La suelta de violadores favorecida por el Ministerio de Igualdad está contribuyendo a extender la opinión de que Irene Montero debe dimitir. A mi modo de ver, la salida de doña Irene del Gobierno supondría un error fatal que coronaría el himalaya de errores fatales que viene levantando esta larga legislatura del desaliento, y que amenaza con hacer perder el juicio a los españoles minutos después de que hayan perdido la esperanza.
Empieza a cundir el convencimiento de que Pablo Iglesias se cortó la coleta para que no le estorbara el manejo del piolet. Cuando renunció al escaño a la vez que a la cabellera todos pensamos en los arquetipos del indio o del torero: imágenes del fin, de descabello o retirada. Pero Iglesias, en un claro ejemplo de maskirovka soviética, se estaba yendo para quedarse. Quería el poder sin sus horarios, consciente de lo difícil que resulta conciliar la responsabilidad de un cargo electo con la ingesta masiva de series de televisión. A medida que su melena sansoniana se extinguía, la de Yolanda Díaz ganaba volumen y brillo. Demasiado brillo, concluyó pronto su arrepentido mentor. En el campamento preelectoral de Galapagar aún conocido como Unidas Podemos ha sonado el grito de guerra, y en la mejor tradición de la extrema izquierda se trata naturalmente de una guerra civil.
Es más conocido por su etapa como director de El País que por la condición que mejor le define: reportero y corresponsal. En Digan la verdad (La Esfera de los Libros) repasa cuatro décadas de andanzas periodísticas por todo el planeta al servicio deldiario de Prisa, de donde finalmentefue purgado en cuanto Sánchez se aupó al poder. También eso lo cuenta con detalle, pero sin resentimiento. A Caño le preocupa más la degradación acelerada del oficio.
El libro plantea una conclusión melancólica: habla de un oficio en peligro de extinción. ¿No es un diagnóstico demasiado pesimista?
Antes de nada tengo que confesar mi dolor personal por el hecho de que esta entrevista no se publique en El País. Estoy agradecido a EL MUNDO, pero este libro cuenta una vida profesional al servicio de El País. He llevado su acreditación literalmente por medio mundo, como un segundo apellido. Y por eso me duele. Pero sí, creo que el periodismo está en una crisis muy profunda, que tiene que ver con la crisis de la democracia en general. A eso se le añade que el modelo de negocio lleva más de una década buscando una solución verdadera. Además, el periodismo vive las consecuencias de la polarización política, que nos resta credibilidad. Y por último, la revolución tecnológica ha hecho el periodismo más accesible pero también lo ha empeorado. Eso no significa que no haya periodismo bueno. Pero el contexto es de destrucción del oficio. Está mal pagado, no tiene el reconocimiento social que tenía y está completamente infiltrado de activistas políticos. El marco, desafortunadamente, no me permite ser optimista.
Los autores intelectuales de Vox obedecían a una convicción topográfica: la de que había un camino a la derecha del PP. Se pusieron a explorarlo con la incalculable ayuda del Gobierno más sectario de la democracia. El éxito de su lanzamiento se basó en un eslogan -«ni derechita cobarde ni veleta naranja»- útil para abrirse hueco a machetazos en el espacio antisanchista. Pero nadie, ni siquiera Vox, puede poner puertas al campo: siempre habrá un camino más a la derecha, como siempre lo hay más a la izquierda. Ese, y no el de Santiago, es el que va a explorar ahora Macarena Olona.
Se figura Arturo Pérez-Reverte que ha escrito sobre la violencia del hombre por el hombre, cuando en realidad ha publicado una declaración de amor a las palabras. En su lúgubre memoria de reportero acumula las trizas de la historia y teclea furiosamente para aclararse la retina. Pero no puede. No sabe que ese polvo no proviene de un puente dinamitado, o de una ciudad sitiada, sino de un idioma de mármol y de adobe que se pega a las yemas de sus dedos como esa ceniza ingrávida que protege al parecer las alas de las mariposas.
Era fácil abismarse en la fealdad del Senado, ese cajón de pino destinado al eterno descanso de los elefantes de todos los partidos. Pero desde que la riña parlamentaria se ha mudado de San Jerónimo a Bailén no hay ocasión ni para aburrirse contando los disparos de Tejero, que nunca se planteó malgastar balas contra el techo vulgar de la Cámara Alta.
El segundo combate Sánchez–Feijóo no decepcionó, aunque las estrategias cambiaron. Esta vez la agresividad partió casi toda de la esquina gallega mientras el presidente trataba de desoír su naturaleza para sonar presidencial. Su naturaleza y la de sus senadores, que le pedían sangre con aplausos sudorosos cada vez que atacaba al líder del PP. El final de la legislatura se va pareciendo mucho al de la trilogía de El Padrino: cuando Sánchez trata de salir del sanchismo, encargándose un traje de socialdemócrata europeo, lo vuelven a meter dentro. ¿Quiénes? Sus socios y la propia bancada socialista, reprogramada ya para profesar un sectarismo primario, incurable, epigenético. Pedro querría ser moderado, pero como a Jessica Rabbit lo han dibujado así.
La última contradicción cabalgada por Pablo Iglesias, que tantas lecciones da, es un suspenso en el examen que lo habría habilitado para dar lecciones. Ahora tendrá que resignarse a aleccionarnos sin título habilitante, según lleva haciendo desde el día epifánico en que fue enviado a nosotros para redimirnos del capital y la oligarquía. Claro que si lo pensamos bien, lo contradictorio habría sido que aprobara. ¿Qué clase de revolucionario se rebaja a perseguir la aceptación de un tribunal universitario, que no deja de ser un producto más del orden burgués?
Escribe Elvira Roca Barea (Málaga, 1966) que «España es un ratón que arrastra la piel de un elefante». Una nación excepcional por el empeño inducido en su propia excepcionalidad. Va por 39 ediciones de Imperiofobia, mucho más que un ensayo contra la leyenda negra: un nuevo paradigma historiográfico. Su éxito, con más de 150.000 ejemplares vendidos y una nueva edición ampliada, es imposible de perdonar en España.
Los imperios engendran por igual odios y adhesiones, igual que los éxitos editoriales. ¿Cómo lleva usted todo lo que ha generado Imperiofobia?
El ataque de cuernos que les ha dado a unos cuantos catedráticos es un fenómeno muy comprensible. El mundo académico está acostumbrado a unos cuantos machos alfa que gobiernan los territorios que consideran de su exclusiva competencia, y en el momento en que aparece un verso suelto, una maestra de pueblo sin permiso de nadie, reaccionan como lo que son: unos carcas y unos acomplejados. Todo el mundo sabe el enorme poder que tienen en su cortijo, y se han sentido muy ofendidos por una outsider que incursiona en su territorio sin pagar peajes. Eso te da muchísima libertad, pero también supone estar expuesto. Yo estoy dispuesta a pagar cualquier precio por la libertad.