Archivo de la etiqueta: populismo y otras hierbas

¿Populismo? No existe

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«La política es una enfermedad mental», Beppe Grillo.

Antes del partido almorcé en una pizzería de Milán mientras hojeaba el Corriere della Sera. Me detuve en una noticia sobre Beppe Grillo. Por distraer el nerviosismo futbolístico traté de entablar una conversación sobre política con el camarero en un itañol macarrónico. «Tutti los políticos son igual: sinistra, derecha, centro, tutti», me espetó. Aquí tenemos al cliente ideal del populismo, me dije, y le señalé la foto del cómico que fundó el Movimiento 5 Estrellas. «¿Grillo?», arqueó las cejas. Luego esbozó una sonrisa y fijó en tres palabras la secuencia indefectible de la decepción política: «Grillo, gobernando, igual».

Esta convicción aparentemente tópica entraña una sabiduría de siglos: ya era habitual en Roma que los tribunos de la plebe acabaran mimetizados con la casta patricia. El saludable escepticismo del camarero milanés contrasta con el blindado entusiasmo por la novedad que, según las encuestas, permitirá en España el sorpasso de Unidos Podemos al PSOE. Es verdad que el partido de Grillo fue el más votado en las generales de 2013 con un 25% de los sufragios, y que sólo el acuerdo de los partidos tradicionales logró relegarlo a la tercera posición. Pero tres años después, el Movimiento 5 estrellas ha devenido en un hostal de carretera donde nadie quiere pernoctar, incluyendo su propio fundador, que ha anunciado su retirada bajo el pretexto de que «la política es una enfermedad mental». Su propia trayectoria lo confirma.

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30 mayo, 2016 · 11:12

Altamira, distrito electoral

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Foto de familia en San Millán, donde WFF fue reivindicado.

Cuando a Wenceslao Fernández Flórez lo invitaron a firmar un manifiesto contra la práctica del duelo a pistola, se negó. Y añadió que igualmente se habría negado a alistarse para combatir a los escitas o a militar en un partido de oposición a la política de Trajano.

-El duelo pertenece a un pretérito que ya no puede volver. El ridículo lo ha acogido en su seno; no removamos la pesada losa. Ningún hombre serio saldría a cazar a un mamut. El duelo, como el mamut, no puede ya preocupar a nadie.

Y sin embargo el optimismo progresista que despreocupaba a WFF en 1921 pierde fundamento cuando se aproxima otra campaña electoral de la España de 2016, detenida en un bucle de tiempo por donde vuelven a desfilar viejos mamuts, duelistas románticos, pretéritos que regresan para inquietar a la gente seria y ridículos que amenazan con resurgir de pesadas tumbas. Zombis que, si no nos asustasen, nos arrancarían muchas más carcajadas.

En un país tan desmemoriado como España es lógico que la memoria histórica venda tanto como la última tendencia. Lo vetusto, lo superado, lo probadamente pernicioso siempre encuentran una segunda oportunidad sobre esta tierra porque parecemos una estirpe condenada no a cien años de soledad, sino de farsa. Todos los partidos comercian con el tiempo, pero mientras que lo habitual en retórica política es vender futuro, el tiempo más vendido en una precampaña hispánica es el pasado, se reconozca o no. Unidos Podemos vende esperanza pero sus ideas son de otro siglo, bestias congeladas en el hielo soviético de Siberia que echarán a andar, piensan, si las calientan lo suficiente. El PSOE de Sánchez apenas camufla el PSOE cosmético y nebuloso de Zapatero. Rivera se apunta ahora a la estrategia oblicua del casandrismo bolivariano, cuando tiene más cerca un ejemplo del todo veraz: antes de degenerar hasta inverosímiles grados venezolanos, los españoles gobernados por el populismo rojo haríamos una parada forzosa en la Grecia de Tsipras, aquel puto amo del cambio cuya esperanza quedó atrapada un verano en un cajero automático. En cuanto al PP, la oferta no puede antojarse menos estimulante: ofrece el pasado imperfecto de la corrupción, el presente pasado del marianismo crónico y el futuro distópico de toda alternativa. Su gran ventaja son sus votantes, que no necesitan acudir a la lonja para seleccionar propaganda fresca porque salen convencidos de casa. De cuna, casi.

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La teoría del humor de Wenceslao Fernández Flórez, al Parnasillo de COPE

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29 mayo, 2016 · 13:21

¿Quién teme a Trump?

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Populismo yanqui.

