Después de ver a Italia, a Francia, a Portugal e incluso a Gales metiendo goles, esa maniobra inalcanzable para el combinado de Luis Enrique que consiste en situar la pelota por detrás de la línea de meta, a nosotros se nos pone cara de niño de posguerra mirando el escaparate de una confitería. El sentimiento colectivo hacia la Selección está regresando a ese punto de gravedad ibérico que oscila entre el fatalismo y la guasa. Habrá mucho zoomer educado en el ciclo triunfal de España al que esta frustración le resulte novedosa; pero quienes llegamos a usar las cabinas para llamar a la novia estamos experimentando la dulce nostalgia del fracaso.
Puede que Luis Enrique sea la excepción a la única norma del esnob insoportable que sigo a rajatabla: la gente que cae mal me cae bien. Me pasa con Fernando Alonso, con Peter Handke, con Bunbury y me pasaba con Pablo Iglesias. Es una prevención natural contra el gusto mayoritario que también opera al revés: la gente que cae bien me cae horrible, desde Vicente del Bosque hasta Revilla -los bigotes del Pueblo-, por no hablar de James Rhodes, si es que aún goza de alguna popularidad fuera de los jardines de Moncloa.
La prórroga solo habría prorrogado la agonía y demorado la ejecución. Ningún antimadridista honesto negará que el Real Madrid jamás tuvo equipo para llegar hasta semifinales de la Champions, y si lo hizo fue llevado únicamente de su historia, escudo y corazón.
El Madrid saltó al campo con medias negras como vendas anticipadas antes de las heridas inevitables, porque era inevitable que el Chelsea, el equipo de los solteros, eliminase al Madrid, el equipo de los casados. La diferencia física y táctica ya fue insultante en la ida, obligando a la flor de Zidane a deshojarse entera para que sus jugadores llegaran vivos a Londres. Pero cuando se vieron en Stamford Bridge, entre todos no juntaban un pétalo entero. Para jugar una final de Champions es necesario saber competir, disponer de los mejores, tener suerte con el árbitro, contar con los errores del rival y por último que cada uno de tus futbolistas posea un par de piernas hábiles. Esta última condición no pudo cumplirla el Madrid porque ni siquiera el Madrid puede tenerlo todo.
Como emergió el Renacimiento de los siglos oscuros, así Benzema alzó la cabeza y voleó a la red cuando la tiniebla cubría las ideas y agarrotaba las piernas de todos sus compañeros. Sufría el Madrid sobrepasado por el Chelsea con insultante superioridad, aún más insultante teniendo en cuenta la traición en la Superliga de los modestos proletarios de Abramovich. Kanté y sus sicarios habían tendido alambre de espino por el centro del campo, anulando al trío más laureado del fútbol europeo como quien le recuerda al oído su verdadera edad a un galán maduro. Obligaban a Courtois a milagros que en Bélgica solo se ven en las cumbres del Eurogrupo cuando las peores recesiones.
Confieso que he sentido una corriente de simpatía hacía el Fútbol Club Barcelona. Súbita, inverosímil, pero indudable como un calambre. La experiencia es tan novedosa que marca un hito en mi correosa sensibilidad de vikingo y me obliga a estudiar sus causas con científica deportividad y un punto de inquietud.
Ha entregado uno mucha tinta a la política y al fútbol, y siempre pensó que la primera ofrecía un ecosistema más favorable a la supervivencia de la razón que el segundo; pero esto ya no es así, y debemos reconocerlo. La política vuelve a ser el pestífero lamedal que denunció Valle (después de dejar el escaño), mientras que en el fútbol persisten noblezas bizarras como los pactos de sangre de la familia Agnelli o la oceánica ingenuidad de los aficionados. La razón dice desde hace tiempo que solo la concertación de los dos grandes partidos puede sacar a España de la charca del antagonismo primario y la parálisis reformista, pero esa esperanza me la arrebató la moción de Sánchez. Vuelve uno la mirada al fútbol y descubre al Real Madrid y al Barça defendiendo de la mano la única escapatoria racional a la inexorable agonía de su industria, secuestrada por una casta extractiva de porteros de discoteca. Y hacerlo poniendo proa, bajo un milagroso velamen blanco y blaugrana, a una tormenta mediática y política de alcance continental.
Todos menos nuestros cuñados sabían que Vinicius acabaría congelando las muecas de los burlones y poniendo solemne fecha de caducidad a sus propios memes. La única duda era cuándo. Eligió para hacerlo al mejor rival y la mejor competición. Dos clubes dinásticos, 19 Champions sobre el tapete y un calambre brasileño corriendo por la banda que electrocutó el partido y chamuscó su leyenda de delantero romo, ayuno de puntería. Hemos dicho alguna vez que nadie ha fallado tan bien como Vinicius, y a partir de este Madrid-Liverpool deberemos dejar de celebrar sus fallos para aplaudir sus goles.
Tomar un Camp Nou sin público, desangelado, huérfano de gargantas hostiles, quizá no sea lo mismo. Pero se parece mucho. Si la persistencia de la pandemia está haciendo que la frustración se torne tristeza, al menos el fútbol que capitanearon los de siempre fue suficiente para pasar del alivio a la esperanza en la familia blanca. No llegaba bien el Madrid de Zidane al clásico, tras las derrotas humillantes contra el Cádiz y el Shakhtar, y, sin embargo, la flor del entrenador francés volvió a probar su solidez de secuoya en el momento culminante. En el clásico contra el Barça, derrotado contra todos los pronósticos, casa tomada como el cuento de Cortázar o la mansión de Los otros de Amenábar.
Se va Gareth Bale y muchos madridistas añadirán que por fin, porque el madridista es tan desmemoriado como cualquiera y el fútbol es la dictadura del presente. Así debe ser, y desde luego el galés no se ha esforzado lo más mínimo por regresar de sus mejores ayeres. Bale ha vivido últimamente como un rentista olímpico, y solo saltaba motivado a un campo si le acompañaba un caddie.
Confieso que siempre me han atraído los caracteres que desprecian abiertamente el sentir popular, lo mismo en literatura que en política o en el paddock de la Fórmula 1. En una época tiranizada por la ansiedad del Me Gusta, encuentro heroica la resistencia de algunos elegidos a cumplir con el gesto de compunción que te exige el personal para perdonarte la vida o tus 17 millones anuales, caso de Bale. Pero el malditismo también es meritocrático. Para desafiar las convenciones morales de la opinión pública, el maldito tiene que podérselo permitir. Uno puede comportarse como Best si luego juega como Best.