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¿Es Rato normal?

La mano mediática.

La mano mediática.

No sabía lo que decía cuando apelaba a los «seres humanos normales». Normal y humano en un mismo sintagma: monumento al oxímoron. Pero don Mariano no es antropólogo y por tanto ignora que la normalidad, en el hombre, es siempre la excepción, como descubren todos los vecinos del psicópata que nunca dejó de saludar en el rellano.

¿Es Rato un humano normal? Según la retórica de Montoro lo es, y como a tal le aplica la ley; pero según el pensamiento de Montoro no lo es en absoluto, y por eso le monta el gran carnaval mediático en la puerta de su casa de pijo expiatorio, momento que aprovechan las damiselas ultrajadas del PP para, pellizcándose las mejillas a fin de colorear su palidez Jane Austen, salir a presumir de que aquí nadie es más que nadie, que los poderes andan bien separados, que el Gobierno tiene un compromiso con la regeneración tan largo que le mide hasta el Barrio de Salamanca y que el peso de la ley cae a la misma velocidad que una bola de plomo en condiciones de vacío (ideológico). Y otros tartamudeos orgánicos a pie de tumba que ustedes han oído estos días.

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Protocolo contra el tedio

Sánchez cabreando a Montoro.

Sánchez cabreando a Montoro.

Seis horas de debate pedían a gritos la ruptura del protocolo, pero ayer en el Congreso nadie se atrevió a saltar sobre la tablet de Celia Villalobos como le sucedió en Berlín a Mario Draghi. Por cierto que la iconoclastia ya no es lo que era: los antisistema protestan con confeti y los republicanos regalan a su enemigo, con ademán de tímida disculpa, una serie de televisión.

Lo más parecido a un estallido social que tenemos aquí es lo que hay entre Rosa Díez e Irene Lozano, que cuando una se sienta en el escaño la otra sale del Hemiciclo, y cuando no hay más remedio que coincidir -al fin y al cabo integran el mismo grupo parlamentario-, se coloca entre ambas Gorriarán a modo de cortafuegos.

Otro duelo divertido enfrentaba a Coscubiela (ICV) con Rafael Hernando (PP), donde el primero ejercía de Savonarola acusando a todos los diputados del PP de ser evasores fiscales, y el segundo pedía las sales para no desmayarse de purita indignación. La coartada argumental del día la brindaba la última desfachatez de Rato, que sirvió a Pedro Sánchez para pedir la dimisión de Montoro desde la tribuna de oradores.

Hace bien Sánchez en pedir dimisiones con su voz bien temperada; no porque nadie del Gobierno o de su partido la vaya a escuchar, sino principalmente para oírla él mismo y convencerse de que sigue siendo el jefe del PSOE y sigue estando a favor del aborto. En el escaño le sorprendí el gesto de voltear el móvil cuando recibía un whatsapp, como si temiera que fuera de Rubalcaba, que no es la legítima. Su pregunta sobre política educativa iba dirigida a Rajoy, pero se permitió una colleja retórica a Wert que hizo blanco: «El señor Wert me llamó apóstol de la equidad, lo cual demuestra la manía que tienen ustedes por introducir la religión en el debate educativo…».

Se escucharon risitas incluso en la bancada azul. Pero don Mariano no se dejó impresionar y replicó que en España no ha funcionado más legislación educativa que la socialista, con los resultados desnudados por Pisa, que achacó al inmovilismo de la izquierda, para quien todo mal proviene del conservadurismo de la derecha. Si la educación en España no avanza es porque ni siquiera hay consenso sobre si se mueve o no; o sea, como en tiempos de Galileo.

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Un corderito para Rajoy

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Ese corderito huérfano al que David Cameron sienta en su regazo tory para darle el biberón. Para besarle en el hociquillo, incluso, una vez alcanzado un punto insoportable de ternura sobre las pajas de este belén laico donde solo falta una urna en funciones de pesebre. Luego el World Press Photo se lo llevará cualquier drama bélico de innegable lacrimogenia, pero el día que al fotoperiodismo le interese el retrato visceral de la política primermundista deberá premiar cosas como este navideño retozo de Norit en los brazos de un premier británico. Porque uno puede relanzar la economía de su país, y crear empleo, y superar un referéndum secesionista; pero tarde o temprano deberá posar amamantando a un cordero blanco para optar a mantenerse en el poder. Son las premisas de la democracia Facebook, qué le vamos a hacer, don Mariano. Usted se niega a acatarlas, pero luego no pregunte por qué no le votan esos ingratos de ahí fuera.

Si yo fuera Arriola u otro rasputín orgánico cualquiera imprimiría la foto del pastorcillo Cameron y la llevaría hoy a la Junta Directiva del PP para dejársela a Rajoy encima de la mesa. Señor presidente. A ver cómo le explico. Cameron no es más progresista que usted, ni menos conservador. Reivindica para sí la condición de «razonable» como usted la de «previsible», no se le conocen aficiones estrafalarias como el veganismo o la teodicea e incluso sale a correr por Hyde Park como usted practica el senderismo en Pontevedra. Ahora bien. Sabe que no ganará si no se muestra medianamente humano. Consiente debates abiertos y entrevistas duras. Y si tiene que hacerse una foto con un corderito huérfano, se calza las botas de aparcero y se reboza en esencia de establo hasta arrancarle una lágrima a la mujer de un estibador de Liverpool.

