Archivo de la etiqueta: Telepantoja e ingeniería social

Ablación textil

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¡A la hoguera!

Hay que estar loco para ser varón y ponerse a opinar sobre el vestido de Pedroche. Pero quizá sea posible opinar sobre lo que opinan otras mujeres. Entre ellas, las activistas de género exoneran a Pedroche de su propia coquetería y culpan a los directivos de Antena 3 del delito de afán de lucro. El argumento incurre en el mismo paternalismo que combate. Presuponiendo que doña Cristina no decide por sí misma, las feministas dan la razón a los machistas. La mujer no es autónoma. No se liberará mientras no renuncie a toda estrategia textil de sexualización. Están a dos nocheviejas de proponer el saco de arpillera como uniforme de vanguardia ideológica.

Desde la viril lejanía uno asiste confuso al empeño feminista por rescatar a las mujeres de su propia feminidad. Arrancar de ellas el deseo de gustar es otro modo de estigmatizar el cuerpo femenino, sermoneándolas con la rendición a los estereotipos publicitarios como antaño amenazaban su desinhibición con las llamas del infierno. Róbale a una mujer la facultad de seducir y seguirá siendo una mujer, pero una mujer atracada. El sexismo es peligroso, pero la ablación indumentaria es un crimen.

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2 enero, 2017 · 13:40

Si ésta es su piedad

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Honrarás a los muertos.

Lo bueno de la mala conciencia es que al menos presupone una conciencia. Lo bueno de la piel de cordero es que el lobo se la pone sabiendo que desnudo aún inspira temor. Temamos más bien el día en que el llanto amargo del remordimiento se seque. Temamos más bien el día en que los lobos vayan de lobos porque dar miedo salga rentable en una sociedad asilvestrada.

A Rita no la ha matado el periodismo, aliviemos los hombros, compañeros. Cabe el recelo de que apostar cámaras insomnes en los portales de (algunos) sospechosos sea periodismo, pero yo sé que algunos camarógrafos el miércoles sintieron el arañazo siquiera fugaz de un escrúpulo, y eso ya es algo, un brote moral en mitad de la dura tarea cotidiana. A Barberá la ha matado un infarto y, un médico poco corporativo me ha sugerido que entre el primer aviso y la parada irreversible quizá mediara la negligencia. En cuanto a la negligencia mediática, no ha resultado un factor de riesgo tan decisivo, sospecho, como la proscripción de la tribu. En la vida uno se prepara para el ataque del adversario, sea un partido o una televisión: con él cuenta y contra él se crece; lo que el corazón soporta mal es el repudio de los propios cuando ceden a la presión ajena. Por lo demás, ése es un remordimiento que compete al PP, a la amistad de Rajoy, a la desfachatez de Hernando. Yo sigo pensando que Barberá debió apartarse antes, que el partido no tenía otra salida aspirando a un pacto de investidura, que la responsabilidad política debe preceder a la judicial si se desea combatir el desencanto de los electores más volubles de Hamelín.

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25 noviembre, 2016 · 10:37

El mito de la Transición

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Torcuato, el guionista, y Adolfo, el intérprete.

Hace tiempo que la Transición murió de éxito, pero aun después de muerta sigue reconciliando a los españoles. Sólo que ahora los reconcilia en el desprecio transversal a la difunta. El último consenso emanado del cuerpo insepulto de Santa Transición es un revisionismo impugnatorio que ejercen la izquierda adánica y la derecha matusalénica. Ambas rezongan que la Transición está mitificada, y llevan razón.

Para el podemita paranoide, el 78 fue un apaño elitista del que el pueblo estuvo excluido. Y es verdad, básicamente porque el pueblo, como sujeto histórico, no existe. La Historia la escriben individuos de gran determinación apoyados por grupos de fuerza muy concretos. El pueblo fue arrastrado a la Guerra Civil por ellos, y a la dictadura por ellos, y la Democracia por ellos. Lo que cambia es la catadura de las élites en cada momento, y todos tuvimos la suerte de que las élites de los 70 fueran más presentables que las de ahora. Nunca el establishment estuvo tan barato, queridos conspiradores. Así que la cursi reflexividad del sintagma «nos dimos una Constitución» es, efectivamente, un mito. Nos la dieron a votar, más bien, y por fortuna los españoles votaron lo que les convenía, a la vista del abismo de prosperidad que separa el país de entonces y el de hoy. Para el conservador pedernal, por su parte, el 78 fue una traición a las esencias espirituales de España. Pero su pérdida también es un mito: nuestro proverbial espíritu de contradicción goza de salud vigorosa en el Parlamento y en Twitter.

