Yo sé que no eres un cínico. Tu convicción es sincera, tu inquietud muy real. Sobre nuestra democracia -no te han contado que fue fruto de la reconciliación entre franquistas y antifranquistas; verás cuando te enteres de que la lideraron los primeros- piensas que se cierne la amenaza terrible de la involución. Que Podemos tendrá sus cosas, pero es la izquierda al fin y al cabo: progresistas preocupados por la desigualdad. Que los independentistas cometen errores, pero son sensibles a las causas que importan: feminismo, ecología, salud mental. Que Sánchez no terminaba de gustarte, pero hoy toca cerrar filas con todas y cada una de sus decisiones si no queremos que Vox acabe en La Moncloa persiguiendo a los gays, a los negros, a las mujeres, a los catalanes.
El destino se complace en los caprichos de la simetría, por decirlo a la manera del ídolo literario de Zapatero, y ha querido que coincidan en la librería los ajustes de cuentas de dos políticos retirados, opositores los dos, hombre y mujer, derecha e izquierda, Mariano Rajoy y Manuela Carmena. En Política para adultos el expresidente carga contra el populismo como si nunca hubiese sido adolescente. En La joven política la exalcaldesa arremete contra la política convencional como si nunca hubiese sido adulta. Carmena le saca una década a Rajoy, pero necesitaría muchas más para comprender que los presupuestos no se ejecutan a golpe de magdalena y que con buenas intenciones solo se hacen malas ordenanzas. Rajoy, por su parte, es el último forofo del reglamento en un mundo de certezas canceladas y escalafones derretidos.
No hace falta ser Robert Michels, el politólogo alemán que formuló la ley de hierro de la oligarquía, para comprender por qué a los jefes de partido no les gustan los solistas. Según Michels, quien fácilmente habría deducido su ley de una somera ojeada a la jaula de los orangutanes del zoo de Colonia, toda organización es oligarquía, y todo miembro ascendido a la condición de oligarca conspira para evitar la emergencia de nuevos líderes que amenacen su posición. De modo que el recelo de Casado hacia Ayuso o el de Sánchez e Iglesias hacia Yolanda Díaz es el mismo: se deriva de su estatus insomne de primates alfa. Da igual que se alce el puño o que se vaya a misa: todo líder es conservador porque vive obsesionado con la conservación de su puesto.
El puñado de periodistas o aspirantes a serlo que integra Twitter pasó un domingo entretenido comentando las portadas de EL MUNDO y de El País. Así debe ser: vivimos de que nos comenten. Dos portadas muy dispares en apariencia: ellos apostaban por la debilidad mental, con tribuna de Sánchez, y nosotros por la entrevista políticamente indeseable de Latorre a Álvarez de Toledo, a quien hasta sus enemigos reconocen una salubridad amazónica. Pero quizá todos hablábamos de lo mismo: el grado de autonomía de la razón en nuestra sociedad.
El mundo está hecho para los que quieren ser famosos, aseguraba en su muy celebrada carta a la directora de El País una madre orgullosa de que su hija quiera ser segundo violín. «No primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso la hace feliz», escribe doña Carolina desde la brumosa Inverness. Nadie es quién para discutir las razones del orgullo que una madre siente por su hija, al menos no hasta que esa madre decide que el mundo entero, feria de vanidad, conspira contra la natural modestia de su hija.
Lleva quizá el único apellido parlante del columnismo español. Un centelleo, un chasquido y un corte seco. El estilo de Arcadi Espada (Barcelona 1957) ofrece el magisterio afilado de una idea ejecutada con limpieza. En su nuevo libro, que lleva un finísimo prólogo de Ferrán Caballero, se bate en duelo contra la superchería.
Se non è vero, è ben trovato. Usted ha construido su carrera contra ese refrán. Contra el peligro de elevar la verosimilitud al lugar de la verdad.
Sí, pero no lo considero una rareza. O no debería. El paradigma de la verosimilitud es honrado, pero no es el de nuestro oficio. Lo que sabemos con seguridad sobre lo verosímil es que no ha sucedido. Yo soy un escritor que trabaja con la veracidad. Los que trabajan con la verosimilitud son los novelistas realistas. Otra cosa es que hayamos perdido la perspectiva de lo que es este trabajo hasta el punto de que esta distinción parezca una rareza.
La foto de Capa del miliciano muerto. Es un montaje pero servía a la propaganda, que es lo que sustituye a la verdad en las guerras. ¿La primacía hoy de la posverdad significa que estamos en guerra, aunque sea cultural?
Sospecho que hay cosas que pasan por primera vez. La posverdad no son las antiguas mentiras: el mentiroso no deja de tener un cierto respeto por la verdad, como el gángster lo tiene por la ley. De ahí su mala conciencia. El caso Trump -digo Trump por no decir Sánchez-, que es el símbolo de todo esto, no es la simple manipulación de la verdad, no se sitúa en el paradigma orwelliano de la neolengua: es que la verdad ha dejado de interesarle. Por eso va a montar su propia red social. Siente hacia los hechos una indiferencia total. Por ejemplo hacia el hecho de perder las elecciones. Y lo avisó: que no lo reconocería. Hizo lo que se esperaba de un hombre al que no le interesan los hechos. Se mueve por un paradigma religioso. Importa la trascendencia, y toda trascendencia es subjetiva.
Al derecho le está pasando como a la salud mental o a las erecciones: que son cosa del pasado. Vestigios aparatosos de aquellos animales racionales que anteponían la ley a los sentimientos, preferían el imperio de la cordura a las misericordiosas cuotas de tarados y hasta se empalmaban de vez en cuando. A la luz de esta revolución moral comprendemos que Meritxell Batet se resistiera a darse por enterada de lo que el Supremo le requería: que retirara ya el acta a un diputado condenado en firme por patear a un policía. Hasta un niño de cinco años entendería que un agresor sentenciado no debe ostentar la representación pública de los españoles. Pero si traemos aquí al niño de Groucho, descubriremos con horror que tiene cuarenta tacos y ocupa varios ministerios y una vicepresidencia. Todos los cargos podemios del Gobierno han arremetido contra la Justicia bajo la mágica premisa de que un policía jamás puede ser víctima, aunque pruebe el daño, y un sedicente activista social jamás puede ser agresor, aunque patee. «Señora diosa, bájese la venda, contemple las rastas rusonianas de nuestro buen salvaje y obre en consecuencia», exige el populismo, esa enfermedad infantil que ha destruido a la izquierda española.
Cómo no va a tener éxito El juego del calamar si es una traducción perfecta de la mente populista a la narrativa audiovisual, y nadie cuenta cuentos mejor que un populista. El populismo no es una ideología y ni siquiera una estrategia; no es una oferta de soluciones simples a problemas complejos ni tampoco el cultivo calculado del antagonismo entre élites culpables y pueblo engañado. Es más bien el conjunto kantiano de condiciones perceptivas que determinan el juicio de los votantes asustados. El miedo es la premisa emocional del populismo; por eso el primer deber del líder o del partido populista es identificar la clase de amenaza que se cierne sobre su audiencia: la casta, el globalismo, las eléctricas, los inmigrantes, el hombre blanco, la mujer pantera, los fondos buitre, los burócratas europeos. Si el público acepta la premisa narrativa, el pacto de ficción queda sólidamente establecido y la trama empieza a fluir, con sus héroes, sus villanos y su carne de cañón.