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Modestia en la galaxia

La noticia ya no es venir, sino irse.

La noticia ya no es venir, sino irse.

Un madridista sabe que ha llegado el verano porque los varones de la especie se sienten legitimados para mostrar los pies y porque Florentino trae un fichaje gordo; incluso caro. Que este agosto solo hayamos visto lo primero, más allá del drama estético que comporta, debe hacernos reflexionar. En el Madrid no hay variaciones pequeñas sino cambios de paradigma, así que el verano de 2015 marcará el hito en que la noticia dejó de ser el jugador que viene y pasó a serlo el jugador que se fue o no llegó. Una galaxia de supernovas cede a una de agujeros negros. ¡Lo que habría hecho Galileo con una rotación de Benítez!

El mayor agujero negro del mercado estival lo ocasionó Iker, cuya salida ha sido la más cacareada de nuestro tiempo junto con la de Grecia. La comparación no es gratuita: de los poetas elegíacos de Casillas como de Grecia subía un mismo lamento: «¡Con lo que nos ha dado!» El Ikexit finalmente sí se consumó, aunque termina quedándose en la UE gracias a Lopetegui primero y a don Vicente después, que está determinado a seguir alineándolo como portero titular de la Selección siguiendo un mandato constitucional no escrito, como ese de que a La Moncloa va el candidato de la lista más votada. Antes se rompe el segundo que el primero.

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5 septiembre, 2015 · 13:06

Fábula de Karim y Bolt

La tortuga y la liebre.

La tortuga y la liebre.

Adoro esa foto en la que Usain Bolt posa con su camiseta blanca junto a Karim Benzema. Es la fábula de la liebre y la tortuga, y en la fábula ya sabemos quién gana.

En el debut liguero contra el Sporting al Madrid le faltó el último pase, que es la especialidad de la casa: la ratatouille del chef Karim. Pero para aprender a cocinar se necesita tiempo, lentitud, afecto y el descomunal don que atesora el ídolo tranquilo de Usain. Isco es un pinche meritorio, pero demasiado a menudo le sucede lo que a aquellas pijas que calientan pero no cocinan, y Modric no puede estar en todo. Bienvenidas las efusivas declaraciones de madridismo en red social, pero lo que necesitamos de ti, monsieur, es el último pase, el juego entre líneas, la apertura a un toque, la visión inverosímil, el tobillo de seda. Incluso el gol si el sábado se pone vulgar.

El recalcitrante piperío (casticismo merengue) vuelve a entonar la elegía del nueve, como si el fútbol no hubiera evolucionado. Eso del nueve puro, el artillero, el matador, es un anacronismo como esos mesones que todavía se resisten a renombrarse como gastrobares. No digo que no resulte útil en equipos modestos -ahí está el buen Aduriz, y sé que es temerario llamar modesto al equipo de Bilbao-, pero la figura camina a la extinción en los candidatos a ganar la Champions. Afortunadamente para el Madrid, Benzema no es un nueve. Dice Benítez, con su mejor intención, que le falta continuidad; pero quizá un día Benzema mire al banquillo, descubra ahí sentado a un señor venido de Alemania y concluya que a quien le ha faltado continuidad es a Benítez.

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29 agosto, 2015 · 11:53

El peso de la púrpura

El desequilibrio liguero visto por Ricardo.

El desequilibrio liguero visto por Ricardo.

Mitologías aparte, España es un país bicéfalo en números redondos. Madrid y Barcelona acaparan el poder económico, demográfico, turístico, mediático, cultural, político. A nadie puede extrañar que acaparen también el futbolístico. Lo raro es lo de Berlín, ciudad que gobierna el continente y tiene un equipo que ni siquiera voy a pararme a mirar cómo se deletrea.

Según el CIS, el 38% de los españoles se declara madridista y el 25% culé. Después vienen Atleti (6%), Valencia, Athletic y Betis. Luego están los que son de su equipo y además del Madrid o del Barça. Siguen los antimadridistas, que no se pierden un solo partido del Madrid. Por último, la aldea global paga por ver al portugués y al argentino: no aprecia las delicadezas tácticas de Paco Jémez.

Madrid y Barça recaudaron 1.103,5 millones según la última memoria económica de la Liga (2013-2014), la mitad de los ingresos totales de Primera y Segunda División: 2.328 millones. A uno esto le parece perfectamente coherente con los afectos e intereses de la población española (y mundial), por más que tan armónica simetría cabree a los aficionados de los equipos pequeños.

