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Luka Modric, padre de la transición

Luka no tiene quien le robe.

Luka no tiene quien le robe.

Sorprende que un campo que no es el Bernabéu aplauda a un jugador del Madrid cuando se retira. Que una afición rival, viendo perder a su equipo contra el Madrid, manifieste voluntaria y públicamente su admiración por un jugador blanco, que además ni siquiera juega en La Roja ni ocupa la mediática posición de delantero, constituye un fenómeno lindante con lo paranormal. Y sin embargo eso es justo lo que hizo el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe con el gran Luka Modric, y el gesto merece una reflexión, más allá de los muchos madridistas que infestaban la grada.

Lo que está haciendo Modric en el Madrid esta temporada equivale a una refundación de la medular madridista. Si pudiéramos comparar el centro futbolístico con el centro político, Modric sería nuestro Adolfo Suárez. Modric es flexible, nunca se cansa de negociar, acomete reformas audaces en el tiempo y el espacio del juego y defiende el principio irrenunciable del equilibrio, que es la santa ideología de Ancelotti.

Muchos años llevaba el equipo buscando a alguien como el croata para concederle el bastón de mando del medio ofensivo sin desguarnecer con ello el terreno que se abre a su espalda. Si Xabi Alonso garantiza la solidez ósea, Luka parte de él para armar el sistema circulatorio, para bombear balones a las prodigiosas extremidades que el Madrid exhibe en ataque. La movilidad incesante del croata cumple en el equipo las mismas funciones que el riego sanguíneo en un cuerpo vivo, y el Real Madrid se despliega y se contrae a un ritmo mucho más armónico y saludable desde que Modric lleva el pulso del centro del campo.

El público de fútbol, respire cerca o lejos de Chamartín, se ha dado cuenta de todo esto: sabe que una de las causas del momento imperial que atraviesan los de Ancelotti se llama Luka, como el título de aquella canción. La concentración en defensa y la calidad arriba pueden ser las otras, pero hoy nadie cuestiona la influencia decisiva del pequeño balcánico. En los ratos libres salva goles bajo palos o ejercita su disparo inteligente desde fuera del área, afición perversa que suele acabar en golazo estilo Premier. Y en todo momento recibe, sortea, abre, descarga, bascula y raja la defensa contraria con pases letales. Entre la formidable delantera y la reencontrada zaga, solo hay que buscar a Modric: él se encarga de hacer la transición, como Suárez.

Viéndole jugar hay que rendirse a su raro talento, que deja el parangón con cualquier otro centrocampista a la altura de lo vulgar. Sigue haciéndonos felices, Lukita, y cuando los campos rivales dejen de aplaudirte no te preocupes: es que les habrá vencido el rencor por no poder ficharte.

(La Lupa, Real Madrid TV, 18 de febrero de 2014)

La locución aquí.

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El último héroe de Troya

¿Loco hasta qué punto?

¿Loco hasta qué punto?

Hubo un tiempo en que Alemania no miraba a Grecia como el cobrador al moroso y en que sus relaciones no se cifraban en la materialidad de una prima de riesgo, sino en la fuerza del espíritu que cantó la musa, la cólera terrible de Aquiles, de pies ligeros, cuyas hazañas fundan la historia de la literatura occidental. Como surgiría de Alemania el Sturm und Drang que detonaría la tempestad romántica por toda Europa (en colaboración con los lakistas ingleses), también de la tierra de Goethe brotó la mirada neoclásica que idealizó la cultura y el arte grecolatinos, reclamó la vigencia de los antiguos modelos y fundó la Filología, la Arqueología y la Historia del Arte como modernas disciplinas humanísticas de pleno derecho académico.

Fue Jacobo Joachim Winckelmann el historiador germánico que asignó a Grecia el alfa y el omega de toda educación ilustrada, la cual a partir de entonces se orientaría al ideal humanístico de la paideia, cuyo fin persigue la integración de belleza y virtud, de estética y ética. Aunque yo no perdono a Winckelmann sus intemperantes diatribas contra el Barroco italiano, cuyo sentido dramático no podía entender, tengo que agradecerle la honda siembra de humanismo con que fertilizó Europa, esa entusiasta propuesta de elevación espiritual –hoy, de nuevo, tan pertinente– que más tarde los historiadores catalogarían con ternura como “visión winckelmanniana”, idealizada, de la Antigüedad. Uno de los frutos de esa semilla de fascinación clasicista se llamó Heinrich Schliemann (Mecklemburgo, 1822-Nápoles, 1890), y se trata del genio alemán más loco y entrañable de entre toda la caudalosa historia de visionarios que ha parido la inefable Alemania.

Tenía Heinrich cinco años de edad cuando oyó de su padre, pastor protestante, las primeras historias homéricas. En ese momento las reputó verídicas, como haría cualquier niño de su edad; lo original en Schliemann es que no solo se negó a suspender su credulidad a medida que fue creciendo, sino que cuando murió había probado al mundo que la fantasía desatada de un niño podía equivaler a pura cartografía. A los ocho años anunció en casa que se proponía encontrar Troya, poco más que un nombre mítico para la comunidad científica de su tiempo, y a los diez años escribió un ensayo en latín que postulaba la existencia real de la ciudad de Héctor, de tremolante penacho. Luego le sobrevino la adolescencia y aparcó el proyecto para colocarse de vendedor en una droguería. El pragmatismo le fue ganando, hasta el punto de embarcarse rumbo a Venezuela para hacer fortuna, pero su barco naufragó en la costa holandesa. Tomó el suceso como una invitación a enrolarse en afanes más factibles y decidió hacerse viajante de comercio y después banquero, actividades que suelen rentar más que la filología, dónde va a parar.

