Archivo de la etiqueta: Rajoy at work

Un corderito para Rajoy

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Comandante del ejército más poderoso de Europa, y quinto del mundo.

Ese corderito huérfano al que David Cameron sienta en su regazo tory para darle el biberón. Para besarle en el hociquillo, incluso, una vez alcanzado un punto insoportable de ternura sobre las pajas de este belén laico donde solo falta una urna en funciones de pesebre. Luego el World Press Photo se lo llevará cualquier drama bélico de innegable lacrimogenia, pero el día que al fotoperiodismo le interese el retrato visceral de la política primermundista deberá premiar cosas como este navideño retozo de Norit en los brazos de un premier británico. Porque uno puede relanzar la economía de su país, y crear empleo, y superar un referéndum secesionista; pero tarde o temprano deberá posar amamantando a un cordero blanco para optar a mantenerse en el poder. Son las premisas de la democracia Facebook, qué le vamos a hacer, don Mariano. Usted se niega a acatarlas, pero luego no pregunte por qué no le votan esos ingratos de ahí fuera.

Si yo fuera Arriola u otro rasputín orgánico cualquiera imprimiría la foto del pastorcillo Cameron y la llevaría hoy a la Junta Directiva del PP para dejársela a Rajoy encima de la mesa. Señor presidente. A ver cómo le explico. Cameron no es más progresista que usted, ni menos conservador. Reivindica para sí la condición de «razonable» como usted la de «previsible», no se le conocen aficiones estrafalarias como el veganismo o la teodicea e incluso sale a correr por Hyde Park como usted practica el senderismo en Pontevedra. Ahora bien. Sabe que no ganará si no se muestra medianamente humano. Consiente debates abiertos y entrevistas duras. Y si tiene que hacerse una foto con un corderito huérfano, se calza las botas de aparcero y se reboza en esencia de establo hasta arrancarle una lágrima a la mujer de un estibador de Liverpool.

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Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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Política primate

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Cada vez van quedando menos razones para sostener que los humanos no somos como los demás primates. En campaña, especialmente, el hallazgo de la diferencia requiere un examen detenido. La definición del barón FitzRoy Richard Somerset -«cultura es más o menos lo que hacemos nosotros y los monos no hacen»- naufraga estrepitosamente cuando a «cultura» se le añade el adjetivo «política». En la cultura política de Madrid, por ejemplo, es natural que un presidente autonómico se engorile contra el periódico que le recuerda no ya que ocupa un cargo para el que no fue elegido, sino que ocupa un ático que le eligió un testaferro de Beverly Hills. Y ya que los pisos de veraneo de nuestros representantes son elegidos en Los Ángeles, yo desearía al menos que el orden de sus escaños lo eligiéramos aquí.

Ocurre que los madrileños no sabemos todavía si en mayo habremos de optar por Ignacio González, por Enrique Cerezo o directamente por Rudy Valner, el rumboso testaferro -que es nombre de cartelón electoral no puede negarse, Dolores-, porque Rajoy contempla el aporreamiento de pecho de González desde la copa del árbol monclovita, con la displicencia propia de un viejo espalda plateada. Los partidos, como las manadas, forman grupos fuertemente jerarquizados donde las decisiones las toma el macho alfa. De vez en cuando despistan al primatólogo invocando primarias, pero cuando en la jungla resuena el tam-tam electoral y otros grupos pugnan por el mismo territorio, se termina la ficción humanitaria y el más débil -pongamos que un Gómez– es expulsado en el santo nombre de Darwin, que no era más que un seudónimo de D’Hondt, como saben ustedes.

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El traje desconocido del emperador

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El emperador chino hizo llamar a su primer ministro y le preguntó:

-¿Por qué mi pueblo no me teme, si es fama que imparto justicia con firmeza y mando ejecutar a todo el que atenta contra el imperio?

-Muy sencillo, Señor: porque todos esos hombres a los que Su Majestad ejecuta son culpables; el pueblo no le temerá de veras hasta que empieza a ejecutar a inocentes.

El emperador chino se quedó pensativo y al día siguiente mandó ejecutar a su primer ministro.

La política democrática también se llena de emperadores chinos en año electoral. Pedro Sánchez mandó recientemente ejecutar a un inocente mientras no se demuestre lo contrario: Tomás Gómez, Y ayer Mariano Rajoy, en el momento parlamentario más dulce de su mandato como ha señalado Lucía Méndez, decidió comportarse como un emperador chino y no como el presidente frío y resistente -mineral- al que nos tiene acostumbrados. Henchido de orgullo por su rendición de cuentas tras tres años abrasivos (y solo un sectario no admitirá el hecho mensurable de la recuperación económica), no supo vencer como siempre ha hecho, dejando al opositor cocerse en su pasión, sino que permitió que aflorara un cesarismo volcánico, totalmente desconocido en él. En los pasillos los diputados populares llevaban pintada en el rostro la mueca horrorizada del que ha presenciado una aparición, como esas fotografías borrosas que han captado definitivamente al monstruo del Lago Ness.

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Rajoy en escala de Richter

Mariano desencadenado.

Mariano desencadenado.

La expectación generada se medía por metros de cola en el control de acreditaciones del Congreso al filo del mediodía. Periodistas habituales, reporteros de acentos exóticos, becarios ilusos, venerables oráculos de la Santa Transición que no sólo oyeron silbar las balas de Tejero sino que estaban allí cuando lo de Prim. Cada año se incurre en el mismo conmovedor interés y cada año se sale de allí de anochecida echando pestes del patio parlamentario. Que no íbamos a ver un Disraeli-Gladstone se sabía al entrar, compañeros.