Hay un profundo sentido democrático en la desigualdad que encabezan Madrid y Barça. Es la democracia decantada por la meritocracia del tiempo: hubo una época en que Benfica o Nottingham Forest dominaron Europa, y ahora se conforman con disputar el título doméstico, si pueden. La hegemonía sostenida de Madrid y Barça, pese a errores estratégicos, fichajes absurdos e imputaciones por evasión, se debe a que acertaron más veces de las que erraron. Y es a través de sus éxitos sobre el césped como se mantiene y crece la afición, y por tanto el interés publicitario, y por tanto el merecido privilegio en el reparto televisivo. La gracia de ser del Atleti por su manera de palmar, más allá de la lírica bohemia, no colma los anhelos de ningún corazón indio, que preferiría ganar. Como todos. Si Atleti o Valencia acumularan cinco Champions cada uno -no digamos ya diez-, hoy su pedazo de tarta sería más suculento.

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23 agosto, 2015 · 12:26

Benítez en Alesia

Cómo defender los balones parados.

Cómo defender los balones parados.

La pasada campaña no se recordará por el fútbol primoroso que desplegó el Madrid de James hasta enero, ni menos por el pecado de chulería y contraataque que madrugó la condena de Lucho; se recordará por el triplete del Barça. El fútbol está concebido por empiristas, y aunque los argentinos le añadieran la lírica y el barrio sabemos cómo acabó lo de las Malvinas. Porque lo sabe, Florentino ha fichado a Benítez, un hombre de la casa pero graduado en el extranjero con una fórmula anticastiza, eficiente, compacta: escasamente madridista. Pero los madridistas necesitamos un título como los diabéticos insulina y los títulos, empezando por el Mundial de España, se logran tapiando tu portería.

Para eso se ha despedido a Casillas -mal, como compete a las leyendas-, se ha encomendado la puerta a brazos ágiles y se ha blindado el compromiso de la zaga, capitaneada por Ramos y enriquecida con Danilo. Y se apuntala el medio con Kovacic, quien solo por ser paisano y alumno de Lukita esperanza nuestros corazones. «Yo haría un equipo completo de mercenarios yugoslavos, obedientes y letales», me confesó el otro día un hombre del presidente. Raza criada en el plomo.

Benítez es un táctico, justo lo que no era Ancelotti. ¿Significa eso que corremos el riesgo de acabar presentando los partidos del Madrid al festival de Sundance en la categoría de habla no inglesa? No creo, por dos razones: porque la BBC gozará de libertad creativa arriba y porque tampoco estamos seguros de que la koiné en que se entienden no sea el inglés. Si el Bernabéu está mal acostumbrado a valorar solo las goleadas épicas y las remontadas agónicas, habrá que educarle el gusto en la defensa zonal, el control de los tiempos, la basculación en línea, la puñetera defensa del balón parado y demás farmacopea de pizarrín. Que luego bien que se hacen selfies con la copa.

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20 agosto, 2015 · 12:32

Iker Casillas de todos los santos

Milagro, y Novena.

Milagro, y Novena.

Para explicar por qué el portero más importante de la historia de España y uno de los mitos más indiscutibles del madridismo no se va bajo el agradecimiento unánime de su afición, sino sobre la cumbre ardiente de nuestro cainismo, habría que escribir un largo ensayo de sociología hispánica, con calas en Larra, Goya, Machado, Unamuno y Puerto Hurraco. No tenemos tiempo ni ganas de hacer eso aquí, pero daremos algunas notas en la esperanza de aclarar el enigma que hace de Iker Casillas a un tiempo héroe y villano, ángel y demonio, santo y topo en extremos de pasión irreconciliable. En la hora histórica de su adiós, tras 25 años en el club que lo formó y que atestiguó sus semanales milagros -también su caída de Ícaro con guantes-, la opinión pública ha de escoger entre la elegancia de recordar solo sus años de gloria (inolvidables hasta para sus detractores más amargados) y la justicia de deplorar su decadencia final (inocultable aun para sus turiferarios más piadosos).

Siendo esta una nación discutida y discutible, ¿no iba a serlo el futbolista que mejor la ha encarnado? Que las grandes leyendas del Real Madrid se han ido mal del mejor club del mundo es conocido, de Di Stéfano a Raúl pasando por estrellas menos emblemáticas pero tan históricas ya como Figo o Xabi Alonso. Irse bien del Madrid es una vulgaridad solo al alcance de los mediocres. Del Madrid, como del paraíso, hay que irse liándola parda como hicieron Adán y Eva, porque para eso es el paraíso y porque afuera esperan los partos con dolor y el jornal ganado con el sudor de la frente. O bien el puro tedio. Que se lo digan a Di María y Özil, cuyos nombres en su día también municionaron las habituales cargas de fusilería antiflorentinista y hoy vagan errantes como sombras de contrición. Que el Madrid será un carajal, pero un carajal galáctico, y fuera de él se ve crecer la hierba y pasar las plantas rodadoras, como bien sabe cualquier periodista deportivo. Precisamente porque se va como se va, Casillas es sin duda uno de los más grandes de la historia blanca.

