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Josep Pla, el penúltimo facha

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración en el 255 de LEER de David Pintor.

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración de David Pintor en el número 255 de LEER.

El pasado domingo 14 de septiembre El País, cumpliendo una tradición encomendada en persona por Voltaire y Diderot al diario de Prisa para que vele por la pureza ideológica de la cultura española, publicó un artículo titulado Pla, espía número 10 de Franco. Se hacía eco de una investigación del periodista Josep Guixà que la editorial Fórcola publica bajo el nombre Espías de Franco. Josep Pla y Francesc Cambó. Javier Fórcola es un gran editor para quien la búsqueda de un modesto gancho comercial no está reñido con el escrúpulo estético y la exigencia intelectual a la hora de planear sus lanzamientos. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Guixà, quien seguro ha escrito un libro documentado y riguroso, tirando por lo demás de un hilo viejo y conocidísimo: la labor de espionaje que el genio ampurdanés desarrolló para el bando nacional durante la guerra. Lo que no se sabía era el grado exacto de compromiso de Pla en esta tarea, y bienvenida sea la historiografía honrada para fijarlo.

En una guerra civil, un escritor sirve para muy poco: básicamente para hacer propaganda de un bando o de otro y para elaborar informes de inteligencia. También puede elegir el exilio y acabar muriendo en la Fleet Street por inadaptación fatal a los hunos ni a los hotros, caso que fue el de Chaves Nogales. Pero en España, en 2014, cuatro años después de la edición revisada y aumentada de Las armas y las letras, la cosa sigue funcionando más o menos como desde 1975, año inaugural de la Gran Revancha o antifranquismo cultural de maniqueísmo y pesebre. Con lo útil que habría sido el antifranquismo con Franco vivo.

Según esta ley de hierro, que a los nacidos en 1982 y por ahí nos sume en la desesperación y en un senequismo prematuro como de payaso suicida, hay que prohibir la palabra chiringuito porque la puso en circulación el fascista de Ruano. Sin embargo, hay que bautizar todos los colegios públicos que admita el presupuesto con los nombres de Alberti y Neruda, pese a que el primero firmaba durante la guerra en un periódico obrero una columna titulada “¡A paseo!” donde hacía exactamente lo que se esperaba del epígrafe: iba señalando a los intelectuales depurables que, efectivamente y una vez puestos en la diana por el camarada poeta, acababan en la checa y de ahí a Paracuellos. Y no es que Alberti y Neruda se dedicaran a versificar y unos descontrolados les interpretasen mal; no, no: formaban una célula homologada del Komintern perfectamente autorizada para la purga ideológica de retaguardia, entrañable afición de tanto arraigo en la tierra por donde vaga errante la sombra de Caín. El caso de don Pablo, además, se antoja especialmente inadecuado para prestar nombre a escuelas u hospitales, pues abandonó a su hija en cuanto se enteró de que padecía una severa hidrocefalia. De ella moriría la niña a los ocho años sin haber conocido a su padre, que estaba demasiado ocupado en enhebrar odas a Stalin. Vasili Grossman, en cambio, adoptó a las dos criaturas de su mujer, viuda de un purgado por Stalin, para evitar que fueran deportadas a un orfanato para hijos de contrarrevolucionarios, poético lugar que sin temor a la incongruencia bien podrían haberlo llamado Archipiélago Neruda, por ejemplo.

Y sin embargo no se nos ocurre decir que no haya que leer a Alberti, o que Neruda no sea un prodigioso renovador de la poesía castellana. Ni tampoco pedimos para el olmo de la mezquina estirpe formada por los escritores y los artistas en general las peras del heroísmo moral de Grossman, verdaderamente excepcional. Del genio su obra; a él, ni con un palo.

Ahora bien. Pla cometió el error de espiar para el bando equivocado, a efectos de la Gran Revancha. Y aunque al parecer Guixà prueba que ninguno de sus informes justificaron una sola represalia letal, es evidente que no se comportó como un héroe. Ni falta que hace para lo que nos importa a sus devotos lectores. Pla había cubierto la degeneración quemaconventos de la República y por su talante conservador, amante del orden y los buenos alimentos, estaba cantado que ayudaría al Movimiento. Lo cual ni siquiera lo convierte en un facha, pues su colaboración parece ser que fue pura táctica para evitarle a su amada Cataluña la ruina total de una prolongación del conflicto. Y si de todos modos Guixà probase que Pla le preparaba personalmente las sopas al Caudillo, tampoco saberlo disminuiría un ápice su consideración literaria, como espera que suceda el autor de la nota de El País, terriblemente obsesionado por hacer aparecer al gran escritor como un cobarde, un vendido, un franquista desorejado y basta ya de tanto homenaje y reedición, coño. Qué diferente el ponderado enfoque que usa el redactor de La Razón en la elaboración de la misma noticia; y que nadie advierta en esta oposición el consabido esquema de preferencias que evoca la mancheta progre contra la mancheta rancia: sencillamente el texto de La Razón no lleva incorporado al monaguillo de sotanita rasgada proclamando entre líneas el escándalo que le produce todo, qué horror, el Josep Pla, qué vergüenza, tú. Esta vez la mera información está del lado de Marhuenda.