Pero mientras sus pies se cosían a la tierra con el hilo de cobre de una incipiente fortuna, su mente seguía soñando con el mundo de Homero. Se hizo rico comerciando con armas durante la guerra de Crimea, pero él secretamente hacía planes para la guerra de Troya. Por sus constantes viajes de negocios se aplicó al estudio de lenguas con resultados bochornosos para la considerada hoy generación-mejor-preparada-de-la-historia: a los 22 años, Heinrich Schliemann dominaba el holandés, el francés, el inglés, el italiano, el español, el portugués, el polaco, el árabe y el ruso. Además de latín y de griego antiguo, por supuesto. El ruso en concreto le sirvió para intimar con una aristócrata de la corte zarista, Ekaterina Lishin, que admiraba más la cartera de su rumboso esposo que su creciente delirio helenístico. Pero dejemos que sea Indro Montanelli quien en su preceptiva Historia de los griegos cuente lo que pasó acontinuación:

“De improviso cerró banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Enrique se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto”.

Acompañado de su griega esposa Sophia Engastromenos, el loco Schliemann se dirigió a Hirsalik, en la esquina noroeste de Turquía, donde algunos historiadores habían situado más bien tímidamente la mítica Troya o Ilión que da nombra a la Ilíada. En 1870, tras un año de negociaciones con el gobierno turco para obtener el permiso de excavación, comenzó a escarbar en busca del casco de Patroclo, amado entre los compañeros, o la calavera de Menelao, famoso por su lanza, o ya puestos el talón de Aquiles, destructor de hombres. Pasaron doce meses y de allí solo salía mucha arena y mucho dinero derrochado en operarios y maquinaria. Pero Heinrich por fin estaba haciendo lo que quería en la vida, y los dioses recompensaron su fidelidad: un día el pico chocó contra algo metálico que resultó ser una caja de cobre que contenía un puñado de antiquísimos abalorios de oro y plata. Con ojos alucinados, Schliemann identificó enseguida el cofre con el tesoro de Príamo, rey de los troyanos. Se fue corriendo a su casa, se encerró en la alcoba con su mujer y la engalanó con las joyas que habían adornado los cuerpos míticos de Helena y Andrómaca, no cabía duda.

El arqueólogo telegrafió su victoria a todo el mundo pero la comunidad científica, que seguía con escepticismo los trabajos de aquel lunático alemán, repuso que las joyas provenían seguramente de un mercadillo de Atenas. Solo el gobierno turco le creyó y se puso a pleitear con Schliemann por la propiedad del tesoro hallado. Las excavaciones continuaron y los eruditos menos prejuiciosos acabaron desplazándose a Hirsalik para atestiguar la maravilla: no una, sino nueve ciudades sedimentadas una encima de otra fueron apareciendo bajo las febriles piquetas de Schliemann. El desafío ya no consistía en probar la existencia de Troya, sino en establecer a cuál de aquellas nueve Troyas cantó el ciego Homero. Hoy los especialistas se inclinan por señalar como homérica a Troya VII-A, cuyas ruinas informan de una ciudad amurallada de la Edad del Bronce, de entre cinco y diez mil habitantes, que guerreó contra las colonias aqueas del Peloponeso hacia el 1.250 a. C., cinco siglos antes de que un trovador itinerante nacido quizá en Quíos ordenase métricamente sus memorables ecos para embelesar al público de las aldeas.

Heinrich Schliemann sumó a aquel hallazgo otros muchos si no tan emblemáticos, siempre igual de improbables. Con entusiasmo indeclinable marchó a Micenas para buscar la tumba y el cadáver del mismo Agamenón, conductor de pueblos. Y escribe Montanelli: “Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados”. Más tarde excavó en Ítaca, buscando probablemente la bitácora de Ulises, fecundo en recursos, y volvería varias veces a Troya a profundizar en su obsesión de niño.

El gran visionario del XIX junto con Verne moriría poco después en Nápoles, aquejado de una infección de oído, probablemente de no utilizarlo frente a tanto agorero como se opuso a su determinación. En cumplimiento del testamento sus restos fueron llevados a Atenas, al mausoleo con forma de templo dórico que allí se había hecho construir. “Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás”, concluye Montanelli. Su historia no solo es la del genio que acaba demostrando el fundamento de sus intuiciones meramente fantásticas en un mundo de escépticos incurables. En efecto, muchos hombres han alcanzado el Olimpo, pero a ningún otro le hizo Zeus en vida el secreto favor de mostrarle sus cimientos.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de enero de 2014)

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La música callada del recorte

La plena integración de Croacia en la Unión Europea no se produjo hasta julio de 2013, en paralelo a la plena integración en el Real Madrid de Luka Modric, quien ya llevaba meses presentando firme candidatura a la titularidad. Hoy todo el vestuario blanco habla croata, al menos en el campo, y apetece llamarle Real Modrid. En justa correspondencia, Lukita se ha españolizado hasta el punto de conducirse como un torero de poder en los medios, desde donde cita, recibe, da pases, vigila los derrotes, burla la embestida, gesta la faena y dispensa en suma la música callada del recorte que ayer se hizo sinfonía en el gol de Benzema. Tres defensas al suelo con un gesto y el balón cosido como una muleta para cuadrar al portero indefenso ante el remate del francés. ¿Cómo es posible, siendo croata?