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Triplete por defecto

Triplete. ¿Y?

Triplete. ¿Y?

Al madridista le cabían tres opciones: sentarse a ver la final con la pasión delegada en Morata, que ya era mucho delegar; impostar la equidistancia exquisita del aficionado al fútbol que, no jugando su equipo y habiendo perdido la entrada para la ópera, se pone un Barça-Juve por mera curiosidad antropológica; o no sentarse a ver nada sino salir a emborracharse tanto como para despertarse en pretemporada. Lo más inteligente quizá era mezclar las tres.

Cuando marcó Rakitic, con esa finura de confección con que el mejor Iniesta descosía zagas, pensamos seriamente en el Jägermeister. Y lo peor es que Messi ni siquiera necesitaba entrar en juego: a la media hora recibió el balón y lo cedió con desidia a un compañero, como María Antonieta los pasteles al pueblo. Se supone que Arturo Vidal era el compañero de reparto de Benicio del Toro en una de narcos, y Pogba el convicto patibulario al que el guardia, en su primer día en la trena, le pide que se agache para comprobar que no oculta cuchillas en el ano; pero quia. Por no hablar del provecto y bello Pirlo, quien ya ha desarrollado toda la facha de un profeta de Zurbarán. Permeables aduanas para la circulación del juego culé, y eso que este tampoco es lo que era. Ni la Juve ofrecía la resistencia italiana que esperábamos ni el Barça tejía su tela con el criterio espacial de antaño. Al descanso nos fuimos resignados a la inercia ganadora azulgrana y a la convicción de que esta Juve nunca debió llegar a esta final.

La segunda mitad, sin embargo, trajo una agitación agradable. Era de prever. La Juve se atrevió a atacar, arriesgando el castigo de la contra culé. Ambas posibilidades se consumaron: Morata recogió el rechace de un disparo de Tévez, y Suárez el de uno de Messi. Todo había cambiado para dejarlo como estaba. Era el momento de homenajear a Xavi, legendario jugador y desechable politólogo, para cronificar el resultado. Artur Mas exhibía en el palco la misma sonrisa leporina que le suscitó la pitada copera. Y sin embargo aún pudimos contemplar un duelo crítico de porteros más o menos vendidos, un penalti no pitado sobre Pogba, un gol bien anulado a Neymar y la hermosa agonía de la Vetusta Señora, menopáusica de calidad ofensiva pero voluntariosa como la que más. La puntilla le correspondió a Neymar, con esa crueldad final del leñador sobre el árbol caído que el año pasado exhibió Cristiano.

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Entrevista en esRadio por La granja humana, a partir del 2:27:50.

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Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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Ancelotti y los servicios prestados

Por CR, se queda.

Por CR, se quedaba.

Algunos madridistas -y sin embargo ciudadanos con derecho a voto- sospechamos que esa jornada de reflexión que tanto le sobra a la víspera electoral sí procedería al término de una temporada en blanco. Y no digo que no se acabe botando al entrenador fracasado, sino solo que se haga después de haberlo meditado formalmente.

–Carlo, o agradeces los servicios prestados o te los agradecemos nosotros –cabría parafrasear el chiste de La Codorniz.

Ancelotti está sentado sobre la silla eléctrica y al otro lado del teléfono no hay un gobernador compasivo sino algo más inflexible que la troika: un bar de madridistas frustrados. Tengo escrito que el populismo no lo inventaron los políticos televisivos sino el banquillo del Madrid, que para la idiosincrasia española cumple desde hace años las funciones odiosas de la casta, o sea, del chivo expiatorio, ese buen amigo. Y no va a hacer falta que el Barça consume su triplete para que a Ancelotti le broten barba y pezuñas, o ceja de cordero dispuesto para el sacrificio. Si el Madrid despide a los entrenadores cuando ganan, el que presente un año vacío ya puede dar gracias de que no se le ponga a recorrer peñas con una ouija.

Ancelotti ha dado cuatro títulos en dos campañas, entre ellos la Décima. ¿Por qué lo echa Florentino?, me preguntan. ¿Por qué fichar a Rafa Benítez, cuyos métodos de matemático jansenista le sientan a un vestuario de estrellas como la lija al culo de un bebé? ¿No es volver a Mourinho, al que se echó por eso? Y si se fuerza a Benítez a relajar su disciplina, ¿de qué sirve un Benítez desbenitizado? Coronando el silogismo volvemos al principio: ¿por qué echar a Ancelotti?

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