Alguien que conoce a alguien que almorzó con Trump me contó esta semana el desconcierto privado con que el propio candidato asiste a la disparatada espiral de su éxito. A Trump, un mega-Pocero, le empieza a inquietar la victoria, cuando tanto le divertía esta campaña perpetua que de paso relanza la marca del emporio: la genuina razón de su entrada en política. En Europa, el éxito hay que esconderlo; en España, directamente, se recomienda vestir de arpillera y rogar al público perdón antes de regresar al chalet a hurtadillas. Pero en un país que adora a los triunfadores cuanto más alardean de su triunfo -porque cualquier caso práctico que prolongue la vigencia del sueño americano es recibido con esperanza y no con envidia-, que un supercuñado con posibles fuera catapultado a la disputa verosímil por la Casa Blanca sólo dependía ya de tres condiciones objetivas.

La primera es política. Trump se alza con la nominación porque sus rivales republicanos eran sencillamente peores que él. Rubio carecía de discurso y Cruz era un telepredicador de Salem a cuyo lado Trump parecía Tocqueville. Por no hablar del hartazgo respecto de la dinastía Bush.

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16 mayo, 2016 · 12:50

Hasta ahí Podemos llegar

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Prueba del pañuelo.

De todos los consejos perversos que dio Wilde, ninguno más sabio que ese que prescribe cuidado con lo que deseamos, porque podría cumplirse. De tanto desear el ‘sorpasso’, a Pablo Iglesias quizá se le conceda en junio entre fúnebres tañidos. Pero el castigo podría ser más cruel todavía: podría tener que gobernar. Duro golpe para el futuro de su formación, porque el populismo no está pensado para tomar decisiones y pactar medidas en un mundo complejo, es decir, para ejercitar la razón adulta, sino para flotar en la inocente espuma de los botellines y colocar a los colegas en el primer cielo presupuestario que consigas asaltar.

El populismo, como el independentismo, es un movimiento que crece a condición de que no llegue a ningún sitio, sino que marche siempre en las filas prietas de la ilusión. Lo malo es que al final de la escapada aguarda un cierrabares de la troika, un señor de gris sobre fondo rojo que se presenta a cobrar la factura del festival. A Tsipras se le presentó en verano y desde entonces no ha parado de derechizarse, que para ese viaje, claman ahora los griegos en las encuestas, nos quedábamos con Samaras y nos ahorrábamos un año de espeleología por los subsuelos de la ruina. Dentro de España a nadie se le da ese papel como a Montoro, razón de que el independentismo catalán esté reculando como la celebrada figurita de los belenes locales. A dos llamadas de Standard & Poor’s está Junqueras de bajarse al Rocío en la carreta de Bertín.

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Esta semana rendimos tributo a Delibes, alma de Castilla, en el Parnasillo de COPE

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13 mayo, 2016 · 10:51

Más periodismo

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Casandra, la primera periodista que se tiró de los pelos.

Cuatro maneras encuentra el periodismo de corromperse según el destinatario al que tome por cliente. Prestamos mucha atención a la propaganda política o a la publicidad encubierta. Pero fuera del partido o el Ibex existen dos clientes más corruptores y menos detectados: el gremio y el pueblo.

En las charlas con estudiantes es habitual que la ingenua chavalería le pregunte a uno por la censura política o empresarial, la llamada tan cinematográfica de Soraya o Florentino. Lo preguntan porque no imaginan hasta qué punto resulta más castradora la autocensura que ejerce el miedo del plumilla a la reacción popular o gremial. Fue mi mayor descubrimiento al poco de entrar en una redacción: que en realidad el periodista escribe para otros periodistas. Ni lector ni político ni anunciante: lo primero es complacer a un severo sanedrín de guardianes de las esencias con potestad para ponerte a penar en la heterodoxia, condición siempre menos glamurosa de lo que promete.

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9 mayo, 2016 · 11:19

Por qué un pobre vota al PP

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El vídeo pepero de los moteros: el primero bueno que hicieron.

Nuestra democracia ha devenido un tapete del que participan crédulos y tahúres, pero donde nadie es inocente. No lo son los jefes de partido, pero tampoco sus votantes. Un análisis honesto de lo que el ‘Times’ llama «circo» no prescindirá de un reparto de culpas bien calibradas. Es el ejercicio que plantea ‘El jurado’, adaptación teatral de ‘Doce hombres sin piedad’ que se representa en Matadero. Nueve ciudadanos que cubren los estereotipos más cuajados de nuestra sociedad se reúnen para emitir un veredicto sobre la culpabilidad de un presidente autonómico procesado por corrupción. En el cohecho propio que se le imputa adivinamos muchos titulares de estos años, combustible de la indignación que prendió plazas, alumbró siglas y dinamitó el turnismo bipartidista. O eso parecía. Porque esta revolución comprada en los chinos -la nueva política ha durado lo que tardó el primer alcalde del cambio en colocar a su cuñada- ha completado su giro hasta devolver el juego a la casilla original: con Rajoy como aspirante más sólido a presidente.

