
Animales con presunción de inocencia.
Cuando yo era adolescente, elegir carrera consistía en hallar razones para descartar la matrícula en Derecho. Todos los de letras terminaban estudiando Derecho de un modo indefectible -«Tiene muchas salidas»-, y resistirse a aquel determinismo jurídico obligaba a un acopio de personalidad impropio de la edad. Se ofertaba en todos lados y pedían un cinco como nota de corte. Sus legendarias cafeterías cautivaban la imaginación. Derecho estudiaron españoles tan distintos como Mario Conde y Pablo Iglesias, aunque ni la conducta del primero ni el discurso del segundo delatan un escrúpulo legal precisamente calvinista. Pero no son casos aislados.
Para ser un país petado de juristas, el título no cunde. España sigue siendo un país de moralistas intuitivos donde el rigor de la ley causa tanto escándalo como el sol en Noruega o la sobriedad en Rusia. No es que los españoles no queramos juzgar; al contrario, lo juzgamos todo compulsivamente. Lo que ocurre es que juzgar, para nosotros, constituye un acto tan natural que no entendemos que requiera una formación específica. Por eso nos hacemos tertulianos. Por eso criticamos a los tertulianos. Por eso, ante cualquier problema, sentimos nacer en la incubadora caliente de nuestras meninges el cigoto de un juicio que en la mente de un alemán exigiría semanas de gestación, mientras que nosotros lo parimos perfectamente formado en décimas de segundo. Quizá porque no se trata de un juicio, sino de un prejuicio. Por eso cuando llegamos a la universidad ya es tarde: ya no hay nada que puedan enseñarnos.
La buena (Susana Díaz), la fea (tesorera del PP) y la mala (Marta Rovira)


Cuando el humo se disipe deberían quedar en pie algunas certezas distinguibles, de contornos nítidos, recortadas contra el polvo retórico que nos asfixia. Debería quedar en pie la diferencia entre el Gobierno y el Estado, y entre la formalidad democrática y la innegable emoción del nacionalpopulismo. Deberíamos también haber atisbado los límites de la política, que son tan anchos como los del amor, pues sólo limitan con lo penal. Cuando el humo se disipe habremos recordado por qué se representa a la diosa no con una balanza y una zanahoria, sino con una balanza y una espada, porque sin fuerza no hay justicia. Y habremos aprendido a desconfiar de la soberana voluntad de los niños, que desconocen la amargura por las plegarias atendidas, para reclamar los tratos entre hombres, a quienes las frustraciones enseñaron que la vida va en serio sin necesidad de tachar rayas en la pared de una celda.









