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Las peleas con la luz de Paulo Coelho

No es nada fácil entrar en una casa que no contenga una obra de Paulo Coelho. Usted entre en una casa española, australiana o israelí y repase con aprensión los anaqueles; no pasarán diez minutos antes de que tope con el título inevitable: El Alquimista. Los libros de Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) llegan a las estanterías domésticas de todo el planeta con la naturalidad con que el polen se posa en las mucosas de los alérgicos. Yo mismo no estoy seguro de no poseer al menos una obra de Paulo Coelho, y esa duda terrible me sobresalta en las noches calurosas, despierto empapado en sudor y ya no vuelvo a conciliar el sueño hasta que he completado un escrutinio feroz de mi biblioteca.

Como para cualquier fenómeno de orden místico, Coelho ofrecerá seguramente una explicación paranormal que agote las causas de este éxito siniestro: 140 millones de libros vendidos en más de 150 países, traducidos a 73 lenguas. Quizá un guerrero de la luz introduce subrepticiamente sus volúmenes en nuestras casas y luego a fin de mes despacha los albaranes con el escritor en el interior de una gruta amazónica. Pero lo más escalofriante no es que a Coelho le traduzcan y le compren: es que además le leen. Todo el mundo conoce a alguien que ha leído El Alquimista. Mi novia, sin ir más lejos. Si le pregunto por qué, no sabría responderme. De nuevo topamos con lo inefable.

El día más feliz en la vida de Coelho no fue cuando terminó el Camino de Santiago en 1986, experiencia de la que saldría su primer libro –del mismo modo que al resto de los mortales nos salen ampollas–, titulado Diario de un mago. Ahí ya apuntaba maneras esotéricas. Pero de este relato de peregrinaje vendió poco, y sólo andando el tiempo, convertido ya en estrella despelujada de la autoayuda mística, aquella ópera prima le granjearía la Medalla de Oro de Galicia y el nombre de una rúa en pleno Santiago, que son dos dignidades con las que yo fantasearé toda mi vida. Tampoco la Legión de Honor gabacha le resarció de su juventud penosa y sus sueños de ambición. A él lo que de verdad le hizo feliz fue entrar en la Academia Brasileña de las Letras, porque sabía que pese a sus millones de libros vendidos y de dólares ganados, a la crítica nunca había conseguido engañarla. Un crítico que lee esta frase: “¿Cómo entra la luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta”, sólo tiene una manera digna de reaccionar: vomitando. No obstante, para vomitar aun los críticos más frugales necesitan alimentarse tres veces al día, y cuando el éxito obsceno entra por la puerta, el escrúpulo académico sale por la ventana. La vergonzosa claudicación se produjo en 2002, con los huesos de la pobre Clarice Lispector centelleando de cólera en el cementerio judío de Cajú.

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1 julio, 2013 · 15:01

La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

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24 junio, 2013 · 10:49

Tony Soprano a las puertas del Cielo

Se rodaron varios capítulos alternativos para el cierre homérico de Los Soprano. Acaba de rodarse el definitivo y sí, al final Tony Soprano también muere. En la capital de Italia y de paro cardíaco, quizá a causa de su glorioso sobrepeso, contrapartida paradójica de un minimalismo gestual de actor-iceberg, con una torrentera de emociones apuntadas en la comisura de los ojos; quizá a causa de los seis cafés diarios que confesó tomar en esta reunión didáctica con los alumnos del Actors Studio. En aquella ocasión, el entrevistador le dirigió una última pregunta hoy escandalosamente significativa:

-Llegas a las puertas del Cielo. ¿Qué te gustaría que Dios te dijese?

-«Ponte al frente de esto, que tengo que salir un momento». ¡Pensad en las posibilidades!

Desde que supimos de tu muerte no hacemos mas que pensar en ellas, sí. Que el regazo terapéutico de la doctora Melfi te haya acogido en su consulta eterna, amén.

Jennifer Melfi y Tony Soprano: el mejor dúo de la historia de la televisión.

Jennifer Melfi y Tony Soprano: el mejor dúo de la historia de la televisión.

