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Moreno Bonilla tiene gripe

El padrino y el novio.

El padrino y el novio.

A la hora en que Telecinco prestaba foco a Susana Díaz, el hotel Ritz ponía de largo a Juan Manuel Moreno Bonilla ante 700 invitados, no necesariamente andaluces. En estos desayunos informativos siempre comparece un misterioso grupo de elegantes que solo se conocen entre ellos pero que toman asiento con el seguro ademán del patricio. Han recorrido la democracia saltando de desayuno en desayuno postinero sin perder su prestancia de ardilla engominada. No son banqueros, no son tertulianos, ni siquiera pobres diputados: son el mismísimo Poder descendido sobre cuerpos mortales. Y el resto son sus escoltas.

Moreno Bonilla no los saludó a todos por no pegarles la gripe -habría gripado el Sistema: ¡la fantasía podemista!-, pero compuso un sufrido papel de novio al pie de la escalera del hall para recibir el desfile de los notables orgánicos, estos ya bien conocidos: María Dolores de Cospedal, Alfonso Alonso, Fátima Báñez, Rafael Hernando, Don Cristóbal. Besamanos de partido: le iban abrazando, le palmeaban el hombro, le susurraban algo al oído que nos gusta imaginar en siciliano: «¡Porca Susana!». Rajoy, que debía presentar al candidato nacido del áureo dedo, tardaba en aparecer; se llegó a temer que se hubiera decidido al final por acudir a Telecinco. Qué quieren, son tiempos de lealtades raras. Y si no que se lo digan a Pedro Sánchez.

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29 enero, 2015 · 12:45

Las manos del PP fuera de MR

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Que Alexis Tsipras, fecundo en ardides, elija a la derecha nacionalista como socio de gobierno no habrá sorprendido tanto como que Rajoy eligiera a Aznar telonero de su fiesta. Al fin y al cabo el nacionalismo es un populismo con lindes; pero, por decirlo al homérico modo, ¿qué tiene que ver don Mariano, conductor de pueblos, con el presidente de honor del PP, de tremolante penacho? Aún más: ¿qué tiene que ver Rajoy con el PP? Estas preguntas podrían parecer tan retóricas como las que el mismo Aznar formuló a cuenta del paradero y las aspiraciones de su partido, pero ni unas ni otras lo son en absoluto.

Al compás de su desvelo por el déficit, Rajoy ha vaciado de ideología el centro derecha español hasta reducirlo a raspa tecnocrática. Sólo los más románticos pueden llamar hoy facha o retrógrado a don Mariano, cuyo corpus teórico cabe en la vitola de un Cohiba sin necesidad de miniarlo. Frente a Zapatero, que aún despedía vapores machadianos, Rajoy ya es un posmoderno puro, de un minimalismo casi vanguardista, que diserta en vídeos electorales sobre «la fuerza que te da hacer aquello que crees que debes hacer» y que nos dejaría paralizados si llamara a nuestro timbre, incapaces de decidir si truco o trato.

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El dios del bipartidismo llora sobre 2014

El autor, acreditado por Zoom News en la tribuna de prensa del Congreso para cubrir la proclamación de Felipe VI.

El autor, acreditado por Zoom News en la tribuna de prensa del Congreso para cubrir la proclamación real.

En la hora del balance, que es el pasatiempo encontrado por los periodistas para demorar el encuentro en la cena con el cuñado, se abre paso un acuerdo general en torno a la emergencia de Podemos como noticia del año. La competencia es dura: la abdicación de Don Juan Carlos y la proclamación de Felipe VI, la retirada de Rubalcaba y la elección en primarias de Pedro Sánchez, la crisis del ébola, los asaltos a Melilla, el desborde de la corrupción, la dimisión de dos ministros, la Décima del Real Madrid. No necesariamente en este orden. Pero la impresionabilidad tertuliana insiste en que el dios del bipartidismo llora sobre 2014.