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21 noviembre, 2016 · 10:17

Si envidias, loterías

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La mirada del infeliz.

A usted ya le han informado en la oficina de que puede comprar lotería de Navidad. Está disponible un número que los improvisados cabalistas de su departamento estiman prometedor, e incluso «bonito». Usted va a dedicar unos minutos fugaces a sopesar la posibilidad de no comprarlo esta vez, porque usted, sin ser un experto en cálculo estadístico, es perfectamente consciente de que este año tampoco va a tocar. Pero usted va a regresar muy pronto de ese melancólico rapto de sensatez y va acabar comprando el décimo de lotería como todo hijo de vecino, por una poderosa razón que nada tiene que ver con la esperanza de hacerse millonario. Usted lo comprará porque sabe que no soportaría la felicidad de los demás en el remotísimo caso de que tocase. Para vivir quizá ni siquiera necesitemos el dinero, pero desde luego necesitamos el honor.

Los politólogos, los moralistas y, por supuesto, los encuestadores soslayan esta sencilla verdad de carácter más espiritual que material: que todos dedicamos los mayores esfuerzos de nuestra vida a que no nos tomen por gilipollas. A que de nosotros no se ría ni nuestro padre. A que el mal, ya que existe, sea de muchos para consuelo de tontos. Por eso el populismo ha eclosionado cuando lo peor de la recesión mundial ya pasó: uno enmudece y aguanta mientras sopla el huracán, pero no soporta que la bonanza llegue antes a su vecino. Es la desigualdad en la recuperación y no la intensidad de la crisis lo que nos saca de quicio al punto de votar al marido de doña Melania.

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El bueno, el feo y el malo de la semana en La Linterna de COPE solo podía ser uno: Trump

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14 noviembre, 2016 · 12:26

Y Trump es su profeta

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El pesebre de Belén resulta que estaba en la Torre Trump.

Ya que nos pronostican la caída del Imperio Romano habrá que releer a quien la contó primero. Gibbon pensaba que el declive de las civilizaciones viene anunciado por el de las religiones, que en Roma cumplían papeles distintos según el observador: el pueblo creía que todas eran verdaderas, el filósofo que eran todas falsas y el político que eran todas útiles. Muerto Dios y amenazado el humanismo, nace la última superstición de Occidente: el culto a la sociedad, que se deifica a sí misma en el altar de la tecnología. A esta eucaristía cotidiana que convierte el pan duro del precariado en cuerpo revolucionario los nuevos sacerdotes la llaman empoderamiento. Salid a las redes, apóstoles del clic, y difundid por todo el mundo el evangelio populista.

También el cristianismo nació como una religión de pobres contra el politeísmo de los ricos y acabó convenciendo a Constantino. Desde el pasado martes tenemos un emperador que ya profesa la fe rabiosamente verdadera. ¿Cómo pudo suceder? No hay historia más vieja. Tampoco ahora los bárbaros provienen del otro lado del muro, sino de las catacumbas del propio imperio. Tenía que ser un rabino, el agudo Jonathan Sacks, quien esclareciera la entraña religiosa del fenómeno populista. Dice Sacks que el individuo occidental ha externalizado su conciencia. Ha transferido todas sus competencias al Estado y al mercado. Y durante medio siglo el demoliberalismo cumplió el contrato. Pero también generó una expectativa de prosperidad constante que la globalización y la digitalización han quebrado. Para entonces, el individuo se encuentra tan infantilizado que ya no sabe gobernarse a sí mismo, ni corresponsabilizarse de ningún fracaso. Antes al contrario: se vuelca en la cultura de la queja, cuya última estación es la patada al sistema y el aplauso pavloviano al último oportunista televisivo. Su reacción no es cerebral sino visceral, abonada por la nostalgia de una triple pérdida: de poder adquisitivo, pero también de poder identitario en una sociedad plural y de poder lingüístico bajo la asfixia de la corrección política. Nuestro individuo está acostumbrado a esperar de la política lo que sólo la magia puede dar, pero nunca falta en esta vida un homeópata elocuente. Hay magos de extrema derecha, que prometen regresar a una edad dorada que nunca existió. Y hay magos de extrema izquierda, que sacrifican la vida (de los otros) a un futuro utópico que nunca existirá.

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11 noviembre, 2016 · 12:32

Trump no es Trump

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Él te salvará.