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Ana Pastor, sacerdotisa del fuego sagrado

Deontología es nombre de mujer.

Deontología es nombre de mujer.

Ana Pastor es el espejo en el que hoy se quieren mirar las más soñadoras de entre las recién licenciadas en Periodismo. Soñar y licenciarse en Periodismo constituyen hoy actividades de una violenta incompatibilidad, pero dejémoslo ahí. Si la facción pija o reporterismo de tacón elige quizá la referencia meteórica y poco sesuda de Sara Carbonero, aquellas que se notan tocadas por el nimbo sacro de la vocación de informar preferirán sin duda la prestigiosa carrera de Ana Pastor, dama brava y suspicaz, morena de mucho progreso y poca broma a la que, según tuit de Hughes, cualquiera le va con una mentira conyugal. “Dulce estilete”, la bautizó Emilia Landaluce con su habitual acrimonia.

Puestos a licenciarse en la sede más pura de la corrección política, que es la Facultad de Periodismo de la Complutense –de cualquier universidad pública–, lo cierto es que tomar a Pastor por modelo es lo más coherente que se puede hacer. Oigan, y tampoco es mal modelo. Ana Pastor es una periodista sagaz y atractiva, más valiente que la media, con más escrúpulos profesionales de lo que se le censura y menos de lo que se le elogia, imbuida de una dignidad gremial que portavocea con una eficiente mezcla de naturalidad y desprendimiento. A su llegada a La Sexta se apresuró a declarar: “No soy el fichaje estrella de La Sexta”; lo que visto en un titular, como todo semiótico sabe, equivale exactamente a dar por sentado lo contrario. Por cierto que muchos colegas critican sotto voce que Pastor fichara por La Sexta, uno de cuyos jefazos es su señor marido, Antonio García Ferreras; pero semejante rasgado vestimentario me parece de un fariseísmo singularmente estúpido y beato, y de hecho a mí lo que me escandalizaría es que un marido enamorado de su mujer, a la que sabe capaz y en paro, teniendo él poder y tratándose de una empresa privada no la incorporara inmediatamente a la franja de máxima audiencia. Mucho ha tardado Ferreras, para mi gusto.

Pero mientras que Ferreras es mourinhista y bienhumorado –a este cronista le saludó una vez con verdadera camaradería–, su esposa profesa el periodismo con una seriedad inalcanzable, un hieratismo y una exigencia ética como de sacerdotisa de la información, de vestal en vela que evita que se apague el fuego sagrado de la objetividad. Yo creo que con el tiempo se acabará tomando la crisis con más guasa, como se la toman sus propios entrevistados –sobre todo los ministros–, pero de momento no se permite una frivolidad en antena. Todo lo que hace, presenta o modera lo reviste de un carácter de máxima prioridad democrática, como si junto a aquel icónico velo ante Ahmadineyad se le hubiera deslizado al mismo tiempo cualquier vestigio de superficialidad, y desde entonces ya sólo se debiera a la VSR: la Verdad Sin Rodeos. La verdad descubierta por el velo, como tituló Bernini su alegoría más directa. En el caso de Pastor, claro, verdad equivale a progresismo de manual. Hace poco firmaba una tribuna en El País en donde abroncaba a un señor chapado a la antigua que puso el grito en el cielo al ver a dos gays besarse en un Vips de Madrid:

–Señor ofendido: lo que a mí me preocupa como madre es que mi hijo sea el personaje que insulta y humilla a una pareja. Lo que me preocupa como madre es que mi hijo tire de la intolerancia para afrontar lo que no comparte o lo que no entiende –escribía Pastor, desde la cúspide de la indignación cívica.