De acuerdo, este año era especial. Por primera vez no se invitaba al líder de la oposición, que se recuperaba de una agotadora entrevista en Telecinco, y al mismo tiempo tampoco compareció el presidente del Gobierno, que flotaba en una burbuja de euforia europeísta: este síndrome normalmente se manifiesta en los segundos mandatos. En su lugar, Moncloa envió a un doble bastante conseguido en el discurso pero con fallas emocionales que se revelaron en la réplica. El Pleno se presentaba como el colapso en tiempo real del bipartidismo; luego todo quedó en temblor albaceteño, aunque de suficiente graduación como para hacer perder los papeles a Rajoy, cosa que no se ve todas las glaciaciones.

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Año chino parlamentario

Cuelga tú, Tomás.

Cuelga tú, Tomás.

La primera sesión de control del año de la maldición china –«¡Que vivas tiempos interesantes!»– la abrió Cayo Lara para exigir a don Mariano menos pactos contra la yihad y más contra la pobreza, que mata sin espectáculo. Don Cayo vestía negro riguroso, reciente aún lo de Tania, pero enseguida sacó una camiseta verde de reivindicación y, en vez de ponérsela, cruzó el hemiciclo para entregársela a Rajoy en medio de un murmullo de alarma que no se oía desde un 23 de febrero. Rajoy la guardó rápidamente bajo la mesa y se abotonó aliviado la chaqueta en un gesto reflejo que, donde queda realmente bien, es a la salida de un helicóptero caído.

Estas performances de escaño forman ya parte de la retórica partidista: ahora que los Goya se despolitizan habrá que politizar este teatro, han debido de pensar sus señorías. Destacó en esa suerte la diputada socialista Isabel Rodríguez, que blandió una foto de dos caras ante Montoro: la cara A mostraba a Rajoy plácidamente sentado en su despacho y la B a Bárcenas con el arquitecto de la reforma de Génova. En ese instante Rajoy se levantó y se fue, seguramente mascullando ‘qué vergüenza, qué gentuza ésa del PP’. Montoro acusó el golpe de efecto, cosa que decepciona a sus contribuyentes, y afloró su temperamento deíctico: el propio de un hombre que no se resiste a señalar a los demás. Y así extendió el dedo y apuntó a la bancada socialista, creo que en dirección a Manuel Chaves, para decir que si nos ponemos a condenar por indicios podemos empezar por sus vecinos, diputada.

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Moreno Bonilla tiene gripe

El padrino y el novio.

El padrino y el novio.

A la hora en que Telecinco prestaba foco a Susana Díaz, el hotel Ritz ponía de largo a Juan Manuel Moreno Bonilla ante 700 invitados, no necesariamente andaluces. En estos desayunos informativos siempre comparece un misterioso grupo de elegantes que solo se conocen entre ellos pero que toman asiento con el seguro ademán del patricio. Han recorrido la democracia saltando de desayuno en desayuno postinero sin perder su prestancia de ardilla engominada. No son banqueros, no son tertulianos, ni siquiera pobres diputados: son el mismísimo Poder descendido sobre cuerpos mortales. Y el resto son sus escoltas.

Moreno Bonilla no los saludó a todos por no pegarles la gripe -habría gripado el Sistema: ¡la fantasía podemista!-, pero compuso un sufrido papel de novio al pie de la escalera del hall para recibir el desfile de los notables orgánicos, estos ya bien conocidos: María Dolores de Cospedal, Alfonso Alonso, Fátima Báñez, Rafael Hernando, Don Cristóbal. Besamanos de partido: le iban abrazando, le palmeaban el hombro, le susurraban algo al oído que nos gusta imaginar en siciliano: «¡Porca Susana!». Rajoy, que debía presentar al candidato nacido del áureo dedo, tardaba en aparecer; se llegó a temer que se hubiera decidido al final por acudir a Telecinco. Qué quieren, son tiempos de lealtades raras. Y si no que se lo digan a Pedro Sánchez.

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29 enero, 2015 · 12:45

Las manos del PP fuera de MR

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Rajoy opaco, Aznar luminoso.

Que Alexis Tsipras, fecundo en ardides, elija a la derecha nacionalista como socio de gobierno no habrá sorprendido tanto como que Rajoy eligiera a Aznar telonero de su fiesta. Al fin y al cabo el nacionalismo es un populismo con lindes; pero, por decirlo al homérico modo, ¿qué tiene que ver don Mariano, conductor de pueblos, con el presidente de honor del PP, de tremolante penacho? Aún más: ¿qué tiene que ver Rajoy con el PP? Estas preguntas podrían parecer tan retóricas como las que el mismo Aznar formuló a cuenta del paradero y las aspiraciones de su partido, pero ni unas ni otras lo son en absoluto.

Al compás de su desvelo por el déficit, Rajoy ha vaciado de ideología el centro derecha español hasta reducirlo a raspa tecnocrática. Sólo los más románticos pueden llamar hoy facha o retrógrado a don Mariano, cuyo corpus teórico cabe en la vitola de un Cohiba sin necesidad de miniarlo. Frente a Zapatero, que aún despedía vapores machadianos, Rajoy ya es un posmoderno puro, de un minimalismo casi vanguardista, que diserta en vídeos electorales sobre «la fuerza que te da hacer aquello que crees que debes hacer» y que nos dejaría paralizados si llamara a nuestro timbre, incapaces de decidir si truco o trato.

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