Si abrimos el foco al tablero internacional, la competición se recrudece: la ígnea Ucrania, el terror del Estado Islámico, las paces cubanoamericanas, las cosas del zar, el escaso humor norcoreano, la catequesis global de Francisco, los polvos de Hollande y los lodos de Grecia. Y sin embargo nadie se atreve a sugerir la noticia más importante para el interés directo del español: el despunte de la recuperación económica. Con todos los matices, pero sin miedo a la fatwa temible que cae sobre el sospechoso de propagandista pepero, porque la verdad a veces coincide con la odiosa propaganda oficial y en esos momentos se requiere tanto coraje para decirla como cuando no coincide. O más.

Dejaré al margen mi simpatía entomológica hacia don Mariano, que es la clase de afecto libre que nace por el político al que no hemos votado. (El que sí hemos votado nos compromete a una indignación por día, generalmente.) Reconozco que don Mariano me resulta simpático por las mismas cosas por las que les resulta antipático a todos los demás: porque no sabe comunicarse la primera de ellas, aunque uno lo ha visto durante años defenderse en el Congreso con suficiencia insultante. Pero lo que me importa de este hombre, al margen de que le respete y no le vote, es lo que hace con mi país. Con el que, por otra parte y como ha señalado Pablo Iglesias en reciente artículo, poco se puede hacer por la escasez de margen soberano que le queda a un Estado miembro de la Unión Europea que no sea Alemania. En la Europa del siglo XXI solo hay un camino: la economía social de mercado al dictado de una ortodoxia supranacional. Peor fue el camino del siglo XX.

La ejecutoria de Rajoy no ha sido desastrosa sino directamente imperceptible en todo lo que no fuera economía, donde ha practicado el inevitable continuo socialdemócrata con guarnición de austeridad: recortes e impuestos, reforma laboral y a esperar a que escampe. El ajuste ha funcionado y ya hasta se pueden pactar subsidios de desempleo con los sindicatos: quien vea liberalismo o conservadurismo ahí es un sentimental. La poda del Estado, la regeneración política o el lío territorial son asuntos temerariamente aplazados. Ahora bien, soy de los que se malician que don Mariano todavía puede rendir un balance positivo en las generales si el empleo sigue creciendo y el separatismo catalán desinflándose. ¿Se imaginan ustedes que el plan le sale bien y gana las elecciones en 2016 y gobierna otros cuatro años? No habría bronce suficiente en los casetones del Panteón para fundirle la estatua al dios celta de la indiferencia. Porque de momento don Mariano está sentenciado por la opinión pública, que es esa señora del sketch de Martes y Trece que rechaza dos cajas de detergente Gabriel en lugar de una del mismo detergente Gabriel.

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No sólo de canapés vive el hombre

La noble institución del corrillo.

La noble institución del corrillo.

«Cantarán más afinados después de la revolución”, ironizaba en el baile zarista el Komarovsky de Doctor Zhivago cuando hasta el salón suntuoso subió la protesta de los desheredados, que se manifestaban sobre la nieve pidiendo pan. No vamos a decir que la copa de prensa celebrada en Moncloa se parezca por muchas razones: porque allí a ojo había tantos capitanes como marineros, porque Pablo Iglesias va abandonando su amable leninismo y porque los canapés no daban fe de la recuperación que el Gobierno vende con matices de última hora. Tabla de quesos, lomo escasamente salmantino, medias noches de salmón, empanada gallega y una quiche de espinacas con jamón y tomate que no saciaron el hambre de los reporteros, cuyo alimento es espiritual –no sólo de pan vive el hombre– y se llama corrillo.

–¿Dándole al fumeque?

Al volverse, cigarro en mano, este cronista se encontró con un presidente del Gobierno viniendo hacia él solo y de frente, recién salido de nombrar portavoz parlamentario. Al profano le parecerá lógico toparse con Rajoy si se va a la Moncloa, pero uno no lo esperaba tan rápido: aquello es mucho más grande de lo que ustedes imaginan. Tendí el cigarro y tiré la mano, o al revés, y entré en palacio tras don Mariano, a quien le tenían dispuesta la emboscada mediática de recibo. En toda la mañana no pudo progresar más allá de tres metros del hall monclovita, retenido por corrillos de periodistas ávidos. Más allá de vender su libro, el presidente dejó una confesión entrañable, para desazón de conspiradores: “¿Que si voy a presentarme a las elecciones? Miro en el partido y no encuentro mejor candidato que yo”. Mira, eso es algo que podría decir perfectamente… Susana Díaz. Cosas de la partidocracia.