Y oigan, no es que en el fondo de este caso concreto no estemos de acuerdo: es que por las formas se escurre una solemnidad aceitosa, levítica, que espolea la reacción antes que el deseable asentimiento. En todo caso, Ana Pastor ha sabido hacer lo único que importa en este oficio, sobre todo si se ejerce en España: volverte lo suficientemente reconocible como para ser odiada por unos e idolatrada por el bando contrario, al margen de tus íntimas convicciones, que a su vez pueden ser variables. Por eso cuando la vuelta al poder del PP acabó dejándola sin desayunos –como con cada cambio de gobierno viene ocurriendo en el ente dizque público desde la Transición, con toda la anormal normalidad de lo español–, medio país salivó de gozo y el otro medio la erigió en penúltima Juana de Arco de la libertad de expresión. A nadie medianamente perspicaz se le ocultaba el sesgo izquierdista de su intervenciones –no por nada hoy escribe en El País y sale en La Sexta–, pero la imbatible ley de la superioridad moral de la izquierda se aplica con fervor en estos casos, reputando rigor aséptico lo que no era sino ortodoxia progresista. Para asepsia, la de la inmortal Ana Blanco, que rivaliza en eternidad catódica con Jordi Hurtado y que lleva no sé cuántas legislaturas dando el Telediario de la uno sin que se le conozca ideología ni se le mude un solo pelo del casquete capilar egipcio. Eso sí es dar información pura y dura, señores.

Y aunque haya trascendido la amistad entre el matrimonio Ferreras-Pastor y el matrimonio Barroso-Chacón, yo no advierto en Ana Pastor una vocación tan clara de ingeniero social como la de su hábil compañero Évole, ni la veo en conspiraciones para acabar de secretaria de Estado de Comunicación de doña Carme Chacón. De momento, vamos. Opino que le apasiona de veras el periodismo, y opino que le falta talento para ser Oriana Fallaci. Es, ni más ni menos, una periodista de izquierdas que hace bien su trabajo, con todo el mérito que hay en tener trabajo siendo periodista, menor ciertamente si eres de izquierdas.

No me resisto a ceder el colofón de este perfil a Meseta (@la_meseta_uber), uno de los tuiteros más implacables de mi colección, quien en una inspirada tarde del 6 de julio de 2011 cazó este sentidísimo tuit humanitario de nuestra protagonista: “El cuerno de África se muere. 9 millones de personas morirán este año de hambre si no se actúa, si no hacemos nada. Visto en el telediario”. Y no se supo contener:

–@anapastor_tve yo de momento me estoy metiendo un bocata de mortadela entre pecho y espalda que no se lo salta un gitano. ¡¡Aprended, negratas!!

(Publicado en Suma Cultural, 15 de junio de 2013)

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Gómez Dávila. El hombre que nos vengó de la modernidad

En las semanas posteriores a mi adquisición de los Escolios a un texto implícito, editado por Atalanta con prólogo de Franco Volpi, confieso que buscaba inspiración para mis columnas leyendo un par de páginas de aquellos aforismos diamantinos, candentes como lascas de cobre. Lo dejé pronto porque me di cuenta de que la columna se me acababa siempre antes de tiempo y falta de espacio: para desarrollar un solo escolio necesitaba la extensión de un reportaje.

El mejor escritor de Colombia, dirán ustedes a tono con la opinión canónica, ha sido Gabriel García Márquez. Pero cuando a Gabo le preguntaron por don Colacho, aquel sabio casi mitológico que vivía encerrado en su casa estilo Tudor de Bogotá –carrera 11, esquina de la calle 77-, respondió: “Si no fuera de izquierdas, pensaría en todo y para todo como él”. Desde luego, yo consideraría a Nicolás Gómez Dávila –don Colacho para los amigos, entre ellos Álvaro Mutis, que le visitaba con la asidua devoción de Bioy a Borges– como el equivalente al doctor Johnson de las letras hispanoamericanas: si no su mayor escritor, sin duda su primera inteligencia. El desdén de la crítica y el desconocimiento del público lo explica él mejor que nadie en uno de sus fogonazos de magnesio en serie: “Tener razón es una razón más para no tener ningún éxito”.