Otro partido genial del pequeño Luka, cuyo recorte de hoy entronca con la dinastía del taconazo de Guti (jugada que también coronó Benzema: un terminador en piel de gato) y del regate de Di María a Puyol, y torerías por el estilo. Para ponerse líder del campeonato el Madrid recuperó precisamente el querido estilo vertical, el gozo de la zancada, la lujuria de la transición sin componendas debidas al ídolo azteca de la posesión. Llegaba el Madrid con prisa arriba, con tanta prisa por marcar el primero que Cristiano no quiso correr más y tiró a la salida del primer quiebro. De su rica panoplia esta vez desechó el misil teledirigido y eligió el mortero, el zapatazo Premier, empeine total, el golazo de toda la santa vida por la escuadra. Un gol difícil de ver en el Madrid que vuelve a argumentar la superioridad de repertorio a favor del luso y en contra de Messi, quien siempre mete más o menos el mismo gol, por más que sea un golazo.

Saciada la primera sed con la que salta al campo, no le importó a Cristiano ceder una falta a Bale, que se lo agradeció marcando con sutileza caballeresca. Bale mete una de cada dos faltas que tira, registro solo al alcance de Lee Harvey Oswald. El Betis intentaba levantarse de la lona pero la defensa del Madrid –¡albricias!– ha vuelto a soldar, y a la espera de sopletes ofensivos más fundentes no tuvo problemas para mantener la puerta a cero ni cuando Marcelo se quedaba arriba alisando las sábanas. Correcto estuvo Carvajal, Pepe puso otra piedra en el fiel de la fiabilidad que contrapesa sus episodios oscuros y Ramos se fue aplaudido del Villamarín, no solo por los béticos. Nacho cumplía hoy 24 y Carletto, que es un padrazo, le regaló unos minutos; me gusta Nacho por sobrio y porque va al balón dividido con decisión y limpieza, por lo que le suelen pitar la falta a favor. En las coberturas se aplicaba Di María, que está cumpliendo su penitencia a base de gol y sacrificio, y ya parece claro que será un jugador importante lo que queda de temporada. Al menos fuera de casa: el Bernabéu decidirá cuándo corta la soga que une al pecador al fardo ominoso que arrastra catarata arriba como Rodrigo Mendoza en La Misión. Marcó un golazo de empalme desde Rosario que levantó en su escaño (albi)celeste al padre Bartolomé de las Casas, el primer intelectual que creyó en la dignidad de los indios.

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19 enero, 2014 · 13:39

Kalashnikov y la culpa placebo

Y Mijaíl soltó su fusil.

Y Mijaíl soltó su fusil.

Un día de verano de 1865 el químico Alfred Bernhard Nobel descubrió la forma de estabilizar la nitroglicerina. De amaestrar las explosiones. Se tomó el empeño como algo personal, porque el año anterior su hermano Emil había volado por los aires experimentando con aquel líquido diabólico en la fábrica familiar. Alfred halló el modo de convertir la nitroglicerina en pasta transportable y de detonarla a voluntad. Y sobre todo, a distancia. Llamó a su creación dinamita, y la noticia de la patente –si me permiten el juego– corrió como la pólvora por toda Europa, haciendo a su creador inmensamente rico y llevándolo a fundar laboratorios de explosivos por medio mundo del mismo modo que en el siglo XVI una detonación espiritual había llevado a Santa Teresa a recorrer España fundando conventos.

Pero la dinamita no solo revolucionó la minería, sino también, como era de esperar conociendo al ser humano, la entrañable práctica de la guerra. Los ejércitos se aplicaron con lujuria al desarrollo de un nuevo armamento que permitía multiplicar exponencialmente el daño deseado al enemigo. Alfred Nobel, que era un hombre culto y un poeta frustrado, envejeció contemplando el uso letal que los hombres hacían de su invento, de manera que al sentir la ronda de la parca agarró un pedazo de papel, redactó su testamento y en él consignó su arrepentimiento como deben hacerlo los multimillonarios: destinando el grueso de su colosal fortuna al mecenazgo a través de unos premios que cada año distinguieran a los mejores exponentes humanos de la ciencia, la literatura y la diplomacia. Si su talento apadrinó la destrucción, su apellido patrocinaría la excelencia.

Medio siglo después, Julius Robert Oppenheimer dirigió con tanta brillantez el proyecto Manhattan que acabó ofreciendo al hombre la realización de un viejo sueño: el poder absoluto que da la aniquilación garantizada. Oppenheimer no era tonto y sabía lo que hacía: lo que aparecería sobre su mesa de operaciones si continuaba esforzándose en el parto. Pero se consolaba pensando que, conociendo al hombre, el engendro frankensteiniano –o einsteiniano a secas, en este caso– vería la luz de todos modos, y que lo mejor para la humanidad era que al incorporarse en la camilla la criatura llamara papá a los buenos y no a los nazis. Los buenos, sin embargo, acabaron subiendo a Frankenstein a un avión y soltándolo sobre Hiroshima y Nagasaki.