Varios ministros, cada cual con su corrillo. Uno se dirige a la fuente del queso y se encuentra con Soraya Sáenz de Santamaría.

–¿Acusa el jet lag de Afganistán?

Nos cuenta que en absoluto, que son siete horas de vuelo que se pasan volando y que en Herat no hace frío alguno. Para lucir fresca y descansada la vice tiene un secreto cosmético que confiesa en presencia de María González Pico y de mi querida Cristina de la Hoz: ampollas de soja. Le pregunto si eso no es lo que se le echa al sushi. Ella se ríe y dice que la soja admite usos variopintos. Sabíamos lo de las rodajas de pepino, pero ya la soja nos parece demasiado. ¿Será el wasabi lo que explique el carácter de Cristóbal Montoro?

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Corbata y vaqueros: Albert Rivera presenta el uniforme de la tercera España

'Arreglao' pero informal: Albert Rivera.

‘Arreglao’ pero informal: Albert Rivera.

Ni bipartidismo decadente ni populismo emergente. Ni la putrefacción de las instituciones ni su destrucción oportunista. Ni gran coalición ni asalto al cielo. El mensaje de la tercera España lo ha vestido esta mañana Albert Rivera con esa mezcla de resolución y humildad que busca representar Movimiento Ciudadano (MC), la plataforma transversal concebida para los votantes de centro reformista que no necesitan decir casta para sentirse defraudados por PP y PSOE. A ellos se dirigió el líder de Ciudadanos (C’s) con chaqueta y corbata de nudo fino por arriba y con vaqueros desgastados por abajo, a partir de hoy uniforme oficial de la tercera vía. Y hablando de usted al auditorio, añeja cortesía que tras el fichaje de La Pechotes por parte de Cuatro casi nos arranca lágrimas de gratitud.

Corbata y vaqueros. Ambición y modestia. Respeto y descaro. Tradición y modernidad. Conservar el legado de la Constitución pero plantear reformas urgentes en cinco ámbitos principales, consensuadas por los 70.000 firmantes con que ya cuenta la plataforma: ley electoral más representativa, pacto nacional por la educación, descolonización política de la justicia, adelgazamiento de la Administración y una regeneración de los partidos políticos impulsada por alguien que no salga en ningún sumario, a ser posible. Magníficas intenciones que desde luego muchos comparten, incluida Rosa Díez, a quien, sin embargo, no se esperaba en el Teatro Goya como no se espera a Papa Noel en una casa comprometida con los Reyes Magos. Ya saben ustedes: una cosa es liderar un homenaje a la duplicidad como es UPyD respecto de C’s y otra muy distinta es que venga uno más guapo y te robe la silla. O el escaño. O el trono. Y este es el drama: que hasta por la tercera España cruza errante la sombra de Caín.

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El ridículo sueldo de Mariano Rajoy

Don Mariano haciendo economías.

Don Mariano haciendo economías.

En aplicación de la Ley de Transparencia el Gobierno ha montado un portal –que es lo propio de la Navidad– donde se publican las subvenciones a partidos y los sueldos de los altos cargos, entre otros datos de morboso escrutinio. A los periodistas más anglosajones de entre nosotros siempre les parecerá poco, pero bien está el paso hacia la lejana arcadia democrática, donde todos los pastores tienen bolsillos de cristal.

A mí, que no soy anglosajón, me tiene escandalizado el sueldo ridículo de nuestro primer ministro, hombre que según fundados indicios preside España desde hace tres años, se sienta en el Consejo de Seguridad de la ONU y responde al nombre de Mariano Rajoy. Por atender estas y más graves responsabilidades cobra unos irrisorios 78.185,04 euros, prácticamente la cifra más baja en el complejo monclovita si exceptuamos a la señora (o señor) de la limpieza, y no estamos seguros. Yo creo que semejante salario podría llegar a explicar muchas cosas, como por ejemplo la aversión de don Mariano a prodigarse en los medios; al fin y al cabo, el pequeño Nicolás lo hace por dinero.