¿Y cómo habría de tenerlo un autor eremítico que escolio a escolio edificó la más violenta, totalizante y sagaz de las refutaciones a la Modernidad, que afrentada castigó la quijotesca factura de aquel inclemente retrato con el más ortodoxo de los silencios? Ha sido Gómez Dávila una víctima colateral del boom hispanoamericano, de ideología casi uniformemente izquierdista –lo que engrasó el plácet de la intelligentsia europea y la consecuente promoción-, y eso que, como señala agudamente otro de sus escolios, debemos las estéticas modernistas a escritores reaccionarios como Balzac, Baudelaire y Eliot. O como el mismo Nietzsche, pues aunque su literatura sapiencial se inscribe en la tradición de los moralistas franceses (de Montaigne a Chamfort, pasando por Pascal) y a otros genios del ingenio breve como Gracián o Lichtenberg o Canetti, a lo que más se parece Gómez Dávila es a un Nietzsche católico, un hombre “sensual, escéptico y religioso”, por citar los tres adjetivos con los que él mismo se definió.

“Nació, escribió, murió”, dice Volpi en el prólogo. Y eso fue todo, ciertamente, pero le bastó para justificar sobradamente, ahora que se ha cumplido el centenario de su nacimiento, las tardías aunque bienvenidas conmemoraciones internacionales de su figura, de la monumentalidad cultural que levantó en épica soledad. Nacido en Bogotá en el seno de una familia acomodada que pudo costearle estudios en París y en Inglaterra, regresó a la capital de Colombia para casarse con Emilia Nieto, criar a sus tres hijos y enclaustrarse en la babélica biblioteca de 30.000 volúmenes donde agotó su existencia insular, leyendo y escribiendo de la mañana hasta la madrugada, decantando de sus lecturas en el idioma original –dominaba el griego y el latín entre otras lenguas, y al final de su vida aprendió el danés para poder leer a Kierkegaard sin mediaciones- las notas mentales que tras un arduo proceso de adensamiento conceptual y depuración estilística, quedaban esculpidas en forma de escolios.

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29 mayo, 2013 · 11:42

Por un puñado de pipas

La noticia ha corrido como la pólvora. Iker Casillas ha subido a su cuenta de Instagram la foto de un puñado de pipas. “Me gustan las #pipasconsal”, ha añadido a modo de glosa o comentario exegético.

El no iniciado en madridismo underground no ve aquí la noticia por parte alguna. Casillas es un tipo campechano, como Don Juan Carlos -en quien el portero tiene a un influyente partidario según Carlos Herrera-, y manifestar el gusto personal por las pipas saladas es signo coherente de campechanía, como manifestarlo por las cervezas con los amigos de toda la vida y por los campamentos estivales en favor de la infancia.

En cambio el iniciado, o sea el mourinhista, percibe enseguida una diáfana provocación por parte del capitán del Real Madrid, cuyo verdadero carácter distaría muy lejos de la inocencia magnética que le suponen apresuradamente los fabricantes de coches Hyundai. Como yo no conozco a Casillas y tampoco me fío de la publicidad, no estoy en disposición de ofrecer toda la verdad sobre la cuestionada personalidad del totémico portero de Móstoles, quien acaba de participarnos telemáticamente una predilección decidida por las pipas con sal.

¿Mascando la venganza?

¿Mascando la venganza?

¿Puede alguien como Casillas, con la cara de Casillas y la trayectoria de Casillas -¡incluso con una novia como la de Casillas!- ocultar un fondo de maquiavelismo vengativo y mordaz, experto en el uso de la sutileza semiótica y perito en sociología de masas? ¿A Casillas le gustan sin más las pipas –Casillas es un hombre tan querido que incluso podríamos aseverar, en un giro kennedyano, que a las pipas les gusta Casillas- o Casillas intenta mandar un mensaje a alguien a quien definitivamente no le gustan las pipas?

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24 mayo, 2013 · 11:30

Fado militar de José Mourinho

Acaba de morir el hombre que dijo que el poder desgasta al que no lo tiene: Giulio Andreotti. Y acaba de confirmar su salida del Real Madrid el entrenador que según decían tenía todo el poder, pero que se desgastó porque en realidad nunca lo tuvo: José Mourinho. Se va precisamente por eso, por falta de poder. De haber tenido el poder que Ferguson ostentó en el Manchester, su estancia en el Madrid habría sido más duradera y su salida tan plácida y unánime en el elogio como la del noble escocés. Pero esto es España, no Gran Bretaña: nosotros inventamos la guerra de guerrillas y ellos la flema británica.

de: de:José Mourinho - Inter Mailand en: en:Jo...