Al comprobar lo que pasó después, la piel de 140.000 humanos a un millón de grados centígrados, algunos de los participantes de la misión invocaron la razón patriótica o el deber marcial y nunca declararon problemas para dormir. Así Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, considerado un héroe nacional a todo lo largo de su tranquila vida posterior; o el tripulante Theodore van Kirk, quien sigue vivo y orgulloso. La dermatología es disciplina procelosa y hay pieles más duras que otras, ya se sabe. Otros, sin embargo, consagraron el resto de su existencia a concienciar al mundo contra la proliferación nuclear, como el propio Oppenheimer, que le dijo a la cara al presidente Truman que sus manos estaban manchadas de sangre. Claude Robert Eateherly, otro de los pilotos de la flota atómica, perdió el juicio y acabó recluido en un manicomio. Y el sacerdote que bendijo las bombas, George Zabelka, decidió partir de misionero a Japón tras la guerra y en 1984 peregrinó desde Tokio a Hiroshima para pedir perdón a los hibakushas, los supervivientes japoneses de las bombas.

Por los años en que Oppenheimer se afanaba en fisionar el núcleo de un átomo, un soldado ruso con talento para la ingeniería fue herido en el frente y destinado al taller con el encargo de diseñar un fusil de asalto de fuego rápido, material resistente, funcionalidad todoterreno, manejo sencillo y mecánica a prueba de atascos. En 1947 lo tenía terminado. Aquel soldado se llamaba Mijaíl Kalashnikov y decidió llamar a su criatura AK-47, acrónimo de Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947. Acababa de nacer la herramienta favorita del ideal revolucionario, ese que llama lucha al ajuste de cuentas y emancipación al revanchismo. Son incontables las personas que en el siglo XX y lo que llevamos de XXI han caído bajo las balas escupidas con inmaculada eficiencia por el AK-47. Con 100 millones de ejemplares vendidos es el arma más utilizada del mundo, de África a Oriente Medio, de la selva tropical a las malas calles del este de Europa, y ha matado a bastante más gente que el invento de Oppenheimer, el cual a cambio las mata sin dolor: por evaporación instantánea.

Mijaíl Kalashnikov murió el pasado 23 de diciembre. Esta semana la BBC informó en exclusiva de la carta que la vieja gloria soviética, que había declarado su orgullo ante el hecho de que el AK-47 llegara a ser identificado con la causa abstracta de la libertad, envió a la Iglesia Ortodoxa Rusa para manifestar un íntimo sufrimiento moral: “Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mirifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo sea culpable de esas muertes, aun cuandofueran enemigos?». Llevaba la misiva una temblorosa firma manuscrita. Un portavoz del patriarca Cirilo I ha tratado de calmar póstumamente la desazón de Kalashnikov enfatizando que cuando las armas sirven para defender la patria, la Iglesia Ortodoxa apoya a quienes las crearon. Para esa respuesta, que ya le había dado el Partido en forma de consecutivas condecoraciones, un hombre atormentado por el remordimiento no toma la pluma.

En su momento, el escritor Ian McEwan, autor de Expiación, no quiso alinearse con la crítica estándar al belicismo de la era Bush. Cuando un periodista le preguntó escandalizado que dónde estaba su pacifismo, ese que todo intelectual digno de tal nombre debe promover, el novelista británico contestó: “Yo sería pacifista si todo el mundo fuera pacifista”. Todo inventor de armas se consuela pensando que las hace para defender la civilización, para combatir la barbarie, para repeler el ataque y no para iniciarlo. Y lo cierto es que tiene razón, porque la libertad no es una realidad hegemónica sobre la tierra emergida, por desgracia. Con cualquier catecismo en la mano, ni a Nobel, ni a Oppenheimer, ni a Kalashnikov pueden imputárseles los crímenes perpetrados con sus inventos porque el pecado no está en el objeto sino en su uso. ¿Acaso no hizo progresar a la industria la dinamita, no llevó luz a los pueblos la energía nuclear, no disuadió al asesino el soldado de un país democrático bien equipado con su fusil?

Y sin embargo, en la contrición final de los tres inventores no hay nada superfluo. La facilidad con la que el intelectual, el hombre teórico, ha justificado la violencia por causas políticas se estrella contra el desasosiego irreductible del hombre práctico que diseñó las armas empleadas en el nombre de heroicas empresas. Nobel buscó la redención en el fomento del conocimiento y el arte; Oppenheimer se refugió en el activismo pacifista para calmar su conciencia; Kalashnikov pidió amparo a la religión.

Yo observo en estos tres remordimientos una expiación manifiesta a una acusación no formulada. Como se siente culpable el padre al que le sale un hijo traficante. Y puede que sea la peor de las culpas, la culpa placebo, porque todos te dicen que no eres responsable y te hurtan así el primer paso en el camino de tu curación.

(Publicado en Suma Cultural, 18 de enero de 2014)

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La reconquista

Una dinastía en marcha.

Una dinastía en marcha.

