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ETA y Daesh: terror comparado

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Dos terrorismos.

La casualidad, concepto desprestigiado en la era de la conspiranoia, ha cosido dos terrorismos distintos al boletín informativo: el etarra, que es noticia porque reivindica que se desarma, y el yihadista, que es noticia porque reivindica que le basta armarse con un coche y un cuchillo. Pero las diferencias entre ambas factorías de terror no se limitan a su vigencia -una muere, otra renace- o a su metodología. El asesino de txapela no es menos fanático que el de turbante, y ambos se figuran soldados al servicio de una comunidad imaginaria; pero entre uno y otro se abre una brecha filosófica de siglos que marca el paso civilizatorio de la teocracia a la laicidad, de la tribu a individuo, del más allá al más acá.

Todo fanatismo postula una teoría unívoca de la salvación: una soteriología. Así como el yihadista aspira al califato universal, el etarra mataba para instaurar su propio paraíso: una Euskal Herria étnicamente pura e ideológicamente comunista. Pero el etarra -y en general el terrorista occidental de inspiración nacionalista o anarquista- planeaba sus atentados para salir de ellos con vida, al grito de gudari huido sirve para otra guerra. Sus asesinatos siempre incluían plan de fuga. Y si era detenido, se meaba encima en cuanto notaba la mano de un guardia civil esposándole. Ese pis es el fluido de una desesperación laica, porque el etarra anhela vivir en su edén terrenal de caseríos blancos y verdes colinas, no en un dudoso jardín de huríes abstractas.

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24 marzo, 2017 · 10:59

Andrássy 60

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La única y verdadera Casa del Terror, en Budapest.

En el número 60 de la elegante avenida Andrássy, en el corazón de Budapest, se alza un edificio oscuro y macizo que se ofrece a los turistas bajo la excitante denominación de Casa del Terror. No es que el nombre esté mal elegido: después de recorrer sus estancias concluimos que son los parques de atracciones los que se equivocan. La Casa del Terror de Budapest no contiene ficción sostenida por actores sino historia derramada por verdugos. Y fueron los mejores verdugos de todos los tiempos.

Primero llegaron al edificio los fascistas del Partido de la Cruz Flechada, cuyo entusiasmo en la persecución, ejecución y deportación de conciudadanos judíos admiró al propio Hitler. Después los comunistas visitaron el local, descubrieron que se adaptaba perfectamente a sus necesidades y se pusieron a torturar a enemigos del pueblo sacados del mismo pueblo. El celo revolucionario de la AVH, la policía política húngara, era la envidia de la Stasi. De modo que el terror nazi sólo se distinguió del terror rojo en el color de la chaqueta: literalmente, los militantes fascistas se cambiaron de uniforme con el triunfo de la URSS (un vestidor de la Casa documenta el meteórico travestismo que descose flechas y borda estrellas) para no dejar de ser húngaros completos y eficientes.

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21 marzo, 2017 · 16:31

¿Bódalo, otro Gramsci?

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Che Guevara de botijo y alpargata.

Llevaba un tiempo Podemos sin hacer eso que llaman marcar la actualidad, o sea, hablarle a un leño, montarle una cacería tuitera a un periodista crítico, beberse una pepsi en lugar de una maléfica coca cola o dejar sin aplauso parlamentario a un invitado del Gobierno. Nueva política, o sea. Así que don Iglesias se puso a cavilar cómo recuperar la iniciativa, toda vez que la opinión de Errejón cría telarañas en el gallinero y que el feminismo de Irene no da para más. Necesitaba algo contundente y entonces pensó en Bódalo, cuya contundencia no admite dudas desde que quedó avalada por los tribunales.

Que Pablo Iglesias se baje al penal de Jaén a saludar a un camarada es un plan de finde tan plausible como llevar flores a la tumba de tus deudos. Más discutible nos parece que pretenda convertir al preso en el Gramsci del 78, un titán de la lucha de clases que estaría en el trullo «por hacer sindicalismo» y no por tener la mano tan larga al menos como su intestino. Al concejal de Jaén en Común, terror de las confiterías más que de los latifundios -sus asaltos a supermercados siempre nos infundieron la sospecha de que planeaba merendar gratis-, no solo le separa del autor de los Cuadernos de la cárcel un cuerpo mejor alimentado, sino sobre todo una mente trágicamente desnutrida. La que le susurra que la justicia social se alcanza a hostias. La última la recibió un concejal socialista, pero ya acumulaba tres condenas por destrozar una heladería de Úbeda donde despachaba una mujer embarazada, por agredir a varios policías durante un asalto a la Consejería de Agricultura y por zurrar a un discrepante durante un acto de Amaiur.