La dramática infantilización de la inteligencia que padecemos demanda potitos de moralina que mezclen lo nutritivo con lo tragadero, de tal modo que el distingo entre ética y estética, conquista conceptual que rige la Historia del Arte y de la Literatura, se vuelve una provocación. Así que hay que rehacer el canon. Vamos camino de resucitar un Index laico donde figuren en exclusiva los escritores que se muevan en bici, se alimenten de brócoli y solo pisen los burdeles para afiliar a las putas a la Seguridad Social. A ver cuántos nos quedan. Entretanto, la industria cultural española es un sectarismo que no cesa. Por ideología y por los intereses creados bajo su bandera, claro. Que a nadie le han dado un Instituto Cervantes por reeditar a Foxá.

¿Hay una campaña orquestada para disuadir a las nuevas generaciones de la lectura de impuros como Ruano o Pla? Yo no creo en orquestaciones maquiavélicas ni en el vestuario del Real Madrid, que ya es decir. Pero ciertas adhesiones que ha traído El marqués y la esvástica, el libro contra Ruano (magistralmente reseñado aquí) que subió el rubor a las mejillas acomplejaditas de la novicia Fundación Mapfre, hace pensar que hay nombres de nuestras letras recientes que molestan. Que molestan bastante. Lo bueno es que toda fatwa excita el interés por el condenado, y yo puedo decir que acuden a mi Twitter jóvenes estudiantes de Periodismo y lectores en general pidiéndome títulos de Ruano, Pla o Camba; curiosidad que me apresuro a saciar lleno de esperanza en el futuro.

Dejen ustedes que leamos lo que nos salga de los cojones, señores mandarines de la intelligentsia. Sobre todo cuando no producen ustedes nada capaz de competir ni de lejos con Ruano o con Pla.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Y dejando de lado la santa política -o no, porque al final no se puede-, aquí va mi homenaje estrictamente literario al mayor prosista de las letras catalanas, portada del número 255 de la revista LEER, septiembre de 2014. Ojalá muchos más espías de Franco escribiendo como él.

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A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el “sostenido prestigio” de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por “inteligencia con el enemigo”. Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan “modélico”, por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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El marqués y la esvástica

A la caza del último maldito.

A la caza del último maldito.

Al joven Ruano se le grabó lo que le dijo un día Vargas Vila: “Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada”. Tres años han pasado Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas investigando la parte más monstruosa de la leyenda Ruano, abriendo archivos de media Europa para pasar el mito del último maldito español por el logos histórico. Lo logran solo en parte, y en parte han de contemplar frustrados cómo el espectro del dandi se lleva, sonriéndose, su turbio enigma a la tumba, así como en vida había diseminado siempre su verdad medida y mediada a través de memorias, diarios, artículos y libros. Ruano fue inapresable vivo, escapó de todo y de todos, en primer lugar de sí mismo. Y lo es también muerto.

Los autores acreditan que Ruano vendió su pluma a Goebbels siendo corresponsal en el Berlín de 1933, y que colocó propaganda nazi a media docena de diarios españoles. También que salió de Cherche-Medi delatando a sus compañeros de cárcel a la Gestapo, que allí lo había encerrado por traficar con salvoconductos para judíos desesperados a los que además estafó sus bienes y cuyas mansiones okupó mientras el mundo se desangraba; mercado negro que involucraba por lo demás a numerosos españoles, de izquierdas y de derechas, Falange y maquis, y a la mitad colaboracionista de Francia. Pero aunque algún judío estafado por Ruano acabó en Auschwitz o tiroteado en Andorra, el libro no prueba la implicación directa del periodista. Fue un indeseable pero no un criminal, y la condena a 20 años de trabajos forzados que Francia le impuso en 1948 –el gran aporte documental del libro– le imputa exclusivamente “inteligencia con el enemigo”. Esa sentencia fue la razón de que Ruano, huido y alcoholizado en Sitges, no viajara más a Francia.

El reportaje participa del método compositivo del Nuevo Periodismo en la línea del excelente En nombre de Franco de Arcadi Espada: narración en primera persona, exhibición del work in progress al tiempo que del hallazgo, estilo cuidado. Hay capítulos soberbios, como el dedicado al heroico Bermúdez Cañete. Otras veces se echa en falta mayor condensación para eliminar reiteraciones y ahorrar pistas falsas.

