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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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La noche de Fonsi

Momento de debilidad.

Momento de debilidad durante el programa captado por cámara traicionera.

Anoche vino al programa de debate futbolero en el que colaboro, La Goleada de 13TV, un joven periodista deportivo llamado Fonsi Loaiza, de añejo renombre tuitero y reciente fama mediática como representante de Podemos sección Deporte. Fue una noche mítica que no olvidaré, como no olvidamos el encontronazo con la inocencia más extraterrestre.

A quienes me critican por haberme sumado a una suerte de linchamiento, aquí va la prueba (a partir del 38:40) de que en todo momento, y aleccionado por este lucidísimo artículo de mi amigo Hughes (conocido el personaje solo matizaría que vi en él más candor que picardía), traté en la medida de mis posibilidades aportar paz, piedad y perdón. Pese a que Fonsi había venido allí a insultarnos.

El programa fue importante no solo porque probablemente hicimos la mejor audiencia del curso, sino porque los españoles pudieron ver el primer pinchazo televisivo de la historia de Podemos, partido fundado en la dialéctica tertuliana. Razón de que muy probablemente este chico sea rápidamente purgado, si no lo fue ya inmediatamente después de la entrevista en El Larguero y justamente antes del programa.

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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Breaking tertuliano

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

Siempre me gustaron la política y el fútbol, y fui -lo confieso- un devorador de tertulias mediáticas desde la adolescencia, en radio o en tele, que estas vinieron después, para quedarse. También veía las de cine de Garci y las de libros de Dragó en madrugadas absurdas de universitario ocioso, deliciosamente especulativas. Pero sobre todo seguía los programas de discusión política. Yo estudiaba las estrategias de los tertulianos, desenmascaraba sus quiebros demagógicos, me entrenaba en su falsa modestia o captatio benevolentiae, admiraba su rara brillantez o me espantaba más a menudo de su creciente simpleza, su coloquialismo puro. Luego me desencanté de esas lizas mediocres y vacié sobre la clase tertuliana algunos frascos de mi mejor acritud. Pero en el fondo yo era un tertuliano sin tertulia y algunos amigos me lo decían, y yo les decía que quizá mi entusiasmo opinativo se pasaba como el arroz de las treintañeras.

Haciendo mi once titular del Madrid en El Chiringuito, anoche.

Haciendo mi once titular del Real Madrid como un chiringuitero más.

De pronto me vi trabajando en un grupo con radio y tele. Creo que la primera tertulia televisiva en la que participé fue Dando Caña de Intereconomía hacia el 2010, más o menos, con Javier Algarra. Yo era redactor y columnista de La Gaceta, donde frecuentemente escribía ya contra los tertulianos, pero las sinergías allí digamos que, si no obligatorias, eran rigurosamente aconsejables. Por ese mismo mecanismo empecé en tertulias radiofónicas como El color de la tarde de María José Bosch o tiempo después La espuela con Dávila en Radio Inter. Después vendría la Real Madrid TV de Alcaide y Muñoz, de Alfonso Villar y David Álvarez y tantos amigos, y también algunas noches en El Contrapunto de Telemadrid con José Antonio Ovies. Una incursión en el primer Jugones de La Sexta, el de Esteva y Rincón, que se cayó enseguida. Luego me llamaron de Radio Nacional de España para la tertulia de 24 Horas, la de la noche, con Miguel Ángel Domínguez. Y ayer lunes 30 de junio de 2014 todos los astros del cielo dialéctico se alinearon para que yo madrugara en Las Mañanas de Radio Nacional con Alfredo Menéndez, siguiera por Rojo y Negro en Radio 4G -el espacio vespertino de Periodista Digital, presentado por Alfonso Rojo– y al final de la tarde me llamaran del equipo de Josep Pedrerol para debutar en El Chiringuito de La Sexta. Me acosté con un agudo dolor de cabeza ubicado en el lóbulo frontal, pero había sido un día divertido.

En 'Rojo y Negro' de Radio 4G, ayer por la tarde.

En ‘Rojo y Negro’ de Radio 4G, ayer por la tarde.

El español, que aún mide el éxito por minutos de televisión, debe de creer que me va fenomenal y que gano ingentes sumas de dinero. La realidad es mucho menos glamurosa, pero desde el hidalgo del Lazarillo sabemos que lo que importa es aparentar a la espera del contrato verdadero, que diría Anson.

La tertulia es un género contingente y necesario a la vez. Allí uno crece en humildad, pues mal que bien siempre acaban llegando insultos entrañables de la audiencia tuitera, y también gana en compañerismo corporativo, conociendo a viejos periodistas con mucha mili y a algunos otros con mucho morro. En términos epistemológicos, la tertulia es perfectamente contingente; en términos financieros, absolutamente necesaria para el bolsillo del periodista posindustrial y precarizado.