Pelé dijo tu nombre y bajaste la cabeza para que resbalara hasta el suelo la carga insoportable de la expectativa. Besaste a tu novia y subiste las escaleras pensando, ingenuamente, que serías capaz de contenerte. Pero esta vez no. Esta vez habían pasado demasiadas cosas. Ahí estaba Blatter, sin ir más lejos. Echaste el resto al tocar la brillante esfera, pero cuando tu hijo te abrazó ya no te quedaban fuerzas. Lo vio todo el mundo en cuanto te incorporaste: lágrimas como puños corriendo pómulo abajo libres como el alivio, líquidas como el deseo cumplido, incontrolables como el recuerdo de una vida consagrada a la propia superación.

“Es muy difícil ganar este premio”, dijiste a modo de excusa, aprovechando uno de los pocos segundos en que aflojó el nudo de la garganta antes de cerrarse luego definitivamente. ¿Desde cuándo lloran los comandantes?, podríamos preguntar con el manual del buen soldado en la mano. Pues desde siempre que se gana una guerra, señores. El buen soldado no llora en la derrota, sino cuando vuelve a casa con la misión cumplida.

Sobre todo si la misión es imposible. Nadie antes ha ganado un segundo Balón de Oro cinco años después de haberlo ganado por primera vez. Se entiende que los cuerpos empeoran con el tiempo, las habilidades menguan, las de otros más jóvenes o mejor relacionados se imponen. Solo hay una sensación más dulce que una conquista, y es una reconquista. En la reconquista llora el que pierde, como Boabdil, pero debe llorar más el que gana, porque recupera aquello por lo que lloró cuando lo vio perdido.

Irina lloraba también, llanto unísono de quien conoce las confidencias de mucho sacrificio derrochado y mucha frustración acumulada. Ella sabe lo que le importaba a Cristiano este premio y, como hemos dicho en las tertulias de Real Madrid TV, si le importaba a él también nos importaba a nosotros. Así que lloró Cristiano, antes lloró Pelé, lloró Irina, lloró la madre del premiado, casi llora Florentino y lloró mucho madridista enrabietado, deseoso del desquite oficial que supone, lo queramos o no, este galardón esquivo pero poderosamente mediático.

Descartando que tanta lágrima naciera exclusivamente de la visión del traje de Messi, quien por otro lado estuvo elegante reconociendo lo merecido de la elección, hay que señalar que el llanto sincero del triunfador ha humanizado una gala hasta ahora fría, impersonal, con un tufo indisimulable a comida precocinada. Este segundo Balón de Oro de Cristiano Ronaldo quedará en los anales del fútbol como un premio a la tenacidad insensata de un campeón que forzó los límites de la estadística hasta hacerla jirones para reclamar lo que era suyo y se le estaba escamoteando. Cuando rindes a tu burlador delante del mundo entero pero sobre todo ante los tuyos y ante tus rivales, si no lloras es que estás loco o has perdido las ganas de vivir. Ahora muchos entenderán mejor la personalidad sin dobleces de Ronaldo.

“No dije lo que quería decir”, reconociste después. Yo creo que no te hacía falta hablar. Pero luego, en zona mixta, diste la clave de todo con esta declaración: “Lo celebraré tranquilo, con la gente que me quiere. Tomaré un vaso de champán porque mañana hay que madrugar para entrenar”.

(La Lupa, Real Madrid TV, 16 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 56:00.

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La toalla de Wert

No sé cómo le habrá sentado a mi amigo Gistau que el ministro más odiado del país le cite en acto oficial, rodeado por Soraya Sáenz de Santamaría, Gallardón, Fátima Báñez y Jesús Posada. Una cosa es que al PP nunca le haya interesado fundar su propia bodeguilla de escritores y otra que te mencione el mismísimo Wert a traición:

–Me hace gracia que, en un país en que no hay mucha afición por el boxeo, quitando a David Gistau, se hable tanto de tirar la toalla, que yo creo que mucha gente no sabe lo que quiere decir. Yo tiro la toalla, generalmente con cierto desorden, al salir de la ducha, que es el único sitio donde la tiro.

Wert es el héroe de una epopeya personalísima que se llama la Wertíada y que persigue no tanto la españolización de los niños catalanes –pues aquí lo único españolizable es Diego Costa, y sin consenso– como la remontada en algunos puntos del Informe Pisa, a ver si en próximas ediciones conseguimos desmarcarnos de Letonia. La tarea no es pequeña y ya desmoralizó a otros más idealistas que él, desde Jovellanos a Larra, y por eso nos explicamos que le pregunten por el peso insoportable de su toalla. El problema de Wert es que su asistente en la esquina es Mariano Rajoy, y Rajoy no detiene una pelea (¡ni la empieza!) aunque el rostro de su púgil entone una oda a la tumefacción. Sobre todo si lo pide la prensa.

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5 diciembre, 2013 · 11:46

Gareth Bale, el caballero claro

Bale, el caballero claro.

Bale, el caballero claro.

Un vejo dicho inglés asegura que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos, mientras que el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros. Pero los ingleses, que suelen tener razón casi siempre, no habían contemplado la posibilidad mixta: la de un jugador de fútbol que antes lo fue de rugby, y que por tanto es un perfecto caballero practicando un deporte perfectamente caballeresco. Ese hombre único es Gareth Bale.