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6 marzo, 2017 · 10:49

La burbuja de la sospecha

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«¡Ellos sí dicen las cosas como son!»

La próxima burbuja que estallará en España, y en cualquier lugar con wifi, no será la del ladrillo sino la de la sospecha. Cuando el pastor del Lacio veía el relámpago y oía el trueno, sabía que Júpiter se había enfadado. Cuando el aborigen digital lee que ha bajado el paro, que la inmigración beneficia a la economía o que a una presentadora le gustan los escotes, su alma rústica pero taimada de aldeano global deduce pronto que el Gobierno miente, que los bárbaros vienen a robarle la identidad y que los directivos de televisión chulean a doncellas sin conciencia de género. A este estadio en que la pregunta de Groucho -«¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?»- ha dejado de ser un chiste lo llaman posverdad, que no es más que la rehabilitación general de los prejuicios. Pero la fe en la posverdad necesita primero de la sospecha preventiva, especialmente sensible a la voz institucional, al oprobioso agente del establishment. Ockham metido a tuitero no necesitaría una navaja sino una motosierra.

Que nuestro cerebro ve lo que quiere ver y no lo que tiene delante ya no es una novedad científica, pero el 2016 la ha elevado a novedad política. Para este año se prevé que los pulmones cibernéticos que inflan la burbuja de la sospecha sigan soplando. Hoy no creemos en la libertad, pese a que nunca nos ofrecieron más opciones; ni en la prosperidad, pese a que ninguna generación disfrutó de tantos bienes; ni en la paz, pese a que jamás vivimos más seguros. No es libre ningún periodista, porque todos reciben la consigna que condiciona su empleo. No es honrado ningún político, porque protege su interés de casta, vieja o nueva. Un autor de éxito no puede serlo de mérito. Nuestra sociedad al completo es un teatro de marionetas. ¿Quién maneja los hilos? Escoja usted al candidato que más sospechas le infunda: Cebrián, Soros, el neoliberalismo, Florentino, Bilderberg, Madrit, el mundialismo, el Ibex, el franquismo latente, algún italiano, la socialdemocracia, el heteropatriarcado, la masonería, el 78, los buenos viejos tiempos, la profesora y la indiscutible manía que le tiene al niño. Hasta la ANC confía más en la magia de Melchor que en la eficacia del Procés.

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El bueno (la ONG de Pontejos), el feo (la alcaldesa de Vic) y el malo (Trillo) de esta semana en La Linterna de COPE

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6 enero, 2017 · 11:29

La casa de Pili Zabala

elkarrekin-podemos-pilar-zabala-eitb_ediima20160912_0637_5Al debate político le incumbe mucho más la casa de Zabala y su connotación próspera que la condición de víctima del GAL y su connotación trágica. Porque la que se presenta a unos comicios autonómicos no es Pili Zabala, con su mochila de emociones, sino la candidata de Podemos, con su programa electoral. Por supuesto, si Podemos la eligió fue por lo primero, porque el populismo no trabaja con realidades -¡ya ni siquiera con promesas!- sino con símbolos. Y por eso mismo saltó la preocupación en el partido cuando Zabala enseñó su bonita vivienda: resultaba que tenían a la casta metida hasta la cocina. Y aún sobraba espacio para Izquierda Anticapitalista y cuatro o cinco confluencias.

Siguiendo el verso patriótico de Aresti, Zabala ha defendido su casa. Pero no porque sea la de su padre, sino porque ella tuvo un día que vendimiar y cuidar ancianos para ganarse la vida, después mereció una jugosa subvención por accidente y «a partir de ahí todo lo que yo he venido realizando ha demostrado mi solvencia económica y mi capacidad de gestionarla», ha confesado a El País. Es decir, una hermosa reivindicación de la economía social de mercado que permite el ascenso de clase hasta la altura de una casa como la que goza doña Pilar.

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19 septiembre, 2016 · 12:36

Otro otoño sin épica

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Aquellos veranos previos a la revolución.