Yo, en mi disparatado quijotismo, espero seguir rompiendo a tertuliano en lo venidero, y juro tratar de esforzarme para serle grato al oyente o al telespectador, e incluso para exponerle algún argumento que pueda ser de su provecho o que cuestione alguno de sus prejuicios, e incluso de los míos. No hay que esperar mucho más de un tertuliano, pero tampoco nada menos.

Ahora tengo que irme: acaban de llamarme de Telemadrid.

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Twitter y la prédica solemne

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

En agosto de 2012 la periodista Laura Marcus publicó en The Guardian un artículo en el que se preguntaba si Twitter era algo más que una caja de resonancia de la izquierda global. Se preguntaba si el usuario de la red social del pajarito o pajarera virtual debía renunciar definitivamente no ya al debate ilustrado, que para eso no te da una columna el Guardian, sino a la normalización pública de las posiciones conservadoras. Al certificado ACNUR del pensamiento que van repartiendo los gurús de progreso y sus movilizadas huestes. La señora Marcus llegaba pronto a la conclusión de que sí, de que Twitter es de izquierdas, y proponía un sencillo experimento de verificación: “Como anecdótica evidencia, mira más allá de tu timeline y lee los tuits de los hashtags más populares: da la impresión de que hay un consenso de izquierdas”.

El clásico tonto con balcones a Twitter enseguida refutará esta afirmación diciendo que en Twitter hay de todo, y que él tiene un primo facha que no se corta un pelo tuiteando. Pero todas las tesis entrañan una generalización como todos los tontos un caso particular. Lo importante es que el muestreo sea representativo; observar la correlación de fuerzas y certificar una hegemonía que en Twitter, como en toda esfera pública, corresponde efectivamente al consabido discurso de la corrección política. Por otro lado, la automática censura que se abatirá en cascada sobre los tuits del primo facha no servirá sino para corroborar la tesis de la columnista del Guardian.

Un año después, en julio de 2013, publicaba Guy Sorman una tercera en ABC en la que definía la Red como “campo de batalla ideológico donde las minorías organizadas y activas se imponen a la mayoría silenciosa. La Red es antidemocrática, populista, extremista y de izquierdas la mayoría de las veces, personas a quienes ni la verdad ni la realidad importan”. Y relataba a continuación su frustrante pelea con Wikipedia: cada vez que corregía las inexactitudes que un biógrafo anónimo y malvado vertía en la entrada “Guy Sorman”, una hora después la mano negra deshacía la corrección y restablecía, brillante, la calumnia. Ante semejante ultraje el quijotesco Sorman elevó directamente su queja al inventor, el señor Jimmy Wales, a quien se encontró un día en algún guateque transatlántico. El propio Wales vino a darle la razón y le reconoció la inestabilidad de las biografías wikipédicas, “sobre todo en personas vivas”. Con humor y resignación, el bueno de Sorman apostillaba: “Si estamos de acuerdo con tal o cual autor o persona pública, es raro que vayamos a la Red para manifestar nuestro apoyo, mientras que los adversarios tienen el tiempo y la ira para hacerlo. «Cuando estamos muertos», me tranquiliza Jimmy Wales, «las biografías se estabilizan y se vuelven más objetivas»; en definitiva, basta con esperar”.

Sorman se declara liberal, y se lamenta de que la abnegada dedicación a actividades productivas niegue a los liberales el tiempo que derrochan en activismo cibernético los vagos de los izquierdistas, todo el día con la teclita, viene a decir Sorman. Yo no estoy tan seguro como el tercerista de ABC de que el vicio digital sea privativo de la sensibilidad izquierdista; pero sí coincido con él en que existe una asimetría ideológica en la Red respecto del cuerpo sociológico real. Si no aceptamos la tesis de la falta de pereza del bolchevique, ¿a qué se debe esta hegemonía de lo rojo en Twitter que no se compadece con la del azul gaviota en votos?

Rachel Gibson, profesora de Política en la Universidad de Manchester, asegura que hay pruebas de que las redes sociales tienden al progresismo “porque los usuarios de Twitter tienen niveles más altos de educación que el resto de la población, así que tienden a ser más progresistas y abiertos. Además, Twitter no es un medio de masas como la televisión. Aún lo utiliza una minoría de la población”. Me callaré mi opinión sobre los criterios de selección del profesorado que imperan en Manchester si su docente Gibson juzga realmente que los niveles de educación en Twitter son altos. Prefiero quedarme con la segunda frase, que constata la realidad de que la élite profesional de un país primermundista suele tener ya cuenta en Twitter aparte de tragarse realities de televisión, mientras que la masa popular del mismo país solo hace lo segundo, aunque cada vez lo compagina más con lo primero.