Al principio de su carrera, nunca mejor dicho, el fibroso chico de Cardiff descubrió que podía correr los 100 metros lisos en 11,4 segundos, y no solo eso: descubrió que mientras lo hacía resultaba difícil tirarle al suelo. Con ambos descubrimientos era lógico que se aficionara al rugby, pero por suerte para el Madrid se cruzó en su camino un profesor de educación física providencial que le reclutó para el teórico deporte de los caballeros: el fútbol.

No quiero fijarme hoy en la facilidad goleadora de Bale –siete goles en nueve partidos de Liga–, ni en su versatilidad ofensiva, ni siquiera en su clase para servir suavemente un centro a la misma cabeza de Cristiano o Benzema. Hoy quiero fijarme en su honestidad deportiva, en su generosidad en el campo, en su silencio tras ser zancadilleado, en su fútbol gallardo y viril de la mejor tradición británica. Si Christian Bale, el actor que encarnó a Batman, ejerce de caballero oscuro, la personalidad limpia de Gareth Bale le convierte en un caballero claro, un jugador de una pieza donde no caben la trampa ni el capricho del divo. A diferencia de otro fichaje rutilante con el que se le compara inútilmente tanto por rendimiento como por actitud, Bale no necesita fingir agresiones tremendas para sacar ventaja de su juego, o para saciar una íntima vocación de comediante. Más bien al revés: cuando en los inicios del partido contra el Valladolid llovió sobre el galés una sucesión de agarrones, pataditas y empujones, Bale apenas dirigió al árbitro un discreto alzamiento de cejas. A continuación se ponía en pie rápidamente y volvía a encarar la portería contraria. Así es como se logran los hat-tricks. Entrega y orden, potencia y control. Así es como juega al fútbol un caballero británico.

Cuando no está marcando goles o dándolos, Gareth Bale ha declarado que hace una cosa: dedicarse a su mujer y a su hija y ver partidos de rugby por la tele. Bale sabe, como sabía don Vito, que un hombre que no está con su familia no puede ser un hombre. Estudia español dos horas tres veces por semana, lo que seguramente es más de lo que puede decir un niño de Gerona, y le gusta el jamón. La modestia que destacan de él sus compañeros, y que está favoreciendo una integración meteórica en la a veces espinosa plantilla blanca, la aprendió de su padre, conserje de colegio. Todo en la vida de Bale es de una claridad sin artificios que refuta el prejuicio economicista generado por su fichaje y ajeno a su voluntad.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

El Bale oscuro ajustando cuentas con la prensa deportiva.

A todo caballero que se precie no le pueden faltar dragones y Bale los ha tenido en forma de crítica apresurada, de burda mentira sobre su estado de salud o de diagnóstico delirante en boca de gurú desfasado. Este tipo de dragones los ha vencido Bale galopando con serenidad hacia el área rival y retornando con el yelmo del portero atravesado en su pica. En la mesa redonda del rey Cristiano se ha sentado ya el caballero Lanzarote, procedente de Gales, y el ciclo de su leyenda solo acaba de comenzar.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de diciembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 45:00.

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Hannah Arendt o la banalidad de la opinión pública

Arendt, pensando.

Arendt, pensando.

 Consuela pensar que también se metieron con Hannah Arendt. ¿Quiénes? ¿Por qué? La respuesta a ambas preguntas consuela ya definitivamente: la castigó la opinión pública, y la castigó por pensar.

Es bastante importante que todos ustedes vean o pongan a sus alumnos cuando puedan el biopic de la pensadora judía que el año pasado estrenó Margarethe von Trotta. Estamos ante una película audaz y sutil, porque se centra en una peripecia exclusivamente intelectual mientras desecha la sentimental o la aventurera (que también las hubo en la biografía de Arendt); pero es también una narración clara y amena que estimulará a cualquier espectador capaz de trascender las funciones básicas de nutrición, relación y reproducción. Se trata de llevar al extremo el papel del intelectual en una sociedad desarrollada, que es aquella que se felicita por vivir en un régimen de libertad de expresión hasta el momento exacto en que alguien decide hacer uso resuelto e inteligente de esa libertad.

–El intelectual muchas veces ha de resultar incómodo –nos repiten; pero ay cuando lo es.

Cuando Hannah Arendt, superviviente de un campo de prisioneros nazi en la Francia ocupada, se enteró de que Adolf Eichmann, apresado en Buenos Aires por el Mossad, iba a ser deportado y juzgado en Jerusalén, cursó una petición al New Yorker para cubrir el juicio como reportera. A Arendt, por entonces autora de prestigio internacional tras el éxito de Los orígenes del totalitarismo y catedrática en el Brooklyn College, todavía le quiso poner pegas una parte de la dirección de la revista que sentenciaba, con ese típico desdén del periodista matalón: “Los filósofos no producen titulares”.