Un tópico periodístico de mucha fortuna solía advertir de otoños calientes a la vuelta de veranos pachorreros. El articulista en cuestión avizoraba crisis larvadas y estallidos sociales cerniéndose sobre septiembre como la distancia letal, inexorable, que la ciudad interpondrá con el romance de chiringuito. El otoño se convertía así en el cascabel apocalíptico que agitaba otra serpiente de verano. Y la rentrée se pintaba tanto más tremenda cuanto menos noticioso iba resultando agosto.

Este año, sin embargo, uno no está siendo lo suficientemente alarmado por artículos casandristas, quizá porque ya hay bastante noticia con las negociaciones de investidura y bastante alarma con la perspectiva de unas terceras elecciones. Pero es que además el principal agente agitador de los últimos veranos ya no inspira ese terror mediático de ratón en el tobillo de la Castafiore, sino que vegeta como lagarto entre dos pieles. A los chicos del blitz del maíz se les ha agostado finalmente la revolución, cuya expectativa tantas columnas estivales socorría. Ni tienen los votos, ni la cohesión, ni la fiscalidad al corriente como para soñar octubres rojos, aunque sus cachorros menos domesticables apenas disimulan la gana de volver a montar la quechua en Sol si como parece acaban mandando los de siempre, los que se empeña en elegir el pueblo contumaz.

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12 agosto, 2016 · 20:47

Marx y las rebajas

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La pulsión que nos salva del comunismo.

Cada campaña de rebajas prueba que la revolución anticapitalista no se puede hacer a la vez que la revolución feminista. O la una o la otra: hay que elegir. Ningún partido de izquierdas seducirá masivamente a las votantes predicando contra la austeridad exterior al tiempo que ansía imponerla en el interior. No sería descabellado afirmar que el Muro lo echó abajo el mismo impulso que convoca de amanecida a barricadas de fieras señoras a las puertas de El Corte Inglés.

-Qué machista es usted. ¡Como si los hombres no se entregaran a caprichos, y más caros!

Cierto. La diferencia la formuló Lemmy, difunto líder de Motörhead, cuando descubrió que las mujeres quieren lo mismo que los hombres… solo que durante más tiempo. En efecto, los varones de la especie a menudo se muestran volubles en su deseo, delatan una peligrosa tendencia al ideal colectivista y se embrutecen en general con menor conciencia y mayor resignación. La mujer, en cambio, ser antirromántico por excelencia según Pla, está naturalmente dotada para el individualismo y la selección, odia la uniformidad y ama distinguirse, que es el primer efecto de la elegancia. Tengo observado que, cuando el look de una mujer causa sensación, la protagonista se resiste a revelar dónde adquirió su flamante vestido, pues trata de evitar que otras la imiten. Lo cual prueba que una mujer no aspira jamás a vestirse para atraer a un hombre, sino para matar de envidia al resto de mujeres.

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Me entrevista Carmen Carbonell en esRadio por «El hígado de Prometeo»

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4 julio, 2016 · 11:50

Farlopa ‘pa’ la tropa

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Cada cual se droga como puede.

Yo igual que Suárez, pienso que el comunismo debe ser legalizado como cualquier otra droga. La clandestinidad solo empeora la calidad de la mercancía, sea química o ideológica. Ahora bien, el drogadicto químico destruye su vida y la de su familia, mientras que una sobredosis de voto comunista intoxica las arterias de toda la nación. Si tu descarriado vecino se mete colectivismo en vena por debilidad o por frecuentar malas compañías, todas ellas con derecho a voto, al final será contigo con quien terminen cebándose los impuestos, por mucho que desayunes zumo de naranja a las siete cada mañana. Y por toda estimulación, un café cargado.

Kiko Veneno desconfiaba de la cocaína porque persuadía al artista de que lo trivial es genial, que es una confusión muy propia de nuestro tiempo. El comunista, que tiene tanto de artista, está convencido de que su mierda devolverá la energía al pueblo. Y sin embargo no hay constancia de ningún drogadicto que haya triunfado a causa de su adicción -sino más bien a pesar de ella- ni de ningún pueblo que haya prosperado gracias al comunismo. El providencialismo histórico de Marx contiene tanta sustancia opiácea como la religión tradicional que don Karl se creyó llamado a abolir, sin sospechar que únicamente la remedaba.

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24 junio, 2016 · 11:17