Las mesas de la tele diseccionan amorosamente las corruptelas del PP, con los tertulianos más incisivos en el papel de anatomistas de Rembrandt. Cuando a mí me sientan a una de esas mesas, últimamente me da por pensar -una vez incluso lo pensé en voz alta- por qué el contribuyente, pese a tanta podredumbre a la vista, sigue prefiriendo la corrupción al populismo. Pues es un hecho que lo hacen, y la demoscopia dice que lo harán más. Esta pregunta se redondea con otra, ya clásica: ¿por qué hay obreros que votan a la derecha? Perplejidad que a su vez se resuelve con ese gracejo divino que brinda la superioridad moral: eres más tonto que un obrero de derechas. Y sin embargo no hay siete millones y medio de pijos en España. Y si los hay, buena parte vota a la izquierda, sea por tradición sentimental o por esnobismo, como quien causa sensación en el ‘lounge-bar’ con su foulard morado. Se entiende mejor el voto de los ricos a Podemos -un rico se habitúa con mayor facilidad al despilfarro- que el descubrimiento de que un pobre vota al PP. Y no basta, a estas alturas, con esgrimir el catecismo comunista, epígrafe cuatro versículo siete, según el cual les falta formación para despertar su conciencia de clase, porque los vídeos catequéticos de Hispan TV se ofrecen gratis por YouTube.

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Literatura y política en el Parnasillo: el bloqueo actual a ojos de Cervantes y Shakespeare

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29 abril, 2016 · 10:56

ZZ contra los narcisos

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«Cómo no voy a sonreír, si soy Zidane».

Le preguntan a Zidane si se arrepiente de poner tanto a Cristiano, o de reservarle tan poco. Ante semejante cuestionamiento de su criterio cualquier entrenador -qué tiempos aquellos en que sólo lo hacía Mourinho– como mínimo habría inquirido por el nombre del periodista, estilo Pablemos, pero Zidane va y contesta que sí, que qué quieres que te diga. Si el riesgo comporta que se te lesione el crack pues me arrepiento a veces, claro.

Se lo vuelven a preguntar en la siguiente rueda de prensa, que si está seguro. Y responde que Cristiano es intocable porque sus números cantan, pero que debe dar banquillo a su ansia estadística porque si fuera por el interesado jugaría desde el hospital. Entre medias ha mediado un razonamiento impecable y un parte médico de leve sobrecarga. Matemáticas, razón, ciencia: he aquí las armas limpias con las que Zidane se enfrenta a la prensa.

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23 abril, 2016 · 13:47

La izquierda parvularia

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«Te estamos buscando».

Que la derecha renuncie al voto joven me parece lamentable, y así se lo dije a Rajoy la última vez que lo vi. Pero que la izquierda, de la más europea a la más tropical, se una para pedir la rebaja de la edad mínima del votante hasta los 16 años delata una sospecha respecto del uso de razón que sume en la melancolía a los espectros de Voltaire, Diderot, Constant y otros padres ilustrados. Hubo un tiempo en que la izquierda reivindicaba el legado kantiano que proclamó la mayoría de edad del hombre, el alba de un tiempo en que la luz horadaría las tinieblas del mito y toda superstición quedaría abolida. Pero desde que cayó el Muro la izquierda no para de involucionar, hasta acabar tocando el extremo de la reacción más negra, como esos cuperos manresanos que luchan contra el tampón imperialista recomendando esponjas marinas a sus buenas salvajes o compresas de paño como las que ponían a tender nuestras sufridas bisabuelas.

Se dice que quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón, y que quien sigue siéndolo en la madurez no tiene cabeza. En la sentencia viaja implícito un sólido prejuicio: que uno se hace de izquierdas obedeciendo a resortes sentimentales, no después de someter el mundo a un análisis racional. No pocos filósofos han debatido sobre el origen de la ética, ubicándolo en el fellow-feeling, el impulso solidario de Hume, o bien en la razón práctica, como prefería Kant. Hasta que llegaron los neurocientíficos y constataron que el auriga de dos caballos de Platón era eso, mero platonismo, y que en realidad emoción y raciocinio andan bastante revueltos. Y sin embargo vivimos en un régimen glandular que despeja toda consulta directa a las hormonas mientras desacredita al córtex, órgano encargado de aguarle la fiesta al manipulador emocional; que jibariza la palabra hasta los 140 caracteres, mientras remunera con lujo las capciosas operaciones de la industria audiovisual; que extiende la adolescencia hasta la treintena; y que espectaculariza la política para no tener que estudiar su árida codificación de siglos.

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22 abril, 2016 · 16:00