Explicaría también el hecho de que nadie en el PP, con la pedriza que les cae desde las encuestas y la desesperante pachorra con que se toma Rajoy la nominación de candidatos en año electoral, se haya avenido aún a montarle una rebelión interna digna de tal nombre: esto se debe al miedo que inspira un hombre que aguanta lo que aguanta ganando lo que gana. Abolida la rumbosa práctica del sobresueldo, hay que pensar que a Rajoy no le importa el dinero, y eso en un país de pícaros es como mentar a Jehová.

Pero lo que en los trepas de partido cursa con temor reverencial, en la calle suscita una absoluta falta de respeto. Un hombre que gana 78.185,04 euros por dirigir la décimo séptima potencia económica del planeta no puede aspirar a gran cosa en términos de ese sano maquiavelismo que prescribe, si no el amor del pueblo, al menos el temor al príncipe como garantía de autoridad. Es muy probable que a mi amigo Sostres, que defiende como Pla el fundamento monetario de la moral, se le haya caído un mito.

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

La palabra más hermosa de Rajoy

Rajoy ejecutando una heroicidad extravagante: decir que no.

Rajoy ejecutando una heroicidad extravagante: decir que no. Y con prensa delante.

Pasé el fin de semana en Barcelona, maravillosa ciudad, ocasionalmente afeada por la lluvia o la propaganda. Comí unas cosas exquisitas y muy caras por recomendación de Sostres, que reserva su filantropía para las distancias cortas. Y entendí, paseando la ciudad, que el independentismo es una ficción mucho menos poderosa de lo que pensamos en Madrit, a la manera en que un ruido súbito y continuo en la noche resulta bastante menos inquietante si nos levantamos a comprobar que un grifo no estaba bien cerrado.

Puedo equivocarme, pero ahora ya no estoy tan seguro de que veré la independencia de Cataluña. Una guerra de independencia no se libra a golpe heroico de banderola balconera; sobre todo porque son muchos más los balcones desnudos, gritando su estricta elegancia neoclásica o modernista. Y porque unos carteles amarillos que rezaban por las calles del Ensanche “Independencia es cohesión social” o “Un país independiente es un país sin listas de espera hospitalarias” –la verdad es la mentira, la guerra es la paz– nunca engañarán a los suficientes si tenemos en cuenta el coeficiente de estupidez de Carlo M. Cipolla, según el cual la cuota genética de estulticia local se mantiene básicamente constante a lo largo de la historia, más allá de inflamaciones levantadas por la televisión o las crisis económicas. La gota rítmica, malaya, de la propaganda genera independentistas, qué duda cabe; pero también escarmienta, hastía y vacuna. Y no digamos ya si encima se viaja o se lee.

Para ayudar a la gota a hacer su trabajo de horadación Artur Mas confiaba en Rajoy. Confiaba primero en que Rajoy siguiese siendo Rajoy, de modo que le tolerase salir a saludar a la caída del telón tras la representación de la farsa, como cualquier comediógrafo. Y en el peor de los casos confiaba en que Rajoy dejara de ser Rajoy, es decir, que le procurase alguna imagen de autoridad, que viene a ser la estimulación clitoriana del nacionalismo, cuya intimidad psicológica es de inclinación masoquista. Pero funcionó el primer supuesto: el mero onanismo de los narcisos estelados y su monja sicalíptica, en ausencia del padre prior.

Me cuento entre los que sintieron frustrados el domingo cuando el compareciente gubernamental resultó el ministro Catalá y no el presidente. En la rueda de prensa retardataria de hoy, don Mariano ha sugerido que salir él el domingo habría conferido seriedad a la Mas-carada, y que lo que habría deseado el sedicioso ya cachondo es alguna foto de la legítima violencia que en democracia monopoliza el Estado. Pero los españoles no le pedían tanques ni esposas, don Mariano: le pedían que hiciera lo que ha hecho hoy, pero el domingo.

Los tiempos en política son como el medio en periodismo: el mensaje. Hablando 72 horas después, Rajoy manda un mensaje de desprecio al envalentonado independentismo; pero no hablando el domingo, mandó otro de indiferencia a la humillada ciudadanía de España. Y esa factura se la pasarán cuando les pida el voto.

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