Un hombre y su destino.

Es evidente que José Mourinho militarizó el Real Madrid. Anteriormente había militarizado el Oporto, el Chelsea y el Inter, desplegando campañas victoriosas con cada uno de ellos. El Real Madrid venía de ser eliminado por el Alcorcón en la Copa del Rey y por el Olympique de Lyon en octavos de final de la Champions League por sexto año consecutivo.

Y lo que era peor y más sangrante, literalmente irrespirable de hecho: su decadencia competitiva coincidía con el esplendor imperial del eterno antagonista capitaneado por Pep Guardiola, quien a su vez se había beneficiado de la laureada herencia de Frank Rijkaard. Urgía militarizar al club blanco o hundirse en una década ominosa de abulia institucional y rencor de equipo pobre, y Florentino Pérez tomó la decisión correcta: contratar al único hombre que ofrecía garantías creíbles de interrumpir primero y revertir después la hegemonía futbolística del Barça.

Por semejante garantía, como por todo servicio mercenario de élite, había que pagar un precio. Algunos lúcidos augures ya vaticinaron entonces que ese precio acabaría resultando demasiado alto para la racanería espiritual de una afición pacata y rumiante, devota de su espejo y de la pipa, bien nutrida de colesterol mediático y poco habituada a la marcialidad. Esa confortable posición de privilegio no es sino el daño colateral que inflige la conciencia de poseer el mejor palmarés del mundo en una Meseta con pocos motivos adicionales de orgullo desde la desocupación de El Escorial: debemos entender que el ‘piperismo’ ocupa un rango de prosperidad tan deseable como la carnosidad femenina entre los coetáneos de Rubens. Pero para ganar títulos se necesita estar delgado.

Para ganar habría que despojar a la plantilla del cómodo chándal del fatalismo y también de la película protectora que le tejía esa prensa beneficiada por sus filtraciones y restituir valores ásperos como la disciplina, la autoridad, el control, la independencia, la jerarquía, la meritocracia, el silencio y la amnesia, que es lo contrario del estatus. Más o menos las cosas que enseñaban a los chicos en Esparta. Esparta sabía que Atenas tenía más talento, pero la venció cuando se convenció de que la épica lacedemonia podía despertar tanto terror y tanta piedad como el afamado teatro de los atenienses.

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21 mayo, 2013 · 14:35

Los últimos mourinhistas de Filipinas

«Cuando la porquería se desparrama algunos corren y otros se quedan. Aquí está Charlie, afrontando el fuego, y ahí está George escondiéndose en el bolsillo de papaíto. ¿Y qué hacen ustedes? Van a recompensar a George y a destruir a Charlie». Así aullaba el teniente ciego Frank Slade por medio de Al Pacino en el memorable discurso que cierra Esencia de mujer, evangelio personal que revisito en mis momentos bajos. Quien pasa por un momento definitivamente bajo es el mourinhismo, cautivo y desarmado José Mourinho por el periodismo deportivo, el vedetismo de vestuario y el piperío sociológico.

Cuando la mierda rebosa algunos se quedan. Si hay un precio, habrá de pagarse. Porque Mourinho nos ha desgastado a todos -a Mourinho el primero- en la épica tarea de la afloración de quistes malignos bajo la piel endurecida y avejentada del madridismo. Cansados pero lúcidos comparecen hoy en la prensa, señalándose la espalda para que no haya dudas en la hora más ingrata, Ignacio Ruiz Quintano, Manuel Jabois y Federico Jiménez Losantos y algunos otros resistentes entre los que, permítanme la autocita, me incluyo. Más Hughes, que sintetizó en ABC el sábado la causa de la expulsión de Mourinho de España: «No ha comprendido tres castas que ni en la India: el canterano, el periodista y el árbitro».

No es mala compañía para ir a la hoguera.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

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