Pero ya que el libro combina la exhaustividad con la percepción subjetiva, uno añora mayor ambición ensayística: por qué la fascinación. Fascinar significa atraer y repeler a la vez, pero los autores se preocupan tanto de asentar su repulsa que nos hurtan el reconocimiento de su atracción por Ruano. No puede tratarse sin más de derribarle de un pedestal por lo demás inexistente. Solo en el epílogo ensayan una clasificación de maldad de lo más interesante. ¿Fue Ruano abducido por el nazismo como lo fue Knut Hamsun, premio Nobel? Por supuesto que no. Fue un hedonista doblado de mercenario para pagarse los vicios. ¿Es peor hacer propaganda nazi por dinero que por convicción? Sala Rose dice que sí, pero yo creo que no: el fanático es más dañino porque es más difícil de desactivar. De hecho, Ruano se jugó el trabajo y perdió la protección de Hitler y Mussolini al ausentarse de la caravana de prensa que iba a cubrir la cumbre bilateral del Eje porque vino su madre a verle a Roma. ¿Fue un antisemita infame? Menos que Quevedo pero lo fue, y solo cambió cuando se dio cuenta, apunta lúcido Garcia-Planas, de que el odio a los judíos era una forma de odiarse a sí mismo, pues toda su vida temió ser alguien tan irrelevante como lo eran los judíos bajo los nazis. Por eso se obsesionó con la hidalguía y el monarquismo, por el que quisieron pasearlo los milicianos y que también le perjudicó ante Franco, a quien despreció toda su vida y cuya moral nacional-católica fue desafiada por 30 años de amancebamiento público con Mary de Navascués*.

La reseña en página.

La reseña en página.

Que César González-Ruano vivió olímpicamente desprovisto de escrúpulos morales ya se sabía. Que en él la ética estaba no ya subordinada sino suplantada por la estética, y todo impulso empático cedía al hormigueo del propio placer, frecuentemente depravado, era bien conocido en los veladores del Gijón. Que fue, en suma, un canalla y también el prosista mejor dotado del oficio, capaz de entregar en diez días un libro de 250 páginas o de escribir seis artículos en una mañana de café, todos ellos antológicos, está perfectamente documentado. Que la publicación de esta obra, verdadero cuadro wildeano en el desván horrible del siglo XX, desencadenara una fatwa editorial que condene sus maravillosos textos al ostracismo entre beato y tiránico de la corrección política, lo lamentaríamos mucho.

(El Cultural, 21 de marzo de 2014)

* Frase ausente en el papel por falta de espacio.

Aquí lo que escribe sobre el particular Fernando Díaz de Quijano.

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Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

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6 marzo, 2014 · 10:10

Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

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Habla, memoria, que es 20-N

Se concluyó a tiempo el remozado del Congreso para conmemorar el ecuador exacto de legislatura, con los leones limpios rugiendo de frío bajo el dosel corintio de los capiteles sin andamios. Gobierno y oposición hicieron de la efeméride el eje de su defensa o de su ataque, lo cual ha de celebrarse como un avance histórico del parlamentarismo español, que en días como hoy, 20-N, habría podido entregarse a la retórica chicle del franquismo residual, donde toda impostura biográfica tiene su asiento y todo triste pretexto hace su habitación.

Tan solo Amaiur quiso traer al debate el sesgo siniestro de su particular memoria, preguntando al ministro de Justicia por la reparación de “todas” las víctimas, en concreto de Josu Muguruza y otros muertos suyos, con ese determinante tan insidioso que emboza una inmoralidad sangrante bien desmontada por Gallardón:

–Ustedes tratan de introducir una mentira en el debate: la equiparación de dos violencias. Son ustedes los que deben explicar por qué han amparado y disculpado medio siglo de terror perverso. No agravien más a las víctimas y pidan la disolución de esa bestia totalitaria que es ETA.

Bien es cierto que el diputado amaiurense explicitó un retórico respeto a los familiares de asesinados por ETA como Ernest Lluch, algo es algo aunque muy poco comparado con exigir de una vez la disolución del residuo mafioso del norte y colaborar con la Justicia en los muchos crímenes etarras aún por resolver. Y más cierto aún es que las víctimas de la banda tienen razones dolorosamente cotidianas para clamar contra un Gobierno bajo cuyo mando se está produciendo la suelta de terroristas más escalofriante de nuestra historia. Ahora que Fernández Díaz patrocina una nueva ley de orden público, debiera aplicarse la mordaza el primero antes de proferir boberías como esa asimilación de etarras a violadores que a su juicio prueba la derrota de ETA. Son las peras y las manzanas del cesto de Parot, y el ministro del Interior ejerce de Caperucita.

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20 noviembre, 2013 · 18:14

El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un “pequeñoburgués liberal”, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: “Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César”. Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16