Finalmente The New Yorker la mandó a Jerusalén y allí, sobre la jaula de cristal desde la que Eichmann pretextaba su escrupuloso sentido del deber, comenzó a operar la implacable inteligencia de Hannah Arendt. Comprometida con el sionismo en sus duros inicios, con el tiempo se había ido apartando de todo compromiso ideológico o étnico que hipotecase el puro ejercicio de la razón libre. Ver a una mente prodigiosa en funcionamiento, sobrevolando con majestad las praderas del sentimentalismo o los pantanos del prejuicio, es un espectáculo de la naturaleza que sin embargo suele sacudir con temblores de suspicacia las entendederas del hombre común, habituado a conducirse en la vida por intuiciones, afectos y sobre todo intereses.

Pero Arendt era alemana en la mejor expresión de la nacionalidad alemana: discípula aventajada –tanto que acabó en su cama– de Martin Heidegger, alumna de Husserl, discutidora de Karl Jaspers y Theodor Adorno, compañera de Walter Benjamin. Como esos grandes lúcidos del siglo XX –Camus, Aron, Chaves Nogales–, Arendt era incapaz de mentirse a sí misma, operación tan recomendable para sobrevivir. Rompió con Heidegger cuando este (que le había soltado a Thomas Mann aquello: “Sí, puede que Hitler sea un bárbaro, ¿pero has visto qué manos más viriles tiene?”) se sacó el carné de la esvástica. Pero tampoco quiso hacer fácil carrera a lomos de la revancha intelectual sionista. Ahora se hallaba frente a Eichmann en Jerusalén, y no había estudiado y pensado tanto para acabar escribiendo la crónica que se esperaba de ella: la de la escritora judía que con su celebrada pluma vengaba a la raza afrentada en la figura monstruosa, totémica y sumaria de Eichmann, el teniente coronel de las SS encargado literalmente de llenar los trenes con los hijos y las hijas de Abraham rumbo a Auschwitz. No: Arendt estudió a aquel alemán calvo y anguloso en su jaula, escuchó sus alegatos de burócrata desapasionado, verificó la absoluta falta de convicción e ideología de aquel ordenanza del terror, constató el abismo filosófico que se abría entre la magnitud del mal causado y la mediocridad del autor necesario, y decidió escribir sobre todo ello.

El resultado fue la conocida tesis de la banalidad del mal, que como titular no está nada mal, y que los columnistas de tertulia citan sin haber leído a Arendt. En todo caso se trata de una tesis hoy comúnmente aceptada, casi un lugar común del pensamiento del siglo XX, pues el tópico suele ser el tributo que el paso del tiempo rinde a las ideas audaces. El mal industrializado, la desconocida dimensión de terror aportada por el hombre totalitario solo requiere burócratas obedientes que prescindan de una única cosa: de la facultad de pensar. Pensar nos hace personas; renunciar al pensamiento propio nos coloca en el disparadero de la animalidad, aunque vistamos con decoro, besemos a nuestros hijos al acostarnos y nunca falte leche en el plato de nuestro gatito.

Esta idea deshace un escándalo falaz muy cacareado todavía incluso entre nuestros blogueros de referencia: ¿cómo es posible que el país más culto de la tierra, la cuna de la música y la filosofía modernas, se entregase en masa y con entusiasmo digno de mejor causa al macroproyecto criminal de un lunático evidente como Adolf Hitler? Algunos se preguntan esto con la aviesa intención de desmerecer la figura del intelectual contemporáneo, que sería alguien vendido sistemáticamente al poderoso de turno con la mira laboral puesta en una remunerada comisaría política. Bien, yo a esos desalmados logreros con estudios o a esos fanáticos de la idea que tanto proliferaron durante la centuria pasada no los quiero confundir con el intelectual digno de ese nombre, el que ahora reivindico en la figura de Hannah Arendt y que estos días se ha celebrado en la efigie ya canonizada de Camus. Es que casi parece que ser un analfabeto o un periodista deportivo te evita la pertenencia a una nómina de genocidas, y que al oír la palabra cultura hay que llevarse la mano a la pistola, que decía aquel. Pues no. Es mentira eso de que Alemania era la nación más culta. Porque no hay naciones cultas: cultos son solo los individuos, y hay muy pocos porque cuesta muchísimo hacerse una verdadera cultura, una cultura hondamente sentida y masticada, conectada con nuestra ética y confrontada a nuestros prejuicios, vigilante insomne del proceder diario, capaz de romper nuestros vínculos económicos, políticos, familiares, amorosos, patrióticos y étnicos. Todos esos vínculos rompió Arendt para defender su verdad, porque creía que tenía razón. Y lo cierto es que la tenía y que se equivocaban todos los demás.

Los alemanes se entregaron a Hitler pese a la aptitud nacional para el solfeo porque Hitler les decía lo que querían oír: que iban a ser superhombres en un reich que duraría mil años. Es en ese momento cuando deben elevarse las voces críticas que pregunten el precio que va a costar eso. Y los consejos judíos de Europa, dice valientemente la judía Arendt, durante ese tiempo clave en que aún se puede evitar la catástrofe mediante la denuncia, callaron; cuando Hitler comenzó a expandirse y a pisotear los derechos de otros pueblos, siguieron callados; y cuando finalmente fueron a buscarlos a ellos ya no quedaban resistentes con voz audible. Arendt no quiere ahorrar ninguna responsabilidad en el desastre, pero eso era demasiado para los lectores del New Yorker, la revista de la intelectualidad americana de extracción mayoritariamente hebrea.