Ahora bien: el hecho de que crezca la representación ciudadana en Twitter no conlleva en absoluto un enriquecimiento del debate público. Es lo que Cass Sunstein llamó hace años la “balcanización de la red”, la facilidad que brinda internet para elegir solo a los afines y blindarse ante la exposición fortuita de opiniones que podrían desafiar nuestro punto de vista. Claro que hay algunos tuiteros jovellanescos que siguen a sus propios discrepantes y tratan de comprender el enfoque ajeno. También hay algún político que ha escrito personalmente sus memorias y un par de escoceses que se han hecho selfies en el lago Ness con el monstruo de fondo. Pero es mucho más habitual que la mentalidad online se rija por férreas afinidades electivas. “Offline pasa casi lo mismo”, concluye Gibson en un rapto de genuina lucidez.

Porque es cierto. Fuera de Twitter el individuo humano propende igualmente a juntarse con sus afines, a despellejar sumariamente a los que piensan distinto y a emitir interjecciones extemporáneas. Debatir no debate nadie desde lo de Popper y Wittgenstein, y miren cómo acabaron. La diferencia es que en la calle uno no busca el nihil obstat de la opinión pública sino la sonrisa del amigote, siempre piadosa con nuestra carne y con nuestro hueso. Twitter, como toda opinión publicada, se rige en cambio por la hipocresía de la prédica solemne. Si quieres triunfar ahí, tienes que estar muy atento al día internacional contra la callosidad infantil, a la jornada universal por los derechos de la mujer conservera y a la semana por la visibilidad del indigenismo lesbiano a fin de exhibir en tu avatar los lacitos correspondientes. Y antes de que se abatan sobre mí los amantes de las hojas del rábano, ya advierto que estoy a favor de todas esas causas; solo es que no sé hacer lazos.

Todo periodista, todo tuitero, es siempre un poco de izquierdas porque lleva la protesta en la sangre, porque aspira a una utopía, porque tiene una receta para el mundo y desea que este le escuche. El político, en cambio, tiende siempre a ente de derechas porque aunque tuviera una receta ahora tiene que dar trigo, y el arte de lo posible es siempre un arte conservador. Y luego está el contribuyente, que mira a un lado y a otro y le pide a la Virgen que se quede como está.

El pasado 3 de febrero se produjo en España la primera condena a una tuitera por su estricta actividad tuitera. Tiene 21 añitos, se llama Alba González Camacho aunque en su cuenta se las echa de “Loba Roja” y combinaba las selfies picantonas con la más ortodoxa exaltación del terrorismo: “Que vuelvan los GRAPO… Necesitamos una limpieza de fachas urgente”; o bien: “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y a De Guindos”. Pocas bromas con la niñata, que no pisará el talego por puro paternalismo judicial, vulgo garantismo y falta de antecedentes. Ahora ya los tiene, y aunque mantiene activa su cuenta –más de 14.000 seguidores–, está advertida y ahora se corta. Supongo que en el submundo leninista ya será una heroína con derecho a silueteo Korda.

Aclaremos que cuando decimos que Twitter es de izquierdas no nos referimos a su ala más violenta, por supuesto, sino a la extensa melaza socialdemócrata; pero sí señalamos tres hechos: que internet va dejando de ser Vietnam, afortunadamente; que el dudoso honor de la primera condena en la historia española de la jurisprudenciatuitera corresponde a una izquierdista radical; y que son esas minorías activas y ultras las que desplazan el polo del debate y terminan estirando esa asimetría falaz pero verosímil de la que se quejaba Sorman: “Esta apropiación de la Red por parte de minorías activas no tendría importancia si la Red fuese insignificante, pero no lo es porque acaba con el papel para convertirse en la principal fuente de la información”.

Es cierto que la batalla digital la ganan a diario las tesis llamadas progresistas, pero se trata de victorias tan virtuales como el crédito de Wikipedia. Yo pienso, como Wilde –vaya tuitero nos perdimos–, que nadie libra una batalla a muerte por lo que sabe que es cierto. Por su verdad empírica y cotidiana. Por eso los felices burgueses tuitean poco y mal, pues están demasiado ocupados en ser burgueses felices, que es la culminación de todos los deseos de la especie.

(Publicado en Suma Cultural, 15 de febrero de 2014)

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Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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