empieza a aburrirse de ti. Cuando un escritor dice «Oye, es que a mí el público me da igual», o miente o no se entera. Porque el público es tu espejo. Aunque el lector de verdad no enjuicia una novela sino una obra en su conjunto.
Ningún poeta se atrevería a comparar a José Félix Tezanos con un cisne, porque los cisnes son símbolos de la gracia que según Ramón nacen de la nieve caída en el lago, mientras que el CIS de Pepefé es una broma nacida del moho acumulado en la fontanería de Ferraz. Ahora bien, si es verdad que los cisnes cantan cuando mueren, entonces el canto del cisne tezánico pone un coherente chimpún a su desvergüenza. ¿Alguien esperaba otra cosa de su última encuesta? Feijóo, que es más de prosa que de poesía, ha dicho que espera no tener que cesarle: confía en que presente voluntariamente su dimisión en cuanto su hagiografiado abandone Moncloa. Y lo hará, porque Pepefé no es un sociólogo común sino un sociólogo enamorado, y el amor por definición singulariza drásticamente el objeto de nuestra atención. El CIS de Tezanos no pulsa la opinión de la sociedad sino la de un solo hombre, íntimo momento en que el pulso de Pepefé se acelera con ternura. El día que no sienta el pulso político de Pedro, el CIS de Tezanos expirará por causas naturales. Solo que haciendo el ganso mejor que el cisne.
La campaña se está desarrollando de tal manera que los españoles empiezan a dudar no de la derrota de Pedro Sánchez sino de su existencia. ¿Es Sánchez un candidato real o un ente de ficción? ¿Hay un partido bajo cuyas hipotéticas siglas se presenta? ¿Hemos descartado demasiado rápido la escalofriante conjetura de que nos haya gobernado un holograma los últimos cinco años?Los fantasmagóricos estertores del sanchismo justifican la formulación de todas estas inquietudes, y mientras no se resuelvan Feijóo debería abstenerse de seguir cuestionando la credibilidad presidencial, porque no hay derecho a reclamar ética de los espectros. Solo estética.
Dicen que los gallegos tienen una conciencia más aguda del paso del tiempo. Quizá por eso se obsesionan con la muerte o se entregan a la morriña o escriben versos melancólicos mientras oyen llover. Quizá por eso se les da bien la política, que a menudo no es otra cosa que la atinada administración de los tiempos: el don de la oportunidad.
Alberto Núñez Feijóo es un hombre que ha sabido esperar. Esperó para llegar a la paternidad, a la afiliación al PP, a la presidencia del PP. También ha esperado mucho a darse a conocer a los españoles más allá de Galicia. Tanto que pese a cuatro mayorías absolutas acaba de destaparse como una estrella emergente de la televisión nacional, primero en El Hormiguero y después en el debate. En ambos espacios causó sorpresa a propios y a extraños.
La entrevista de Feijóo en El Hormiguero comenzó bajo una enorme tensión: la posibilidad terrible de que Pedro Sánchez irrumpiera en cualquier momento con unas gafas, llamando Pabliño al presentador y silbando la melodía de Verano azul. Su afán de foco ha alcanzado tal grado de paroxismo que no hay en este instante ningún podcast universitario a salvo de una llamada personal de La Moncloa.