Se nos presentan estos comicios estadounidenses como la elección del asno de Buridán, que murió de inanición por no decidirse entre dos montones de heno idénticos. A tenor de sus respectivos detractores, Trump y Hillary personifican dos montones de estiércol equivalentes. El burro de la fábula escolástica expresa la parálisis a que aboca el racionalismo extremo, y siendo además el símbolo de los demócratas ilustra bien el escrúpulo del votante de Obama que no se decide a votar a una investigada por el FBI.

El trumpista es otra cosa. Su opción no es racional sino identitaria. No delega en un representante sino que se identifica con un superhéroe, capaz por fin de poner coto a esa hipócrita progresía cuyo triunfo tanto le humilla. Es un tipo oscurecido por el signo de los tiempos que ha decidido que Trump encarna lo que él necesita: el resurgir de un nacionalismo orgulloso y proteccionista como reacción a la intemperie global. Pero el trumpismo es, sobre todo, el pretexto autorizado para una ira abstracta. Trump es el hombre de la rienda suelta: el que concede la gran revancha a los derrotados por la corrección política, el aliviadero blanco del resentimiento o la nostalgia. Más que admirarle, Trump le sirve al trumpista para odiar a gusto al progre.

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7 noviembre, 2016 · 11:43

La peste de la coherencia

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El coherente, visto por Rodin.

Este verano pasó José Luis Rodríguez Zapatero por el micrófono de Herrera para detallar su labor de mediación entre chavistas y opositores en Venezuela. No parece tarea sencilla incluso para un optimista antropológico como ZP, pero más complicado es investir a Rajoy con la abstención de Sánchez, y a esa rosada quimera anda dedicado el ex presidente en sus horas libres, con el entusiasta beneplácito de doña Susana. Respecto del carajal venezolano, honestamente uno no terminó de advertir durante la entrevista los progresos en los que ZP tenía depositados sus afanes y esperanzas, pero a cambio me quedó grabada una observación que, aprovechando una pausa de publicidad, confesó don José Luis cuando le pregunté cómo era Maduro en el despacho, si entonces se apeaba del personaje incendiario y recuperaba el sentido del ridículo.

-Mira, he descubierto que allí los políticos son altisonantes en público, pero mucho más razonables en la intimidad. Aquí, en cambio, el discurso político es siempre más correcto y la dureza se reserva para los ámbitos de confianza -vino a responder.

En esta constatación de Zapatero creí descubrir mayores dosis de realismo político que en el periodo completo de sus dos legislaturas, al menos hasta mayo de 2010. En efecto, si las democracias europeas consumieron hace décadas los últimos rescoldos de épica constituyente para ingresar en la rutina feliz del orden liberal, los regímenes tropicales menos desarrollados o directamente regresivos no se privan de la charanga revolucionaria, aunque a los pulmones de sus gobernados les falte resuello para hacer los coros, y a sus brazos proteínas para tocar la pandereta. En ambos casos la política conserva su estatuto básico de ficción: aquí nos anuncian el caos aunque luego no ocurra nada (incluso mejora la economía), allí les marcan el paso con acordes patrióticos mientras por los estantes del colmado se pasean las arañas.

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Reseña amable de El hígado de Prometeo por Abu Saif Al-Andalusi

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2 septiembre, 2016 · 10:33

Entre Arnaldo y Gerardo

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La política según ETA.

Yo no digo que C’s no corra el riesgo de abaratar su regeneracionismo al contacto con un partido veterano en ardides y perito en fontanería estatal como el PP. Digo que me fascinan los cotidianos capitanes de la higiene democrática que salen cada mañana a arponear imputados -los pocos que van quedando- como el otro perseguía a su ballena. Son los Ahab de confidencial y tertulia, y han fundado el nuevo periodismo telecrático, que consiste en anunciar que Óscar Clavell está imputado a gente que no sabía que Óscar Clavell estaba vivo.

Pero todo eso tan solo alimenta nuestro bucle de banalidad. Más grave es que quienes ponen los ojos como bolas de alcanfor al señalar al último pepero supuestamente indultado por Rivera suelen ser los mismos que derraman amargas lágrimas porque Otegi no vaya a poder ser elegido lehendakari este año. Aquí es donde el río de lo banal desemboca en neta ciénaga. Apesta un país que, si hemos de creer a la demoscopia, juzga su político más valioso a un mozo casadero que felicita el cumple al Tirano Banderas de Cuba y luego tilda de «enorme cacicada» la aplicación de la ley vigente, del rubor político y de la mínima decencia, todo lo cual pasa por mantener a Arnaldo Otegi, alias Gordo, a dieta de representación pública.

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26 agosto, 2016 · 11:21