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Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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Política primate

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Cada vez van quedando menos razones para sostener que los humanos no somos como los demás primates. En campaña, especialmente, el hallazgo de la diferencia requiere un examen detenido. La definición del barón FitzRoy Richard Somerset -«cultura es más o menos lo que hacemos nosotros y los monos no hacen»- naufraga estrepitosamente cuando a «cultura» se le añade el adjetivo «política». En la cultura política de Madrid, por ejemplo, es natural que un presidente autonómico se engorile contra el periódico que le recuerda no ya que ocupa un cargo para el que no fue elegido, sino que ocupa un ático que le eligió un testaferro de Beverly Hills. Y ya que los pisos de veraneo de nuestros representantes son elegidos en Los Ángeles, yo desearía al menos que el orden de sus escaños lo eligiéramos aquí.

Ocurre que los madrileños no sabemos todavía si en mayo habremos de optar por Ignacio González, por Enrique Cerezo o directamente por Rudy Valner, el rumboso testaferro -que es nombre de cartelón electoral no puede negarse, Dolores-, porque Rajoy contempla el aporreamiento de pecho de González desde la copa del árbol monclovita, con la displicencia propia de un viejo espalda plateada. Los partidos, como las manadas, forman grupos fuertemente jerarquizados donde las decisiones las toma el macho alfa. De vez en cuando despistan al primatólogo invocando primarias, pero cuando en la jungla resuena el tam-tam electoral y otros grupos pugnan por el mismo territorio, se termina la ficción humanitaria y el más débil -pongamos que un Gómez– es expulsado en el santo nombre de Darwin, que no era más que un seudónimo de D’Hondt, como saben ustedes.

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El traje desconocido del emperador

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El emperador chino hizo llamar a su primer ministro y le preguntó:

-¿Por qué mi pueblo no me teme, si es fama que imparto justicia con firmeza y mando ejecutar a todo el que atenta contra el imperio?

-Muy sencillo, Señor: porque todos esos hombres a los que Su Majestad ejecuta son culpables; el pueblo no le temerá de veras hasta que empieza a ejecutar a inocentes.

El emperador chino se quedó pensativo y al día siguiente mandó ejecutar a su primer ministro.

La política democrática también se llena de emperadores chinos en año electoral. Pedro Sánchez mandó recientemente ejecutar a un inocente mientras no se demuestre lo contrario: Tomás Gómez, Y ayer Mariano Rajoy, en el momento parlamentario más dulce de su mandato como ha señalado Lucía Méndez, decidió comportarse como un emperador chino y no como el presidente frío y resistente -mineral- al que nos tiene acostumbrados. Henchido de orgullo por su rendición de cuentas tras tres años abrasivos (y solo un sectario no admitirá el hecho mensurable de la recuperación económica), no supo vencer como siempre ha hecho, dejando al opositor cocerse en su pasión, sino que permitió que aflorara un cesarismo volcánico, totalmente desconocido en él. En los pasillos los diputados populares llevaban pintada en el rostro la mueca horrorizada del que ha presenciado una aparición, como esas fotografías borrosas que han captado definitivamente al monstruo del Lago Ness.

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Rajoy en escala de Richter

Mariano desencadenado.

Mariano desencadenado.

La expectación generada se medía por metros de cola en el control de acreditaciones del Congreso al filo del mediodía. Periodistas habituales, reporteros de acentos exóticos, becarios ilusos, venerables oráculos de la Santa Transición que no sólo oyeron silbar las balas de Tejero sino que estaban allí cuando lo de Prim. Cada año se incurre en el mismo conmovedor interés y cada año se sale de allí de anochecida echando pestes del patio parlamentario. Que no íbamos a ver un Disraeli-Gladstone se sabía al entrar, compañeros.

De acuerdo, este año era especial. Por primera vez no se invitaba al líder de la oposición, que se recuperaba de una agotadora entrevista en Telecinco, y al mismo tiempo tampoco compareció el presidente del Gobierno, que flotaba en una burbuja de euforia europeísta: este síndrome normalmente se manifiesta en los segundos mandatos. En su lugar, Moncloa envió a un doble bastante conseguido en el discurso pero con fallas emocionales que se revelaron en la réplica. El Pleno se presentaba como el colapso en tiempo real del bipartidismo; luego todo quedó en temblor albaceteño, aunque de suficiente graduación como para hacer perder los papeles a Rajoy, cosa que no se ve todas las glaciaciones.

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Año chino parlamentario

Cuelga tú, Tomás.

Cuelga tú, Tomás.

La primera sesión de control del año de la maldición china –«¡Que vivas tiempos interesantes!»– la abrió Cayo Lara para exigir a don Mariano menos pactos contra la yihad y más contra la pobreza, que mata sin espectáculo. Don Cayo vestía negro riguroso, reciente aún lo de Tania, pero enseguida sacó una camiseta verde de reivindicación y, en vez de ponérsela, cruzó el hemiciclo para entregársela a Rajoy en medio de un murmullo de alarma que no se oía desde un 23 de febrero. Rajoy la guardó rápidamente bajo la mesa y se abotonó aliviado la chaqueta en un gesto reflejo que, donde queda realmente bien, es a la salida de un helicóptero caído.

Estas performances de escaño forman ya parte de la retórica partidista: ahora que los Goya se despolitizan habrá que politizar este teatro, han debido de pensar sus señorías. Destacó en esa suerte la diputada socialista Isabel Rodríguez, que blandió una foto de dos caras ante Montoro: la cara A mostraba a Rajoy plácidamente sentado en su despacho y la B a Bárcenas con el arquitecto de la reforma de Génova. En ese instante Rajoy se levantó y se fue, seguramente mascullando ‘qué vergüenza, qué gentuza ésa del PP’. Montoro acusó el golpe de efecto, cosa que decepciona a sus contribuyentes, y afloró su temperamento deíctico: el propio de un hombre que no se resiste a señalar a los demás. Y así extendió el dedo y apuntó a la bancada socialista, creo que en dirección a Manuel Chaves, para decir que si nos ponemos a condenar por indicios podemos empezar por sus vecinos, diputada.

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