Arendt se atrevió a escribir desde las inhóspitas afueras del sentimiento y de la tribu y lo pagó con el ostracismo. Sus amigos judíos (o los que ella creía que eran sus amigos) le dieron la espalda y tuvo problemas económicos por la sombra de sospecha que se extendió sobre su firma. La acusaban nada menos que de defender a Eichmann por la sencilla razón de no haberle pintado cuernos y rabo; de no proporcionarles un objeto de odio concreto contra el que realizar la catarsis de todo un pueblo. Le daban lecciones los judíos neoyorquinos que jamás habían visto a un nazi de cerca. No sientes nada por tu pueblo, le reprochaban. Y ella, como liberal congruente, contestaba que no tenía por qué sentir nada por su pueblo, sino por las personas, por sus amigos, por los que creía sus amigos.

A Norman Mailer le he leído la mejor crítica a la tesis de la banalidad del mal: “Eichmann, superficialmente hablando, era un hombrecito, un hombre de aspecto común, vulgar y opaco, pero suponer por lo tanto que el mal mismo es banal me impresiona como exhibir una pobreza de imaginación prodigiosa. (…) A los liberales no les gusta creer en el vasto poder del inconsciente o la auténtica capacidad asesina de la mayoría de la gente común. Aceptar la superficie por la realidad es ejecutar el reflejo liberal fundamental”. Y a continuación incurre en la antecitada referencia a la nación más cumplidora de la ley, cuyo inconsciente “era realmente un lugar de espantosas emboscadas y horrores”. Se trata del reparo obvio que le pondría cualquier novelista experto a un filósofo demasiado seguro de sí, al que supera en capacidad para fabular el submundo interior del personaje más aparentemente rutinario. Lo que ocurre es que la ficción solo puede aspirar a construir mundos verosímiles, no balances empíricos y mucho menos procesos judiciales. Desde luego, de los miles de folios que ocupan los interrogatorios a Eichmann y que Arendt leyó con cuidado, la filósofa no pudo extraer una sola pista que delatase los abismos interiores del psicópata o el plan maquiavélico del criminal consciente. Así que lo más probable es que Adolf Eichmann fuera en efecto el burócrata banal y cumplidor que retrató la reportera de The New Yorker.

Es posible de todos modos que Arendt contrajera en Jerusalén un síndrome muy común a todo reportero obligado a realizar una cobertura prolongada, y que podríamos bautizar, parafraseando, como síndrome de la banalidad del reportero. Nos pasa a cualquier cronista parlamentario, que semana a semana perdemos el respeto a la sede de la soberanía etcétera. Un día acudí a la Audiencia Nacional para escribir sobre el juicio a Txapote, el tipo que había descargado su nueve milímetros Parabellum sobre la nuca de Miguel Ángel Blanco; a mí, que era nuevo, me impresionaba la presencia del reo, no podía despegar la mirada de aquel hombre tranquilo, incluso apuesto, que jugueteaba con las manos a cinco metros de mi libreta. Pero mientras yo me maravillaba de la rutinaria compostura del asesino, mis colegas especializados en información de tribunales encerraban mentalmente todo aquello en 30 segundos para el boletín de mediodía, y ni siquiera les daba para una pieza especialmente noticiosa. Quiero decir que Arendt el primer día no podría quitar ojo a Eichmann, pero a la séptima jornada de tomar apuntes repetitivos en la sala de prensa una sensación de fraude empezaría a tomar cuerpo en su cabeza, preparando la exploración del concepto de banalidad. Puedo imaginarme muy bien que fue así como ocurrió (lo cual subraya la productividad periodística de la cobertura in situ). La reportera defraudada, una enorme expectativa escamoteada por la vulgaridad, un giro novedoso en la consideración de aquel histórico proceso. Solo muchos meses más tarde, cuando granizaba sobre su trabajo la indignación del público general y de la comunidad judía –la suya– en particular, acertaría a distanciarse un poco de su revolucionario concepto, matizándose a sí misma en una sentencia con resonancia cristiana: “El mal no puede ser banal y radical a la vez; el mal puede ser extremo y banal, pero consciente y radical solo puede ser el bien”. En el Calvario, Cristo sería el artífice del bien radical y consciente, que es la redención del género humano, mientras que Pilato sería Eichmann. El burócrata necesario.

Para qué sirve la literatura, le preguntaron una vez al Nobel judío Joseph Brodsky. “Una persona que ha leído a Dickens jamás disparará contra alguien”, fue la respuesta del poeta. Teniendo en cuenta que David Copperfield es lectura obligatoria en la niñez anglosajona, muchos asesinos habrán leído a Dickens. Pero una cosa es leer y otra muy distinta es leer, como saben ustedes. Brodsky, Arendt, se refieren a leer pensando. Se refieren a individuos cultivados de verdad, a la cultura como agua incombinable con el aceite del mal.

El tiempo ha premiado con sólido prestigio el coraje intelectual de Arendt ejercido contra su propio sentido de pertenencia, traducido en la hostilidad de una opinión pública que, esta sí, se probó banal. “Intentar comprender no significa justificar”, dice su intérprete en la película. Piénselo el hombre-masa, el que se considera alfabetizado por leer dominicales y bajarse series, antes de decretar su próxima fatwa.

(Publicado en Suma Cultural, 23 de noviembre de 2013)

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